LA VÍA DEL DESCRECIMIENTO PARA UNA SOCIEDAD SOSTENIBLE

(TRADUCCIÓN DEL FRANCÉS POR PATRICIA GUTIÉRREZ-OTERO)

SERGE LATOUCHE(6)

El descrecimiento no forma parte del desarrollo durable o sustentable. Su historia muestra cómo se conformó en el lapso del siglo xx y xxi, así como cuál es su especificidad en cuanto “slogan” provocador. Siguiendo a Castoriadis aquí se plantea la necesidad fundamental de descolonizar el imaginario colectivo conformado por el modelo de vida ideal del ciudadano estadounidense que se implantó en las mentes a través de los medios de comunicación y la publicidad.

Hacer del descrecimiento, como algunos autores lo han hecho, una variante del desarrollo durable constituye un contrasentido histórico, teórico y político sobre el sentido y el alcance del proyecto. La necesidad que siente toda una corriente de la ecología política y de los críticos del desarrollo de terminar con el discurso retórico y vacío del desarrollo durable llevó a lanzar, casi al azar, el lema de descrecimiento. Entonces, el término no fue al inicio un concepto, y en cualquier caso, no es simétrico a crecimiento, sino que es un eslogan político provocador cuyo objetivo es sobre todo hacernos rencontrar el sentido de los límites; en particular, el descrecimiento no es ni la recesión ni el crecimiento negativo. La palabra no se debe tomar al pie de la letra: descrecer por descrecer sería tan absurdo como crecer por crecer. Por supuesto, los descrecionistas quieren hacer crecer la calidad de la vida, del aire, del agua y de un montón de cosas que el crecimiento por el crecimiento ha destruido. Para hablar de forma rigurosa, sin duda habría que utilizar el término de a-crecimiento, con el “a” privativo griego, como se habla de a-teísmo. Y, además, se trata muy exactamente de abandonar una fe y una religión: las del progreso y el desarrollo. Es conveniente volvernos ateos del crecimiento y de la economía. La ruptura del descrecimiento tiene que ver a la vez con las palabras y con las cosas, implica una descolonización del imaginario y la puesta en marcha de otro mundo posible.

Historia, razones y significado del descrecimiento

Si en la sucesión de los acontecimientos existe cierta parte de azar, la aparición de un movimiento radical que propone una alternativa real a la sociedad de consumo y al dogma del crecimiento respondía a una necesidad que no es exagerado calificar como histórica. Ante el triunfo del ultraliberalismo y de la arrogante proclamación del famoso TINA (There is no alternative) de Margaret Thatcher, las pequeñas francmasonerías antidesarrollistas y ecologistas no podían contentarse con una crítica teórica casi confidencial para el uso de los tercermundistas. Ahora bien, la otra cara del triunfo de la ideología del pensamiento único era el eslogan consensual de “desarrollo durable”, un hermoso oxímoron que inició el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) para intentar salvar la religión del crecimiento ante la crisis ecológica y con el cual el movimiento altermundista se parecía acomodar perfectamente. Se volvía urgente oponer al capitalismo de mercado mundializado otro proyecto de civilización o, con mayor exactitud, visibilizar un diseño que se gestaba desde hacía mucho tiempo, pero que caminaba de manera subterránea. La ruptura con el desarrollismo, forma de productivismo en uso en los países llamados desarrollados fue entonces fundadora de este proyecto alternativo.

¿Se trata entonces de otro paradigma económico, que cuestiona a la ortodoxia neoclásica comparable a lo que fue el keynesianismo en su tiempo? Este es el significado que algunos tratan de darle tras el proyecto de bioeconomía de Nicholas Georgescu-Roegen. Es evidente que hay otras políticas económicas posibles en una sociedad de crecimiento. El periodo llamado de los “treinta gloriosos” (1945-1975) que presenció el triunfo de la regulación keyneso-fordita es prueba de ello. No obstante, en una sociedad de crecimiento sin crecimiento, situación actual de los países industrializados, las políticas alternativas a las de inspiración neoliberal parecen imposibles sin cuestionar el sistema económico y/o agravar la crisis ecológica.

