BREVE HISTORIA DEL DESCRECIMIENTO Y LA TAREA DEL ARTE

MIGUEL VALENCIA MULKAY(1)

Para hablar del descrecimiento como consigna política es necesario retrazar cómo nació la idea y práctica del crecimiento económico y cómo se entró en las sociedades de crecimiento gracias a tecnologías que permitieron usar fuentes de energía hasta entonces no disponibles. Así mismo es indispensable señalar el descontento que a finales de los años cincuenta comenzó a manifestarse ante un tipo de economía capitalista y tecnológica que engendró también un tipo de sociedad con una capacidad de destrucción de la vida humana en el planeta. La opción por otras formas de vida así como el arte son lugares de creatividad para cambiar las cosas.

La creación de los bancos hace más de ochocientos años desató en el mundo un proceso de crecimiento y desacralización que hasta nuestros días no se ha detenido, aunque con el nacimiento de la Revolución Industrial este crecimiento se hizo más evidente así como más fuertes las reacciones contra lo que desde entonces llaman el “progreso”, por ejemplo la Revolución Ludita que a principios del siglo xix  destruyó máquinas en nombre de la defensa de la artesanía, y el movimiento romántico inglés y alemán, en el que destacó Mary Wollstonecraft Godwin, más conocida como Mary Shelley, esposa del poeta del mismo nombre y autora de la famosa novela gótica Frankenstein o el moderno Prometeo, en la que ilustra magníficamente cómo funcionan las creaciones de la tecnología moderna.

La economía, motor del crecimiento, empezó a tomar autonomía y a salirse del control social en el siglo XVII, pues la percepción del mundo en las sociedades europeas cambió cuando se aceptó que el mundo está lleno de escasez en lugar de abundancia, cuando las más descabelladas ambiciones se volvieron legítimas. El imaginario económico cuyo núcleo es la idea de la escasez, penetró y dominó de manera creciente las mentes de los europeos y de las clases dominantes en sus colonias. En este siglo nacieron las economías de crecimiento, con el apoyo de la ciencia y la tecnología que empezó la carrera de innovaciones que permitieron crear mercados en países cada vez más lejanos.

En el siglo XX, las revoluciones tecnológicas y las grandes guerras se retroalimentaron mutuamente y aceleraron el crecimiento del consumo de productos industriales y la desaparición de la producción vernácula, artesanal. Como consecuencia de estas revoluciones, se aceleró en el mundo la desaparición de los lenguajes, las culturas, las especies vegetales y animales, los saberes, las técnicas milenarias. Se impuso la modernidad dominada por la industria y el consumismo. Sin embargo, no fue sino hasta después de la Segunda Guerra que las grandes naciones acordaron que la principal tarea de los gobiernos consistiría en hacer crecer la economía, el Producto Interno Bruto (PIB), y que todas las naciones deben participar en las olimpiadas mundiales del crecimiento. En enero de 1949, en su discurso a la nación, el presidente Truman describió el modo de vida de su país, y de los que se le parecen, como desarrollado y como subdesarrollado a los que carecen de este modo de vida: lanzó la consigna del desarrollo que sustituyó a la consigna británica del siglo anterior, el progreso, e invitó a las demás naciones, como lo hacen los poderosos, a comprar las tecnologías que hacen que este modo de vida sea posible.

Apareció entonces la mercadotecnia y su gran apoyo, la publicidad, para incitar el consumo, reforzar al imaginario económico con su arma preferida: la envidia, el placer que excluye el placer del otro y el placer común. En los Treinta Años Gloriosos -1945-1975- proliferaron las innovaciones en el modo de vida de los países desarrollados que dejaron de ser una economía de crecimiento, para convertirse en una sociedad de crecimiento; es decir en una sociedad donde una economía de crecimiento domina y tiende a dejarse absorber por ella. El crecimiento por el crecimiento mismo es el objetivo primordial y único en la vida. Joseph Schumacher define el crecimiento como producir más sin tomar en cuenta la naturaleza de lo que se produce. Puede decirse que la mundialización o globalización, que marca el paso de una economía mundial con mercado a una economía y una sociedad de mercado sin fronteras, constituye el triunfo absoluto de la religión del crecimiento.

