LA NOCIÓN DE INCREMENTO COMO ESENCIA DEL CRECIMIENTO

EDITH GUTIÉRREZ CRUZ(15)

A la luz del concepto de crecimiento, y en particular del de crecimiento económico, es importante reflexionar sobre los conceptos esenciales que le sirven de horizonte ontológico, axiológico y epistemológico, ya que es desde ellos que se articula la concepción del crecimiento como condición positiva y valiosa, signo de progreso y mejora. Desde tal andamiaje onto-axio-epistemológico se pude penetrar con claridad en lo esencial del crecimiento, para desde ahí señalar la necesidad de profundizar el pensamiento descrecentista.

En la experiencia humana los fenómenos son construcciones complejas atravesadas y constituidas por líneas de comprensión ontológica, axiológica y epistemológica. El fenómeno se articula a través de estas líneas de comprensión que también atraviesan al sujeto que comprende el fenómeno. En realidad, la relación entre el sujeto de conocimiento y el objeto es próxima y de mutua implicación, ya que ambos, sujeto y objeto, son copartícipes en el complejo onto-axio-epistemológico que denominamos “mundo” o “comprensión general de la realidad”. A estas grandes líneas las podemos denominar horizonte de comprensión.

En vista de lo anterior, podríamos plantear que la comprensión del mundo dominante parte de una noción presente en buena parte de las grandes formaciones culturales de Occidente —por lo general implícita y en algunos casos explícitamente—. La divisa en la que se centra dicha noción es: Más es mejor o “El incremento es positivo”, de ahí se extiende a multiplicidad de giros y perspectivas derivadas en las que la noción ontológica de incremento se caracteriza axiológicamente como deseable y positiva. El “más” alude a la dimensión ontológica desde la amplitud de los entes, a su posibilidad incluso de ser cuantificados, pero también alude a la cualidad de lo mayor, de lo masivo. Podría decirse que lo esencial del “más” es su posibilidad de incrementarse, de aumentar, de hacerse cada vez más y mayor.

Por su parte, lo “mejor” alude a la deseabilidad desde cierta comprensión de su valor en términos puramente axiológicos y epistemológicos. El “mejor” al que refiere en términos axiológicos remite al carácter positivo de lo mayor y a su deseabilidad en términos valorativos. Lo “mejor” también alude al saber, y sobre todo, al saber científico. Se asume pues, que el “más” en sentido ontológico, es “mejor” tanto en sentido axiológico como epistemológico.

Por ejemplo, Descartes ya advertía que el objetivo de su método es “aumentar mis conocimientos” en un sentido personal, aunque con trascendencia general (Descartes 1971: 9). Por su parte, Bacon (1985:9-14) criticó a las ciencias que son como estatuas inmóviles, que permanecen “sin mover ni avanzar”, a pesar de que su tarea tendría que ser la de “ensanchar los límites de las ciencias”, avanzar en sus estudios y hacer progresar el saber a través de mejores métodos que perfeccionen e incrementen el cúmulo de conocimientos. De esta forma “el mejoramiento de lo que tenemos es tanto una meta como la adquisición de más” (Bacon 1985: 16). A partir de estos ejemplos de la filosofía moderna es claro cómo el incremento, en cuanto posibilidad de los fenómenos, se recoge de manera epistemológica como proyecto para ampliar el conocimiento científico.

Tenemos entonces varios niveles en los que se manifiesta la divisa más es mejor: 

El nivel ontológico como la posibilidad de acumular los fenómenos de manera real o intelectual.

El nivel epistemológico como idea de incrementar el saber sobre el mundo y los entes.

El nivel axiológico en el que el incremento del ser y del saber se caracteriza como valioso.

