CRISIS ECONÓMICA Y TERRITORIALIDAD

JEAN ROBERT(2)

La crisis económica ya es un hecho al que nos estamos acostumbrando y que está ligado con La Economía y con los hechos financieros. Esta crisis es el fruto de una imaginación colectiva seducida por los sueños de los de “arriba”. La crisis afecta la territorialidad entendiendo ésta como la pobreza digna que vive fuera del mundo capitalista al mantener el cultivo, la cultura, las costumbres, la hospitalidad, la subsistencia, incluso en las ciudades. La urbanización “de arriba” ha entrado en una moderna “guerra contra la subsistencia”, disfrazada de diseño urbano, urbanismo, planificación, comunicación vial:

El espectro de la “crisis” económica-financiera ya se volvió sombra sobre la tierra que los hombres pisan todos los días. Aterrizó en ella y la angustiante lucha por el hoy tomó el lugar de las preocupaciones por el mañana.  Pero ni siquiera causa el estupor y el sálvese quien pueda de los primeros días. Frente a un mal que empieza a ser conocido y a la ausencia de escapatorias, ¿qué hacer, sino experimentar posiciones que permitan el mayor confort en la incomodidad, como cuando uno busca el sueño en una cama desecha? Después de la fase aguda de la “crisis” en el sentido literal de “encrucijada”, vino la fase crónica y la adaptación a lo que sea. “A lo que sea”: expresión cargada de malos agüeros. Al dejar de ser una amenaza en el cielo de los mañanas inciertos, la crisis se arraigó en el suelo, bajo los pies de cada vez más gente. Hoy está totalmente aquí, abajo y ahora.

¿Ha cambiado el mundo? ¿En qué medida? Arriba, sobran las voces que nos dicen que no, que estamos saliendo de la zona de las turbulencias, mientras que los pilotos de lo que aún llamamos La Economía anuncian que se vislumbra un cielo claro después del último conglomerado de nubes negras. Como los meteorólogos que nos anuncian qué clima tendremos mañana, es posible que tengan razón. Puede ser que sí, puede ser que no. En materias en que la incertidumbre domina todo es posible, sobre todo si se trata de un fenómeno en el que los “hechos” reflejan más la opinión general sobre una “realidad”, cuyo referente es más bien la opinión que se tiene que la probabilidad de que se realice. Traten de leer la última frase en voz alta y muy rápidamente: vale como una suerte de diagnóstico simplificado para que los deudos de la paciente Doña Economía Financiera puedan entender qué le está sucediendo. Cuando los doctos sólo quieren que otros doctos los entiendan, profieren sus diagnósticos y sus pronósticos sobre los fenómenos autorreferenciales que son los “hechos financieros” de hoy. Hablo de los “hechos financieros” autorreferenciales porque, contrariamente a la palabra árbol, que apunta hacia un referente concreto, “ahí afuera”, en la lingüística financiera, la expresión “hechos financieros” se refiere poco a las realidades externas; es decir que no tiene un referente fuera de la esfera de las finanzas, lo que no significa que no tenga repercusiones aquí abajo, sino que la lingüística de los financieros sirve para que ellos puedan olvidarse de las consecuencias lejanas de sus actos que afectan al mundo real.

Como desechos de satélites que caen sobre la tierra, los terminajos del mundo financiero contaminan el lenguaje común. Pero eso no significa que cada vez que sus palabrotas surgen en una conversación común, quien las pronuncia tenga poder sobre los conceptos con los cuales, allá arriba, los economistas y financieros construyen su realidad virtual. Cuando los doctos creen que nadie extraño a sus círculos los escucha, se apresuran a explicar en voz baja que se trata de “hechos” que, contrariamente a la concreción de un terremoto, se originan en “lo que cada inversionista piensa que los otros piensan que él piensa de lo que piensan de sus movimientos presentes y futuros en la bolsa de valores; en fin, nos entendemos: hablamos de aquello que enseñan todas las teorías monetarias neoliberales”. Es decir, se trata de “hechos” que se originan allá arriba en la imaginación antes de golpearnos aquí abajo. Ahora bien, “autorreferencial” no quiere decir “sin consecuencias reales”. Los acontecimientos enseñan al contrario que esos juegos de espejos en el gran show de la opinión  también generan tsunamis virtuales realmente destructores de patrimonios, seguridades, ahorros e ingresos. Quizás debamos revisar el concepto de “opinión pública” que, allá en las altas esferas, manejan los doctos árbitros de los letales juegos financieros. Es “pública” tanto cuanto lo son las plazas y las calles que están tan llenas de coches que el peatón público ya no se “halla” en ellas.