Sin embargo, hacia finales de los cincuenta iniciaron las primeras manifestaciones de descontento con el modo de vida creado por las nuevas políticas para el desarrollo; empezaron a sonar las alarmas de las protestas contra las tecnologías nucleares, contra la contaminación de ríos, lagos, mares. En los sesenta se aceleraron las protestas contra los pesticidas utilizados en la agricultura, como el DDT; la contaminación creada por la industria; la implacable expansión de la urbanización; el lanzamiento de productos fitotóxicos sobre Vietnam; y se produjeron los primeros desastres ambientales, como el vertido de mercurio en la bahía de Minamata en Japón y el naufragio del Torrey Canyon que derramó 30,000 toneladas de petróleo en el mar. El nuevo modo de vida industrializado fue rechazado por grandes pensadores que fertilizaron intelectualmente el movimiento del 68 europeo y estadounidense. Las inquietudes escalaron a tal punto que un alto ejecutivo de la Fiat consiguió integrar una asociación de empresas transnacionales, el Club de Roma, con el fin de realizar un estudio sobre el crecimiento a cargo de un grupo de científicos del Massachusetts Institute of Technology (MIT). Este Club de Roma publicó a principios de 1971 el libro que se consideró como el más subversivo del siglo XX: Los Límites del Crecimiento: describe el poco futuro que el crecimiento de la economía tiene en un mundo finito. Se desató así el debate mundial sobre el crecimiento. De manera destacada, Ivan Ilich, André Gorz, François Partant, Cornelius Castoriadis, escribieron libros que sentaron las bases del debate actual sobre el crecimiento. Los libros escritos por Ivan Illich en Cuernavaca, Morelos, como La convivialidad, Némesis médica, La sociedad desescolarizada, Energía y equidad, provocaron un revuelo mundial, al punto que hoy en día se le considera con justicia como uno de los pensadores más importantes y lúcidos de la segunda mitad del siglo xx y un pilar del movimiento por el descrecimiento.

En 1972, la Conferencia de Estocolmo marcó por primera vez el interés “oficial” de los gobiernos por los asuntos del medio ambiente. En ese mismo año el presidente de la Comisión Europea, Sicco Mansholt, recomendó reflexionar sobre un escenario de “crecimiento negativo” y propuso “reducir nuestro crecimiento económico, para sustituirlo por una noción de otra cultura de felicidad, de bienestar”; y más tarde declaró que “el crecimiento no es sino un objetivo político inmediato que sirve a las minorías dominantes”. Ese mismo año se desató el movimiento ecologista cuya piedra angular es la creencia de que nuestra Tierra finita pone límites al crecimiento industrial; de esta forma el principio rector se volvió la “sustentabilidad”, una de las palabras más cuestionadas del vocabulario político. Por otra parte, se desató el primer gran shock petrolero: el crudo subió de dos dólares a cuarenta dólares por barril en los setenta; en esa década el movimiento ecologista de los países desarrollados llegó a su esplendor y desde entonces poco han cambiado los fundamentos filosóficos y los objetivos de los verdes y los ecologistas. Sin embargo, los intereses económicos afectados por las revelaciones del informe del Club de Roma, la crisis petrolera y las denuncias del movimiento ecologista internacional de los setenta, reaccionaron con una fuerza descomunal, titánica: se impusieron las ideas neoliberales a finales de la década en el gobierno de la señora Thatcher y luego en el resto del mundo: justificaron la radicalización del cinismo de los dirigentes y del embrutecimiento de la sociedad consumista, industrializada.