Este sencillo armazón conceptual se halla en la base de diversidad de manifestaciones culturales, muchas de las cuales han dado lugar al desarrollo de la cultura, modo de vida y ciencia que pone en el centro de todo el “más”, es decir, el incremento como criterio para determinar la deseabilidad en sentido axiológico o en sentido epistemológico. El mismo Kant decía que a diferencia de la metafísica la física había entrado en el “camino seguro de la ciencia” propio del conocimiento seguro y útil (Kant s.a: 8) que se deriva de la síntesis entre razón, percepción, intelecto y experiencia; por su carácter puramente especulativo la metafísica fue incapaz de mostrar progreso alguno en su conocimiento. De esta manera, el incremento determina lo deseable; lo cada vez mayor se considera mejor, más deseable, más beneficioso, etcétera. Así, la comprensión del incremento crea un vórtice que se extiende en diversos niveles: “Es pertinente ser, pero es mejor ser más”. “Es bueno saber, pero es mejor saber más”. “Es deseable poder, pero es mejor poder más”. “Es deseable tener, pero es mejor tener más”. Desde la ciencia, la noción de incremento saltó a la economía, que en cuanto ciencia se extendió a la vida desde hace un par de siglos y se ha instituido como la norma a la que supuestamente tendrían que sujetarse los fenómenos naturales y humanos.

Cultura del crecimiento

A través de la dominancia de la noción de incremento se constituyó la cultura del crecimiento que se vinculó firmemente con la noción de progreso, que establece que el aumento de cantidades y cualidades de los entes y fenómenos no solamente es deseable, sino un signo de la correcta marcha del mundo, es decir, del progreso entendido como avance deseable del estado de cosas.

Estos enunciados implícitos en la cultura occidental se ramificaron desde la experiencia concreta para extenderse, por la fuerza de la imitación, tanto en los órdenes de lo concreto como en los de lo abstracto, y constituirse en pilares del armazón desde el cual comprendemos y experimentamos los fenómenos del mundo. En este sentido, Capra comenta (1992: 44) que: “A los occidentales les es muy difícil entender el hecho de que si algo es bueno, no significa que más de lo mismo sea mejor…” Así, el incremento como esencia del crecimiento es una empresa lineal que aumenta durante tiempo indefinido y de manera ilimitada, pues por su propia naturaleza expansiva devora en su conceptualización cualquier limitación espacio temporal. Tal es el caso, dice Capra, del crecimiento económico y tecnológico en cuanto empresas lineales, indefinidas en el tiempo e ilimitadas en el espacio del mundo, a través de las cuales se sustenta la idea de progreso propia de nuestra civilización.

Como consecuencia, el afán de conservar lo incrementado llevó de la lógica del incremento a la lógica de la acumulación. Si un incremento se logra, es imperativo evitar que se pierda, que se esfume en el transcurrir, en el ir y venir de la cotidianidad y de la vida. Así, el incremento se hermana con el afán de permanecer.

Por su propia naturaleza, el incremento, la divisa más es mejor, se expresa de manera privilegiada en lo económico como ámbito de la acción humana, y a través de la historia permea el deseo humano de poseer, hasta llegar a la sociedad capitalista en la que se manifiesta como afán ilimitado de poseer ilimitadamente. De tal manera en el campo de la economía, la concepción ontológica de incremento se expresa en conceptos diferentes entre sí, como crecimiento, desarrollo y progreso. Los siguientes criterios pueden plantearse para distinguir estos conceptos:

1) crecimiento económico es la expansión del producto social como función del tiempo; 2) desarrollo económico, el aumento de la razón del producto social actual al producto social potencial, ambos como funciones del tiempo; a su vez el producto social potencial puede definirse de varias maneras; 3) progreso económico, el aumento en el grado de satisfacción de las necesidades sociales (Olivera: 1959: 410).

En otras perspectivas el crecimiento se equipara con el desarrollo económico, ambos conceptos se vuelven intercambiables, y se adjudica al crecimiento el carácter de dinámico, con lo cual se oculta por qué hay unas naciones más desarrolladas que otras. El crecimiento económico se expresa como crecimiento de la riqueza de las naciones —por ejemplo, el incremento del PIB— que se deriva de las fuerzas que se desencadenan en los procesos productivos, y de la voluntad social y política de progresar.  De tal manera, el principio de la dinámica económica es el crecimiento (Colás 1962:210) entendido como incremento de la riqueza derivada del incremento de la dinámica productiva.

