DEVOCIÓN POR LA PIEDRA: CUATRO CREENCIAS

LUIS ARMENTA MALPICA

Cuando el hombre avanza por el pensamiento deja un rastro de polvo que, con el tiempo y el uso, se afianza y fortalece. Para algunos simplemente es la huella del pasado. Para otros, puede ser una piedra sobre la que se levante, como un templo, un poema. Jorge Ortega (Mexicali, 1972) es un hombre renacentista y culterano, para quien el oficio de escribir se le brinda de modo reflexivo y minucioso. Cuatro adjetivos para nombrar esas tantas creencias de las que habla Robert Frost en su Prosa.

 

La creencia personal

La voz de Jorge Ortega ha madurado desde Ajedrez de polvo (tsé-tsé, Buenos Aires, 2003) hasta Guía de forasteros (Bonobos, México, 2014). No lejos uno y otro de esta su nueva entrega: Devoción por la piedra (primera edición, Consejo Estatal para la Cultura y las Artes de Chiapas, 2011; segunda edición, Mantis editores y cetys, Guadalajara, 2016) y con el que obtuviera el Premio Internacional de Poesía Jaime Sabines 2010. En su articulación, los vocablos parecen desprenderse de una idea y asentarse en el aire, distantes entre sí, para luego, por una lenta alquimia, agruparse en nosotros con una extraña idea de lo ya conocido. Eso que se transforma por el fuego que le imprime el lector y que proviene, no sabemos cuán hondo, de ciertas propias pérdidas. Si el ajedrez requiere de estrategia, el polvo es un resabio natural que se acomoda, aunque no lo queramos, sobre aquellos objetos olvidados, inmóviles, por los cuales ya no pasamos más nuestra vista o la mano. Polvo, que ya dijimos, consiguen las palabras, y pueden ser palabras en las manos correctas. Asimismo, una guía también requiere método: se trazan coordenadas, se sitúan los espacios y sitios visitables, se muestran los accesos y las rutas de viaje y, por si fuera poco, se convierte en la biblia de todo forastero.

 

La creencia nacional

No hay duda de que Devoción por la piedra está emparentado con Guía de forasteros y funciona o parece una extensión del libro publicado en el 2014. De hecho, la línea Devoción por la piedra aparece en el poema “Numulites” de Guía de Forasteros. Algunos de los textos que se citan lo confirman: “Hacia el metro”, “Autovía del noroeste”, “Pretexto de lugar”, “Camino Francés”, “Consulado en Ávila”, “Trobar club”, “Domus Aurea”, “Mercado de antigüedades”, “Café Zurich”, “Sant Pau del Camp” y “Rutas alternas” tienen la vena clara de esos sitios que uno localiza en un mapa, para luego acercarse, conocerlos, vivirlos plenamente. Esta cartografía se explicita en el siguiente poema:

 

ROSA NÁUTICA

Si de la tierra venimos, la Tierra entera es mi país

y todos los mundos mis parientes son.

Abu-l-Salt de Denia

En un lugar visible

o invisible

a la fama

acopio estas palabras

y

desde ahí

decreto un nuevo centro,

el fin provisional

de una errancia que nunca llega a colmo. No podría

jurar “aquí me quedo”;

en todo caso

que hay un sitio propicio a la demora

cuyo manojo de signos vitales

es una brasa inmune

que duerme sumergida

en el grisáceo humor

de la memoria.

Coral bajo el manglar de los latidos

donde reposa el ancla

de nuestra singladura,

la caja negra conteniendo el acta

de lo escuchado y visto

en puertos casi inciertos.

Sinuoso y abisal el filamento

que nos une al origen,

tan largo

que resiste

bordear los confines sin rasgarse.

Y por más que me vaya

o pretenda alejarme,

habrá un cuarto de hotel en que de pronto, así,

mientras contemple el techo, acostado en la cama,

regrese a medias el inútil salmo

de una edad perdida.

 

El poema se escribe para ser habitado por el hombre, más como una casa construida piedra a piedra que como una galería de imágenes o cuadros. Algunos hombres han ido más allá y forjan un hogar, un templo o alguna ciudadela con esa misma arcilla. En otros, la torre de Babel se yergue con vocablos tan ininteligibles como el betún que los separa hacia rutas distintas de lo que uno conoce. Y si hablamos de modo religioso, también nos enfrentamos al viacrucis y a la resurrección que va del caos al verbo. Piedra (como el nombre de Pedro o a la inversa, sin que esto nos importe) por la que nos postramos unos cuantos. Jorge Ortega es un poeta que espera que regrese a medias el inútil salmo / de una edad perdida. Añoranza que se vuelve, en este poema y en casi todos los poemas de sus libros, una memoración nostálgica.

Jorge Fernández Granados reseña este libro de Ortega diciendo que: “El spleen de la melancolía conduce las cavilaciones de la conciencia tras estos poemas. Una melancolía que nunca deja de ser elegante y que se afirma a cada paso, no como un impositivo anfitrión que pretende demostrar la ancestralidad de sus fundos, sino como un huésped amable y discreto que nos saluda desde el umbral del vestíbulo o bien al coincidir por la calle. Quizás incluso llamarla melancolía sea demasiado determinante. Se trata más bien de un espesor de la propia conciencia al contemplar el mundo, acaso la sombra de la sabiduría que se ha alargado tempranamente en las palabras del poeta. Se trata también de una atmósfera digamos otoñal, de un juego de tonalidades donde predominan los azules, los ocres y los grises”.

