RESEÑA DEL LIBRO DE NAOMI KLEIN, ESTO LO CAMBIA TODO: EL CAPITALISMO CONTRA EL CLIMA(41)

DANIEL BLÁZQUEZ TIELAS

Naomi Klein (Canadá, 1970), periodista y activista de “350.org”, mundialmente conocida tras los éxitos de ventas de No logo (1999) y La doctrina del shock (2007), vuelve a las librerías para aportar argumentos al debate sobre el cambio climático, tras una investigación de cinco años plagada de viajes internacionales en busca de la noticia. A diferencia del llamado Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) y de la “economía verde”, lo que Klein defiende es la incompatibilidad entre el actual sistema económico (capitalista, extractivista, de mercado y en búsqueda de un crecimiento infinito) y el clima. A lo largo de todo el libro trata de argumentar que no son suficientes ni eficaces las medidas que no asumen tal contradicción; se trata de un problema ideológico: aunque los “fundamentalistas del mercado” no lo acepten, la intervención del Estado es imprescindible para que las políticas de mitigación del calentamiento global tengan éxito. Este libro ha sido ampliamente acogido por el público y, junto con el documental que lleva el mismo título, ha generado tal controversia que ha llamado la atención de universidades y medios de comunicación, los que no han tardado en entrevistar a Klein o en invitarla a presentar el libro.

De sus libros anteriores, la periodista rescata en especial el papel de las empresas y de cómo el neoliberalismo se ha valido de shocks  para implantar medidas impopulares, el “capitalismo del desastre”. El cambio climático es un nuevo shock, pero esta vez la “izquierda” o el “progresismo” (con los que ella se identifica) aún tienen la oportunidad de poner en práctica sus propuestas, ya que “esto lo cambia todo”. La canadiense pone sus esperanzas (y su investigación) en los movimientos sociales y en los (nuevos) liderazgos políticos, aunque asume que pueden ser otros los que se enriquezcan con el desastre, algo que ya están haciendo.

¿Qué tiene el libro para que valga la pena leer sus más de quinientas páginas? La cuestión climática desde hace algún tiempo está en la agenda pública, y no hay país que no quiera salir en fotos como la del Acuerdo de París (2015). ¿Cuál es la diferencia entre leer este libro o ver el documental inspirado en él, o, por ejemplo, ver el documental de National Geographic, con DiCaprio y las Naciones Unidas, titulado en castellano Antes de que sea tarde (2016)? La respuesta a ello es clave: la diferencia entre los acuerdos internacionales de la ONU (así como la base teórica y la propaganda de los mismos) y la postura de Klein es que ella considera que las energías renovables no son suficientes para solucionar el problema, mientras que DiCaprio y la ONU no lo creen así porque no quieren perder sus privilegios, su estilo de vida consumista y despilfarrador, como el actor lo reconoce.42

Esto lo cambia todo: El capitalismo contra el clima se divide en tres partes. La primera parte, titulada “En mal momento”, trata de explicar a los “negacionistas” del cambio climático (como el Instituto Heartland, y su relación con las empresas de combustibles fósiles, además del fundamentalismo de mercado), las renuencias ideológicas frente a lo público y el problema del extractivismo en el que caen incluso gobiernos autodenominados de izquierda. La segunda parte, “Pensamiento mágico”, trata sobre el debate entre epistemologías; sobre cómo grandes organizaciones ecologistas han acabado fusionadas y siervas de las grandes empresas; sobre la lógica de mercado que se utiliza (sin éxito) para lograr la salvación a través de, por ejemplo, premios multimillonarios, que realmente generarían “incentivos perversos” (p. 274), otorgados por supuestos filántropos a quien encuentre una tecnología eficaz para continuar el crecimiento infinito sin ocuparse por los daños medioambientales ni por el comercio de emisiones,43 así como sobre la “geoingeniería” como otro peligroso intento del ser humano para controlar la tierra (p. 323). Por último, la tercera parte, “Empezar de todos modos”, es la más optimista; intenta mostrar que, pese a todo, todavía se puede hacer algo. Los movimientos sociales como “Blockadia” y las cosmologías alternativas, están ahí para que cuando la oportunidad surja las cosas cambien radicalmente.

