COLAPSO Y SOBREVIVENCIA BUENA(8)

CARLOS TAIBO(9)

Estudios científicos llevan a la conclusión de que habrá un posible colapso general del sistema económico y ecológico con el derrumbe así de la idea de “progreso”, lo que vuelve necesario identificar cuáles son los procesos que afectan planetariamente, y aunque la vida en sí no se destruirá por completo es difícil saber qué sucederá con la humana. A estas alturas el colapso, en gran parte provocado por el sistema capitalista incapaz de autolimitarse, quizás sólo puede postergarse o aminorarse. En todo caso, el cortoplacismo de la civilización global, de su sistema económico y de sus gobiernos no alientan un modo de vida diferente que se volverá inevitable con el fin de la sociedad de abundancia y que podría llevar a la recuperación de una sociedad autogestiva, destecnologizada y despatriarcalizada.

 

La naturaleza y la humanidad pueden sobrevivir sin la civilización industrial, pero ni la civilización industrial ni la humanidad pueden sobrevivir sin la naturaleza.

John  michael  Greer

 

La característica más significativa de la civilización moderna es el sacrificio del futuro en provecho del presente. Todo el poder de la ciencia se ha visto prostituido con este objetivo.

William  James

 

Tengo que volver aquí sobre una discusión que me atrajo ya en el prólogo de esta obra. Un libro de esta naturaleza es muy sencillo, demasiado sencillo, que suscite una réplica manida: lo que viene a sugerir que en él se defiende una tesis lamentablemente catastrofista y, llegado el caso, milenarista y apocalíptica. Creo firmemente que no es así. Me limitaré a replicar que en estas páginas no se invoca ningún texto sagrado ni ninguna profecía. Me acojo, antes bien, a opiniones enunciadas por científicos, desarrolladas de forma racional y moderadamente creíbles, por mucho que no permitan albergar certezas absolutas. Tampoco hay aquí ningún impulso milenarista, aunque  con frecuencia  asome —lo reconoceré— la idea, sibilina, de que lo que nos espera es en buena medida el resultado de la lamentable línea de conducta por la que hemos acabado por deslizarnos. Aun con ello, esa idea no lleva a la desesperación de quienes piensan que estamos irremisiblemente condenados. Reclama, por el contrario, un cambio radical en nuestra manera de ser, de actuar y de relacionarnos, y no anuncia castigos divinos. Como bien puede apreciarse, en estas páginas no se habla del mal y de los efectos del pecado, tampoco se presenta un escenario en el que se enfrentarían el bien y el mal, no se preconiza ninguna suerte de salvación individual y, en fin, en modo alguno se reivindica el ascendiente de códigos religiosos que amenazan con el final de los tiempos y enuncian profecías autocumplidas. Tal y como sugerí en el prólogo, lo que en este modestísimo libro se apunta, una y otra vez, es que resulta probable un colapso general del sistema, con el agregado de que lo prudente sería que tomásemos cartas en el asunto, estimulásemos el debate correspondiente y, llegado el caso, procurásemos soluciones. En el buen entendido, por añadidura, de que, siendo cierto que el colapso está llamado a tener muchas consecuencias negativas, no por ello faltará, a su amparo, la posibilidad de restaurar relaciones venturosas entre los seres humanos, y entre éstos y el medio natural en sus múltiples manifestaciones.

Mi impresión, por lo demás, es que hemos recibido la herencia de una sociedad profundamente enferma, de un “mundo equivocado” en el que, tal y como lo aseveró Fabian Freyenhagen, nadie puede estar sano y vivir bien. Zygmunt Bauman, con vocación parecida, ha sostenido que nos hemos convertido en “inválidos que miramos desde la ventana del hospital”. Ese delicadísimo escenario se completa acaso con tres hechos más. El primero refiere el hundimiento general de la idea de progreso y, con ella, del proyecto ilustrado: cada vez hay más motivos para concluir que lo que comúnmente se entiende por progreso es una forma de encubrir la destrucción del medio natural. El segundo lo aporta la obligación de identificar procesos a los que no escapa ningún rincón del planeta. Ahí están, para testimoniarlo, el cambio climático, el agotamiento de las materias primas energéticas, un general retroceso en la producción y el comercio, la extensión del desempleo, las dificultades en materia de generación de alimentos, las migraciones masivas o las guerras. El tercero, en fin, nos recuerda que tenemos que ser conscientes de que, pase lo que pase, la vida seguirá, claro, en la Tierra, bien que con transformaciones tan importantes que será necesario mucho tiempo para recuperar el régimen característico del holoceno. Harina de otro costal es lo que ocurrirá, en cambio, con la vida humana…

