“LA DONNA É MOBILE”

DIANA ISABEL JARAMILLO

Amante

La vi venir, de frente, sosteniendo mi mirada. Pensé en morir, provocarme un ataque al corazón, caer fulminada. Ordené a mis piernas correr en sentido contrario, pero no respondieron. Alcancé a rezar: “que no traiga una pistola, por favor, que no me mate”. Cerré los ojos para no desviar la mirada, esperé lo peor. La esposa de mi amante avanzaba a contraluz. Atrás, las agujas de la catedral de Milán parecían peones que le guardaban la espalda.

Me acordé de las telenovelas que había visto en mi infancia, con mi nana, cuando mis padres salían de noche. La mala mala mala era la amante que no se rendía hasta que el protagonista, guapo e indefenso, caía en sus redes. La buena era la esposa, quien amaba hasta la sumisión: en las malas malas y en las peores. En esta escena, yo era esa antagonista que merecía el final más trágico: el linchamiendo en la gran piazza.

Una multitud circunda un cuerpo anegado por la tormenta de mayo que azota la plaza de Milán. El cielo negro contrasta con la claridad de las fastuosas construcciones: El duomo y la galería Víctor Manuel II fulguran. Se escuchan sirenas de patrullas y ambulancias como a cinco o seis cuadras. Las personas que circundan el accidente emiten un coro de murmullos ahogados por el caer del agua.

 

Esposa

Nunca tuvo la decencia de fingir sus deslices. A la centésima vez que llegó poco antes del amanecer dejé de buscarlo y esperarlo: me dediqué a dormir. Llevábamos casados muchos años, no sé cuántos, ambos habíamos perdido el interés de contar aniversarios. Él había sido un niño prodigio del servicio exterior mexicano. A la par de los títulos profesionales que conquistó, a razón de buenos y poderosos padrinos, se sumaba una lista de amores fugaces: de uno, dos o tres en cada puerto. Nos habíamos casado porque venía Tomas en camino. Cumplíamos con la imagen de la familia perfecta, y sí lo éramos, al ignorarnos evitábamos conflictos, todo estaba en paz. Pero la pesadez de la relación se manifestaba en nuestro físico: Para su joven edad, mi marido tenía la cabeza casi blanca, llena de canas. Cada cana tenía el nombre de la mujer con la que me había engañado. Pero esta vez el romance era distinto, lo sentía. Me enteré que traía nueva amante cuando comenzaron a disminuir sus noches de alcohol y tendencias suicidas, sus sollozos y los desfogues sexuales. Él ya no era el mismo. Este desliz respondía a otras necesidades.

 

Esposo

Años antes, casi cuatro —la fecha no es precisa—, ella representaba a Ifigenia en la ópera Táuride. Vestida de oro, la cara de oro, los brazos de oro, las piernas y los dedos de los pies cubiertos de pintura dorada, mi próxima amante lloraba por su hermano Pílades. Las nubes negras cargadas de agua eran el coro. No pude sino deslumbrarme ante el brillo de su voz y su actuación. Fui invitado por el embajador a la cena en honor al director de la obra y al elenco. Yo sólo tenía la intención de homenajear a la soprano.

La euforia que ella tenía por el éxito de esa noche ayudó a convencerla de escapar conmigo de la parafernalia de la nobleza diplomática mexicana en Milán. Hicimos el amor enfebrecidos en su departamento de corso Génova.

Mi soprano era mexicana, llevaba dos meses en Milán, con un contrato de La Scala, sólo le faltaba un mes y regresaría a vivir a Zurich. Cuando me ofreció un café, al terminar nuestro desaforado encuentro, pensé que los siguientes treinta días podíamos no ser amigos, no ser pareja, no ser nada: sexocasual-escucharlaporhoras-sexocasual-abrazarla. Después seguiría: abrazarla-sexocasual-escucharlaporhoras-sexocasual, así durante los treinta días que ella estaría en Milán —a mí todavía me restaban dos años—. Esa fórmula no me había fallado en mis tantos años de casado durmiendo con diferentes mujeres en distintas partes del mundo. Todas, no importaba su cultura, nivel intelectual e idioma, te ofrecían su cuerpo a cambio de un oído, de cinco minutos de brazos confortantes.

 

Amante

Casi nunca pensé en ella. En mi cabeza, la esposa de mi amante era una figura grandota, fuerte, hombruna, de rostro borrado. Para mí, no tenía mirada que pudiera acusarme, a la cual evitar. No había posibilidad de intercambiar con su esposa siquiera una palabra. Si acaso cruzaba su nombre por mi cabeza, la comparaba con el apocalipsis: algún día llegaría, pero yo no estaría viva para presenciarlo.

Yo tenía una trayectoria como soprano. Me había divorciado hacía quince años, no creía en el amor o en el desamor. Todo era cuestión de saciar necesidades, tener un poco de química, pasarla bien. Las necesidades sentimentales las podían cubrir las amistades o la familia —en caso extremo—.