La causa de fondo del problema es lo que Klein llama capitalismo, neoliberalismo, ideología o fundamentalismo de mercado, de modo que “la del cambio climático es una batalla entre el capitalismo y el planeta” (p. 38). En La doctrina del shock y en escritos anteriores ya desarrolló sus ideas sobre cómo ese modelo económico e ideológico ha llegado a tener tanta influencia, pero en este libro también aclara que se refiere al pensamiento de Milton Friedman y al Consenso de Washington. Con esto se ubica en el clásico debate de la economía entre los partidarios, liberales o neoliberales, de que el Estado intervenga lo menos posible y que sea él quien distribuya los bienes y servicios; y aquellos que buscan que el Estado actúe más para garantizar derechos, como los premios nobel J. Stiglitz y P. Krugman, entre otros keynesianos o neokeynesianos. Tal debate a veces se vuelve fraudulento. Como Klein señala, los defensores del “libre mercado” suelen ser fundamentalistas en la teoría, pero no en la práctica, ya que sí intervienen en la economía, aunque no cómo a ella le gustaría. De este debate también derivan la mayoría de las críticas que recibe la teoría de los shocks, pues, viendo los datos del porcentaje de gasto público sobre el PIB desde finales del siglo XIX  a la actualidad, esa participación es mayor; el innegable proceso de privatizaciones, en particular desde los años ochenta del siglo xx, no ha supuesto una retirada del papel del Estado, sino más bien una reconfiguración del mismo, con una ideología diferente detrás. También es habitual intentar conjugar mercado y Estado, al fin y al cabo son economías mixtas en la mayoría de los países; la llamada tercera vía o socialdemocracia es el paradigma dominante de los principales líderes políticos cuando hablan de sus políticas de mitigación del calentamiento global. Se trata de hacer arreglos para perpetuar la lógica subyacente durante el máximo tiempo posible, por ejemplo la introducción de novedades tecnológicas como los focos de bajo consumo. Es decir, intentar utilizar mecanismos de mercado para paliar el problema.

Naomi Klein critica abiertamente la postura y los actos de los líderes políticos internacionales, incluso de algunos que aparentemente son populares en el movimiento ecologista. En nuestros días las perspectivas son peores después de que Obama dejó el cargo y que su sucesor niega de manera directa la existencia del problema y ha puesto como Secretario de Estado a un antiguo trabajador de la petrolera Exxon (Rex Tillerson), aunque tampoco antes surgió un proyecto que llegara a la raíz del asunto. El Protocolo de Kioto, y demás resoluciones internacionales, ha acompañado de forma paralela la liberalización de los mercados, liberalización que ha significado más gases de efecto invernadero en los transportes, gases que nadie contabiliza. De hecho, desde la firma del Protocolo de Kioto la temperatura media global se ha elevado a records históricos, siendo 2016 el año más alto del que se tiene registro; el uso de combustibles fósiles, que fue uno de los pilares del plan de reducción de gases de efecto invernadero, ha aumentado.

Por otra parte, cuando se ha aceptado que “nuestra actual lógica económica basada en el crecimiento se contradice fundamentalmente con los límites atmosféricos” (p. 116), hay que buscar alternativas reales. Klein encuentra dos, una occidental, el descrecimiento, y otra indígena sobre la naturaleza y el Buen Vivir.

