EL DESCRECIMIENTO EN EL SUR

ENTREVISTA A SERGE LATOUCHE

POR PATRICIA GUTIÉRREZ-OTERO

Serge, antes de entrar en materia, ¿puede decirnos en pocas palabras a qué llama usted una sociedad de crecimiento?

La sociedad de crecimiento puede definirse como una sociedad dominada por una economía de crecimiento y que tiende a dejarse absorber por ella. En ella, el objetivo primordial, sino el único, de la economía y de la vida es el crecimiento por el crecimiento. No se trata de crecer para satisfacer necesidades reconocidas, lo que sería algo bueno, sino de crecer por crecer. La sociedad de consumo es el punto de llegada normal de una sociedad de crecimiento que descansa en una triple ilimitación: ilimitación de la producción y, entonces, de la extracción de recursos renovables y no renovables; ilimitación en la producción de necesidades -y, entonces, de productos superfluos--; ilimitación en la producción de desperdicios- y, entonces, en la emisión de deshechos y contaminación del aire, la tierra, el agua.

Podemos decir que la “mundialización” que marca el paso de una economía mundial con mercado a una economía y una sociedad de mercado sin frontera constituye el triunfo absoluto de la religión del crecimiento.

Esta mundialización, sin embargo, tiene dos aspectos según se hable del Sur o del Norte.

Sí, de hecho una sociedad de crecimiento no puede sostenerse en el Norte porque sobrepasa la capacidad de carga del planeta y choca con los límites de la finitud de la biósfera. Pero incluso aunque pudiera durar de manera indefinida, nuestro modo de vida seguiría siendo insoportable, lo que haría deseable cambiarlo. Por lo mismo, tampoco es deseable en el Sur.

Muchos consideran que hablar de descrecimiento implica una visión pesimista sobre la capacidad de la Tierra para autoregenerarse y del ser humano para encontrar salida a los límites finitos del planeta. ¿Qué respondería usted a esto?

Es cierto que la primera ley de la termodinámica nos enseña que nada se pierde, nada se crea. Sin embargo, el extraordinario proceso de regeneración espontánea de la biósfera, incluso asistido por el ser humano, no puede ir a un ritmo desenfrenado. De todas maneras no permite restituir de forma idéntica la totalidad de los productos que la actividad industrial degradó. Según la segunda ley de la termodinámica, los procesos de transformación de la energía no son reversibles y en la práctica sucede lo mismo con la materia: a diferencia de la energía, ésta puede reciclarse, pero nunca de manera integral. Nicholas Georgescu-Roegen dice: “Podemos reciclar monedas metálicas usadas, pero no las moléculas de cobre que el uso disipó”. Él llamó a este fenómeno la “cuarta ley de la termodinámica”, y desde el punto de vista de la economía concreta no puede discutirse, aunque pueda hacerse en teoría pura. Es decir que no podemos coagular los flujos de átomos dispersos en el cosmos para rehacer nuevos yacimientos mineros explotables, trabajo que en la naturaleza se llevó a cabo a lo largo de miles de millones de años. Para Georgescu-Roegen la imposibilidad de un crecimiento ilimitado no lleva a un crecimiento nulo, sino a un descrecimiento necesario. Hay que entender que lejos de ser un remedio para los problemas sociales y ecológicos que desgarran el planeta, el desarrollo económico es la fuente del mal. Debe analizarse y denunciarse como tal. Ya ni siquiera es posible la reproducción durable de nuestro sistema depredador. Si todos los ciudadanos de la Tierra consumieran como los americanos o como los europeos medios, los límites físicos del planeta se sobrepasarían ampliamente.

Me explico. Si el “peso” sobre el medio ambiente de nuestro modo de vida se evaluará por “la huella” ecológica de éste en la superficie terrestre o espacio bioproductivo necesario, obtendríamos resultados insostenibles desde el punto de vista de los derechos de extracción de la naturaleza y de la capacidad de regeneración de la biósfera. El espacio disponible en el planeta Tierra representa 51 mil millones de hectáreas, pero el espacio “bioproductivo”, es decir que es útil para nuestra reproducción, sólo es de 12 mil millones de hectáreas, que al dividirse entre la población mundial da 1,8 de hectárea por persona. Los investigadores del instituto Redefining Progress (California) y del World Wild Fund (WWF) calcularon que el espacio bioproductivo que consume cada ser humano es de 2.2 hectáreas. Es decir que los seres humanos ya no están en el camino de un modo de civilización durable que sería de 1, 8 hectáreas por cabeza, tomando en cuenta que la población no aumente.