Nos dirigimos a los peatones de la economía. Después de ponernos de acuerdo en que no todo el mundo forma parte del gran “público” en la misma medida, sino que hay un público de a pie y un público montado,  hay que hacer otra distinción importante. Cuando se compara la catástrofe destructora de patrimonios por la que atravesamos con un desastre natural, se comete lo que los lingüistas llaman una metáfora coja. ¡Qué bueno que las metáforas puedan cojear! Es lo que les da juego en los dos sentidos de la palabra:

la falta de ajuste mecánico y el espacio para jugar. Esas faltas de precisión o juegos son fallas por donde la poesía puede entrar. Pero este texto pretende ser analítico y por ello, tiene que ir más allá del poder poético de las metáforas. En su fase aguda, la crisis no fue ni un terremoto, ni una tormenta, ni, menos, un tsunami, aun cuando no sólo los periodistas sino los más famosos matemáticos de las finanzas hablan de un tsunami financiero.  En realidad, el frente de la batalla en la que unos ganaron y muchos perdieron, en el que pocos siguen jugando y cada vez más sufren, en que muchos resultan heridos y no pocos mueren no es comparable con una catástrofe natural como un sismo, un huracán o una sequía. Entonces, ¿es una guerra, como lo sugerí cuando hablé de “frente de batalla”? Pido disculpas: fue otra metáfora coja. El escenario en el que la crisis se nos precipitó desde arriba no es exactamente el teatro de las guerras, por lo menos, no en primera instancia, no en su origen. Es decir que para la gente de a pie la catástrofe económica no inició como una guerra de la que ellos formaran parte. Decir eso parece contradictorio, porque bien sabemos que en las altas esferas de los poderes políticos, económicos y fácticos, grupos adversos se pelean a muerte por codicia y envidias. Las noticias de sus luchas por el dinero, la hegemonía y el poder contaminan “nuestra” prensa y sus cadáveres con frecuencia se arrojan en nuestras barrancas. Sobran los síntomas de que sí hay una guerra o guerras. Pero, bajo lo que yo llamaría estos “síntomas de guerra adquiridos”, hay otros tejemanejes cuyo estudio requiere otros conceptos que los que se aplican en el análisis de las guerras. Hay que entender cómo gente montada en los caballos de sus espejismos y sueños de poder logra convencer a gente de a pie que, si ésta les tiene confianza y apoya sus proyectos (de desarrollo, de fraccionamientos, del mega aeropuerto en Atenco, de enriquecimiento caído del cielo) ellos también, los de abajo, recibirán su hueso en forma de bocho y un changarro o de un doctorado en Harvard para alguno de sus hijos. Quizás no hoy, pero mañana sí.

Ni catástrofe natural ni verdadera guerra, la crisis económica se inició en un tercer frente cuyos movimientos primordiales no se originan en la naturaleza ni en la violencia brutal, sino en la imaginación colectiva. Cuando el imaginario popular se deja contaminar por los sueños de arriba, se instaura una falsa paz. Evocando este tercer frente, ni catástrofe natural ni guerra propiamente hablando, el pintor Francisco Goya escribió: “El sueño de la razón engendra monstruos”. Ivan Illich comentó al respecto:

 

Mucho sufrimiento ha sido siempre obra del hombre mismo. La historia es un largo catálogo de esclavitud y explotación, contado habitualmente en las epopeyas de conquistadores o contado en las elegías de las víctimas. La guerra estuvo en las entrañas de este cuento, guerra y pillaje, hambre y peste que vinieron inmediatamente después. Pero no fue hasta los tiempos modernos que los efectos secundarios no deseables, materiales, sociales y psicológicos de las llamadas empresas pacíficas empezaron a competir en poder destructivo con la guerra.3

 

Según Illich, las devastaciones provocadas por los efectos de las “empresas pacíficas” deben distinguirse, por un lado, de los daños provocados por las violencias naturales y, por otro, de la esclavitud, el pillaje y la explotación causados por la codicia de seres humanos que pueden ser vecinos.