En los ochenta, los gobiernos consiguieron aislar y sofocar la crítica al crecimiento y a la sociedad industrial; también, lograron asfixiar el movimiento ecologista de los países desarrollados por medio del apoyo al ambientalismo lo más cientificista posible y por la creación de la tramposa doctrina del desarrollo sustentable que pretende que las soluciones a los problemas ambientales deben ser tecnocientíficas.

No fue sino hasta 2002 que las diferentes corrientes de pensamiento crítico en torno al crecimiento se reunieron en París, en el seminario de la UNESCO, Deshacer el desarrollo; rehacer el mundo; ahí refrendaron su rechazo al crecimiento y exploraron el posdesarrollo. En este seminario participaron admiradores de la obra de Ivan Illich, Georgescu-Roegen, Cornelius Castoriadis, Jacques Ellul, Karl Polanyi, Alain Caille, Jean-Pierre Dupuy, Marshall Shalins, entre otros. Ivan Illich murió poco tiempo después. Serge Latouche, participante en este seminario, publicó en 2003 un artículo en Lemonde Diplomatique con el título “Pour un société de décroissance” [“Por una sociedad de descrecimiento”], que desató un gran revuelo entre los partidos verdes, las confederaciones campesinas y un gran sector de la opinión pública de Francia, afectada por la muerte de más de 10,000 ancianos en sólo dos semanas ocasionada por una ola de calor atípica que asoló a París durante ese verano. Se lanzó un periódico sobre el tema La Décroissance, se fundaron dos asociaciones y un partido por el descrecimiento. Francois Schneider recorrió los pueblos de Francia en un burro y se crearon grupos por el descrecimiento en muchas provincias francesas.

El movimiento por el descrecimiento invadió Italia y España en 2005 y 2006, luego se extendió a Dinamarca, Inglaterra, Polonia y otros países. En 2007, nuestro grupo ecomunidades, Red Ecologista Autónoma de la Cuenca de México, organizó el primer ciclo de conferencias sobre el descrecimiento, con el apoyo de Jean Robert, el más destacado conocedor del pensamiento de Ivan Illich. “En la primera conferencia adoptamos la palabra descrecimiento, con una ‘s’, con el fin de denotar el sentido voluntario de la consigna descrecimiento.” Esta palabra ha sido adoptada recientemente por el grupo español de la universidad de Barcelona en su nuevo Diccionario del Descrecimiento. En 2008 se celebró en París la Primera Conferencia Internacional por el Descrecimiento o Degrowth, como ahora se le llama internacionalmente a esta consigna, y se acordó celebrar estas conferencias cada dos años. Luego, se celebraron las conferencias internacionales de Barcelona en 2010, de Venecia y Montreal en 2012 y de Leipzig en 2014. Más de 3,500 personas de más de cincuenta países se reunieron en esta última conferencia internacional.

Serge Latouche, en su famoso libro, La apuesta por el descrecimiento, nos dice que el descrecimiento no es una teoría, sino una consigna política, con grandes implicaciones teóricas y comenta:

 

Nuestra sociedad ha ligado su destino a una organización fundada sobre la acumulación ilimitada. Este sistema está condenado al crecimiento. Tan pronto se frena o se detiene el crecimiento, entramos en crisis, en pánico. Esta necesidad hace del crecimiento un círculo vicioso… La relación de crédito, advierte con pertinencia Rolf Steppacher, crea la obligación de reembolsar la deuda con interés y por lo mismo de producir más de lo que se ha recibido. El pago de la deuda con intereses introduce la necesidad del crecimiento, así como una serie de obligaciones correspondientes. Conviene ser solvente para pagar el crédito en una temporalidad definida; es necesario producir, en principio de manera exponencial, con el fin de pagar los intereses de la deuda y por lo mismo evaluar todas las actividades aferentes haciendo un análisis del tipo costo beneficio. Estas exigencias combinadas son las que obligan a crecer indefinidamente. Colonizada por la lógica financiera, la economía es como un gigante desequilibrado que permanece de pie gracias a una carrera perpetua que destruye todo a su paso. [...] La sociedad moderna no es sostenible: choca con la finitud de la biósfera; sobrepasa con mucho la capacidad de carga de la Tierra. Con un alza del PIB del 3.5%, tasa media de crecimiento en Francia entre 1949 y 1959, se llega a una multiplicación de 31 veces en un siglo y 961 veces en dos siglos.