En realidad, se trata de un eslogan provocador para quebrar el blando consenso de sometimiento al orden productivista dominante. El movimiento epónimo tiene su acta de nacimiento en el coloquio “Deshacer el desarrollo, rehacer el mundo” que tuvo lugar en la UNESCO en marzo de 2002, una aventura intelectual que pocos meses después se confirmó por el nacimiento del periódico que le dio una amplia difusión. El descrecimiento se volvió rápidamente el estandarte de unión de todos los que aspiran a la construcción de una verdadera alternativa a una sociedad de consumo ecológica y socialmente insostenible; el descrecimiento ya constituye una ficción performativa para significar la necesidad de una ruptura con la sociedad de crecimiento y hacer que advenga una civilización de abundancia frugal.

El proyecto del descrecimiento no es ni el de otro crecimiento ni el de otro desarrollo (sustentable, social, solidario, etc.), sino la construcción de otra sociedad, una sociedad de abundancia frugal, una sociedad poscrecimiento (Niko Paech), o de prosperidad sin crecimiento (Tim Jackson). Para decirlo de otra manera, no es de entrada un proyecto económico, aunque fuese el de otra economía, sino un proyecto de sociedad que implica salir de la economía como realidad y como discurso imperialistas. La palabra descrecimiento ya designa un proyecto alternativo complejo que tiene un innegable alcance analítico y político.

El crecimiento es un fenómeno natural y como tal es indiscutible. El ciclo biológico del nacimiento, el desarrollo, la maduración, el declive y la muerte del ser viviente, y su reproducción, también son la condición de sobrevivencia de la especie humana, que tiene que metabolizarse con su medio ambiente vegetal y animal. Los seres humanos de modo muy natural han celebrado las fuerzas cósmicas que aseguraban su bienestar a través de la forma simbólica del reconocimiento de esta interdependencia y de su deuda con la naturaleza a este respecto. El problema surge cuando la distancia entre lo simbólico y lo real desaparece. Mientras que todas las sociedades humanas han dedicado un culto justificado al crecimiento, sólo el Occidente moderno ha hecho de él su religión. El producto del capital, resultado de una astucia o de un engaño mercantil, y con mayor frecuencia de una explotación de la fuerza de los trabajadores y de una depredación de la naturaleza, se asimiló a un renuevo de las plantas. El organismo económico, es decir la organización de la sobrevivencia de la sociedad, ya no en simbiosis con la naturaleza, sino explotándola sin piedad, debe crecer indefinidamente, como debe hacerlo su fetiche, el capital. La reproducción del capital/economía fusiona a la vez la fecundidad y el renuevo. Esta apoteosis de la economía/capital desemboca en el fantasma de la inmortalidad de la sociedad de consumo. Es así que vivimos en sociedades de crecimiento. La sociedad de crecimiento se puede definir como una sociedad dominada por una economía de crecimiento y que tiende a dejarse absorber por ella. El crecimiento por el crecimiento se vuelve así el objetivo primordial, cuando no el único, de la economía y de la vida. No se trata de crecer para satisfacer las necesidades reconocidas, lo que sería algo bueno, sino de crecer por crecer.

La sociedad de consumo es la culminación normal de una sociedad de crecimiento. Se apoya en una ilimitación triple: ilimitación de la producción y entonces de la extracción de los recursos renovables y no renovables; ilimitación de la producción de necesidades -y entonces de productos superficiales; ilimitación de la producción de residuos- y entonces de la emisión de deshechos y la contaminación (del aire, de la tierra y del agua).