Las cosas como fueren, permítaseme que cierre este libro con media docena de observaciones que pueden configurar un resumen, tanto de las tesis en él defendidas como de las conclusiones que de ellas conviene extraer.

1. Tengo la intuición —en modo alguno se trata de una certeza— de que difícilmente podremos evitar el colapso. Lo que está a nuestro alcance es mitigar algunos de los efectos más negativos de éste, postergar un tanto en el tiempo su manifestación y prepararnos para hacer lo más llevadera posible la sociedad poscolapsista. Aunque es verdad que la afirmación anterior pende de lo que entendamos por colapso, lo más probable es que, hagamos lo que hagamos, lleguemos tarde. Nuestras posibilidades de estabilizar el clima, de restaurar los sistemas naturales, de contener la población y de erradicar la pobreza han ido menguando con el paso de los años. La reducción de emisiones contaminantes, llena de trampas, se antoja manifiestamente insuficiente, el designio de limitar el consumo energético apenas ha prosperado, y no hay planes serios en materia de reforestación o de restauración de la vida marina y de los acuíferos. Todo lo anterior al margen, y pese a lo que reza el discurso dominante en tantos lugares, la lógica del beneficio privado ha arrinconado cualquier plan serio encaminado a acumular conocimientos y habilidades que nos permitan construir comunidades de reducidas dimensiones, descentralizadas y sostenibles, y capaces de garantizar una vida satisfactoria. Parece evidente que las opciones que los poderosos le imprimen a nuestra presencia en la Tierra discurren por otro camino.

Por lo demás, para encarar la mayoría de los problemas que tenemos por delante necesitamos un período de tiempo amplio del que, desgraciadamente, no parece vayamos a disponer. Ello es particularmente ostensible en el caso del agotamiento de las materias primas energéticas. Para evitar el colapso deberíamos haber actuado en su momento, acaso dos décadas antes de la llegada del pico del petróleo. En la percepción de Greer nuestra intervención tendría que haberse producido en 1986. El propio Greer afirma que el sentido de lo que podía ocurrir debería haberse hecho evidente en la década de 1970, cuando todavía había un excedente de combustibles fósiles que otorgaba cierto margen de maniobra. El cuarto de siglo que medió entre 1980 y 2005 se caracterizó, conforme a esta percepción, por una ceguera extrema. Y el resultado es hoy palpable: cuando el conductor de un camión pesado aprecia un peligro y decide frenar de forma brusca, es inevitable que la inercia del vehículo haga que éste se detenga mucho más allá de lo deseable.

2. A mi entender salta a la vista la dramática falta de idoneidad del mercado para afrontar los problemas que me han interesado en esta obra. En el mejor de los casos el mercado resuelve los problemas de escasez cuando no hay escasez… Embaucado por la lógica del beneficio y por el cortoplacismo más aberrante, estimula una competición indeseable, tiene un carácter jerárquico, es incapaz de deshacerse del mito del crecimiento económico y, en fin, ahonda el relieve de esos problemas, los vinculados con la escasez, que acabo de mencionar. Los precios de los que el mercado se sirve son incapaces de valorar fenómenos como el cambio climático, las enfermedades generadas por la civilización humana o los costos de las intervenciones militares necesarias para mantener el control sobre los yacimientos de petróleo. Como lo ha tenido a bien señalar Gilbert Rist, las reglas del mercado permiten extraer los recursos de una región, consumirlos en otra y evacuar los desechos en una tercera, con franco beneficio, claro, para la segunda de esas regiones. En ese proceso, y en franca ignorancia de los efectos a largo plazo, el mercado ignora la distinción entre los bienes renovables y los que no lo son, al tiempo que aviva la competición entre las economías de los diferentes lugares, imposibilitando toda aproximación concertada a los problemas.