Y aún así, esta distribución de hectáreas por cabeza es ideal, pero no real...

Cierto, esta huella media oculta grandes disparidades. Un ciudadano medio de los Estados Unidos consume 9,6 hectáreas; un canadiense 7,2; un europeo 4,5; un francés 5,26; un italiano 3,8. Aunque haya grandes diferencias en el espacio bioproductivo disponible en cada país, nos encontramos muy lejos de la igualdad planetaria. La mayor parte de los países del Sur están por debajo de la huella sostenible.

Entonces, el Sur es explotado por el Norte en cuanto al uso de la tierra disponible.

Así es, para que en Europa funcione la crianza de ganado intensiva, es necesario que una superficie equivalente siete veces a la de este continente se use en otros países para producir la alimentación necesaria para los animales criados de forma industrial, lo que se llama “cultivos entre bastidores” (recomiendo la lectura de Shiva Vandana, El terrorismo alimentario. Cómo las multinacionales hambrean al Tercer Mundo). Los Países Bajos usan o importan un territorio de unos 100,000 Km2 en el mundo, principalmente en el Sur, es decir de cinco a siete veces la superficie productiva de las tierras del país sólo para su alimentación. En 1992, el ciudadano del Norte consumía en promedio tres veces más cereales y agua potable, cinco veces más fertilizantes, diez veces más madera y energía, catorce veces más papel, diecinueve veces más aluminio que el ciudadano del Sur (William Rees). La relación del consumo comparativo de energía y expulsión de gas de efecto invernadero es más flagrante. Gandhi, con su gran sabiduría, ya hacía la siguiente pregunta: “Gran Bretaña usó la mitad de los recursos del planeta para llegar a ser lo que es actualmente.

¿Cuántos planetas serían necesarios para la India?” Ya tenemos una respuesta. Según François Schneider: “necesitaríamos doce planetas si queremos que sean viables a largo plazo” y más de treinta, en el horizonte de 2050, si seguimos con una tasa de crecimiento del 2% y si tomamos en cuenta el crecimiento previsible de la población.

Ante este panorama, cuál es el desafío del descrecimiento para el Sur que no goza de los beneficios del desarrollo, pero aspira a ellos.

De hecho, el descrecimiento de la huella ecológica (léase del PIB) en el Sur no es necesaria ni deseable, pero tampoco hay que construir una sociedad de crecimiento o no salir de ella si ya se ha entrado ahí. Y, tiene razón, fuera de minorías del Sur, entre ellas “sobrevivientes” de los pueblos primeros (375 millones) que quieren estar fuera del crecimiento y el desarrollo, la mayoría de la población aspira al nivel y modo de vida estadounidense, al “sueño americano”, lo que es imposible sin la final destrucción de nuestro ecosistema.

El caso de los brics  (Brasil, Rusia, India, China, Unión Sudafricana) plantea un reto singular. Son países llamados “emergentes”, con un crecimiento de dos cifras, que no pretenden moderar su crecimiento ni su consumo energético, y que aspiran al bienestar de los países del Norte, muchos de ellos con un índice poblacional muy alto. Los dejo aparte. En cuanto a África, el uso del eslogan “descrecimiento” no aplica, lo que implica que sea deseable que se construya una determinada sociedad de crecimiento.

Sin embargo, hay una relación entre el descrecimiento en los países ricos y la situación de pobreza de los países del Sur...

Sí, claro, el descrecimiento en el Norte es una condición del florecimiento de cualquier forma de alternativa en el Sur. Si en el Norte vivimos como hoy lo hacemos es porque la mayoría de la humanidad consume poco. Por eso es necesaria una redistribución masiva de los derechos de utilización de la biósfera: hay que reducir la huella ecológica del Norte para que la del Sur pueda aumentar. Por el contrario, mantener o introducir la lógica del crecimiento en el Sur so pretexto de sacarlo de la miseria que este crecimiento ha creado sólo lo haría más occidental, lo que al final es completamente insostenible.