Crecimiento, desarrollo y progreso son conceptos que se constituyen desde la perspectiva económica en torno a la noción de incremento y de crecimiento como aumento de la producción; del comercio, del consumo, de la riqueza y, en ocasiones, como desarrollo o aumento del bienestar social que de manera ilimitada tendrían lugar en el modelo económico capitalista. Esta lógica de crecimiento-progreso asume, que a mayor crecimiento, hay mayor progreso, es decir, que el incremento en la producción de riqueza implica la mejora de la humanidad, su avance hacia condiciones óptimas. Sin embargo, el crecimiento así entendido sólo significa el incremento de la producción en tanto forma de dejar-venir, hacer aparecer y mostrar entes a la existencia a través de la acción y la manipulación técnica. El crecimiento y el progreso adoptan la faz técnica, es decir, se desenvuelven a través del control y la manipulación tecnocientífica del mundo, en la medida en que la esencia misma de la tecnociencia es el control, la posibilidad de acumular energía y recursos derivados de la conminación16 (Bestellung) de la naturaleza para convertirla en materia prima, en recursos aprovechables y administrables, en el dominio de las consecuencias mutuamente encadenadas de la provocación (Herausforderung) de la naturaleza. Se conmina a la naturaleza, es decir, se le obliga a mantenerse ahí para nuestros fines; se le provoca para develar sus energías y convertirla en “fondo fijo acumulado” (Bestand). Interpelar (Stellen) a la naturaleza es provocarla para que se muestre como “fondo fijo acumulado”, como reservorio infinito de energías y riquezas, “impulsarla adelante hacia su máxima utilización con el menor gasto.” (Heidegger, 1953: 58). Desde esta perspectiva, el grado de desarrollo, progreso y crecimiento de una civilización es su capacidad para convertir a la naturaleza en “fondo fijo acumulado”, esto es, en recurso utilizable, acumulable y aprovechable (Heidegger, 1953: 59)17. La tecnociencia, es decir, la conjunción entre la ciencia y la técnica, se instalan también en el horizonte de comprensión en el que domina la acumulación, utilización y aprovechamiento de las fuerzas naturales desencadenadas por el ser humano. Así, la ciencia de la modernidad, con la física, los motores, la electrónica, la energía atómica (Heidegger 1953: 61), y, hoy, con la cibernética, la genómica y mucho más, se sustenta en el proyecto ilimitado de conocer los fenómenos naturales, acumular este conocimiento y utilizarlo para recomenzar siempre ese proyecto ilimitado de conocimiento y control manipulador de la naturaleza. Por esto, dice Heidegger (1953: 62), llega a confundirse ciencia y técnica; ya que la ciencia y su finalidad de reconocer las cadenas causales de los fenómenos, las grandes leyes y los principios del acontecer no han podido distinguirla de la utilización instrumental de la naturaleza y sus fenómenos.

Crecimiento y descrecimiento

Sobre la base de la conceptualización de la naturaleza como “fondo fijo acumulado” se hace posible su administración científica o económica. La economía clásica se sustenta en presupuestos o nociones ontológicos, uno de los cuales, como ya se dijo, es el incremento de la riqueza, de la producción, del consumo o de la tecnología, es decir, el crecimiento económico, sin tomar en cuenta las limitaciones materiales y ecológicas. Se asume que la naturaleza se puede manipular, acumular, administrar de forma infinita según los designios del ser humano que se organiza en fuerzas productivas y en sistemas de producción. Así, la naturaleza como un reservorio infinito de recursos y fuerzas desencadenables de forma técnica es precisamente lo que cuestiona la propuesta decrecentista. Siguiendo las ideas de Georgescu-Roegen, la idea de crecimiento ilimitado es imposible debido a que la economía ocurre en entornos naturales, ámbitos ecológicos limitados que la acción humana transforma. Por otro lado, la transformación de la naturaleza que da lugar a la producción de riqueza degrada la materia que transforma, por lo que la materia y la energía que se emplean en la producción se pierden en parte y no se pueden recuperar. Ello significa que la actividad productiva que crea riqueza y crecimiento económico genera, paralelamente, una irreparable destrucción de recursos y formas de vida, así como la contaminación de los entornos naturales (Capra 1992: 459-469). De esta forma, el crecimiento de la economía y de la tecnociencia en lugar de resolver los problemas de la humanidad se convierte en un problema en sí mismo.

