La Paz, capital de los tártaros

Javier Vargas de Luna

Al llegar lo único cierto es este raro sentimiento de sorpresa conocida, algo a medio camino entre lo familiar y lo insospechado, entre lo consabido y lo impensable. Como si en esta parte del mundo fuera necesario reinventar el idioma para hablar Bolivia desde Bolivia, el asombro nos exige la conciencia más efectiva de una lengua castellana cuyos anhelos, al final de cada palabra, no perderán nunca la consanguinidad de nuestras reacciones. Para llegar a decirla es preciso estarla, y entonces sí, ya puede uno adelantar que por aquí la vida transcurre entre momentos de lo vertical, entre literales altibajos cuyos ascensos todo lo dominan, o, si se prefiere, cuyos descensos todo lo liberan. Siempre resultará tan sencillo y tan complicado hablar de una capital hacia arriba, de una ciudad hacia abajo, de un universo que ha decidido resolver sus embotellamientos (acá los llaman trancaderas) desde las torres de sus teleféricos: varias líneas de varios colores, vaivenes enlazados por cables larguísimos, con la sonrisa de Evo Morales en cada estación, Evo al subir y Evo al bajar, así le llaman, sólo Evo, el presidente y el sindicalista y el cocalero, el mandatario y el aymara y el modernizador de los cielos paceños. Y, dicho sea como de paso, el teleférico también se ha convertido en una experiencia del orden, aquí nadie se aglomera, es verdad —hay que creerlo a pie juntillas—, no hay remolinos sino un sistema cotidiano de filas que a veces se vuelven larguísimas, insoportables en las horas punta, porque la vida de todos está de por medio y lo mejor es respetar cada una de las consignas, diez usuarios por viaje, cinco pasajeros por asiento, abordar sin prisas, equilibrar el peso y entonces sí, bajar sin exabruptos.

Mis incipientes búsquedas de un lector nativo estarán marcadas por esta forma de volar en las cabinas del teleférico, sobre todo durante los días de protesta que se viven entre La Paz y El Alto. En el trastorno de las rutinas, las colas se extienden casi dos horas, ¡nueve cuadras!, antes de embarcar en la línea amarilla, Estación Mirador, luego la Buenos Aires y enseguida desciendo en la Estación Sopocachi para saludar a Cervantes y garabatear alguna de todas estas notas en la Plaza España: es alucinante el paisaje de la cordillera, sobre todo del Illimani, esa cumbre nevada que acompaña los trayectos de la mirada y que presta su orgullo y su identidad a la vida capitalina. No sé cuántas veces me habré repetido en la memoria el espectáculo aéreo de caseríos que, sin duda, se saben observados, y en ocasiones he descubierto ventanas abiertas en dormitorios al alcance de la indiscreción (sería tan mágico percibir libreros desde la estratósfera, digo yo…). Paredes y techos y jardines y azoteas y también salas y cocinas y las cortinas de algún baño entre canchas y bulevares y parques y patios y alguna piscina, todo a medio hacer y otra vez todo a punto de venirse abajo porque aquí lo inacabado se ha transformado en realización estética, lo cual equivale a postular que las arquitecturas intermedias se han consagrado en tanto que género, ya son parte de la cultura local. Después podré enterarme que muy a menudo los bolivianos no terminan sus casas por razones tributarias, pues entre lo inacabado de una vivienda y el punto final de cualquier edificación hay abismos en el pago del predial; sí, lo de aquí es construir sin retocar, diseñar inmuebles inconclusos que posean también el encanto de lo nuevo y entonces eludir al fisco y ladrón que roba a ladrón y lo demás que la gente repite cuando a veces se da el tiempo de explicarle a uno el detalle de tantas cosas que sólo tienen sentido en la realidad de sus calles —no muy estrechas frente a la Embajada de Canadá y nunca muy anchas en los alrededores de tantas oficinas de gobierno—.

En el paisaje de mis vagabundeos, allá por la Plaza Murillo, a un par de calles del Palacio Quemado, hoy he saludado a la guardia presidencial, los Colorados de Bolivia, uniformes de siglos pasados, como en la época de la guerra a muerte contra los realistas —supongo—, de quepis relucientes, cinturón claro sobre la casaca roja, botones dorados, pantalones cubiertos por botas negras de pasar revista y unas bayonetas que actualizan los heroísmos de otro tiempo. Again and again, toda descripción resulta tan sencilla y tan complicada en una ciudad que además ha trastocado todos los sinónimos del auto; de hecho, necesitaré un par de días más para entender aquello de “tomar una movilidad”: abordar un taxi, subirse a un “trufi”, sobrevivir el micro de la jornada diaria o rodear, arriba de un bus grandilocuente y mínimo, la glorieta con la escultura metálica del Che Guevara (sueños enormes de una boina eterna modelada con trozos de hierro forjado, cuerpo y fusil de laminillas o lingotes, y hasta la victoria siempre). Acaso al final de mi paso por estos andurriales sepa explicar que en esta gran geografía de hondonadas, cuestas, rampas, cúspides y quebradas, la eficacia de cualquier traslado alimenta las felicidades tanto como las frustraciones de sus habitantes.