¿Se puede pensar verdaderamente que un crecimiento infinito es posible en un planeta finito? La hibris, la desmesura del dueño y poseedor de la naturaleza, ha tomado el lugar de la antigua sabiduría que consistía en insertarse en un ambiente explotado de manera razonable.

 

Podemos confirmar con facilidad que la Tierra no aguanta más autos, aviones, trenes rápidos, tanqueros; mas extracción de gas, petróleo, metales; más producción de electricidad; más bombeo de agua, presas y trasvases; más pavimentación, vías rápidas y carreteras; más infraestructuras para el confinamiento de basura o residuos tóxicos o peligrosos; la producción de más celulares, computadoras y otros aparatos electrónicos.  Tener una fe ciega en la ciencia y en el futuro para resolver los problemas del presente es contrario no solamente al principio de precaución, sino simplemente al sentido común. Con sus proyectos de “transhumanidad”, los fanáticos de la nanotecnología y de la convergencia pueden, no sin cierta verosimilitud, pretender inventar o fabricar una nueva especie humana capaz de sobrevivir en un medio ambiente degradado. Sin embargo, los dueños del mundo no participan del delirio y las utopías euforizantes del capitalismo; en su visión geopolítica, encuentran necesario llevar la población humana a unos 600 millones de habitantes, talla compatible con la sobrevivencia de la biosfera y el mantenimiento de sus privilegios. El descrecimiento en cambio propone un cambio voluntario de dirección en interés de todos.

Latouche además nos dice que la sociedad de crecimiento no es deseable. Ivan Illich había señalado ya que la desaparición programada de la sociedad de crecimiento no es necesariamente una mala noticia. Seríamos mucho más felices sin este crecimiento perpetuo, por lo que para vivir mejor el sociólogo francés propone vivir de otra forma. Por al menos tres razones, de acuerdo con Latouche, la sociedad de crecimiento no es deseable: Primero, engendra una gran cantidad de desigualdades e injusticias; segundo, crea un bienestar en gran medida ilusorio; tercero, no crea una sociedad deseable, amable, convivencial entre los mismos privilegiados por el sistema, sino una “antisociedad” enferma por su riqueza. El aumento del Producto Interno Bruto en los países desarrollados no les ha traído más felicidad, pues mide la producción económica, pero no mide las consecuencias del crecimiento, como lo es la destrucción ecológica y del tejido social. Ya Robert Kennedy declaraba:

 

Nuestro PIB incluye la contaminación del aire, la publicidad de los cigarros y las carreras de las ambulancias que recogen a los muertos y heridos en las carreteras. Incluye la destrucción de nuestros bosques y la destrucción de la naturaleza; incluye el napalm y el costo del almacenamiento de los desechos radiactivos. Por otro lado, el pib no toma en cuenta la salud de nuestros niños, la calidad de su educación, la alegría de sus juegos, la belleza de nuestra poesía o la solidez de nuestros matrimonios. No toma en consideración nuestro vigor, nuestra integridad, nuestra inteligencia, nuestra sabiduría. Mide todo, salvo aquello que hace que la vida valga la pena de ser vivida.