Después de haber vivido diez años en Europa trabajando en compañías o en escuelas, me parecía que había encontrado la manera de ser feliz: no complicarse la vida con suposiciones. Amantes no me habían faltado, casados muchos de ellos. A los hombres de cualquier país no les ha estorbado la argolla del anular para acercarse a una mujer atractiva como yo.

La primera vez que nos acostamos, tras aquella aburrida cena en el consulado general de México en Milán, decidí romper con Marc, mi amante en Zurich. No solía andar con dos hombres al mismo tiempo y quería estar con este diplomático ojiverde por largo tiempo. Sabía que ella, su esposa, existía. Pero si a él no le importaba, yo viviría otra historia de pasión, sin desembocar en la tragedia griega que escenifico a diario. De siempre, yo rompía mis relaciones poco después del segundo acto, a tiempo para no enamorarnos, para no buscarnos un funesto final. Le expliqué a Marc que estaba con alguien más. Nos dijimos hasta luego. Andar con el diplomático mexicano ahora contaba como mi decisión.

 

Esposa

La hubiera reconocido entre miles de mujeres, en una romería, en un mercado, en el tram, en un museo, en la tienda. Tenía todas las características que yo no tenía, físicamente era como mi antítesis. Exactamente el tipo de mujer que a él le podía encantar: profesora y solista de ópera en la Accademia Teatro alla Scala en Milán, en sus años veinte había sido becaria de la unam y después consiguió un trabajo en la Öpera House Zürich.

Él, melómano, cantaba arias bajo la ducha. Era predecible que caería tarde o temprano en el regazo de una cantante. En el ambiente en el que trabajaba no era un sueño imposible. Ya había hecho sus intentos con una cantante de ópera moderna alemana, pero ella no reparó en él ni por un segundo. Si lo veías a simple vista, él no era tan atractivo: un hombre más bien bajo de estatura con un marcado rostro que contrastaba con lo verde de sus ojos. A veces, cuando el rencor afloraba, mi esposo me parecía un gnomo.

Cuando llegué hasta la acera donde me esperaba, su amante estaba impávida. La tomé del brazo que transpiraba cual menopáusica y la llevé, firme yo, a caminar por el largo pasillo de la galería de Milán, un tanto desierta para mi buena suerte. La lluvia se precipitaría en cualquier momento, los relámpagos la anunciaban.

 

Amante

—Eres su amante, ¿cierto?— susurró en mi oído.

—Sí— apenas articulé una sílaba. No sabía cómo acomodar mis manos. Pensé: ¿cruzo los brazos para imponerme?, ¿los pongo atrás? Rápido, que no se dé cuenta que me tiemblan los dedos, que sudan las palmas de mis manos.

Los ojos de la estatua de María Antonieta se quedaron pendientes de mi reacción. Cómo lograr estar tiesa cual soldado, fingir estar lista para la afrenta cuerpo a cuerpo. Ella se me adelantó y no supe cómo evadirla, me agarró fuerte el antebrazo. Me obligó a caminar bajo las bóvedas vidriadas, ella dirigía la marcha. Con todos los años de “adelantos” de civilidad, mi educación en México me recordó que, con todo y mis scarpinas italianas, para la esposa yo era una battona, una cualquiera. Temí por mi vida.

 

Esposo

Salí a tropezones de la oficina, podía tomar el tram, pero decidí correr desaforadamente hacia el Duomo. Tenía que detener a Elena. Pedirles perdón, a ambas. Tomé mi blazer por el cuello, me lancé por las calles esquivando a las mujeres embarazadas, con passegginos. Casi me estampé con un chico que iba atento a su teléfono en lugar de mirar por dónde caminaba. Evité ser atropellado por tres vespas. Pude haber sido detenido por los carabineri que con la ceja alzada me vieron correr como bala tras tirarle a una mujer su bolso del mandado.

—¡Qué cazzo, una pinche manifestación en pro del matrimonio homosexual! —grité a la multitud que me cerró el paso entre panderos, carteles, ropa multicolor y banderas en las mejillas.

En Milán cada tres días había una manifestación por algo, hoy no podía ser la excepción, no podía dejar de haber un coro que al unísono gritara: “¡El amor es libre, para todos, no tiene explicación!”

 

Amante

Sin darnos cuenta, porque notamos solamente las ausencias y nosotros estuvimos juntos todos los días, pasaron dos años de amor furtivo. Cuando él podía escapar del consulado donde recibía artistas mexicanos o iba a cenas de protocolo, nos encontrábamos como si fuéramos adolescentes enfermos de amor. Después de sexo sin pudor, tomábamos un expresso y platicábamos de la vida. No le dije, pero al cumplir el mes para el que estaba contratada, extendí mi contrato. Ya no había temporada de ópera en La Scala, pero me quedé dando clases. No quería dejarlo, el enlace había sido total.

Cuando llegamos a la entrada del café de la galería, ella me invitó a tomar asiento en la mesita.