Así, la sociedad de crecimiento no es deseable para el Sur ni para el Norte, ¿podemos profundizar en las razones que no están marcadas por los límites de los recursos naturales?

Hay por lo menos tres razones: la sociedad del crecimiento genera un aumento de las desigualdades e injusticias; crea un bienestar grandemente ilusorio; los mismos “adinerados” no viven en una sociedad convivial, sino en una “antisociedad” enferma de su riqueza. En todos estos casos, traiciona la promesa de felicidad de la modernidad. Me explico:

En cuanto a las desigualdades, la polarización de las situaciones siempre se ha verificado a nivel planetario, y desde el final la edad de oro del capitalismo (desde la Segunda Guerra hasta la crisis del Petróleo de 1973) se verifica también a nivel de cada país, incluso en el Norte. Los reportes realizados por el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) han mostrado el aumento de la desigualdad. En 1970 la relación entre el quinto más pobre era de 1 a 30; en 2004 pasó de 1 a 74. Según Thierry Paquot. “La economía de lo inmaterial, acentúa las desigualdades sociales, agrava la fractura social.” Para Besset, el ingreso anual medio de un africano es inferior al ingreso mensual del salario de subsistencia (RMI)7 de un francés”. Lo que no quiere decir que entre una chamba precaria y el desempleo asistido, se pueda envidiar “el trabajo forzado de tiempo indeterminado”. Como señala Majid Rahnema: “No es aumentando la potencia de la máquina para crear bienes y productos materiales que se terminará el escándalo [de la miseria y la indigencia], pues la máquina que se puso en marcha para ello es la misma que fabrica la miseria de manera sistemática”.

El desarrollo de las injusticias no sólo está en la naturaleza misma del sistema capitalista, sino de cualquier sociedad de crecimiento. Una sociedad incapaz de permitir que la mayoría de sus miembros gane su vida con un trabajo honesto y que para sobrevivir los condena a aceptar actuar contra su conciencia volviéndose cómplices de la banalidad del mal está en profunda crisis. Esta es nuestra modernidad tardía, desde los pescadores que salen adelante mientras destruyen el fondo marino, los ganaderos que torturan a sus bestias, los explotadores agrícolas que destruyen la tierra cultivable, los ejecutivos dinámicos que se vuelven “sicarios”, etcétera.

En cuanto al bienestar ilusorio. La obsesión por el PNB toma en cuenta como algo positivo cualquier producción y pago, incluidos aquellos que son dañinos y lo que éstos se vuelven necesario para neutralizar sus efectos; por ejemplo, la industria contra la contaminación, como lo señaló Jacques Ellul. Estas evaluaciones son eminentemente delicadas, problemáticas y controvertidas. Por ejemplo, en Francia los médicos del trabajo estiman que el costo del estrés es del 3% del PIB. Por su parte, la Academia de Ciencias de China informa que “si se contabilizaran los gastos ocultos del desarrollo económico relacionados con las contaminaciones y la reducción de los recursos naturales, el crecimiento medio del PIB chino entre los años 1985 y 2000 debería reducirse de 8,7 a 6,5 puntos”. Además, la integración de los daños colaterales (extracción de agua, contaminación de mantos freáticos, de ríos y océanos, vacas locas, fiebres porcinas y otras pandemias) llevan sin duda a concluir que hay una contraproductividad que es comparable a la que ya Ivan Illich mostraba en relación con el automóvil.

En estas condiciones, el aumento del nivel de vida del que la mayoría de los ciudadanos del Norte creen beneficiarse es cada vez más una ilusión. Es cierto que cada vez gastan más en compra de bienes y servicios mercantiles, pero olvidan deducir de ello el aumento superior de los costos. Éste tiene diversas formas comerciales y no comerciales: degradación de la calidad de vida no cuantificada pero padecida (aire, agua, medio ambiente); gastos de “compensación” y de reparación que la vida moderna hace necesarios (medicinas, transportes, diversiones); aumento de precios de bienes enrarecidos (agua embotellada, energía, espacios verdes...). Toda una serie de indicadores “alternativos” corroboran esta “paradoja”: índice de salud social, productos verdes, producto interior suave de los quebequenses, etc. El triste récord francés del uso de antidepresivos ilustra este círculo vicioso en el que el crecimiento nos ha hecho entrar. Para soportar un creciente estrés que la vida moderna engendra (condiciones de trabajo, transporte, medio ambiente, etc.) los ciudadanos necesitan droga, lo que les permite crecer aún más. En otras palabras, ¡en estas condiciones, el crecimiento es un mito incluso dentro del imaginario de la economía del bienestar, e incluso dentro de la sociedad de consumo!