Tal es el ámbito desde el cual Latouche propone el concepto de descrecimiento como una palabra obús que reta a la religión de la economía del crecimiento  ilimitado  (Latouche 2009: 16). Si bien el descrecimiento es una categoría obús, es decir, un concepto para criticar el principio básico de la economía, se sustenta en saber hasta qué punto es posible o deseable el crecimiento y si éste tiene límites o puede darse de manera ilimitada. Por mucho tiempo se creyó que el crecimiento de la riqueza per se daría lugar al incremento de la satisfacción de las necesidades humanas y a la plena realización: para ello se han empeñado durante siglos los esfuerzos de trabajo y de transformación de la naturaleza. En general se omitieron cuestionamientos sobre si el incremento de la riqueza conduce al progreso humano, y sobre si el crecimiento es ilimitado, y, por ende, si es posible crear riqueza de manera indefinida. Puede verse en todo esto una hybris hacia lo ilimitado que no sólo ha dominado las concepciones económicas y políticas, sino que se ha filtrado en los mismos pilares de la empresa tecnocientífica occidental, manifestándose como la creencia en que la tecnociencia y sus métodos son la vía para conocer cada vez más y mejor los fenómenos del mundo, y que el saber que nos puede proporcionar la ciencia es prácticamente ilimitado.

De esta manera, en la economía y en la ciencia la noción de incremento está en la base, lo cual no es de extrañar, ya que la economía es una ciencia y como tal se sujeta a los criterios generales sobre la posibilidad y límites del conocimiento que abre el proyecto epistemológico occidental para el cual el conocimiento patrimonio de la ciencia es potencialmente ilimitado y debe servir para iluminar el camino humano en su andar por este mundo. Se manifiesta en ello la divisa más es mejor en el sentido de “Más conocimiento (tecno) científico es mejor”, “Es bueno conocer, pero es mejor conocer más en sentido (tecno)científico”. Encontramos pues un vínculo ontológico entre la (tecno)ciencia, la economía y el progreso, en la medida en que se inscriben en el horizonte de comprensión común a la civilización moderna, occidental capitalista (o incluso socialista desde el proyecto marxista o su realización parcial en la URSS y los países del bloque). El incremento como noción ontológica persistente en las empresas culturales de Occidente se quiere de manera ilimitada, diría Nietzsche, como la voluntad que se quiere a sí misma; el deseo de la voluntad es ella misma, de igual forma que el crecimiento se quiere a sí mismo más allá de todo límite: “El deseo de la voluntad es siempre querer más, por eso la voluntad es indetenible, es incontenible.” (Feinmann 2008: 89) De manera semejante el incremento, el crecimiento, justifica su propia hybris por crecer. En este contexto, la acción técnica es la forma de manipulación encaminada al incremento de la producción de entes, a la modificación de sus cualidades, y con ello juega un papel clave en el crecimiento. La tecnociencia es una forma privilegiada de crear y modificar entes, de producirlos e incrementarlos a través de la interpelación de la naturaleza que manipula y acumula lo dado en ella para su máxima utilización (Heidegger 1953: 58). En tal interpelar a la naturaleza hay una Voluntad de dominarla, de manipularla, de conminarla para acumular sus productos y potencialidades energéticas. Dicha voluntad de interpelar a la naturaleza se halla dominada por la actitud que Heidegger denomina el “afán de exageración y superación” (1969: 84-85). La divisa más es mejor parte de esta vocación cultural cuya actitud es la exageración y superación de lo dado, y desde ahí se anuncia la posibilidad de lo gigantesco, que apunta hacia lo cada vez mayor —y paralelamente— hacia lo cada vez menor, y se hace patente en el incremento de lo cuantitativo en la ciencia y el mundo de la vida. Así,