 

Fue necesario esperar hasta finales de los sesenta, para que apareciera el concepto de “desvalor” que Illich lanzó para entender cómo el aumento en el número de fenómenos mórbidos (suicidios, crímenes) crece a medida que progresan las ciencias, la industria y la economía, como Durkheim lo señalaba. Illich dice que el desvalor designa “la pérdida que no se podría estimar en términos económicos”, el economista no tiene ningún medio para estimar lo que le sucede a una persona que pierde el uso efectivo de sus pies cuando el automóvil ejerce un monopolio radical sobre la locomoción. Lo que se le quita a esa persona no está en el reino de la escasez. Hoy en día para ir de aquí para allá debe comprar kilómetros-pasajero. El medio geográfico paraliza sus pies. El espacio se ha convertido en una infraestructura destinada a los vehículos ¿Los pies se han vuelto obsoletos? Desde luego que no. Los pies no son “medios rudimentarios de transporte”, como algunos responsables de las redes carreteras quieren que lo creamos. Sin embargo, sucede que ahora, atrapada por la economía -por no decir anestesiada-, la gente se vuelve ciega e indiferente a la pérdida inducida por el desvalor. En el reemplazo de productos pasados de moda por otros nuevos, hay formas parecidas de “desvalor”: se sobreestima considerablemente el aspecto positivo del progreso y se subestima el peso real de los productos desaparecidos.

Para transformar a la sociedad, no se trata de cambiar la forma de medir las cosas o de crear mejores índices de felicidad o de bienestar. Ante todo se requiere cambiar los valores y actuar en consecuencia en cada concepto. La descolonización del imaginario social, propuesta central del descrecimiento, engendra la “desincrustacion” de lo económico en lo social, acto que cambia los términos del problema. “Desincrustar” a la economía implica someterla al control social, según Latouche. Así se eliminan las luchas inútiles, como lo es la lucha contra la pobreza. Con el crecimiento aumenta siempre el umbral de la pobreza; pues es necesario tener más ingresos para salir de la pobreza. En una sociedad democrática el verdadero problema es el de la riqueza. Hay que poner límites al enriquecimiento económico. Como lo señala Illich, la economía es un juego de suma cero; lo que ganan unos lo pierden otros. La creación de un supermillonario implica la creación de millones de miserables.

Se acusa al descrecimiento de querer llevar a la sociedad a la edad de piedra. Sin embargo, tal como la ha definido Marshal Shalins en su famoso libro La edad de piedra, la edad de la abundancia, esta edad no estaba nada mal. Los papuanos, nos dice Ives Cochet, no dedican más de dos horas al día a la agricultura de subsistencia. Hay maneras de dejar de ser progresistas sin volverse reaccionarios, afirma Jean Paul Besset y nos dice: “Salir de la autopista del progreso no implica caer en el callejón sin salida del pasado”. Silvia Pérez-Victoria nos advierte que “en muchos países del Sur y de la Europa del Este más de un 50% de la población vive de la agricultura; vive de acuerdo con los ‘valores campesinos’ y preserva la biodiversidad, los suelos, el agua: son ellos los que conservan relaciones sociales diversificadas. Si regresáramos ‘a la vela’, al pasado, la mayor parte de la humanidad continuaría su vida como la vive hoy en día, pero, con una presión mucho menor sobre la Naturaleza y sobre las culturas. Se requeriría mucho más mano de obra en el campo”. El fin del petróleo barato amenaza con regresarnos al pasado. El retroceso se impone en muchos ámbitos, por ejemplo en la agricultura y, muy especialmente, en la pesca. El descrecimiento se asocia frecuentemente con lo que se llama “simplicidad voluntaria” que ha adquirido fuerza en Estados Unidos y Canadá en los últimos años. En Europa puede existir hasta unos doce millones de personas en el “descrecimiento”. No obstante, la austeridad, la frugalidad, la simplicidad voluntaria como iniciativas individuales difícilmente pueden bastar para salvar al planeta.