Sobre el descrecimiento, en sus palabras, “vamos a tener que pensar en cómo convertir el ‘descrecimiento controlado’ en algo que sea lo menos parecido a la Gran Depresión y que se asemeje mucho más a lo que algunos pensadores económicos innovadores han dado en llamar ‘la Gran Transición’” (p. 119). Es interesante que, por número de ventas y difusión, Klein sea probablemente una de las personas más relevantes que hoy defiende tal postura. El movimiento del descrecimiento tiene algunas décadas, y los aportes de personas que han dedicado mucho tiempo a investigar, escribir y hablar sobre los problemas de someter la vida humana al crecimiento son fundamentales en esta batalla ideológica, Klein los menciona, aunque quizás no les da bastante reconocimiento, como tampoco a otras facetas, como la psicológica, a las que también afecta la obsesión por el crecimiento y que están íntimamente ligadas entre sí, como con el asunto ecológico y que son parte del mismo problema.

Sobre la visión indígena escribe en varias ocasiones a lo largo del libro. Refiere a diferentes pueblos, o a miembros de ellos, y a sus cosmovisiones (en las que los humanos se ven como parte de la naturaleza y no como sus dominadores), por ejemplo habla de la partera mohawk  Katsi Cook; así como a luchas particulares, como la de los Heiltsuk en Columbia Británica.

Sobre el tema de los movimientos sociales, es interesante el concepto del capítulo 9 que lleva como título “Blockadia. Los nuevos guerreros del clima”. Señalo: “[…] Blockadia no es un lugar específico en el mapa, sino más bien una zona transnacional e itinerante de conflicto que está aflorando con frecuencia e intensidad crecientes allí donde se instalan proyectos extractivos con la intención de excavar y perforar, ya sea para abrir minas a cielo abierto, ya sea para construir oleoductos que transporten el petróleo obtenido de las arenas bituminosas” (p. 363).

Una vez que la autora diagnosticó y mostró el debate, así como lo que han hecho los políticos y los movimientos sociales, hace propuestas concretas en términos de las políticas públicas que se puedan llevar a cabo a corto plazo. Éstas son algunas de ellas:

 

Transportes públicos baratos y un ferrocarril ligero limpio accesibles para todos; viviendas asequibles y de elevada eficiencia energética ubicadas a lo largo de esas líneas de transporte; ciudades planificadas para un población densa; carriles para bicicletas en los que los ciclistas no tengan que arriesgar la vida para llegar al trabajo; una gestión del suelo que desincentive el uso extensivo del mismo y fomente las formas locales (y de bajo consumo energético) de agricultura; un urbanismo que agrupe espacialmente servicios esenciales como escuelas y centros sanitarios en las proximidades de las principales rutas de tráfico y transporte y en zonas fácilmente accesibles para los peatones; programas que obliguen a que los fabricantes se responsabilicen de los residuos electrónicos que generan y que reduzcan drásticamente los elementos superfluos y las obsolescencias prematuras que incorporan actualmente sus productos […] regresar a un estilo de vida similar al que llevábamos en la década de los años setenta del siglo xx […] ordenación fundamental de las partes que componen nuestro pib  […] disminución del peso del consumo (salvo entre la población pobre), del comercio (pues nuestras economías volverán a hacerse más locales) y de la inversión privada destinada a la producción para satisfacer un consumo excesivo […] aumento del gasto público […] redistribución (p. 121 y ss.)

 

Klein escribe sobre “cultivar la economía humana” (p. 124) citando obras como Prosperity Without  Growth  (T. Jackson, 2009), sobre los beneficios climáticos de trabajar menos y sobre medidas como la renta anual básica para luchar contra la desigualdad y en favor de la protección social. No niega que “esas políticas son también las más problemáticas para la clase dirigente actual” (p. 126) ya que, según ella, ésta está dominada por la ideología de mercado y por lo tanto las medidas de planificación, regulación, gasto público y la reversión de las privatizaciones son lo contrario.

Sin duda son propuestas seductoras. El debate es de sobra conocido y Klein se ubica de forma muy decidida. Se echan de menos más propuestas horizontales y al margen de las grandes instituciones; ella misma menciona que el paso del tiempo le ha hecho optar por liderazgos más fuertes —aunque “desde abajo” (p. 571)— que consigan rápidas actuaciones gubernamentales. Es una cuestión que depende mucho del Estado del que se trate, pues no conlleva la misma dificultad la actividad de los movimientos sociales en países como Canadá o Alemania para poner en práctica algunas de sus propuestas, que la de países con Estados más débiles, dependientes y menos democráticos o inclusivos, donde los intereses privados tienen más posibilidades de imponerse.