Pero ya, ya he decidido que sí, que me gusta mucho esta ciudad de respiraciones atrabancadas. Sus calles imponen siempre un mate de coca para remediar el mal de altura, o quizás sólo llenar el bolsillo con dulces de lo mismo. A veces, en las muecas de la gente (la mayoría de origen indígena) se delatan esas hojitas que remedian el soroche —o sorojchi—, y no es difícil descubrir, claro que no, el movimiento casi mecánico de las mandíbulas, el pijchar de la masticación y el respiro medicinal que produce la planta en el organismo. También le llaman la puna, es decir, la hipoxia, la falta de oxigenación en el recién llegado: entonces se sobrelleva mal este raro dolor en las sienes, buen Dios, las venas parecen refunfuñar en el cráneo, buen Dios, ahora es la inminencia de un estallido entre la piel y el cerebelo y vuelta otra vez la mano al bolsillo, chupar el último bombón de coca o quizás instalarse en la cafetería más cercana, pedir un matecito, sólo eso, antes de retomar las búsquedas frente a la Plaza Abaroa, sobre la 20 de Octubre, bajando desde la sinuosa Ecuador por la Belisario Salinas. Hay lugares donde sólo se venden infusiones aunque también están los buenos, estos chiringuitos en los que se sirven las hojas en agua muy caliente; el precio, aunque varía, siempre es módico, de tres o de cuatro, no más de cinco bolivianos mientras ya, ya va pasando, el apunamiento, lo cual equivale a unos sesenta centavos de dólar.

Al paso de mis indagaciones será necesario desarrollar un gran sentido de las distancias. Dicho un poco a la ligera —a los días contados de mis andanzas les faltará siempre la prueba del tiempo—, lo más aconsejable para el fuereño es instalar sus rutinas en las inmediaciones de una buena cafetería. Además, en casi todas ellas hay jawitas, empanadas de queso, ligeras, llenadoras, adictivas, y no, presiento que aún no debo alejarme mucho de estos oasis del té donde se fomenta una versión elevadísima de la paciencia. Lo olvidaba: este mediodía he descubierto que la Plaza del Estudiante es un seudónimo de la Plaza Sucre, aunque no estoy seguro de nada porque La Paz es así, llena de dobleces en el bautizo de sus costumbres, como si el lenguaje aún estuviera joven, como si el fundamento de sus voces más urbanas (casual proyección de mis andanzas) aún estuviera buscando una forma de ser nombrado, o, por qué no decirlo así, como si aquí fueran imposibles las sentencias unívocas o los juicios sumarios para designar la realidad.

En uno de los bulevares más transitados de la ciudad, El Prado o El Pardo —ahora mismo no lo recuerdo—, hay una huelga de mineros exigiendo justicia entre cohetones de fiesta patronal y micrófonos a todo pulmón: “¡esto no es desfile, es marcha de protesta…!”, y aturden y se desgañitan y provocan enfado en la repetición de las demandas.

Portan un casco de trabajo, multicolor, y las mujeres, casi todas indígenas, abren la marcha con premeditada lentitud, algunas de faldas infinitas, otras con niños en la espalda de sus manteletas, todas con una fuerza eterna y ejemplar en los rostros de su perseverancia (así es como debe decirse, creo yo). La claridad del altoparlante asalta la curiosidad, “solución ahora, ¡carajo!”, pues ese acento administra el viento más íntimo del grito, como si la voz conociera la necesidad de economizar el aire de cada palabra en las alturas de la ciudad. El más anciano, el más sabio en edad, cara morena de bondad ancestral bajo el casco, será quien decida el paso siguiente, la intensidad de la caminata y el derrotero de una queja que ahora dirige sus petardos hacia el Monoblock de la umsa, el edificio de la Universidad Mayor de San Andrés. Y mientras busco memorizar los momentos más claros de mis atropellados jadeos, por cierto que todos los lustrabotas andan por la ciudad bajo un pasamontañas, también me repito en la conclusión de que en La Paz lo mejor es ampliar los plazos en las horas de cada día, darse otros quince minutos de tregua en la media calle de los tantos, tantísimos metros de altitud, y de las tantas, tantísimas cosas que a diario desquician el transporte público de pasajeros.

