La vaca iracunda

Pedro Ángel Palou

Era un joven profesor y vivía en un remedo de fraccionamiento, sin calles pavimentadas —incluso sin calles—, apenas con unos cuantos postes de luz eléctrica. Todo era milpa. Quizá por eso no lavaba mi auto, un Renault 12, al que apodaba mi caverna. Era realmente como una gruta llena de estalactitas y estalagmitas de lodo. A unas calles —o remedos de calles, ya quedamos— vivía mi novia quien, joven y hermosa, apenas libraba cada que se subía al auto, la posibilidad de mancharse antes de ir al cine en cualquier domingo de provincia. O al zócalo, como hacen las parejas antiguas. 

Un buen día, azuzado por el temor de que me dejara por alguien más cuidadoso con su vehículo lo lavé a conciencia. Puse todo mi empeño en que quedara albeando —imposible en un coche negro—, pero sí terminó reluciente. Bruñido como un espejo. Me miré en él de cuerpo entero, me peiné y fui por ella. Nos esperaba, recuerdo, Ana y sus hermanas, de Woody Allen en el cine club de la casa de cultura (cuya pantalla borrosa, lo supe después, era el toldo de un Volkswagen, pero esa es otra historia). Entré a su casa, saludé a sus papás, quienes me invitaron un té y pastitas recién hechas. El noviazgo perfecto. Charlamos aunque en realidad nos queríamos ir pronto. No solo nos esperaba el cine, sino algunos —muchos— besos. Era como si Fuensanta y Ramón López Velarde tuviesen auto y anduviesen por las húmedas calles de la ciudad, no en carretela. 

Entonces escuchamos el ruido. Un choque espantoso. Pensamos. Alguien se dio de bruces contra mi caverna negra, pensé aturdido. Salimos pronto a la calle. No era otro coche. Era una vaca. Una vaca enorme pero famélica del ejido donde vivíamos. Se había reflejado en el coche e incapaz de saberse esa vaca allí retratada pensó que se trataba de otra vaca, una vaca rival contra la que embistió, enfurecida, con las dos astas de sus picudos cuernos. 

El pobre animal se encontraba aún más aturdido, intentando salir del entuerto en el que su ira la metió, pero uno de los cuernos había logrado hundirse hasta el fondo de la portezuela y se había atorado. Un animal así puede irritarse impredeciblemente, por lo que empezaba a agitarse y a agitar de la misma frenética manera el auto todo. Mi suegro buscó el teléfono de su veterinario y mi Fuensanta —así, joven y hermosa— lloró todas las lágrimas del mar. Pero en medio del llanto vertido pensó en la solución. Fuimos corriendo a la pequeña granja de la esquina, donde quizá estaba el dueño del animal que nos observaba preso de la rabia, sin esa compasiva mirada que es propia de su especie vacuna. Llegó antes que el veterinario que no hubiese podido sino anestesiarla. Llegó con un lazo de charro que desató, pues era inútil en su estado —como de fiesta y de suerte—, y amarró el cuello del animal con un diestro nudo. 

Era inútil. Le hablaba a su vaca como se le habla a una vieja compañera. Tiraba y me pedía que yo tirase, y luego mi suegro y mi suegra e incluso Fuensanta misma. Todos tiramos y tiramos hasta que el siniestro cuerno decidió salirse de la portezuela de mi auto. La puerta quedó hecha trizas. O mejor, cóncava y convexa y luego otra vez cóncava, como un espejo de feria. Costó un dineral ponerle al pobre auto otra puerta pues aquella nunca más podría cerrarse, o abrirse, inutilizada por la fuerza de la vaca. 

Y pensar que pudimos, en una onda secreta de embriaguez deslizarnos, valsando un vals sin fin por el planeta, escribió López Velarde a su Fuensanta real, allá en Jerez. En mi provincia tórrida aún las calles no han sido pavimentadas y yo no he vuelto a lavar mi auto. Después del incidente vinieron las lluvias que como todas las lluvias lo lavan todo. Pero también vino el lodo. Y la caverna negra retornó a su estado prehistórico, como de Lascaux o Altamira. 

Sé también que la pobre vaca no ha vuelto nunca a ser la misma.  

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