 

Lo gigantesco es más bien aquello mediante lo cual lo cuantitativo se convierte en una cualidad peculiar y, en consecuencia, en una destacada clase de magnitud. [...] lo gigantesco y lo que en apariencia es siempre y absolutamente calculable, se convierte precisamente por esto en lo incalculable. Esto sigue siendo la sombra invisible que se proyecta universalmente en torno a todas las cosas cuando el hombre se ha convertido en “subjectum” y el mundo en imagen. (1969: 84-85).

 

La divisa más es mejor muestra la dimensión axiológica de la actitud que encuentra su meta y su realización completa en el incremento tendiente a lo gigantesco y, en nuestra época, su concreción histórica en el crecimiento. Por ello, la noción de incremento ilimitado no se encuentra primariamente en la economía o en la (tecno)ciencia, sino en el horizonte de comprensión del mundo, en el armazón onto-axio-epistemológico, desde el que se generan y nutren de manera primaria el mundo de la vida y las ciencias en general, incluyendo la economía.

Horizonte descrecentista

La noción de incremento que ha sido cara a la tradición occidental y que se ha desenvuelto en la ciencia, la cultura y las formas de vida de la modernidad, es precisamente lo que ha entrado en cuestión a partir de la toma de conciencia de que la existencia humana no está separada ni apartada del entorno natural material, sino que para la vida humana hay una dependencia radical de la naturaleza. ¿Por qué el incremento se ha considerado de manera intuitiva como el sentido del ser y el conocer? Si bien Heidegger planteaba que en la historia de Occidente el ser se oculta y los entes se privilegian, podría establecerse que desde nuestro horizonte de comprensión dominado por la tecnociencia, el sentido de los entes es el incremento; es decir que los objetos inmediatos, los útiles, los instrumentos y las representaciones tienen que incrementarse para que pueda decirse que hay progreso. El descrecimiento, como concepto derivado de la física (Georgescu-Roegen)  y caracterizado desde la economía (Latouche) hoy se establece como palabra obús, como una tarea del pensamiento para ayudar a establecer los límites de la interpelación de la naturaleza (Heidegger), de la manipulación y de la acumulación de entes y energías, ya que estamos en un grave riesgo civilizatorio al seguir con la idea del incremento como directriz de las acciones sociales y personales. En el mundo de la efectividad técnica que se incrementa sin cesar, aparentemente:

 

Todo funciona, esto es lo inquietante, que funcione, y que el funcionamiento nos impele siempre a un mayor funcionamiento y que la técnica de los hombres los separa de la tierra y los des arraiga siempre más… el desenraizamiento de los hombres que se desprende de esto es el Fin, salvo que el Pensar y el Poetizar logren una Potencia sin violencia. (Heidegger 1966: 78)

 

Podríamos pensar entonces que el descrecimiento —como palabra obús— en su carácter crítico va contra el “absoluto estado técnico” que hace posible la acumulación de saberes y entes como condición necesaria para el supuesto progreso de la civilización. La conciencia de los límites del crecimiento implica en este tenor la constatación de la necesidad de cuestionar y derribar la postura que asume que la naturaleza es un “fondo fijo acumulado” que está ante los ojos y a la mano para que se le conmine e interpele en favor de la noción de incremento de los entes, sean éstos riqueza, energías o recursos en general. En lo anterior queda implicado el cuestionamiento de las ideas de progreso y desarrollo que se derivan de la noción de incremento, más allá de la ideología desarrollista que hoy empuja a los llamados subdesarrollados a que se comprendan a través de la esencia de la técnica (Heidegger 1989: 3) y su vocación por el incremento de saberes y riquezas.

Así, ser descrecentista implica dirigir el pensamiento, obús destructor, en contra de las nociones clave que ontológica, axiológica y epistemológicamente sustentan la cultura centrada en el incremento, y que se orientan hacia el dominio tecnocientífico de la naturaleza y del ser humano.

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