C’est pas grave: Xavier Dolan

Diana Isabel Jaramillo

Las familias felices se parecen entre sí, las infelices son desgraciadas a su manera.

León Tolstoi.

[Banda sonora: Why does my heart feeeling so bad?, de Moby, para acompañar este ensayo sobre Xavier Dolan, quien eligió Natural Blues para su última película Juste la fin du monde, o la mímesis de nuestra cotidianidad. El cine de Dolan: la representación de la vida diaria que transcurre ligera, a pesar de lo dramática que es, como si fuera una melo-día.]

El verso de una canción de Lapido canta: “Elige entre misa de réquiem y marcha triunfal”, para banda sonora de tu biografía. Los personajes de Dolan escogen su tema. En el momento más álgido de su historia, la bailan, la tararean, se transforman en vedettes, olvidan lo desdichados que han sido. El drama cede. Pensemos en Almodóvar y la fascinación por la fonomímica y el travestismo. Roza el recuerdo de Lars Von Trier y su contraste entre la melosa canción de Elton John y el apesadumbrado rostro de Emily Watson en Breaking the waves.

Dolan, nacido en 1989 en Quebec, Canadá, sorprende que tenga tan sólo 28 años y seis películas escritas, dirigidas y producidas por él, y una por estrenarse el próximo año protagonizada por Natalie Portman: The Death and Life of John F. Donovan. Su última película: Juste la fin du monde, y las anteriores, tienen como escenario Quebéc y Montreal, Canadá. En el mundo cinéfilo, no pasaba esto desde que  Atom Egoyan nos hizo voltear al cine canadiense, lejos de Hollywood.

Un enfant terrible a quien Oscar Wilde estaría encantado de hacerlo su personaje, por irreverente, crítico a todas las formas y modales de la familia convencional. Divertido y, en plus, hermoso, última gracia que le valió ser la imagen por dos años de Louis Vuitton, el Dorian Grey que no adivinamos cómo envejecerá, siendo tan joven como lo es.

El niño actor que, como si fuera poco escribir, producir, dirigir, elegir vestuario, y editar una película, se involucra en la subtitulación del francés al inglés o a el español, en pos de que no se cometa ninguna licencia literaria y que las groserías en francés quebeco, cuyo peculiar origen se refiere a la liturgia católica,  encuentren su “equivalencia” en otro idioma; como Tabarnak!, proveniente de “tabernáculo”, que no se traduzca como “carajo” y sí como “¡chingada madre!”.

El también director del video musical de Adele, Hello, ganó fama mundial con Mommy, 2014, la cual llegó a las cinematecas mexicanas y en Cannes mereció el Premio del Jurado. La trama, ya se leyó líneas arriba, es la familia: la disfuncional o quizás la que hoy en día funciona. Sin spoilear, atiende a su tema favorito freudiano: la relación de odio-amor entre una madre y su hijo adolescente con déficit de atención y claros síntomas de trastorno antisocial, si es que todavía estos diagnósticos funcionan, o las disfunciones son, igual que todo, disfuncionales.

J’ai tué ma mère, escrita cuando tenía 16 años, abordó la misma situación: necesitamos de una familia para sobrevivir en un mundo que nos puede devorar. Pero el Complejo de Edipo, o lo que es lo mismo c’est la vie después de todo, encegueció a Edipo y enloqueció a Yocasta. Drama de dramas que se aminoran con un melodioso y noventero –siempre–, soundtrack. En la película, Dolan, que hace el papel del hijo gay, se debate entre adorar y odiar, hasta la muerte, a su resignada madre. La homosexualidad es natural, lo antinatural es la sociedad que la cuestiona, esa es la verdadera melodía de fondo. Este escenario se repite en sus siguientes películas: la casa de los padres donde los años 70 y 80 se estacionaron. Tapiz de Luis xv de sendos medallones en sepia que contrastan con el canapé de terciopelo y la alfombra peluda; lámparas, portarretratos, trastes que no han sido renovados hace décadas, como si las palabras y las cosas estuviesen estancas.