A la pregunta, cómo salir del crecimiento, de la búsqueda desenfrenada de utilidades de aquellos que detentan el capital Latouche nos comenta que:

 

No hay nada peor que una sociedad de crecimiento sin crecimiento. Sin embargo, el descrecimiento sólo es posible en una sociedad de descrecimiento. El proyecto del descrecimiento es un proyecto político que consiste en la construcción de sociedades autónomas y ecónomas. Se trata de producir menos para vivir mejor, para salvar el planeta.

 

Se trata de una ruptura necesaria con la situación actual. Latouche sintetiza su programa político de descrecimiento en ocho objetivos interdependientes, en 8 R: reevaluar, reconceptualizar, reestructurar, redistribuir, relocalizar, reducir, reutilizar, reciclar. Estos 8 objetivos son susceptibles de armar o desatar un círculo virtuoso de descrecimiento sereno, convivencial y sostenible. Estas acciones implican tanto revolución como regresión; cambio radical de dirección e innovación como repetición. Si hay reacción, se debe a

la desmesura del sistema, al exceso de producción, de transporte, de bombeo, de consumo. En lo que concierne a las sociedades que aún no son sociedades de crecimiento, el descrecimiento no puede plantearse en los mismos términos, a pesar de que la ideología del crecimiento las tiene invadidas. En estos países, el descrecimiento implica “desdesarrollarse”; es decir: eliminar los obstáculos para el desarrollo de sociedades autónomas y desatar un movimiento en espiral para poner en marcha las 8 R.

El cambio de una sociedad de crecimiento a una sociedad de descrecimiento implica un cambio profundo en los valores sobre los que organizamos nuestras vidas, nos dice Latouche. Si los actuales valores son la agresividad, el cinismo mordaz, la seducción manipuladora, la capacidad de dar golpes cada día más bajos, la indiferencia ante el dolor de los otros, cercanos y lejanos, sin hablar de la complacencia del consumidor irresponsable, entonces podemos ver de inmediato los valores que hay que poner por delante, como el altruismo frente al egoísmo; la cooperación frente a la competencia desenfrenada; el placer del descanso y el ethos de lo lúdico sobre la obsesión por el trabajo; la importancia de la vida social sobre el consumo ilimitado; lo local sobre lo global; la autonomía sobre la heteronomía; el gusto por la obra bella sobre la eficiencia productivista; lo razonable sobre lo racional; lo relacional sobre lo material, etcétera.

La gran dificultad con la Reevaluación proviene en gran medida del hecho de que el imaginario dominante es sistémico. Es decir: los valores dominantes lo suscitan y los estimula el sistema que -en particular económico- en contrapartida, ellos tienden a reforzar. Hay que ir más allá y poner en duda lo que subyace bajo este sistema portador de valores, como la concepción del tiempo, del espacio, de la vida y de la muerte. Es necesario un descentramiento cognitivo. Se trata de valorar el regreso/lamento; proceder a superar algo que nos desagrada. Tomar conciencia de aquello que nos hacen perder las ideas de progreso y desarrollo. Reevaluar implica sobre todo reencuadrar y reconceptualizar la educación; reconceptualizar las ideas de riqueza y de pobreza o de ese par infernal que funda el imaginario económico, la escasez y la abundancia, que es urgente deconstruir. Como lo demuestran Ivan Illich y Jean-Pierre Dupuy, la economía transforma la abundancia natural en escasez por medio de la creación artificial de la carencia o la necesidad a través de la apropiación de la naturaleza y su mercantilización.

Es necesaria una revolución cultural, como dice Castoriadis:

 

Se requieren cambios profundos en la organización psicosocial del hombre occidental, en su actitud frente a la vida, en síntesis, en su imaginario. Es necesario abandonar la idea de que la única finalidad de la vida es producir y consumir más -idea absurda y degradante- y eso sólo lo pueden hacer los hombres y las mujeres; un individuo solo o una organización sola pueden, en el mejor de los casos, preparar, incitar, esbozar orientaciones posibles.