Después de cuatro días de precaución uno comienza a sentirse al alcance de sus propios pasos, entre resuellos cada vez más esporádicos, o, por conocidos, menos inquietantes. Las cuatro jornadas precedentes se han transformado, acaso sin saberlo, en un descenso gradual a los posibles accidentes de la lectura nativa; sí, aquí los libros deben de significarse de otra manera: cada autor, cada edición, cada estante tiene que representar la extensión de una urbe que a diario juguetea con el techo de sus cordilleras y con el cielo de sus azoteas. Como quiera que sea, hoy volveré a bajar tiritando desde El Alto al sector de Sopocachi y desde allí seguiré hacia los Obrajes y el barrio de Calacoto —Qala qutu, que en lengua aymara quiere decir “montón de piedra”, o algo así—; según me han dicho, por la Iglesia de San Miguel hay alguna librería de viejo en la que tal vez se produzca el milagro del descubrimiento. El distrito, de reciente construcción, exhibe la opulencia de sus edificios en la zona más cálida de la ciudad, muy parecida al Santa Fe de la Ciudad de México, al Chicó de Bogotá o a la Avenida Balboa de Panamá. Es necesario un viaje doble de teleféricos, línea amarilla y transferencia de altura con la línea verde, dirección Chuqui apu (Libertador), para comprobar que la ciudad cambia de piel; en efecto, aquí se respira un nuevo microclima entre casas de mucha riqueza, cadenas comerciales, oficinas bancarias, estacionamientos exclusivos, corbatas y parterres de última moda, anuncios de restaurantes y automóviles de lujo, todo tan inalcanzable para el común de los mortales.

No, no todo resultó baldío al cuarto para las cuatro, cuando volví a extraviarme en una tarde que casi se hizo frustración en las puertas cerradas de otra librería, la Yachaywasi —“casa del saber”, según se informa en las vitrinas—. Cerrada por almuerzo, me explicaba Rosario, de pie sobre la vereda de su impaciencia; era museóloga, y sí, lo sé muy bien, hubiera sido genial entrar a los estantes de una especialista en pasados, conocer las repisas de aquella experta en las vigencias de lo antiguo: ¿qué lee una curadora de La Paz, cómo se acerca a la idea de la ficción, cuáles son sus autores de cabecera y cuáles los moldes que perfilan sus divagaciones? Pero lo suyo no era miedo sino pudor o quizás sólo la más bella de todas las modestias, esto es, la de proteger su intimidad de mujer leyente. A pesar de las negativas, dejó escurrir el consejo de volver a Sopocachi, buscar por allí una casa editorial, cerca del Conservatorio de Música, donde quizás podrían orientarme. Y cuando remonte las alturas de la ciudad sé que desconfiaré de las timideces de Rosario pues hace rato que la modernidad de las librerías se parece a los expendios de comida rápida donde nadie intima con nadie; despersonalizado en su condición de cliente ocasional, allí el lector reacciona confuso ante las técnicas de mercado y las políticas del suceso editorial, ¿no es cierto? Para comprobarlo bastaría con repasar cada una de esas palabras, “cliente”, “técnica”, “política” o “mercado”, pues no sólo desfiguran a nuestros autores favoritos sino que además han tergiversado, tal vez ya sin remedio, el oficio del buen librero, guía imprescindible en las excursiones de antaño hacia los clásicos de cualquier época.

De nuevo el cárdigan y la bufanda. Sí, ya regreso a la pesadez de mis pasos porque el oasis del Distrito Sur va cediendo a los temblequeos de Sopocachi. Esta vez no hay filas en Mi Teleférico y el espectáculo del Illimani se diluye en el último soplo de la tarde; ahora son las luces incipientes, el tráfico de avenidas tachonadas de luminarias y en Ediciones Plural he sabido que son muy pocos los libreros de viejo que sobreviven en la ciudad (insisto: nadie como ellos para identificar a un leedor sin mancha de pecado comercial). De paso, me han invitado a una lectura de poesía, el mismísimo Luis García Montero andará por allí y la entrada es libre y de corazón lo agradezco, yo todo lo agradezco, aunque, la verdad de la verdad, las literaturas que cobran cuerpo en La Paz hoy sólo pueden ocuparme de otro modo —acaso como el síntoma que perfecciona los símbolos de vastedad que se derivan de los Andes—.

El ansía comienza a calar en el entusiasmo. Me dirijo a El Alcázar, un edificio de lujos fuera de época, quizás construido en los años setenta, no estoy seguro, mosaicos limpios, muy luminoso en el pasillo central, sobre la Federico Zuazo. He tomado un taxi al botepronto, hay un mercadillo de libros usados en la planta baja del lugar, y fue necesario negociar con el conductor los diez bolivianos del precio justo en una mediocre imitación del acento local (¿me habrá tomado por sucrense, o siquiera por santacrucino?). Lo he explicado desde la llegada, sin ambages, porque se me acaba el tiempo: busco a gente de andar por casa, señor, gente normal, y reímos, cuánto reímos, el administrador y yo…, menos como yo y un poco más como usted, señor mío…, y reímos, otra vez, cuánto reímos ante mis descripciones de alguien que no haya manchado la lectura con las ganas de escribir, de los que aún deambulan por una página para que nuestro destino resucite de otra forma o de los que todavía se inscriben en el absurdo provechoso de pensar en todas las vidas que transviviremos gracias a la literatura. En las convenciones impuestas por los altiplanos, él tiene que conocer a alguien así, dispuesto a nacionalizar las coordenadas de un relato con las veredas más congénitas de sus calles, sí, alguien como Fredy, el analista programador, y sobre todo alguien como Roberto —¡por fin alguien como Roberto!—, aquel obrero del aceite comestible.