Tom à la ferme, 2014, aborda, de frente, y sin ponerla como efecto secundario, la homosexualidad. Tom —Dolan—, acude al velorio de su novio que vivía en una granja con su madre y su hermano. La familia política ignoraba la preferencia sexual de su benjamín y antes bien practicaba la homofobia, misma que no puede sino orillar al crimen, a la mentira y al odio. Les amours imaginaires se filmó mucho antes que todas, en 2010 (previa también a la agotadora Laurence Anyways, 2012, que relata la vida de un escritor, profesor de literatura, quien, tras ganar el Goncourt, decide ser él mismo: una mujer) es divertida, y por ser la primera quizás: inocente, fresa. La homosexualidad se infiltra en todas sus películas con una sola insistencia: no hay nada de extraordinario acostarte con tu mismo sexo; la trama se desarrolla en el clásico Montreal, donde la juventud cosmopolita y diversa, no tiene mayor preocupación que por el invierno inminente. Así, dos amigos, Francis, interpretado por Dolan, toujours, y su amiga, Marie, por Monia Chokri, conocen, se enamoran y se debaten el amor del andrógino y bello Nicolas, Niels Scheneider. Entre las piezas musicales, los acercamientos al rostro, el vestuario vintage, los amigos jugarán su juego favorito: la seducción. Sin grandes aspavientos filosóficos o trascedentes, porque, después de todo, la sutileza de nuestros días son la cosecha de Dolan: la vida, por más pesada que sea o que se vislumbre, pasará. Y aquí habría que sonar la canción que al lector mejor le acomode.

En el cine de Dolan no hay mensajes ocultos, carreteras oscuras. Dolan cuenta el cine como presiente él la vida. Sus películas tienen su firma hasta en el más mínimo detalle de producción. Sus personajes son verosímiles pero no dejan por eso de ser fascinantes como lo sería cualquier ser humano que se sale de la regla, que se rebela, que no guarda las buenas maneras. Indiscutiblemente influenciado por el cine de François Truffaut, por Les quatre cents coups  (Los 400 golpes), allí donde la adolescencia aflora y separa a los hijos de los padres.

En Juste la fin du monde, Dolan se engola, su voz se engrosa: madura. Sin embargo, el matriarcado continúa. La madre como centro y punching bag de las frustraciones, sinsabores y algunos éxitos de los hijos. El guión está basado en la obra de teatro del dramaturgo francés Jean-Luc Lagarce, pero como si lo hubiera escrito el propio Dolan. Tras doce años, el hijo pródigo, escritor gay, regresa a visitar a su familia para anunciarles que tiene los días contados. La familia, como pudiera ser cualquier otra familia, es una olla exprés de rencores, de continencia emocional, de apegos, recuerdos y estrés que le hará difícil encontrar el momento de concordia que aminore el impacto de la noticia. Esa visita, una comida de domingo, protagonizada por los actores de oro del cine francés: Catherine (Marion Cotillard), Antoine (Vincent Cassel), la hermana (Léa Seydoux) y la madre (Nathalie Baye), resulta una experiencia bitter sweet, los eventos más cotidianos desembocan en la ruina; y las melodías, nuevamente, son el elemento que evita que nos deprimamos. Los close up a los rostros son el otro sello repetitivo de Dolan: vemos pegados a la pantalla los ojos dulces, tontamente dulces, de Cotillard; los ojos rabiosos de Cassel; el rostro inexpresivo –apaciaguado por la mariguana– de Seydoux y los ojos maquillados, otra vez kischt, de Baye. Esas tomas importan más que los propios diálogos. Porque, al final, las palabras no importan: C’est pas grave escuchar los reclamos de la niñez, C’est pas grave la violencia cotidiana de los matrimonios, C’est pas grave que la gente no responda a las expectativas de amor y cuidados. Todo se cura al momento de tararear una melodía contagiosa que el propio espectador terminará cantando, al tiempo que se repone de la tensión que suscitan las relaciones personales. Y al levantarse de la butaca quizás un pegajoso estribillo musical lo hará repetirse C’est pas grave, C’est pas grave.

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