 

¿Cómo han sido colonizados nuestros espíritus?, se pregunta Latouche, y responde que principalmente de tres formas: por la educación, por la manipulación mediática y por el consumo cotidiano o el modo de vida concreto. Illich, por su parte, propone como solución “desescolarizar” a la sociedad. Además, denuncia la creación de necesidades por medio de la publicidad: una mercantilización alienante. En cuanto a Majid Rahnema, él nos dice “el homo oeconomicus adopta dos métodos que semejan la acción del retrovirus VIH, uno, y el otro, los medios que usan los traficantes de droga. Se trata de la destrucción de las defensas inmunitarias y de la creación de nuevas necesidades. La primera es realizada por la escuela y la segunda por la publicidad.” En efecto, el crecimiento, junto con el consumismo, es a la vez un virus perverso y una droga. Para Illich, la escuela misma es una droga; el exceso de información unido a la publicidad comercial y política, es una empresa de intoxicación de la sociedad. El horrendo urbanismo y la publicidad omnipresente contribuyen a forjar personalidades débiles incapaces de resistir a la manipulación mediática y a la propaganda política.

Después de la Segunda Guerra, una nueva guerra contra los pobres madura, una guerra de la economía del crecimiento, la era del consumismo, sustentada principalmente en tres armas de destrucción masiva: la publicidad, el crédito al consumo y la obsolescencia programada. Los productos de esta nueva guerra contra la naturaleza y el tejido social, basados en tecnologías innovadoras, crean falsas necesidades que alteran radicalmente la percepción del mundo y el modo de vida; la Coca-Cola, el celular, el automóvil, el avión, entre otros, pueden ser tan adictivos como cualquier droga dura. El crédito, por su parte, encadena al consumidor en ciclos de endeudamiento que le obligan a trabajar

 

más; el crédito le procura lo que la sociedad de crecimiento le vende como lo que es la “felicidad”: consumir más. La publicidad se encarga de imponer imaginarios que se apoyan en el imaginario profundo de la escasez, del homo oeconomicus: un producto que pocos pueden adquirir y cuya utilización brinda un status, una identidad artificial que se vuelve muy deseada: la mercadotecnia sabe cómo apelar a los más bajos instintos del ser humano; ahí entran en juego la envidia, la competitividad, la dominación.

La educación en el descrecimiento, creada por la reducción de las horas de trabajo es fundamental. Tenemos que convencer a la sociedad de que se puede vivir mejor con menor consumo. Quienes más tienen pueden dar un ejemplo de toma de conciencia y cambio en su modo de vida. Tal vez el shock sanitario de la necesidad nos puede ayudar al cambio. El desquiciamiento mundial del clima, del medio ambiente, del tejido social, de la economía, de la política, de la persona humana, pueden ayudarnos a redescubrir que la buena vida no está en el ser propietario de mucha tierra y muchas tecnologías. La reestructuración de las relaciones sociales de producción, la redistribución de la tierra y del trabajo son tareas fundamentales en el programa político del descrecimiento.

Sin embargo, la Relocalización representa a la vez el más importante medio de largo plazo y uno de los principales objetivos de la revalorización, es decir de la descolonización del imaginario. Muchas actividades deben regresar al nivel local, comunitario, municipal. La idea de que Lo pequeño es hermoso, título del famoso libro de E. F. Schumacher que durante siete años fue el libro más vendido en Europa en los setenta y que volvió ecologistas a millones de personas, sirve todavía de consigna en la elaboración de propuestas por el descrecimiento.