 

La naturaleza y el vecino son sólo dos de las tres fronteras con las que debe habérselas el hombre. Siempre se ha reconocido un tercer frente en el que puede amenazar el destino. Para mantener su viabilidad, el hombre debe también sobrevivir a sus sueños que el mito ha modelado y controlado. Ahora, la sociedad debe desarrollar programas para hacer frente a los deseos irracionales de sus miembros más dotados. Hasta la fecha, el mito ha cumplido la función de poner límites a la materialización de sus sueños de codicia, de envidia y de crimen. El mito ha dado seguridad al hombre común que está a salvo en esta tercera frontera si se mantiene dentro de sus límites. El mito ha garantizado el desastre para esos pocos que tratan de sobrepasar a los dioses.4

 

En otras obras, Illich argumenta que los mitos tradicionales mantienen la proporcionalidad entre el individuo y su comunidad, entre ésta y la naturaleza. El desastre provocado por los que “tratan de sobrepasar a los dioses” es, hoy, el monstruo engendrado por un sueño de la razón: espejismo de poder sin límite, voluntad desproporcionada de saber, riqueza desarraigada de todo control comunitario, sueño de ubicuidad. Los mitos contenían esas locuras en los dos sentidos de la palabra contener: eran narraciones sobre héroes y hombres locos que jugaban a ser dioses, pero al mismo tiempo impedían que esas locuras contaminaran al conjunto de la sociedad. Al contener la desproporción, los mitos le asignaban un lugar fuera del sentido común que guiaba la conducta de los hombres verdaderos. Lo que vivimos ahora es el efecto de sueños de poder desproporcionados y de omnisciencia desencadenados de sus ataduras tradicionales. Al caer sobre la tierra como desechos, amenazan el sentido común de la gente, que es percepción de la proporción, de la escala, de la justa importancia de las cosas y de los límites de las fuerzas propias.

En el mundo de las finanzas, allá, en los sueños de la razón de arriba, mientras todo mundo pensaba que todo iba bien, todo iba bien, hasta que una perturbación incitó a algunos inversionistas a actuar como si todo fuera a ir mal y, con ello, a realizar su propia profecía. En jerga financiera, esto se llama pasar de la “especulación al alza” a la “especulación a la baja”. Ya se señaló que, después del sálvese quien pueda, lo que más frecuentemente se oye ahora son llamados a la calma. Más allá de las turbulencias provocadas por la progresiva generalización de la desconfianza, entraríamos a un mundo “como el de antes”, dicen los que quieren que todo vuelva a ser “como antes”, es decir, que se les vuelva a tener confianza. Esa ilusoria restitución de la normalidad de antes se llama recuperación. Pero los que predican la recuperación pasan por alto la única pregunta seria sobre su fundamento: ¿la confianza estaba justificada?, ¿está justificada hoy? Cuando los que manejan la máquina económica desde las alturas prometen la recuperación de La Economía, lo que quieren recuperar es la confianza que alguna vez se les tuvo. Por eso prometen devolvernos un mundo “como el mundo de antes”. Omiten decir “un mundo más sombrío, triste, controlado y aburrido, más desesperado”. Y con más miseria también. Según ellos, este mundo recuperado será un mundo en el que los de abajo tendrán que hacer más sacrificios para “salvar a La Economía”.

