Identidad, crítica y absurdos en el Elvis Gratton de Pierre Falardeau

Marc-André Lévesque

Treat me like a fool, treat me mean and cruel but love me.

Elvis Presley.

Extraño, muy extraño, así es el Quebec de los años ochenta. Después de la llamada “revolución tranquila” y tras el referéndum de 1980, une especie de malestar político se instalará en toda la provincia. En el teatro y en la televisión de aquellos años asistiremos a una vasta panoplia de producciones basadas en el ejercicio del humor que buscan convertir la desazón en una nueva forma de burla y la pesadumbre en bufonada. Tales realizaciones serán inmensamente populares, a pesar de que a menudo recibirán comentarios muy severos por parte de la crítica de la época. Allí, en este contexto histórico, será donde Pierre Falardeau y Julian Poulin crearán a Elvis Gratton, una sátira política personificada por una figura grotesca y vulgar que dará un color de ridículo a la idea de “lo quebequés”. Para entonces, tanto Falardeau como Poulin ya eran reconocidos por su militancia a favor de la independencia, así como por sus documentales de carácter político.

Antes de entrar en materia sobre las tensiones que se perciben en el filme, se impone una descripción detallada del personaje: Bob Gratton es propietario de un taller mecánico y un gran imitador de Elvis Presley, figura musical que resurgió en el mercado de la provincia con una inusitada ola de ventas durante los ochenta. Para lo que ocupa decir aquí, Gratton está implicado de diversas maneras en la política y su domicilio está decorado con afiches políticos en los que destaca “mi NO es quebequés” (eslogan utilizado por los federalistas en el referéndum de 1980), así como por el retrato del propio Elvis Presley. El personaje de Elvis Gratton se declara siempre en contra de la independencia de la provincia y, además, un defensor a ultranza de la iniciativa privada, capaz incluso de proclamar en voz alta su desprecio por los beneficiarios de la asistencia social.

En el primero de los filmes de la saga de Elvis Gratton (al final dio lugar a una trilogía, aunque nuestro breve comentario se ocupa sólo del rodaje inicial), el personaje y su lectura del mundo se presentan a través de una serie de episodios en los que se percibe una estudiada tensión entre las triunfantes actitudes del protagonista y un desenvolvimiento más que cínico. La fuerza de dicha tensión es destacada durante una sesión de fotografía donde el propio Pierre Falardeau (realizador de la cinta) encarna al retratista, mismo que indicará los ángulos, las posturas y las actitudes que debe asumir Gratton a lo largo de la escena. El personaje despliega, en una exaltada secuencia, los contenidos de sus ideales políticos, mismos que, sin conciencia alguna de sus ironías, son expresados desde las poses y las maneras del extinto ídolo musical.

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Así, para el Falardeau cineasta queda muy claro que un Quebec entregado a los excesos del consumismo (de factura americana) así como a la defensa de su statu quo en tanto que provincia federalista, son realidades que corresponden a un mundo sometido a fuerzas neo-coloniales asociadas a los Estados Unidos y a la confederación canadiense antes que a su propia raíz histórica. Pero volvamos a la sesión de fotografía: mientras Elvis Gratton expresa que: “Si queremos contar con la suerte de deshacernos de esta banda de barbudos y socialistas”, el Falardeau-fotógrafo añadirá: “Más a la derecha, mi Bob”; asimismo, cuando Gratton evoca a los beneficiarios de la asistencia pública de la provincia, el singular personaje añadirá “Y que hagan como yo, y que trabajen”, a lo cual el Falardeau-fotógrafo le propone arrodillarse.

La sesión de fotos es seguida por una escena que clausura el primer cortometraje. Se escucha entonces un espectáculo de Elvis Gratton en la televisión, cantando “Teddy Bear”, de Elvis Presley: Baby let me be your little teddy bear, put a chain around my neck and lead me anywhere. Y mientras el personaje nos deleita en la pantalla chica, la visión del Falardeau cineasta adquiere trascendencia y significado: Gratton canta su dominación y exige que le permitan vivir sometido, ser un objeto, sólo un peón. Por lo demás, el citado aparato de televisión se encuentra en una pequeña tienda donde descubriremos a otros personajes, todos ellos portando máscaras de Elvis.

En el marco de una escena tan grotesca como imposible, la referencia al Rhinoceros de Ionesco se hace más que evidente: la contaminación ideológica (esa misma que para Falardeau propició la derrota de los separatistas) termina siempre por engendrar a seres repetidos, para lo cual, en el camino de regreso al personaje de Elvis Gratton, el realizador vuelve a subrayar la naturaleza de sus absurdos.

Los puntuales comentarios del fotógrafo son seguidos siempre al pie de la letra por el personaje de Elvis Gratton, además, son presentados en la pantalla con un montaje en el que destaca el rostro de Falardeau detrás de la cámara. La escena, como era de esperarse, provoca una gran tensión entre los gestos y discursos del paródico rey del rock y la sumisión socio-política denunciada por los autores del filme.

El viaje de lo literal a lo figurativo y de lo concreto a lo metafórico le da una nueva vuelta de tuerca al sentido de lo ridículo. Y lo mismo sucede con el entusiasmo desbordado de Gratton hacia el inmovilismo, ése que defiende nuestro personaje al expresar que: “Es necesario dejar de hacerse preguntas”, a lo cual el fotógrafo añade: “No te muevas, Bob, ¡sobre todo no te muevas!”. Todo ello se inscribe en las mismas coordenadas sociológicas del desencanto propias de las producciones de la época, tal y como sucediera con el popular drama de Los vecinos (Les Voisins, 1982), de Claude Meuineir y Louis Saia, pieza que concluye, después de una casi total ausencia de intriga y de pasión, con una frase monumental lanzada por un personaje de los suburbios después de que un adolescente destruyera una cerca de cedro: “¿existe una forma de hacer suceder nada en esta vida?” Para los personajes de la pieza este final, hecho de abulias y de vacíos, representa la última tragedia posible, a pesar de las tormentas psicológicas que viven algunos de ellos y de la muerte de otro más.

Con Elvis Gratton, Falardeau y Poulin empujan las caricaturas del absurdo iniciadas por Los vecinos hacia un grotesco slapstick (un bofetón de reflexivas carcajadas). Bob, “Elvis” Gratton, ha sido presentado como una suerte de monstruo triunfante en búsqueda permanente de un orden que le dará sentido a todo: “Hoy lo que hace falta es orden. ¡Orden! Así se va a saber de una vez por todas adónde vamos.” Esta secuencia ilustra en todo su esplendor el encarnizamiento del personaje, pues sólo en los escenarios de la incertidumbre se hace posible la búsqueda de un orden.

El malestar y el desasosiego político son exhibidos con claridad en la misma forma en que Elvis representa el (confuso) orgullo de su identidad. Así, cuando un francés lo interroga sobre su origen, Gratton responderá, al principio con suficiencia y altivez : “¿Yo?, un canadiense, quebequés. Un francés canadiense-francés. Un americano del norte francés. Un francófono, quebequés, canadiense. Un quebequés de expresión canadiense-francesa francés.” En su rostro, el orgullo ha cedido a la confusión, misma que a su vez dejará el sitio para la expresión de un discurso de registros pedagógicos; asimismo, el absurdo de la escena se ve reforzado por la aparente comprensión del francés quien, al retirarse los anteojos, responde con un “ya veo” que revelará una mirada confusa. Y es, de hecho, esta escena la que subraya la incertidumbre identitaria contra la que Falardeau se rebeló siempre a través de lo caricaturesco.

 

Traducción del francés: Javier Vargas de Luna.

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