Precisamente, usando un método inductivo, el libro toma como protagonistas a personas, con nombres y apellidos, que intentan poner en la agenda pública y en la agenda de toma de decisiones los problemas medioambientales. Estas historias personales se han recabado por medio de entrevistas y de la recopilación de testimonios en los lugares donde el cambio climático, la lucha contra la fracturación hidráulica u otros negocios de empresas interesadas en los combustibles fósiles son una realidad y han suscitado numerosas organizaciones y movimientos sociales: las arenas bituminosas en Canadá o el vertido de la petrolera British Petroleum (bp) en el Golfo de México (2010), sólo para mencionar dos casos.

Como escribió J. Stiglitz (2007) en una reseña de La doctrina del shock para el New York Times, Klein no es una académica y no puede ser juzgada como tal.44 Esto lo cambia todo es una obra divulgativa y, aunque extensa, se encuentra en edición de bolsillo en cualquier librería no especializada. Cuando ya hemos leído unos cientos de páginas puede parecer que el argumento está clarísimo y que no necesitas seguir leyendo las historias recolectadas. Sin embargo, la autora es capaz de seguir sorprendiéndonos con nuevas anécdotas para cerrar, como en un círculo, con su propia historia personal ligada con la fertilidad: cómo vivió el proceso de investigación para el libro mientras trataba de ser madre, y cómo estableció incontables paralelismos entre la fertilidad, la salud del planeta y la suya propia; entre la medicina y las soluciones al cambio climático.

El libro es el de una periodista, pero no de cualquiera, pues Naomi Klein se ha convertido en una referencia casi obligada en los movimientos anticapitalistas.45 Su estilo de escritura se puede apreciar, por ejemplo, en la primera página del capítulo 12:

 

Pude ver esta nueva forma de colaboración en acción mientras informaba de los acontecimientos en uno de los frentes de las guerras por los combustibles fósiles donde hay más en juego: el del sureste de Montana. Allí, por debajo de las onduladas colinas con sus vacas, sus caballos y sus formaciones rocosas de arenisca que parecen sacadas de otro planeta, yace una cantidad inmensa de carbón. Hay tanto que sus vetas… (p. 477).

 

Esta mezcla de vivencias, datos y descripciones novelescas en algún momento me ha recordado Las venas abiertas de América Latina de Eduardo Galeano. Aunque haya que salvar las distancias, ambos forman parte del periodismo crítico que denuncia la subordinación de los gobiernos a las empresas de combustibles fósiles que, por una mínima parte de lo que consiguen, destruyen los ecosistemas de los países que lo permiten. Aquí interviene otra idea clave del libro: los combustibles fósiles se deben mantener bajo tierra, pues tan sólo la combustión de la cantidad esperada de las extracciones ya iniciadas superaría la temperatura media global acordada internacionalmente. Otro de los pilares de sus propuestas es que existe una “deuda climática”, pues “el cambio climático es el resultado de unas emisiones acumuladas” (p. 502), por lo que las responsabilidades son de todos, pero de forma diferenciada: deben pagar más quienes más gases han emitido.

La reflexión y la actuación se vuelven necesidad. Si Klein está o no en lo cierto depende, en primer lugar, de si asumimos sus conceptos (y las propuestas derivadas), pero, lo hagamos o no, hay algunos elementos del diagnóstico, ya anunciados hace mucho y repetidos hasta la saciedad, que no podemos ignorar, aunque parece que nos cuesta llevar a cabo el cambio en nuestro día a día (aunque quizás no tanto como a DiCaprio): “cualquier estilo de vida basado en la promesa de un crecimiento infinito ni puede ser protegido ni (menos aún) puede ser tampoco exportado hasta el último confín del planeta” (p. 82).

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