No queda sino extraer una conclusión: el capitalismo, lejos de la aplicación de cualquier principio de precaución, es un sistema que, incapaz de autolimitarse, muestra muy livianas capacidades de control de las tecnologías que emplea. Aunque a veces las decisiones genocidas y naturicidas del capitalismo se vinculan, claro, con programas manifiestamente premeditados, en muchas ocasiones el sistema propicia el genocidio y el naturicidio en virtud de un impulso inercial y espontáneo, a duras penas planificado. Sobre la base de esta tesis —la de la inconsciencia de muchas políticas— se levantan algunas de las explicaciones que sugieren que el colapso puede ser un momento repentino que genere una crisis salvaje, sin retorno. Conviene agregar, eso sí, que la responsabilidad de la tragedia que acaso se avecina no es exclusiva de los estamentos directores del capitalismo: con diferentes gradaciones nos alcanza a todos.

Imbuido de un cortoplacismo aberrante, el capitalismo parece haber perdido, por añadidura, los mecanismos de freno que en el pasado le permitieron salvar la cara. Ha mejorado su posición, en cambio, en lo que respecta al control de las mentes. Como rezaba una máxima difundida en las redes sociales, habrá que prestar atención a la reacción de quienes se indignan por la corrupción cuando descubran lo que es la plusvalía…

3. Pero no se trata sólo del mercado. Hay que hablar, también, de algo que acompaña a éste de manera indeleble. Me refiero a la propiedad privada, que multiplica las dimensiones de desigualdad claramente insertas en el escenario contemporáneo. Muchas veces he tenido que tomar nota de una formidable superstición: la que sugiere, contra toda evidencia, que la propiedad privada y el mercado son las garantías fundamentales frente al agotamiento de los recursos y frente al propio colapso. Sorprende que a estas alturas todavía haya quien afirme que las grandes empresas son los primeros interesados en establecer medidas férreas que permitan hacer frente a aquél. Eso es lo que, de manera sorprendente, piensa, por ejemplo, Jared Diamond.

Parece que es otra realidad la que se impone: tenemos que afrontar en estas horas procesos muy delicados que, en manos privadas, han escapado a cualquier designio vinculado con el interés general. La supervivencia, que tiene que convertirse, por fuerza, en nuestro primer objetivo, no parece precisamente rentable, aunque a buen seguro habrá quien procure otorgarle este carácter. Estamos ante lo que Greer describe como una transición desde la economía de la abundancia a la economía de la escasez, en el buen entendido de que hay que admitir que el escenario de esta última es propicio a la reaparición de muchas fórmulas que nada tienen que ver, claro, con la colaboración y la solidaridad. Las cosas como fueren, hay que certificar que la crisis económica iniciada en 2007-2008 ha tenido un delicado efecto adicional: el de aplazar muchas de las discusiones, y entre ellas la de las taras que acompañan al mercado y a la propiedad privada, vinculadas con el colapso.

4. No olvidemos que en el transcurso del siglo xx el consumo de energía se multiplicó

por diez, la extracción de minerales industriales por veintisiete y, en fin, la producción de materiales de construcción por treinta y cuatro. Las sociedades opulentas se caracterizan por una insaciabilidad permanente y, al tiempo, por la imposibilidad de dar satisfacción a necesidades que las más de las veces han sido artificialmente creadas. Esa aberración cobra cuerpo, además, en un escenario marcado por un insondable cortoplacismo y por un retroceso general del empleo y de los salarios que se convierte, claro, en un obstáculo para la enloquecida expansión del consumo que el sistema postula.

