José Trigo

[Fragmentos]

Fernando del Paso

Y después de besarla se levantará,
reirá la sombra,
con las manos en jarras columpiará su torso amplio y
oscuro,
boya de piel en su cadera, navegante reirá,
y las vacas mugirán con las ubres hinchadas,
con la cola espantarán las moscas y tendrán la
piel húmeda
y palpitante,
y ella pensará,
pensará que se burlan de ella y de su recuerdo y de las
manos del hombre oprimiendo sus pechos y ella
boquiarriba y boquiabierta como ternera mamando dulces
gotas de la llovizna tierna y lechosa,
amarga y tierna y lechosa,
amarga y tierna,
que se transminará, se escurrirá por los cabellos del hombre,
porque se descargará el nublado, altitonante,

***

Ella despertará,
y no sabrá si fue el dulce murmullo del tascar de las
vacadas, o la caricia agitada por el paso de los hombres
y las mujeres, o fueron las
palabras no pronunciadas
que cristalizarán en el aire
y se desbordarán como lluvia de verano, frescas,
olorosas a deseo y esperanza,
y subirán hasta el cielo como llevadas por vientos altanos,
lo que la hará abrir los ojos...

***

Y caerá,
caerá primero una mollizna de calabobos y después lloverán
chuzos y el agua se colará por los techos
y mojará a las vacas,
las lágrimas en los hombros del hombre y en los brazos
recios de pelos pegados a la piel tersa,
la lluvia fosforescente lloviendo la lombriguera adentro y
lenta y lancinante y cálida;
mojados quedarán sus lomos y culos y colas orejas gachas
belfos colgantes
y patearán el piso de los furgones,
y más allá los hombres en la grúa juegan y descansarán sus
temblorosos músculos mojados de lluvia y de sudor,
y más acá
las vacas mugen y se adivinarán sus grandes oscuros ojos
continentes de miedo.
Y después ella verá,
verá al hombre caminar hacia la grúa,
verá su espalda herida por miles de afiladas espadas de agua,
y deseará,
deseará que se detenga, que voltee, que regrese, que le diga:
“Ven conmigo”.
Como así le dirá, como así se la llevará.

Tú dijiste sí, ya voy, padre, y tu voz salió debajo de una piel de vaca pero no te levantaste porque por toda la noche tu cuerpo le había dado calor a la piel de vaca y ahora la piel de vaca te lo devovía, como si fuera de ella, como si la piel estuviera viva o fuera una vaca de verdad, una vaca amorosamente extendida sobre ti, amorosamente pesando sobre ti mientras tú soñabas y te revolcabas y soñabas con las mujeres de pechos grandes como ubres de vaca y tu mano buscaba las ubres y las cogía y las apretaba y un chorro de leche tibia y espesa bañaba tu vientre de niño de doce años y tú te despertabas mojado y pegoteado y decías: Otra vez, por qué, y oías la voz de tu padre que decía: Ándale vete al estanque y etcétera, y que no se lleven las pieles, y etcétera; y tú te levantabas. Tú bajabas tu pierna gorda y tu pierna flaca, y ponías tu pie gordo y tu pie flaco sobre las pieles de novillo que alfombraban el cuarto, y te limpiabas las legañas y decías en voz alta: Sí, ya voy, padre; y en voz baja: Sí, ya voy, pinche viejo, ¿qué no ve que ya me estoy levantando? Y te levantabas, te ponías tu calzón de manta, tu camisola de manta, tus huaraches. Luego hacías a un lado la cortina de pieles de vaca que colgaban del techo alrededor de tu cama, llegabas a la mesa, y de pie bebías tu taza de café caliente, y comías tu tortilla con carne de víbora y salías de la casa, y venías al estanque y aquí estás. Y estás aquí porque buena la hiciste, pero bien empleado te estuvo, tonto de ti como tú solo. 

Y entonces él me dijo: 

Sí, aquí estoy, cuidando que nadie se lleve las pieles y remojando mi pierna flaca en el agua donde flotan las cortezas de mangle y de palo quebracho porque la gente me dice: ya que no te engorda, cuando menos que se te curta para que aguante lo que la otra, ya que tu padre no hizo nada o casi nada por que te engordara: fue capaz de llevarte con un curandero, como te llevó, porque a él le podía pagar con pieles, como le pagó, pero no con un médico porque entonces hubiera tenido que gastar sus moneditas lindas que guarda con tanto cuidado en una bolsa de cabritilla. 