Para los “ricos” el crecimiento económico tampoco hace que surja una sociedad convivial, sino una antisociedad que su riqueza enferma. Para Jean Baptiste Say una ley es que la felicidad sea proporcional al volumen del consumo. Hobbes puso los cimientos de esta impostura economista y modernista. Para él no existe un fin último ni un bien supremo, por eso “la felicidad es una marcha continua del deseo hacia adelante, de un objeto a otro, la apropiación del primero sólo es el camino que lleva al segundo”. Durkheim denunció este presupuesto utilitarista de la felicidad como suma de placeres ligados con el consumo egoísta. Para él esta felicidad no está lejos de llevar a la anomia, es decir al disfuncionamiento social, y al suicidio. Nótese que según la OMS, anualmente hay casi un millón de suicidios en el mundo, lo que está lejos de los homicidios (500,000) y de las víctimas de guerras (250,000). La hibris, la desmesura propia del ser humano occidental, que Hobbes anunció no parece llevar a la felicidad. “ [...] El equilibrio entre ganar con qué vivir y ganar una vida más equilibrada es cada vez más difícil de alcanzar porque la lógica de la nueva economía hace que nos apeguemos cada vez más al trabajo y cada vez menos a la vida individual. [...] Por maravillosa que sea la nueva economía, en su altar sacrificamos partes significativas de nuestra vida: trozos enteros de la vida de familia, de nuestras amistades, de la vida colectiva, de nosotros mismos”, afirma Robert Reich, economista de Harvard y antiguo ministro del trabajo de Bill Clinton.

¿Qué piensa que deberían saber los habitantes del Sur para resquebrajar el imaginario de la felicidad que brinda el crecimiento económico y el consumo?

Es elocuente que el índice de felicidad (Happy Planet Index) que estableció una onG británica (New Economics Foundation) haya puesto de cabeza el orden clásico del PNB con el Índice de Desarrollo Humano (IDH). Por ejemplo, en 2009, en esta clasificación el primer lugar de felicidad lo obtuvo Costa Rica, luego República Dominicana, Jamaica y Guatemala. Los Estados Unidos ocuparon la posición 114. ¿Por qué? La sociedad a la que se llama “desarrollada” se basa en la producción masiva de la caducidad, es decir una pérdida de valor y una degradación de las mercancías, que la aceleración de lo “tirable” transforma en basura, como también la de los seres humanos que se excluyen o se despiden después de haber sido usados, como los altos ejecutivos que se arrojan hacia el desempleo, los indigentes y otros desechos humanos.

En cuanto al Sur. ¿El descrecimiento es válido para el Sur que aún no accede al consumo de masas? ¿El Sur debe seguir en el camino de una economía de crecimiento o debe entrar en el descrecimiento cuando ni siquiera ha empezado a crecer? Quizás lo mejor sería que su pib bajara, pues lo importante, como señala Hervé René Martin, es que “Para los países pobres descrecer significaría la conservación de su patrimonio natural, abandonar las fábricas esclavizadoras para retomar la agricultura de cultivos alimentarios, la artesanía y el pequeño comercio, retomar su destino común”. Fíjese en la imagen que dan Mattieu Amiech y Julien Mattern en cuanto a pretender que el Sur entre en la sociedad de consumo, dicen que sería “como si, conduciendo un automóvil que va a toda velocidad contra un muro, uno prefiriera de manera hipócrita hacer que el mayor número de gente posible se subiera en él, más que buscar los medios para evitar la colisión”. Hablar de descrecimiento en el Sur no es quizás la formulación más apropiada ni la más atractiva para obtener la adhesión de las poblaciones en situación difícil; predicar el desarrollo y el crecimiento parece una superchería asistencial formidable.

¿Qué hacer, entonces, pues el crecimiento se sigue presentando en el Sur como algo bueno y deseable?