Con semejantes antecedentes sobran las razones para concluir que, dados los límites medioambientales y de recursos del planeta, hay que abandonar la lógica del crecimiento económico en provecho, ahora, de la búsqueda de la calidad de la vida, de la misma forma que hay que alejarse de la lógica del consumo y de los desafueros acompañantes. Al tiempo, hay que apostar por la igualdad en todos los órdenes. Ojo que el terreno por el que me deslizo ahora remite a códigos que van más allá de los estrictamente económicos: “La adicción, en una forma u otra, impregna todos los aspectos de la sociedad industrial. La dependencia con respecto al alcohol —a la comida, a las drogas, al tabaco...— no es formalmente diferente de la dependencia con respecto al prestigio, al ascenso profesional, a la influencia mundial, a la riqueza, a la necesidad de construir bombas más complejas o a la de ejercer un control sobre todo” (Morris Berman).

Estrategia mayor, bien tramada, del sistema es la que nos invita a consumir unos u otros bienes sin permitir —ya me he referido a ello— que nos hagamos preguntas relativas a si esos bienes son necesarios y nos interesan. La mayor parte de quienes se pronuncian sobre cuestiones —así, el agotamiento de las materias primas energéticas— que aquí me han ocupado parecen dar por descontado que una tarea primordial en el momento presente es la que reclama buscar fuentes de energía que nos permitan mantener, en su caso ahondar, la trama de la que hoy, según se nos cuenta, disfrutamos. ¿No sería más inteligente, sin embargo, discutir primero si deseamos preservar esa trama para después —y una vez repudiadas muchas de las imposiciones que la rodean— debatir qué cantidad de energía precisamos? ¿Tenemos realmente interés en preservar un mundo como el que la industrialización capitalista y los combustibles fósiles nos han entregado? ¿Un mundo que Lewis Mumford entendió que era una vida encapsulada, en virtud de la cual gastamos buena parte de nuestro tiempo en un automóvil o delante de una televisión?

Al cabo la lógica del sistema que se nos impone es muy singular. Bertrand Méheust desgrana al respecto un ejemplo muy clarificador. Supongamos que Rusia descubre en el océano Glacial Ártico una enorme reserva de gas y de petróleo que se pueden extraer con costos muy razonables. De resultas se plantea la posibilidad real de prolongar nuestra orgía de consumo durante unas décadas. En ese escenario mental es muy sencillo que todas las discusiones relativas a la crisis ecológica queden postergadas. Como un alcohólico que vuelve a beber con desenfreno al percatarse de que su cirrosis ha remitido, siquiera sea de forma provisional, volveríamos a las andadas. Porque son muy escasas las posibilidades de que, en esas condiciones, y mercados y propiedades privadas de por medio, aprovechemos la situación para emplear de manera mesurada los recursos encontrados y prever lo que cobrará cuerpo en un futuro muy cercano.

5. Las instituciones políticas al uso, en las democracias liberales como fuera de ellas, no aportan nada de interés en lo que se refiere al debate sobre el colapso. Lo que llega de ellas es comúnmente una combinación de ceguera, cortoplacismo y defensa obscena de connotados intereses privados, con algún fuego de artificio de por medio. En lo que a este último respecta, pienso, entre nosotros, en el manifiesto “Última llamada”, suscrito en 2014 por un buen puñado de responsables de fuerzas políticas de la izquierda que luego prefirieron olvidar su contenido tanto en las declaraciones públicas como en los programas de los partidos a los que representan.

Permítaseme, con todo, que intente perfilar tres dimensiones —a alguna de ellas acabo de referirme—  de la política que abrazan las instituciones y, con ellas, y por cierto, los organismos internacionales. La primera asume la forma de una manifiesta sumisión a los intereses privados, que disfrutan al respecto de un visible apoyo dispensado desde las estructuras de poder. Si las multinacionales dictan las reglas del juego, a los Estados se les reserva la tarea de apuntalar un escenario propicio para los intereses correspondientes. Mientras, en ese escenario, son pocos los estímulos para el cambio, y muchos, por el contrario, los que atienden al designio de mantener, sin más, el negocio, lo común es que la ecología, por su parte, se perciba como un proyecto enemigo de la economía.