Pedir a la gente de a pie que haga sacrificios para salvar a La Economía, ¿no es como si los ingenieros en transporte pidieran que la gente de a pie “salvara el automóvil”? ¿Y cómo puede la gente de a pie hacer algo por los coches? ¡Dejando de caminar en las calles y en las plazas para que los vehículos tengan más espacio, y para que la industria automotriz tenga más clientes! En este mundo recuperado, lo que fue una vez una pobreza digna y asumida porque era dueña de sus medios de subsistencia, se reprimiría de manera aún más impune que antes. Y nosotros, que alguna vez fuimos peatones confiados en el poder de nuestros pies, sólo sobreviviríamos en calles cada vez más inhóspitas o ¿nos volveremos usuarios y pasajeros de vehículos para ir a la tienda de la esquina con el fin de salvar a General Motors?

Decir “pobres dignos y dueños de sus medios de subsistencia” es igual a decir “pobres dueños de sus territorios”. Es decir, gente de abajo capaz de sobrellevar las crisis y de sobrevivir a la nueva normalidad porque su subsistencia no depende totalmente  de la producción capitalista y de sus redes de distribución de mercancías comestibles que la gente de la ciudad tiene que comprar en los supermercados. En muchas partes de México, los pobres comienzan a usar un nuevo concepto para diferenciar a la pobreza digna de la miseria. Se trata del concepto de territorialidad. A lo mejor, muchos no saben que con ello están dando a luz un potente concepto analítico nuevo para hablar de una vieja realidad que tiene que ver con el cultivo, la cultura, las costumbres y también la hospitalidad y, por supuesto, con la subsistencia,  palabra deshonrada por el mal uso que le han dado los lingüistas de arriba.

La reivindicación de la territorialidad va mucho más allá del clásico reclamo por la tierra. Un campesino individual necesita una tierra si quiere seguir cultivando. Una comunidad requiere un territorio con su agua, sus bosques o sus matorrales, con sus horizontes, su percepción de “lo nuestro” y de “lo otro”, es decir con sus límites, pero también con las huellas de sus muertos, sus tradiciones y el sentido de lo que es la buena vida con sus fiestas, su manera de hablar, sus lenguas o giros, y hasta sus maneras de caminar. Su cosmovisión. La territorialidad no es un nuevo chauvinismo, no es un llamado a encerrarse en un santuario de tradiciones puras e inamovibles, y menos a encerrarse temerosamente en guetos al modo de los de arriba dentro de sus fortalezas campestres y sus residencias con albercas y canchas, o al modo de los de en medio que se agazapan en sus condominios, fraccionamientos o campos de concentración para ricos venidos a menos o para pobres que tratan de lanzarse al asalto de la pirámide social.

Todos los que diseñan esas residencias campestres amuralladas, esos guetos clasemedieros y campos de concentración para burócratas y obreros merecedores, los que fraccionan el campo antes y los que después los pueblan, son, lo quieran o no, reinas, alfiles, caballos o peones en el tablero de una despiadada contienda territorial. La territorialidad rechaza la lógica de esta guerra, porque es arraigamiento, apego al suelo y a la tierra nodriza, respeto de las costumbres y capacidad de transformarlas en forma tradicional. Es capacidad de subsistir a pesar de los embates del mercado capitalista. Es reflexión crítica sobre el hoy y el aquí que viene de abajo. La imposición desde arriba de residencias que se diseñan para permanecer ajenas al lugar que ocuparán y que se construyen después de que los trascabos borraron ahí todas las huellas de las vidas pasadas es lo contrario exacto de la territorialidad. Hoy en día, este contrario de la territorialidad se llama desarrollo urbano y se enseña en las universidades como diseño arquitectónico.

Las guerras territoriales modernas no dicen su nombre. Se disfrazan tras eufemismos: el ya mencionado diseño urbano, el urbanismo, la planificación con sus cartas urbanas y reglamentos, la extensión a manera de brazos de estrella de mar que proliferan desde los centros urbanos, servicios de transporte, agua, salud, educación y diversión. De clubs de golf, de “juegos de números” que son casinos disfrazados, de hoteles donde los cuartos se rentan por hora, de voraces megatiendas. El diseño urbano se ha transformado en una especie de roza y quema cuyo instrumento es el trascabo. Lo que se edifica luego en el espacio vacío que las máquinas abrieron se parece en todo el mundo: de Acámbaro a Che-Chen, de Bangalore a Silicone Valley. En cambio, los frutos de la territorialidad se distinguen, en cada sitio particular, por su íntima compenetración con el espíritu de un lugar único.