Confiar en la tradición milenaria de sabiduría que tiene el Sur, que está muy lejos de la racionalidad y la voluntad de potencia occidentales. En cuanto a la India y la China no hay que ser demasiado pesimistas porque sus fundamentos culturales son muy diferentes de los nuestros. Los valores del hinduismo, del budismo, del taoísmo e incluso del confusionismo van en el sentido de la autolimitación y la moderación, que corresponden a la filosofía subyacente del proyecto de una sociedad de abundancia frugal, como lo dijo Gandhi: “vivir de manera más simple para que todos puedan simplemente vivir”.

Con frecuencia el descrecimiento es acusado de ser un lujo de los “ricos” obesos del sobreconsumo. Sin embargo, el descrecimiento también tiene que ver con las sociedades del Sur porque éstas están encarreradas en la construcción de economías de crecimiento para evitar hundirse más en el callejón sin salida al que los condena esta aventura. Las sociedades del Sur deberían, si tienen aún tiempo, tratar de liberarse de los obstáculos que les impiden realizarse de otra manera. Es decir, tratar de poner en marcha un movimiento en espiral para entrar en la órbita del círculo virtuoso de las 8 R a las que se podrían sumar otras “R” alternativas y complementarias como Romper,  Reanudar,  Reencontrar, Reintroducir, Recuperar, etcétera.

¿Podría añadir algo más sobre este punto?

Atreverse al descrecimiento en el Sur es tratar de romper con la dependencia económica y cultural con el Norte para reanudar con una historia que la colonización, el desarrollo y la mundialización interrumpieron. Se trata entonces de reencontrar, reconstruir y reapropiarse una identidad cultural propia, reintroducir los productos específicos olvidados o abandonados y los valores “antieconómicos” ligados con el pasado de estos países, al mismo tiempo que se recuperan las técnicas y los saberes tradicionales.

La primera etapa consiste entonces en romper la dependencia económica y cultural con el Norte. Es una ruptura más cultural que económica, aunque sea indispensable con una política económica autónoma. Ruptura también con la exportación sistemática de cultivos especulativos que socavan la autosuficiencia alimentaria, que es aún más necesaria porque está en juego la autosuficiencia en agua.

Reanudar con una historia que la colonización, el desarrollo y la mundialización interrumpieron es importante para rencontrar y reapropiarse una identidad cultural propia. Para llegar a ser actor del propio destino, primero hay que ser uno mismo y no el reflejo cautivo del otro. Las raíces no se cultivan por sí mismas para lamentar la grandeza pérdida, son indispensables para tener un nuevo comienzo.

Reintroducir los productos específicos olvidados o abandonados y los valores “antieconómicos” ligados con su historia y recuperar las técnicas y los saberes tradicionales.

Restituir por parte del Norte si éste quiere incluir una “deuda” cuyo “rembolso” a veces reclaman los pueblos indígenas. La restitución del patrimonio robado es mucho más problemática, pero la del honor perdido podría consistir en entrar en asociación de descrecimiento con el Sur con el objetivo de una convergencia ecológica.

Es urgente, en estas condiciones, rencontrar la sabiduría del caracol. Éste nos enseña la lentitud  necesaria, pero también, como nos explica Ivan Illich: “El caracol construye la delicada arquitectura de su concha añadiendo unas tras otras, espirales cada vez más amplias, luego se detiene bruscamente y comienza enrollamientos decrecientes. Una sola espiral más amplia le daría a la concha una dimensión dieciséis veces más grande. En lugar de contribuir al bienestar del animal, lo sobrecargaría. Por lo tanto, todo aumento de su productividad serviría sólo para aliviar las dificultades creadas por este aumento de la concha más allá de los límites que fija su finalidad. Cuando pasa el punto límite del alargamiento de las espirales, los problemas de sobrecrecimiento se multiplican en progresión geométrica, mientras que la capacidad biológica del caracol no puede, en el mejor caso, que seguir una progresión aritmética.” (En El género vernáculo.)  Este divorcio del caracol con la razón geométrica, que durante un momento esposó, nos muestra la vía para pensar una sociedad de “descrecimiento” serena y convivial, si ésta aún es posible.

Muchas gracias por su tiempo, Serge, espero poder retomar la conversación en otra ocasión para abordar el tema de países en situaciones tan difíciles como la que vive México, con un pie en el México profundo y otro totalmente en gringolandia, una desigualdad económica aterradora y un imaginario colectivo sumamente colonizado.

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