El primero de ellos ha decidido profesar el pasaporte, porque, dicho sin tiempo que perder, Fredy es un boliviano profesional. Sobrevive en un empleo de los llamados actuales, mal pagado, eso que ni qué, transfiriendo datos, diseñando páginas web o solucionando virus imaginarios y parece muy buena persona; vestido y planchado con una formalidad sacerdotal, en su aspecto de hombre responsable se concita toda la literatura que alguna vez nos revelará la nación que somos, y no a la inversa —no estoy seguro de seguir su discurso, pero así es como lo dice porque así es como lo recupero de mi cuadernillo de notas—. En la pasión de una crítica sin aspavientos, su repaso del canon local parece un ajuste de cuentas con el gentilicio pues para él lo boliviano es el principio y el final de cualquier discusión literaria. Acude rápido a Metal del diablo (1946) y a Trópico enamorado (1968), ambas del cochabambino Augusto Céspedes, y enseguida cambia el semblante al recordar las florituras de Soledad, del siempre decimonónico Bartolomé Mitre. Y allí sigue, acalorando el gesto de lo patriótico con El pez de Oro (1927), porque Gamaliel Churata, el exiliado del Potosí, fue boliviano más allá de su nacimiento —alguien dígaselo pronto a los peruanos, por favor…—. En un vaivén de provincialismos mestizos, lo mismo deambula por lo boliviano universal que retrocede para postular lo andino supranacional y nuestra charla se ha hecho cada vez más monológica con Raza de bronce (1919), de Alcides Arguedas, La Chaskañawi (1945), de Carlos Medinaceli, y Aluvión de fuego (1935), de Oscar Cerruto, novela histórica sobre la Guerra del Chaco. Al alejarse de Franz Tamayo, autor al que la idea de Bolivia no puede deberle gran cosa, comprendo que Fredy ha convertido sus aficiones en una razón de Estado; sin embargo, y para lo que ocupa decir aquí, su biblioteca no deja de ser virtual, lectura hecha de voces y acaso también de interjecciones cuando algo comenta sobre Norte de Paz Soldán y me queda claro que nunca me invitará a su casa, allá por el barrio de San Antonio, ni me dejará mirar la repisa donde habita su Felipe Delgado (1979), de Jaime Saénz. Por último, hemos hablado del desgarrado espíritu del “aparapita”, ser que absorbe todos los márgenes y todos los dolores de La Paz (hermano gemelo del “tameme”, cargador de mecapal en el México de cualquier mercado). Y así siguió, inflexible, respetuosísimo, desviando la atención de mi solicitud con comentarios de despedida inminente: a lo mucho y si lo deseo, puedo tener acceso a un catálogo electrónico, eso sí, porque gracias a las destrezas de su oficio ha convertido aquella biblioteca en archivo numérico y no, ya no hay tiempo para explicarle a Fredy que es en los códigos postales de un entrepaño donde se oculta la verdad más inesperada de cualquier ficción llamada La Paz en cualquier autor llamado Bolivia.

Roberto, en cambio, todo lo entendió en silencio. Es nativo de Villazón y crecido entre Tarija y Sucre, treinta y siete años de edad, o más o menos, y mañana pasará por El Alcázar después de recoger a su hija en el Colegio Don Bosco, el instituto repetido de su propia infancia. Tiene un semblante de adolescente mayor, de juventud permanente que acaso se ha hecho indudable a fuerza de visitar mundos verbales y en su voz se reconoce un diseño de frases que algo tiene de corrección aprendida y otro tanto de sinceridad letrada, cosa más bien singular en el sociolecto del altiplano. Hace ya casi veinte años que trabaja en una compañía que produce y distribuye aceite comestible —¿cómo se llamaba?..., tampoco lo recuerdo—: realiza inventarios, despacha remesas, verifica pesos y medidas, controla pagos, facturas, procesos de empaque y flujos de distribución y labora en la soledad de un galerón, en un segundo piso, solo frente a la pantalla, sobre la mesa de un silencio con el que cobija el secreto de las horas robadas a su semana inglesa para terminar un libro, siempre un libro más, sobre todo los franceses, eso es lo suyo, aunque a veces conviene una temporada entre los clásicos. Tercer hijo en una familia de ocho hermanos, ya casi nunca se procura escritores patrios, es como el contrapunto inesperado e imprescindible de Fredy, la casa de cambio que completa la moneda nacional pues un lector de puertas abiertas adquiere mayor trascendencia frente al que nunca las abre, y viceversa.