Para ser sostenible y durable, toda sociedad se debe poner límites. Ahora bien, la nuestra se vanagloria de librarse de cualquier obligación y ha optado por la desmesura. Ciertamente, en la naturaleza humana algo impulsa al hombre a sobrepasarse. Esto constituye a la vez su grandeza y una amenaza. Por ello todas las sociedades, con excepción de la nuestra, han buscado canalizar esta aspiración y la han puesto a trabajar por el bien común. De hecho, cuando uno la invierte, por ejemplo, en el deporte no mercantilizado esta aspiración no es dañina. En cambio, se vuelve destructiva cuando se deja libre paso a la pulsión de avidez (“búsqueda de siempre más”) en la acumulación de mercancías y de dinero. Entonces hay que rencontrar el sentido de los límites para preservar la sobrevivencia de la humanidad y del planeta. Con el descrecimiento se trata de salir de una sociedad fagocitada por el fetichismo del crecimiento. Para ello, es indispensable la descolonización del imaginario.

La descolonización del imaginario

La idea y el proyecto de la descolonización del imaginario tienen dos fuentes principales: la filosofía de Cornelius Castoriadis, por una parte, y la crítica antropológica del imperialismo, por la otra. Estas dos fuentes se encuentran también de manera natural, junto con la crítica ecológica, en los orígenes del descrecimiento. En Castoriadis el acento se pone naturalmente en el imaginario, mientras que con los antropólogos del imperialismo recae sobre la descolonización. Acudir a estas dos fuentes permite acotar el sentido exacto de la expresión “descolonizar el imaginario”.

En la continuidad del enfoque de Castoriadis, el uso de esta expresión performativa era evidente, incluso aunque, según sé, él nunca la usó en cuanto tal. Para el autor de La institución imaginaria de la sociedad, la realidad social es la puesta en acción de significaciones imaginarias sociales, como el progreso y el conjunto de las categorías fundadoras de la economía; para salir de ahí, abolirlas y sobrepasarlas (la famosa Aufhebung hegeliana), hay que cambiar de imaginario. La realización de una sociedad de descrecimiento implica descolonizar nuestro imaginario para cambiar verdaderamente el mundo antes de que el cambio del mundo no nos condene ahí al dolor. Es la aplicación estricta de la lección de Castoriadis.

 

Lo que se requiere, subraya él, es una nueva creación imaginaria de una importancia sin paralelo en el pasado, una creación que pondría en el centro de la vida humana significaciones diferentes a la expansión de la producción y del consumo, que plantearía objetivos de vida diferentes que los seres humanos puedan reconocer como algo que vale la pena. [...] Esta es la inmensa dificultad que tenemos que enfrentar. Deberíamos querer una sociedad en la que los valores económicos hayan dejado de ser centrales (o únicos), en que la economía haya regresado a su lugar como simple medio de la vida humana y no como fin último, en la que renunciemos entonces a esta loca carrera hacia un consumo cada vez mayor. Esto no sólo es necesario para evitar la destrucción definitiva del medio ambiente terrestre, pero también y sobre todo para salir de la miseria psíquica y moral de los seres humanos contemporáneos.

 

Dicho de otra manera, esta salida necesaria de la sociedad sobremoderna de consumo y espectáculo es también eminentemente deseable.

 

Pero para que haya esta revolución, añade Castoriadis, es necesario que cambios profundos tengan lugar en la organización psicosocial del hombre occidental, en su actitud en relación con la vida, en breve: en su imaginario. Es necesario abandonar la idea de que la única finalidad de la vida sea la de producir y consumir más -idea a la vez absurda y degradante-; es necesario que el imaginario capitalista de un pseudocontrol pseudoracional, de una expansión ilimitada se abandone. Eso, sólo los hombres y las mujeres pueden hacerlo. Un individuo solo, o una organización, no puede, a lo sumo más que preparar, criticar, incitar, bosquejar orientaciones posibles.

 

No obstante, para intentar pensar una salida del imaginario dominante, primero hay que volver a la manera en la que entramos ahí, es decir al proceso de economización de las mentes concomitante con la mercantilización del mundo; dicho de otra manera, el análisis de la manera en la que la economía se instituye en el imaginario occidental moderno.