 

La creencia en el amor

Se ha dicho que el poema logra su comunión cuando uno o más lo invocan y en su nombre se quieren. Jorge Ortega es un autor sin tono religioso, pero devocionario y algo renacentista en su creación del mundo, y este libro se forma desde la “Levadura”, su primer apartado. Es lo de afuera, lo que no está en ti, / el lienzo mineral erguido a solas […] lo que no ostentas. Esto es el sentimiento. Y luego la teoría: y todo estaba ahí / porque no estaba escrito. En cambio, para Robert Frost “El placer de un poema en sí mismo debiera estar en la forma de expresar cómo hacerlo. La imagen que un poema crea. Comienza con deleite y termina con sabiduría. La imagen es igual a la del amor”.

Todo libro de poemas es una casa, pero se vuelve hogar si le ponemos encima los dos ojos y hacemos un esfuerzo para llenar el corazón con sus latidos. John Ashbery dice que el poema no se hace con ideas sino con el lenguaje. Jorge Ortega lo sabe. Dice aquello que fluye de lo humano y pega con saliva los adobes del poema: el polvo que dejamos al leer en voz alta y se vuelven la piedra que cargaremos siempre que recordemos lo que Ortega nos dice y nos señala como camino andado y por andar. Con guía o sin piedra náutica, piedra rodante al fin, reconocida al fin, palpitando en la frente como función alquímica. Palabras para trazar la cruz del santo y seña. La sola devoción por decir lo que amamos.

El segundo apartado también parece amor: “Resistencia de materiales”, nos dice Jorge Ortega. Era de madrugada / y la simiente de una tonadilla / se fue desperezando en la garganta. Pero en el extranjero, / bajo el agrupamiento de otras nubes, la historia no encajaba. ¿Qué encaja en un poema? Para mí, un “Secreto seguro” es decir, con Ortega: Vayas o vengas, / transfigurado o no por los lugares, / tienes una morada en todo aquello / que pasa inadvertido. Porque los hombres, al revés de las lágrimas, a la inversa, / no terminamos nunca / de caer. Siempre seremos conmovidos por alguna “Lección de biología” pues la piedra estaba aquí / antes que yo naciera. Ortega es más bien reflexivo que amoroso, pero ama las palabras que lo dejan pensar. Respira sus palabras como si fueran aire y alejaran el polvo de las piedras. Las reverencias desde su posición del niño que proyecta las filminas que fue recuperando de sus padres. “Diapositivas”, el tercer apartado, transcurre como una prosa que se va destilando hasta llegar a los “Cantares de gesta”, en donde la poesía tira al cielo / su malla de vocablos disolubles. Poemas de un conjuro más alto, que por igual nos dicen que, aunque vivimos una misma ciudad en un mismo momento, tampoco somos el mismo individuo.

¿Qué se extraña en un poema? Habrá que preguntárselo a quien levanta un libro y lo deja caer (¿lo suelta o no lo aguanta?) y persiste en llevarlo hasta la cima. Habrá que revisar en ese corazón qué es lo que basta. Para un poema basta que la articulación de las palabras conjure ese algo más que nunca vemos, pero late en nosotros: ese flujo que es más respiración que pensamiento y sin embargo parte de la misma tristeza. Melancolía que George Steiner traza cual (posible) razón, unas diez veces, para situar el pensamiento.

Si no existe pintor que pueda trasladar en el lienzo lo que ve ante sí ni tampoco el poeta lo expresa con palabras, ¿a qué espera fallida le apunta Jorge Ortega en su trabajo? Para Steiner: “Tropezamos, en ocasiones visceralmente, con impalpables pero rígidos muros de lenguaje. El poeta, el pensador, los maestros de la metáfora hacen arañazos en ese muro. Sin embargo, el mundo, tanto dentro como fuera de nosotros, murmura palabras que no somos capaces de distinguir”. Ante tal devoción, no es extraño que subamos la piedra de lo que más nos duele y pensemos, como Camus de Sísifo, que hasta somos dichosos. Es en este momento en el cual Sísifo recupera la gracia del enunciado exacto / para mover la roca. Y es lo que ansío de un libro de poemas: que nos conceda de improviso, / una tarde cualquiera, / al derretirse el hielo del reflejo / que nos impide ver lo que hay detrás, // la galaxia en persona: inmensidad suscrita / al átomo que amamos.

 

La creencia en el arte

Con esta “Brisa de resurrección” Jorge cierra su libro. A quien lea Devoción por la piedra sólo puedo decirle: Además de lo demás / qué más / no ha sido dicho. […] No hay contenido para la palabra / en todo lo que existe. / No hay / siquiera / lista de espera / para el decir insólito. // No tengo qué ofrecerte. // Toma, si quieres, / esta raíz de acaso / donde sí cabe, en cambio, una aguja, / este texto precario / donde se curte el deseo, / donde el deseo aguarda / aunque sea / el punto final que lo libere. A quien reciba a solas Devoción por la piedra le llegará un otoño de golpe, detenido en los detalles ínfimos que Ortega observa con microscopio. Le llegarán muchos otros acasos y creencias.

Todo esto lo agradezco. Tal vez a Jorge le parezcan muy poco estas palabras y no podría jamás contradecirlo. Yo qué puedo decirle sino con los versos finales y muy suyos: caminas al encuentro de un amigo / con bastante demora. Esto me dio Devoción por la piedra y aquí lo dejo. No seguimos leyendo ya, pero no sucumbimos. La piedra sigue en pie y habrá que hacer el viaje cuesta arriba las veces que creamos que haga falta.

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