Son frecuentes sus viajes al centro de la ciudad, calles de tráfico insoportable, ríos de burócratas y estudiantes, fondas para estómagos de media hora y nuestro primer contacto es el de dos coleccionistas de estampillas, ¿cómo decirlo?, porque Roberto habla de libros con el entusiasmo de quien canjea piezas únicas o con la irreverencia de quien ya posee tal o cual ficha en el álbum de sus lecturas. Vive por Sopocachi, calle Méndez Arcos, y me espera a las cuatro de pasado mañana en la estación de mis últimas rutinas y ya calculo las horas posibles, la exploración de su charla, la profundidad de sus libreros y la casa es de una estrechez rayana en la pobreza, dos plantas con zaguán a cielo abierto y piso de cemento. El baño es como un campanario exento del inmueble, hace frío y él acude pronto a los guantes tejidos y ahora me ofrece un vaso de Pepsicola antes de descender en el cielo abierto de los peldaños que nos llevan al medio subsuelo de un recibidor, cocina aledaña, sillones austeros, mesa y sillas excesivas en un comedor que se adapta mal a la media luz del sitio. Dos sombreros de fiesta campesina, colgados sobre la pared más lejana, escuchan nuestra charla junto a un vasar de madera en el que Roberto conserva sus Aguilares —así lo dice, “mis Aguilares”—: allí están las obras (in)completas de Ganívet, Larra, Asturias, Benavente, Bécquer, Unamuno y algunos volúmenes huérfanos de Pérez Galdós, inconfundibles en las pastas, unos bien conservados y otros dignos de misericordia.

Comprados desde el trueque o el azar, nada como los libros ya vividos, los que llegan a nuestras manos con la huella de alguna inscripción, subrayados en el doblez de una página o entre dedicatorias ilegibles de una mujer que ya nunca se conquistará. Es la doble ficción de la ficción, y su forma de comentarlo presagia el gusto de saber que, en caso de naufragio, Roberto sólo salvaría su ejemplar de El extranjero de Camus y se olvidaría incluso de la nueva-vieja edición del Paraíso perdido de Milton que compró hace tiempo (ambos los tiene allá arriba, y ya me los enseñará más tarde). Del azar que envuelve la vida de un libro, cuánto lamentó la pérdida de un Verlaine en edición bilingüe, pasta dura, una exquisitez; se quedó dormido en el micro, había tenido un mal día y al bajarse no recordó haber despertado y aquellos versos le habían enseñado a leer en otra lengua, porque él no lo habla, él sólo lee el francés, y porque en Roberto ya todo es posible…; ¿y el libro que nunca le regalaría a su hija?: cualquier Stendhal, sobre todo La cartuja de Parma, aunque él se los dejaría al alcance para no pecar de anticuado.

Su biblioteca más personal es también el único dormitorio de la casa en el segundo piso del lugar. Las dos camas están en orden, una es matrimonial, la otra pertenece a su hija y tiene dibujos de infancia sobre la cabecera y también hay una máquina Singer que sirve de mesa de noche (o de tocador…, uno nunca sabe). Los muros laterales de la recámara se han transformado en milagro de bibliófilo: de pared a pared, en el cónclave paralelo de las tapias, hay seis entrepaños de cuatro metros y medio de largo. En uno de ellos se sostiene al completo aquella Biblioteca Básica Salvat de la que al azar me muestra el Werther de Goethe, Noches Florentinas de Heinrich Heine e Hispanoamérica en su literatura de Guillermo Díáz-Plaja. También pone a mi alcance La habitación roja de August Strindberg y más cosas de Francia, los cuentos de Guy de Maupassant, era un genio, un fuera de serie, y del otro lado me acerca Una vida —Une vie, en el original francés de los Classiques de Poche: mujer de mascada y sombrilla verdes sobre acuarela azul cielo en la portada—. Después, Herodoto y Los nueve libros de la historia en un ajado ejemplar de Porrúa y un número atrasado del Magazine littéraire dedicado a la India en el que destaca, siempre en su propia lengua, el nombre de Salman Rushdie y el Mahabharata. Imposible hacer el arqueo de lo que se puede descubrir en este sitio cuando me muestra nada menos que Las mil y una noches, es increíble, también en lengua francesa, ¡la celebradísima traducción de Antoine Galland!; ha comenzado a leerlo hace unos días al amparo de un buen diccionario, y entonces hablamos de Rafael Cansinos Assens, y él sabe —porque lo sabe—, que estoy pensando en Borges cuando ya expurga el otro muro para mostrarme las Siete noches, hecho una baraja, manoseadísima edición del Fondo de Cultura, y si Borges fue capaz de hablar un libro que no escribió, acaso Roberto también pueda leer una lengua que no pronuncia.

La última curiosidad editorial fue un ejemplar de El desierto de los tártaros (1940), parecía muy nuevo, de Dino Buzzati; Roberto lo ha encontrado en El Alcázar y también lo define desde Borges (o casi): buenazo, sólo así, buenazo... Luego me acompañará al teleférico y las calles inclinadas dejarán escurrir algún comentario sobre Trump y la oportunidad hispanoamericana para convertirnos en potencias comerciales de un modo distinto, y enseguida volveremos a Buzzati, ya casi en la estación, porque algo similar ocurrió entre Bolivia y Paraguay el siglo pasado. A diferencia de quien se aferra a lo nativo para informar su paso por la vida, en él la mención de la Guerra del Chaco (1932-1935) no detonará arengas nacionalistas sino pasajes nutridos de ficción universal: convocará la imaginación ajena para ensanchar las verdades de lo propio, o, si se prefiere, postulará paralelismos de lo impensado al recordar que jamás hubo diferendos territoriales entre los dos países, y, lo que es más, nunca fue necesario solemnizar la frontera con un puesto de guardia, tal y como sucede en aquella novela. Paradojas aparte, en nuestro medio abrazo de despedida es posible que los tártaros hayan aprendido a sobrevivir entre mates de coca y trancaderas, a la vera del Illimani o latentes en los muros de papel de un dormitorio donde se descifran clásicos en lenguas inesperadas.