—Pide algo —me ordenó con voz adusta—. Yo quiero un vodka.

—Un café con whisky —dije tímidamente. No sabía qué pasaba conmigo, pero no me atrevía a contradecirla.

—Ahora quiero que me digas qué esperas andando con él. Te escucho.

La estatua de María Antonieta no nos quitaba la mirada de encima.

—No espero nada. No quiero que te deje. Yo regresaré a vivir a Zurich. Estoy de paso en Milán. ¿Ya le preguntaste a él sobre nosotros? —Le contesté dando un gran sorbo al café con alcohol, intentando paladear más el whisky que el café.

El cielo que ya no podía contenerse cayó con estruendo sobre la piazza del Duomo. La cortina de agua no dejaba ver más allá de los portales. La brisa nos mojaba los pies, las mejillas. El agua precipitada nos ayudaba a bajar la temperatura que, sentía yo, estaba a punto de evaporarnos.

 

Esposo

Llegué flotando, hecho una gota, una miseria empapada. Las vi a las dos sentadas en una mesita de café como sombras de ultratumba. Las dos estaban bajo la mirada de una de esas pordioseras que, disfrazadas de la corte de Luis xv y sin parpadear, piden monedas y espantan niños. La mendiga tenía un traje francés del siglo xviii, mojado de las enaguas, que aún con la tormenta no se bajaban, no se movían de su pedestal, estaba atenta a mis mujeres.

Ellas no repararon en mi llegada, parecía que discutían o, más bien, mi esposa reclamaba alguna obviedad a la asustada Ifigenia. Para mí, esa plática sobraba. Qué quería saber Elena. Ella sabía bien qué lejos estaba de ser la primera amante en nuestro matrimonio. Nada le faltaba. Llevaba el control de la casa, del dinero. Yo seguía cumpliendo con mis deberes de marido, no había más razón para esta escena que el orgullo. Luego de tantos países y culturas, yo suponía que esta diosa tendría que acostumbrarse a su vida de adoración sólo dentro de su casa. Ese era su ineludible destino.

 

Amante

Anoche tuve una epifanía: lo estaba amando por última vez. Aunque siempre lo amaba como si fuéramos unos condenados a muerte, esta vez la esperanza murió en el instante en que sentí un desahogado orgasmo. Lo recibí oliendo a flores. Llegó de frac, venía de una tertulia en la casa del embajador. Traía aliento a vino tinto y las manos hirviendo. Nos tiramos en la alfombra que me quemó la espalda, las nalgas. Me rodó para que no me lastimara más. Se arrancó la camisa y las mancuernillas cayeron en el piso. Le bajé los pantalones con la fuerza de mis pies y apenas lo liberé, me arrancó el último suspiro. Vino la resignación.

 

Amante y esposa / esposa y amante

—A ti te debo que llegara dócil a mi cama. Sabía exactamente el día que te hacía el amor, porque como un perrito faldero, me suplicaba una caricia como muestra de que le perdonaba todo, otra vez. Esos días él era más tierno, más atento. Me besaba las manos, se recargaba en mi hombro. Los días posteriores a sus encuentros yo me sentía adorada. Ponía toda la atención a nuestro hijo, era el padre de familia ideal.

—Entonces por qué me has buscado, por qué me cercaste. Si a mí me debes el triunfo de tu matrimonio —respondí sin poderla ver a los ojos, aunque los dirigiera hacia ella.

—Porque gracias a ti he conocido el infierno de los celos. Yo lo amaba como se ama lo que nunca podrá perderse, como si él nunca jamás pudiera irse de mi lado, con la certeza que da acostumbrarse a pensar que permaneceremos siempre igual —murmuró mientras metía la mano de la argolla matrimonial a su bolso de marca—. Supongo que debo agradecerte que por primera vez sintiera miedo de perderlo. Pero tengo que explicarte —sacó lentamente su mano de la bolsa y yo desvié la mirada, nerviosa, hacia la figura empapada que venía frente a nosotros. Era él, su esposo, mi amante, parecía flotar sobre los espejos de agua que se hacían en la piazza.

—¡Espera! ¡Esperen! —casi tropieza al aproximarse a la mesa. Llovía tanto que el traje a la medida se le pegaba a los brazos, a los muslos.

Tropezó y patinó sobre el piso de mármol de los corredores de la galería. Las dos nos levantamos al instante, aventamos la taza de té, dejamos los bolsos votados. Se había caído nuestro hombre, había resbalado. Rápidamente la gente se amotinó alrededor nuestro. Implacable, la tormenta arreció. El café había permanecido vacío por la precipitación, pero tras la lluvia la gente salió de diversos rincones y se congregó alrededor del hombre herido. Nadie se atrevía a moverlo del charco en que parecía flotar. Algunos llamaron a la ambulancia. El telón cayó, y los murmullos cedieron al sordo tintineo de las gotas estrellándose en el mármol.

La orquesta paró la música, limpió sus instrumentos, y se fue.

Puntos de venta