Por otra parte, en el análisis de las relaciones Norte/Sur, la forma de desarraigo de una creencia se formula fácilmente a través de la metáfora de la descolonización. El término de colonización, usado normalmente por la antropología antiimperialista en relación con las mentalidades, se encuentra en el título de varios libros. Octave Manonni abrió sin duda el camino con su psicología del colonizado, pero de manera más explícita, Gérard Althabe, discípulo de Georges Balandier, en 1969 tituló sus estudios sobre Madagascar, Opresión y liberación en el imaginario.  Sobre todo, Serge Gruzinski publicó, en 1988, La colonización del imaginario, cuyo subtítulo evoca incluso el proceso de occidentalización. No obstante, cuando Gruzinski habla de la colonización del imaginario, se trata aún de una persecución del proceso colonial en el sentido estricto y en este caso de la conversión de los indígenas por los misionarios. El cambio de religión constituye a la vez una desculturización de las mentes y una aculturación al cristianismo y a la civilización occidental en el marco del proyecto imperialista. Eso refiere a una verdadera opresión del imaginario, realizada además a través de medios no sólo simbólicos, si pensamos en las hogueras de la Inquisición que los conquistadores españoles usaron ampliamente en el Nuevo Mundo.

En el crecimiento y el desarrollo nos confrontamos con un proceso de conversión de las mentalidades, así pues de naturaleza ideológica y casi religiosa, que apunta a instituir el imaginario del progreso y de la economía, pero la violación del imaginario, retomando la hermosa expresión de Aminata Traoré, sigue siendo simbólica. Con la colonización del imaginario en Occidente tenemos que ver con una invasión mental de la que somos víctimas, pero también agentes. Se trata ampliamente de una autocolonización, de una servidumbre en parte voluntaria.

Con la expresión “descolonización del imaginario” se lleva a cabo un deslizamiento semántico. La originalidad reside en el acento puesto en la forma particular en que se realiza el proceso inverso al que los antropólogos analizaron. Se trata de un cambio de software o de paradigma o también de una verdadera revolución del imaginario como lo exige el escritor antillano Edouard Glissant. Revolución cultural, primero, pero no solamente. Se trata de salir de la economía, de cambiar de valores y entonces de desoccidentalizarse. Precisamente es el programa que se desarrolla en el proyecto del postdesarrollo de los “partidarios” del descrecimiento.

La cuestión de la salida del imaginario dominante o colonial, para Castoriadis como para los antropólogos antiimperialistas, es una cuestión central, pero muy difícil, porque uno no puede decidir cambiar su imaginario y menos aún el de los otros, sobre todo si son “adictos” a la droga del crecimiento. Pensemos primero en la educación, la paideïa, que para Castoriadis cumple un papel esencial. “¿Qué quiere decir, por ejemplo, la libertad o la posibilidad para los ciudadanos de participar, se interroga, si en la sociedad de la que hablamos no hay algo -que en las discusiones contemporáneas desaparece (...)- que es la paideïa, la educación del ciudadano? No se trata de enseñarle aritmética, se trata de enseñarle a ser ciudadano. Nadie nace ciudadano. ¿Y cómo nos volvemos un ciudadano? Aprendiendo a serlo. Lo aprendemos, primero, viendo la ciudad en la que nos encontramos; y ciertamente no la televisión que hoy vemos.”

Sin embargo, la cura de desintoxicación sólo es plenamente posible cuando la sociedad de descrecimiento ya se ha realizado. Primero habría que salir de la sociedad de consumo y de su régimen de “estupidización cívica”, lo que nos encierra en un círculo que hay que romper. Denunciar la agresión publicitaria, hoy vehículo de la ideología, es ciertamente el punto de salida de la contraofensiva para salir de lo que Castoriadis llama “el onanismo consumista y televisual”. El hecho de que el periódico La décroissance haya salido de la asociación “Casseurs de pub” [“disruptores de la publicidad”] no se debe realmente al azar ya que la publicidad constituye el resorte esencial de la sociedad de crecimiento, y el movimiento de los objetores de crecimiento está ligado de manera muy amplia y natural a la resistencia contra la agresión publicitaria.