Es menester decirlo, casi desde el inicio y una y otra vez: El desierto de los tártaros es, antes que nada, un hecho estético, un fenómeno verbal que busca hacer sentir antes que hacer pensar. La crítica de sus páginas deberá estar subordinada siempre a las (in)certidumbres del arte y a los desasosiegos que su fenomenología provoca y que a menudo sólo preexisten en un juicio anterior a las palabras, es decir, en el íntimo entusiasmo que acicatea la reflexión de lo leído. Y una vez dicho lo anterior, ya es posible exponer con menos apremio intelectual que el relato de Dino Buzzati es muy simple, y, asimismo, tan árido de explicar. Desde una óptica muy generalizadora, se trata de un existencialismo casi en estado puro cuya realidad de introspecciones ha generado una singular psicología de lo inminente. Diríase que la novela se concentra en la exposición de un presente muy elusivo del que los autores franceses tanto quisieron decir el siglo pasado —sobre todo Camus, dentro y fuera de la biblioteca de Roberto—; por lo demás, Buzzati también hace pensar en aquellos personajes de Thomas Mann que gastaron su vida descifrando las voces más soterradas de un porvenir que se hizo incomprensible entre las explicaciones de un pasado que nunca se asumió.

Pero, vayamos por partes… En un primer orden de reflexiones, el realismo de sus capítulos nos revela las contingencias de un soldado que morirá en la impaciencia de su oficio, cautivo de la inacción que provocan los tiempos de paz en un destacamento de frontera. Podría decirse, incluso, que se trata de un relato convencional, sencillo y preciso en su proyecto de construir la inminencia de combates que acaso nunca tendrán lugar en la página diaria de la Fortaleza Bastiani, baluarte donde las fronteras se transforman en ocio, las inmediaciones en delirio, las ordenanzas militares en divagación y la memoria en un vano ejercicio de los valores heredados. Ante los afanes de un heroísmo que tampoco ha de concretarse, nuestra lectura pronto terminará por reconocer que, dentro y fuera de la novela, el alma humana es capaz de todo, de añorar una guerra imposible, de reclamar con exagerada melancolía la restitución de lo que nunca ha poseído, o, incluso, de construir nuevas formas de soledad para legitimar los sinsentidos y las hipocresías que nos habitan y que, en la suma final de los días, terminarán por definir el vacío de la existencia. En resumidas cuentas, los tiempos de paz vividos a la manera del soldado pervierten el orden conocido de las cosas, trastocan la posibilidad de las trascendencias y convierten al personaje —y también al lector…, sí, sobre todo al lector— en un abismo cambiado, esto es, en el desierto invertido de sus angustias de centinela.

Al haber imaginado la vida de alguien como Giovanni Drogo, el autor italiano no sólo nos entrega la biografía imaginaria de un hijo extemporáneo del valor, sino que, por añadidura, pone a prueba los automatismos de nuestra compasión.

Dicho de otra manera, la novela no promueve la salvación a toda costa ni la rigurosa condena de un personaje cuya profundísima humanidad se revela en su ineptitud para triunfar sobre las incertidumbres del destino (¿quién pudiera saberse mejor que Drogo?..., ¿quién?). El libro pretende, ante todo y sobre todo, extinguir la dualidad de una cosmovisión cuyas morales al uso nos encandilan de claroscuros, que contraponen lo bueno a lo malo, que van de lo esencial a lo accesorio, de lo soterrado a lo conocido y de lo dogmático a lo discutible sin respiros intermedios —y sospéchese aquí el largo y binario etcétera que se decanta de la visión judeocristiana de la vida—. En estas tanto como en muchas otras ecuaciones existenciales, al personaje central le son intrínsecas las alianzas más que los divorcios: las miserias de su vanidad se conjugan con la lucidez de sus soliloquios en los parapetos de la fortaleza, posee la agudeza del retraimiento lo mismo que la vulgar manía del exhibicionista, es simbiosis del ángel caído y del guardián al acecho. Por todo ello, Drogo representa un personaje redondo que todo lo piensa y todo lo resiente y todo lo ignora; sin embargo, a pesar de sospechar la trivialidad de su pretendido heroísmo, ello no le hará triunfar sobre las ansias de un disparo, uno solo, ése que cerraría el círculo de sus contradicciones.