Si bien el otro bando, el bando “antiterritorialidad” no tiene camiseta propia, sino que cambia de color según los intereses del momento, la guerra que acarrea sí tiene nombre. Se llama guerra contra la subsistencia.  Desde que empezó, hace más o menos quinientos años, ha tenido varias manifestaciones, pero su resultado siempre ha sido la devastación de los territorios donde subsistían y siguen subsistiendo los pueblos. Guerra de gente de arriba contra gente de abajo, materialmente, de gente de a caballo contra gente de a pie y, hoy, de automovilistas contra peatones.

¿Qué tiene que ver la territorialidad con la crisis? Primero, el hecho histórico de que, desde hace por lo menos cinco siglos, la guerra contra la subsistencia ha sido una guerra de devastación de los territorios de subsistencia de la gente “de abajo”. Segundo, el inmenso peligro de que las políticas de rescate de La Economía se parezcan a las políticas de desarrollo de las infraestructuras de transporte que usurpan superficies de banqueta y otros espacios peatonales para acomodar más coches en las calles. La gran amenaza inherente a las políticas de rescate, recuperación y normalización de la economía es que usurpen ámbitos de subsistencia para construir en su lugar supermercados y lucrativos fraccionamientos en aras del sueño de los economistas profesionales, el mercado perfecto en que todos los actos de subsistencia se reduzcan a transacciones económicas formales generadoras de divisas y sujetas a impuestos. Si no somos vigilantes, si bajamos la guardia, los sueños de los economistas pueden engendrar monstruosidades sociales aún desconocidas. No faltará quien alabe esos monstruos como prueba de la “creatividad del capitalismo”. Este autor está en desacuerdo con toda alabanza al capitalismo que, según él, no es un sujeto o una entidad que manipula y transforma las sociedades desde afuera. El capitalismo no es otra cosa que la forma de la despiadada guerra contra la subsistencia que caracteriza los tiempos modernos. Su expansión siempre ocurre a costa de territorios, saberes y talentos de subsistencia. Por ejemplo, cada vez hay más señales de que se está fomentando una guerra sucia contra modos de supervivencia que hasta ahora se toleraban en las márgenes: sobrevivir vendiendo flores en las calles, limpiando parabrisas, pepenando, construyendo su propia casa. En la “Guía bibliográfica” que concluye su ensayo sobre el trabajo fantasma, Ivan Illich escribía:

 

La era moderna es una guerra sin tregua que desde hace cinco siglos se lleva a cabo para destruir las condiciones del entorno de la subsistencia y remplazarlas por mercancías producidas en el marco del nuevo Estado-nación. En esta guerra contra las culturas populares y sus estructuras, al Estado le ayudó la clerecía de las diversas Iglesias; luego, los profesionales y sus procedimientos institucionales. A lo largo de esta guerra, las culturas populares y los dominios vernáculos -áreas de subsistencia- fueron devastados en todos los niveles. Pero la historia moderna -desde el punto de vista de los vencidos de esta guerra- queda todavía por escribirse.5

 

So peligro de seguir aceptando pasivamente la destrucción de los territorios de subsistencia, de los lazos sociales, de las culturas y de la naturaleza bajo el impacto de un nuevo arrebato de crecimiento económico, es absolutamente necesario replantear la cuestión del referente real de los discursos económicos. Parte de la cortina de humo tras la cual se disimula la ciencia llamada “economía” -definida arriba como “teoría de la asignación de medios limitados a fines alternativos” (léase fines ilimitados) o como “observación de fenómenos de formación de valor bajo la presión de la escasez”- emana de la confusión sabiamente mantenida entre la economía y la subsistencia. Léanme bien: la mentira según la cual la subsistencia -a canasta, la obtención de los medios de supervivencia- es el objeto de la ciencia económica genera la confusión que es el secreto de su poder.

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