En los últimos años las respuestas a la crisis no han hecho sino acrecentar los problemas, y los riesgos, en el terreno de los límites medioambientales y de recursos, al amparo de unas políticas que, autocalificadas de austeridad, no han resultado serlo, llamativamente, en el terreno ecológico.

En segundo lugar, la parafernalia institucional que me ocupa no va más allá del capitalismo verde que, eso sí, ilustra la capacidad del sistema para absorber iniciativas aparentemente alternativas. Me limitaré a recordar que el capitalismo verde estima que el orden imperante está en posición de resolver, tanto en el terreno técnico como en el económico, los problemas vinculados con la crisis ecológica, de tal forma que la conciencia de la posibilidad de un colapso no forma parte de su agenda. En la trastienda, y como ya sabemos, no hay ninguna voluntad de contestar ni el crecimiento económico ni, entre nosotros, el estilo de vida occidental.

Agrego, en suma, que esa maquinaria que me atrae, la de las instituciones, revela una ignorancia orgullosa de los problemas de mediano y largo plazo. Los dirigentes políticos parten de la certeza de que no podemos renunciar a la energía barata, al crecimiento económico, a los automóviles y a un sinfín de productos exóticos. En consecuencia, admiten disputas, en circuito cerrado, sobre el régimen mientras las rechazan, en cambio, cuando se refieren al sistema. En los medios de comunicación que el capital controla es extremadamente difícil encontrar alguna discusión que se interese por el trabajo asalariado, por la mercancía, por la alienación, por la sociedad patriarcal, por las guerras imperiales, por la crisis ecológica y, naturalmente, por el colapso. Resulta sencillo identificar, por el contrario, las trabas objetivas, de todo tipo, que las instituciones imponen a la articulación de movimientos como los que están materialmente dedicados a la transición poscolapsista.

6. Cuando me puse a la tarea de sopesar la naturaleza de las propuestas alternativas que, desde la igualdad y la solidaridad, se han formulado ante el colapso me percaté del peso ingente que en ellas tiene, de manera cristalina u oculta, lo que voy a llamar la tradición libertaria.  Como el lector ya ha podido comprobar en el capítulo 4, esas propuestas beben indeleblemente de la defensa de la autoorganización de las sociedades desde abajo, de la autogestión, de la democracia y de la acción directas, y del apoyo mutuo.

Se trata, en último término, de mantener la esperanza frente a la barbarie. Deseemos, en otras palabras, que nuestras opciones no se reduzcan al mercado, al despliegue de diversas formas de autoritarismo o a una predecible combinación de lo uno y lo otro. Y descubramos de forma placentera que hay otros horizontes distintos de los dictados por el capital, el mercado y el beneficio privado. Nada sería peor, en cualquier caso, que la opción en provecho de una institución, el Estado, que arrastra secuelas lamentables en materia de centralización, burocracia, desigualdad y represión. Es difícil imaginar, en suma, que esa opción no acabe volcada al servicio de alguna suerte de ecofascismo.

La alternativa que he intentado reconstruir de la mano del capítulo relativo a los movimientos por la transición se materializa, ya hoy, en la construcción de espacios autónomos autogestionados, desmercantilizados y, ojalá, despatriarcalizados (y en esfuerzos encaminados a autogestionar y a socializar, hasta donde ello sea posible, los servicios públicos). Esos espacios, que deben pelear por su federación y por un incremento de su dimensión de confrontación con el capital y con el Estado, tanto pueden servir para evitar el colapso —ésta es la versión más optimista— como para prepararnos para lo que está llamado a ocurrir después de aquél —la versión tal vez más realista—. En un horizonte como en el otro tendrán que hacer frente, desde fuera del capitalismo y de sus reglas, a un programa mínimo en el que se den cita verbos como decrecer, desurbanizar, destecnologizar, despatriarcalizar y descomplejizar nuestras sociedades. En palabras de Richard Heinberg, “acaso lo más importante que tenemos que conservar para las futuras generaciones es la lección moral que acompaña al crecimiento y al colapso de la civilización industrial”.

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