El desierto de los tártaros se orienta también hacia el establecimiento de otra forma de habitar los ideales, una en la que se haga factible existir más allá de las inercias que aún exigen concentrar lo histórico en los núcleos de la osadía y resumir lo memorable en los vértices de la sagacidad. En este orden de ideas, y dado que los conceptos del heroísmo comparten los accidentes de cualquier actualidad, su definición tanto como su consecución son realidades en progreso, consanguíneas de una gran multiplicidad de sustancias históricas; y aunque esto no sea una verdad ignorada por nadie, tampoco debe dejar de insistirse que la búsqueda de cualquier tipo de honores o de hazañas, en la novela y fuera de ella, es ante todo un momento de ceguera o de vanagloria por cuanto carece de contextualización crítica —para el caso, conviene regresar al Hombres representativos de Emerson (por cierto, hay traducción de Borges)—. En una última vuelta al rizo practicada por el texto, quizás la única proeza posible para nuestro personaje será la lucidez in extremis de ésa, su propia vanagloria; sí, en su sonrisa de moribundo vive un instante por fin suyo que se hace trascendental en la conclusión del libro: volverá a ser él al entender la inteligencia de los ciclos, es decir, al concebirse como la variante más accidental de una época que siguió pasando más allá de sus ensoñaciones.

Siempre habrá libros así, luminosos por el lado contrario de la luz y ensordecedores en el silencio de sus revelaciones. Por ello, vale la pena correr el riesgo de decir que si el arquetipo del personaje resulta demasiado doloroso en nuestras semblanzas, también es posible regresar sanos y salvos a ese primer nivel de lectura donde todo episodio de lo íntimo será también narración de lo circunstancial. En este sentido, y gracias a una de esas raras contradicciones que sólo la literatura sabe resolver, cuando el libro levante la voz de sus espejos en la vulnerabilidad de nuestros rostros, la lectura sabrá distraer las analogías que el teniente Giovanni Drogo nos echa en cara. Por lo demás, y dicho sea como de paso, quizás allí deban buscarse los signos de identidad de un narrador que a menudo pasa por arcaico, de corte clasicista y muy proverbial en la firmeza de sus requerimientos; sus juicios constantes ensucian la descripción de las figuras y sus intromisiones nos manchan de imperiosas dudas, lo mismo que las elipsis, las omnisciencias de lo irónico, esos monólogos de melodrama y un largo etcétera. En un libro capaz de doler y asimismo dispuesto a distanciarnos donde lo crea necesario, la voz narradora exhibe sin embargo sus convicciones poéticas: mientras provoca tantas inquietudes, los flujos verbales saben ofrecerse como resguardo, son el pecado y la penitencia, el juez y la parte, la contradicción totalizante de una fabulación que nos interpela mientras nos destierra. Y, a pesar de todo, el verdadero filón de lo poético debe buscarse en otro lado, quizás en el ensamblado alegórico de la Fortaleza Bastiani, en esas almenas y garitas que siguen allí con el objeto de vigilar las leyendas de un miedo inmemorial —nada como las geografías fronterizas para legislar la longevidad poética de nuestros temores—.

Por otra parte, en mayor o menor medida la juventud del teniente Giovanni Drogo se parece a las rebeldías de lo iniciático. Sus ansiadas e infructuosas banderas se corresponden a edades que se proyectan en la bilogía de cualquiera, cuando se han dado palos de ciego entre los uniformes de artificio o desde las insignias de la timidez para reclamar el primer protagonismo de nuestro estar en el mundo. Y en mayor o menor medida, el capitán Giovanni Drogo de los capítulos finales es asimismo la posibilidad de nuestra vejez, decadencia ejemplar y aun necedad admirable que lleva hasta sus últimas consecuencias la promoción de un sueño infértil. Ahíto de vísperas y hastiado de frustraciones, acaso su existencia posea también un costado romántico, el del arrogante moribundo que no se desdijo nunca en la esperanza de una muerte extraordinaria.

Otro de los elementos que Buzzati insufla en su texto tiene que ver con la posibilidad de lo fantástico. Junto a los demás habitantes del cuartel, nuestra lectura comenzará a conjeturar la fascinación ejercida por sus murallas mientras los fantasmas de la realidad castrense se convertirán muy pronto en especulaciones de la voz narradora (en más de un párrafo se nos invitará a la sospecha de lo sobrenatural). Dicho en otras palabras, la Fortaleza Bastiani parece tener vida propia, sabe cautivar a los miembros del regimiento y ejerce sobre los recién llegados una especie de seducción que se comprueba en los oficiales de larga data. Entre túneles y paredes que exhalan aromas de castillo medieval o de guerra envejecida, la novela es muy eficaz en el despliegue de lo enigmático y de lo inexplicable; además, el gran tema de los tártaros, convertido en tópico de la crueldad y de la lejanía en el imaginario de Occidente desde hace tantos siglos —y desde hace tantos autores—, es administrado con maestría por Buzzati en el tejido conjetural del relato: ¿qué le impide a Drogo salir del sitio que lo ha cercenado durante más de cuarenta años de toda transacción con la historia?, ¿es o no cautivo de una fuerza desconocida?, ¿es legítimo, tangible, real el espejismo bélico o sólo adquiere valor intrínseco en un relato militarista?