Finalmente, el descrecimiento no es la alternativa, sino una matriz de alternativas que vuelve a abrir la aventura humana a la pluralidad de destinos y al espacio de la creatividad, quitando la capa de plomo del totalitarismo económico. Se trata de salir del paradigma del homo oeconomicus o del hombre unidimensional de Marcuse, fuente principal de la uniformización planetaria y suicido de las culturas. Por consiguiente, la sociedad de a-crecimiento no se establecerá de la misma manera en Europa, en el África subsahariana o en América Latina, en Texas o en Chiapas, en Senegal o en Portugal. Es importante favorecer o rencontrar la diversidad y el pluralismo. Entonces, no podemos proponer un modelo prefabricado de una sociedad de descrecimiento, sino solamente el bosquejo de los fundamentales de cualquier sociedad no productivista sostenible, y unos ejemplos concretos de programas de transición.

No obstante, los programas de transición necesariamente serán reformadores. En consecuencia, muchas propuestas “alternativas” que de manera explícita no se reivindican del descrecimiento pueden encontrar su lugar ahí. El descrecimiento ofrece así un marco general que da sentido a numerosas luchas sectoriales o locales que favorecen compromisos estratégicos y alianzas tácticas. Salir del imaginario colectivo implica sin embargo rupturas muy concretas. Se tratará de fijar reglas que enmarquen y limiten el desencadenamiento de la avidez de los agentes (búsqueda de la ganancia, del siempre más): proteccionismo ecológico y social, legislación del trabajo, limitación de la dimensión de las empresas, etcétera. Y, en primer lugar, la “descomercialización” de estas tres mercancías ficticias, según el análisis de Karl Polanyi, que son el trabajo, la tierra y la moneda. Su retiro del mercado mundializado marcaría el punto de partida de una reincrustación/ de lo económico en lo social, al mismo tiempo que el de una lucha contra el espíritu del capitalismo.

La redefinición de la felicidad como “abundancia frugal en una sociedad solidaria” que corresponde a la ruptura creada por el proyecto del descrecimiento supone salir del círculo infernal de la creación ilimitada de necesidades y productos y de la creciente frustración que engendra. La autolimitación es la condición para llegar a la prosperidad sin crecimiento y así evitar el derrumbe de la civilización humana.

Los recientes debates sobre la pertinencia de los indicadores de la riqueza tuvieron el mérito de recordar la inconsistencia del producto interno bruto (PIB) como índice que permite medir el bienestar, mientras que constituye el símbolo fetiche que no se puede desmontar y que es funcional para la sociedad de crecimiento. En esta ocasión, no nos hemos percatado bastante que la inconsistencia ontológica de la economía misma se pone así en evidencia. Al criticar el PIB, se quebrantan los fundamentos mismos de la creencia en la economía o de la economía como creencia. En cuanto discurso, la economía presupone su objeto, la vida económica que sólo existe como tal gracias a él. Sea cual fuere, en efecto, la definición de la economía política que tengamos, la de los clásicos (producción, reparto, consumo) o la de los neoclásicos (subsidio óptimo de los recursos raros para uso alternativo), la economía sólo existe a condición de presuponerse a ella misma. El campo específico de la práctica y de la teoría concernida no puede limitarse salvo si la riqueza y el subsidio de los recursos conciernen a la economía. Garry Becker es más coherente al plantear que todo lo que es objeto de un deseo humano, de derecho forma parte de la economía, salvo que si todo es económico, ya nada lo es. En ese caso, la omnicuantificación de lo social y la obsesión calculadora que ilustra sólo son resultado de un golpe de fuerza, el de la institución del capitalismo como omnimercantilización del mundo.

Precisamente el movimiento del descrecimiento pretende reaccionar contra este proyecto de transformar el mundo en mercancía, que la mundialización ha contribuido grandemente a realizar.

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