Varios autores han señalado la importancia de modificar el sentido del espacio, para volver a recuperar la dimensión humana, perdida por el gigantismo. En Europa, Estados Unidos, Canadá, Australia, se asiste a un nuevo fenómeno, el nacimiento de los neoagricultores, neorrurales y neoartesanos. Se ve florecer una miríada de asociaciones no lucrativas o no exclusivamente lucrativas: empresas cooperativas de autogestión, mantenimiento de la agricultura campesina, sistemas de intercambios locales, bancos de tiempo, tiempos seleccionados, reglas de zona urbana o alcaldía, acuerdos de artesanos, bancos éticos, asociaciones de consumidores, entre otras. Sin embargo, sin la descolonización del imaginario estas iniciativas tienden a fracasar. El problema está en la instrumentación capitalista, desarrollista de estas iniciativas. La relocalización, en la óptica de un renacimiento de las comunidades, comprende la acción de incrustar o reintegrar a la comunidad lo que ella puede y debe hacer en lo económico, político, alimentario, educacional, de seguridad, de la salud, de la cultura.

Por sí mismo, el arte sirve y ha servido como un gran freno al desquiciamiento que provoca la ciencia y la tecnología unida a la economía. La visión artística es contraria a la homogeneidad, a la uniformidad que produce la industria y la macroeconomía. Muchos artistas han denunciado la barbarie que entraña la industrialización, la urbanización y la vida moderna. Sin el arte y la cultura, el mundo moderno sería insoportable. La desconstrucción de los imaginarios dominantes y la construcción de la sociedad convivencial, posdesarrollo, pospetrolera, sustentable, ofrecen un campo enorme para el florecimiento de la labor artística. Es urgente recuperar la “escala” de las cosas, la proporcionalidad, la mesura, en nuestros consumos, en nuestras instituciones y en nuestras ambiciones; recuperar la noción del espacio en la dimensión humana; transitar de la era industrial a una nueva era donde el arte de vivir, el arte de habitar, sea recuperado; donde la producción sea esencialmente artesanal. El poeta alemán Holderlin dice: “El hombre habita como un poeta”. En otras palabras, para Holderlin habitar es un acto poético. Heidegger reflexiona filosóficamente sobre lo que significa habitar y nos dice lo que significa cultivar, construir, cuidar y pensar el mundo a partir del arraigo en un sitio, en un territorio. Las técnicas, los utensilios, las construcciones que requieren el clima, la biodiversidad, la matriz del agua de cada lugar, de cada región. Hay un campo enorme para el arte en la recuperación de las comunidades, en el reúso de materiales, en el reciclamiento de viejas edificaciones, en la recuperación de sitios, territorios. Cada pueblo, ejido, barrio, colonia que se libera de la economía de crecimiento, puede desarrollar “granos de utopía”, prácticas locales, ensayos de vida alternativa que le permiten reforzar el arraigo, la autonomía y la defensa del territorio.

El imaginario dominante es el imaginario creado por la visión de la escasez, por los intercambios de los cuales se pretende sacar el máximo placer, por los estudios de costo-beneficio; es decir, por la religión de la economía y por el culto a la ciencia y la tecnología. El arte puede expresar lo que significa vivir, por un lado, bajo el acoso de la percepción de la escasez, la desnaturalización de hombre y mujer modernos, los desgarramientos entre el campo y la ciudad, entre productor y consumidor, entre lo intelectual y lo manual; la domesticación y el desencanto del ciudadano, la invasión de la basura, el ruido y la fealdad moderna, el ambiente industrializado y contaminado, la uniformización de los espacios personales y públicos y de las mentes, la violencia intrafamiliar, escolar, laboral, urbana, la miseria moral de los opulentos, la amenaza de guerra nuclear, bacteriológica o nanotecnológica, pero también, por otro lado, lo que es vivir con el agua, el aire y el suelo limpios, en un lugar liberado del pavimento, del automóvil, de las tuberías y los alambres; con una comunidad autónoma y creativa; en una ciudad floreciente, creadora de cultura, donde se viva el regalo, la generosidad, la cooperación, el trabajo enriquecedor, la obra bella y duradera, el arte de habitar, el arte de vivir, y la paz basada en el respeto a las culturas y la historia, fundada en los acuerdos de las comunidades territoriales y las regiones ecológicas.

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