Al acudir a los rumores de lo irracional o de lo inverosímil, la novela termina por escapar a las categorías. En el recuento de todos los elementos y corrientes que participan de ella, y sin olvidar nunca que la réplica a cualquier género representa también su confirmación, las epopeyas que no tienen lugar en El desierto de los tártaros se cubren de un “contra-pacifismo” que se hace más significativo en la Europa convulsionada de su publicación; al mismo tiempo, es ésta una historia del tedio donde, como ya se dijo, lo existencial se arraiga en un realismo decimonónico salpicado de pasajes románticos cuyas caras ocultas, a su vez, algo tienen de cuento de hadas y otro poco de literatura del encierro. Por evidente, este último elemento casi siempre se pasa por alto en la crítica del libro a pesar de que en cada uno de sus treinta capítulos están presentes uno o varios símbolos de cautiverio: isla, cárcel, exilio, refugio, evasión, desierto, escapatoria, soledad, silencio y tantos más que podrían nombrarse para el efecto. En Buzzati, la exclusión física implica y argumenta la expulsión de la historia por cuanto la ruptura de lo espaciotemporal deriva en la paradoja de su insuficiencia; sí, la relación del individuo con un espacio sin salida implica la experiencia de un tiempo sin tiempo, de una época desnuda de su propia capacidad de conciencia. Por ello —y sin ninguna ironía de por medio—, el día más importante en los heroísmos del personaje está marcado por su regreso a la historia, por su reinserción en las geografías de lo heredado y por el rescate del calendario más lúcido de su propia muerte.

Lo sabemos muy bien: cuando el capitán Giovanni Drogo salga de la Fortaleza Bastiani, lo hará a rebufo de las décadas vividas a la espera de una guerra limítrofe. Aquellos temibles vecinos, los tártaros, parece que por fin llegarán a la Fortaleza Bastiani, y entonces el punto final del libro se convertirá en extensión del asombro, en continuidad de todos los preámbulos y en la prolongación de sus casi trescientas páginas de inminencia. Dicho a las claras, el libro nos negará una vez más la certeza de la guerra, y, al hacerlo, las páginas finales de Buzatti convertirán nuestra lectura en una convulsión idéntica a la que padece el viejo y desahuciado personaje. Por lo tanto —digámoslo aquí con algo de pesadumbre—, ya siempre seremos una lectura gemela y crepuscular del destino de un libro de continuaciones encubiertas.

¿Ahora sí, por fin, los tártaros?, ésa es la pregunta que contaminará mi último lunes de obsesiones capitalinas, frente a la inmensidad del Illimani que se funde ya con el azul del cielo. A las nueve de la mañana todo esto me parecerá un horizonte de fotografía, un paisaje que se gana el derecho a ser perpetuado en las palabras de alguna tarjeta postal. Al bajar de El Alto me asaltará otra vez el espasmo divagador de mis últimos días —culpa de la velocidad del teleférico, supongo— y volveré a imaginar un color distinto para cada cuadrícula de cada muro de cada fachada de cada casa observada en el aire del teleférico. Por un momento haré de La Paz una extensión de la wipala, la otra bandera del Estado Plurinacional de Bolivia que escalona sus ángulos y sus colores, como en una lluvia de geometrías, idónea para embellecer una urbe siempre tan ladrillosa en sus escarpaduras. Por la tarde llegaré temprano a la cita en Plural, ojearé algún título y como de pasada recordaré la biblioteca virtual de Fredy que también me habló de un libro de José Luis Roca, Ni con Lima ni con Buenos Aires. La formación de un Estado nacional en Charcas. Media hora más tarde, el presentador de la velada dirá, palabras más palabras menos, que la poesía es la ciudad capital de la lengua española antes de que Luis García Montero nos prevenga sobre los riesgos de confundir espontaneidad con sinceridad. La gente aplaudirá el final de cada poema en un salón mediano, pisos con ecos de madera, chimenea encendida, una mesa larga, larga como un altar, y yo sentado en la última fila, anónimo de tenis blancos. Compartirá un nuevo poema, composición que habla de los estudios de literatura francesa de su madre, y ahora mismo pronuncia frases en esa otra lengua que en La Paz de los tártaros me servirá para cerrar el escenario de tantas coincidencias.

Cuando regrese al hospedaje, en esta última noche de sofocos, sabré que por el rumbo de Dino Buzzati hay una casa de paredes divisorias donde García Montero podría estar regresando al castellano gracias a las aficiones de un obrero del mejor aceite comestible del país. Y ya, ya, ya estaré seguro, mañana se acabará el soroche cuando salga rumbo a la frontera chilena, pensando, creyendo, admitiendo que todos somos como Giovanni Drogo, al menos sólo un poco, aferrados a la mentira necesaria de algún heroísmo que nos justifique. En fin...

Puntos de venta