Y entonces yo le dije: 

Y la gente te dice más, te dice sin decírtelo, sin quererlo, sin saberlo. Cuando tú caminas por las calles del pueblo, a la caza de perros cagando, y pasan las putas gordas y tras ellas se te van los ojos, te parece que sus nalgas te aplauden mientras caminan, te aplauden y te dicen: Bravo, mi niño maravilloso, tú sigue juntando cagadas de perro para curtir las pieles de tu padre porque tu padre te dice: No hay nada mejor para la purga de la piel, para que su flor quede suave como los capullos de seda, que hacerlo a la antigüita, con mierda de perro, de gallina o de paloma, y mejor si es de perro, así que ve y busca y tráeme y haz una masa con agua y luego unas tortitas y ponlas a secar hasta que se fermenten y suelten el jugo y luego con el jugo embadurna las pieles de la cola a la frente, de la falda a la falda, sin olvidar las garras, y ponlas a reposar y verás después cómo se ablandan, cómo se ponen tan blandas como la carne de tu madre la castellana que no me oiga; y podemos entonces cambiarlas por moneditas sin saber, mi niño —te dicen las putas gordas— que con una de esas monedas, moneditas que dice tu padre, con una que nos pongas en nuestra alcancía te dejamos hacer. Te dejamos que nos apelambres con los dientes y nos remojes y nos embadurnes con saliva hasta que estemos rendidas y nos engrases con sebo de carnero y nos tiñas con rojocongo de los dedos de los pies a la punta de los cabellos, de la cadera derecha a la cadera izquierda, sin olvidar el coño. Y la gente te dice más. Y las cosas también te dicen. Cuando la gente llega a ver a tu padre y le deja las pieles de añojo y de vaqueta para que se las curta. Y tu padre sale y les dice: Les va a costar tanto más cuanto; y tú oyes su voz, tú que tienes doce años y quién sabe cuántos de remover las pieles que se reblandecen en las artesas del patio, y crees también oír, o de verdad oyes la voz de la gente que dice: Y dígame, españolito, cómo está su hijo, dígame si está trabajando y si ese chapoteo que oigo es porque él está removiendo las pieles de las artesas, porque entonces yo le dije que sería muy bueno que descansara un poco y que usted les diera una moneda para que la gaste en lo que mejor la aproveche; porque al decir de la gente, la gente todavía le dice a tu padre “el españolito”: se acuerda de cuando llegó a este pueblo de Teozulco y era entonces casi un muchacho y tu madre también una muchacha, los dos flacos y pálidos y de ojos grandes, y los dos sin un centavo. Y se acuerda que el alcalde, que después fue su compadre, le prestó el dinero que le hacía falta para curtir las pieles de víbora y las pieles de iguana que tú vigilas todos los días desde que el mundo es mundo, en el estanque en que estás sentado hoy, porque aquí estás hoy, junto al estanque, y aquí estás hoy, a la vuelta de los años, porque te saliste con la tuya y tuviste tu merecido. 

Y entonces él me dijo: 

Sí, aquí estoy desde siempre y las cosas me dicen cosas. Todas las noches, cuando me acuesto, me habla la piel de la vaca que está al otro lado del cuarto, la que tiene cabeza y cuernos. Sus ojos de vidrio brillan cuando les da la luz de la luna y entonces ella habla, y habla con la voz de mi madre. Y cuando entra el viento y mueve las pieles de vaca de la cortina, ellas hablan, y hablan también con la voz de mi madre, y las voces se quejan dulcemente. Y entonces me levanto y camino y piso las pieles de novillo que alfombran el cuarto y las pieles bufan quedito y me acerco al cuarto de mis padres, y quiero oír qué dicen ellos, pero las pieles no me dejan oír siquiera si ellos respiran, las pieles de vaca que se quejan y las pieles de novillo que bufan. Y entonces yo camino de puntas hasta la alacena, y de atrás de un frasco de savia de papayo cojo la bolsa de cabritilla y la abro y saco las moneditas y las veo y las moneditas me hablan unas veces con la voz de mi padre y otras con la voz de mi madre y otras con las voces de la gente que dice cuando me ve pasar: Allá va el hijo del españolito, lástima de niño que fue lo único que le salió mal porque por lo demás no se puede quejar: llegando al pueblo se encontró una moneda vieja que se le había perdido al alcalde, y se la devolvió.  
entonces yo le dije:

Y entonces el alcalde le dijo a su padre: esta moneda de oro con la cruz de Jerusalén fue de mi abuela y de mi bisabuela y de mi tatarabuela y no sabes cómo la quiero, así que te voy a ayudar para que pongas tu curtiduría. Y tu padre no se olvidó nunca de la moneda y desde entonces se dedicó a conseguir una igual para que le sirviera de mascota y le trajera suerte y luego fue otra y otra y así hasta que fueron muchas monedas las que tienes en las manos y que te hablan con la voz de tu padre y te dicen: Nosotros somos columnarios de plata y avemarías de plomo y provisionales de Valladolid fundidos con incensarios y copones y sudes de cobre y onzas imperiales de oro y tlacos y pilones y cuando seas grande yo tu padre te las voy a dar y te voy a dejar mi curtiduría para que seas feliz, pero nunca las gastes porque son pedazos de suerte. Y entonces tú ahogas en el pecho las ganas que siempre has acariciado de alzarte con ellas, de ir a probar fortuna por tu cuenta y riesgo a donde soplara el viento, y las vuelves a guardar en la bolsa de cabritilla y la bolsa de cabritilla la pones detrás del frasco de savia de papayo y caminas a tientas hacia tu cama y a tientas te acuestas y a tientas te tapas con la piel de la vaca y a tientas la tientas y oyes el aire que silba a través de las pieles de víbora y las pieles te hablan y te tientan porque tú sabes de la tentación y de las víboras, de las víboras y de la tentación, y tientas y lenta y atenta y a tientas y tensa y tierna y lentamente te quedas dormido. 
Y después oyes la voz de tu padre que dice: Anda muchacho, levántate y vete al estanque y etcétera, y tú te levantas y vienes al estanque y aquí estás. 

Y entonces él me dijo: 

Sí, aquí estoy y la gente me dice cosas. Y las dice de mí, y de mi padre y de mi madre cuando vamos al pueblo, dicen: Mira, allá van los españolitos quién dijera tan buenos que son, que sólo comen carne de víboras y de otros bichos, porque las pieles de cabra y de cerdo y de vaca que curten, se las llevan los vecinos, todavía verdes. Pero el españolito prefiere descuerar víboras porque le gustan más o porque con sus pieles hace más negocio. Y él mismo las caza y caza también iguanas y lagartos y como él dice, la carne no se ha de pudrir, mejor nos la comemos, así que su pobre mujer y su pobre hijo todos los días comen: carne de iguana en la mañana, de lagarto en la noche, de víbora todo el día; eso son españoladas. Y sin embargo ella es un ángel y él es un alma de Dios, y son felices, pero el que quién sabe cómo salga es el hijo, porque yo digo y sostengo que ese alimento no es de cristianos, no señor; dicen y yo los oigo, me dijo, mientras chapaleaba con su pierna flaca en el estanque donde flotaban las pieles entre cortezas de mangle y de palo quebracho. 

Y entonces yo le dije: 

Yo digo que si la gente dijera eso, sería verdad. Que si tú dijeras que una noche en que las pieles de vaca se quejan dulcemente y las pieles de novillo bufan quedito, te levantarás y cogerás las monedas, sería verdad: porque tú eres amigo de lo ajeno y capaz de robar a cualquiera así fuera tu padre, y como éste sería el caso, saldrías entonces de puntillas de la casa y esconderías las monedas, unas en unas tortas de caca de perro, y otras en otras tortas, y no serías sorprendido con las manos en la masa, y sí echarías las tortas en una bolsa de piel de becerro y te irías caminando por el bosque para abrirte camino en la vida a brazo partido, para andar a las bofetadas con el hambre a salto de mata, sin saber a dónde ibas a parar, y la sombra de los árboles te pesaría en los hombros, y ellos te hablarían y sus voces dirían: Te pesará, te pesará, te pesará, te pesaremos toda la vida cuando nos quiten la piel y con nuestro cuerpo hagan maderos y con los maderos durmientes que te pesarán, te pesarán cuando los cargues para ponerlos en los caminos, te pesarán cuando pongas el balasto de todos los caminos que has de caminar; te pesará, te pesará llegar a la calle de las putas gordas, a la calle que sólo conoces de oídas porque todos se hacen lenguas de ellas; te pesará caer en el garlito, te pesará, y les pesará a las putas preguntar: ¿Tienes con qué pagar?, decirles tú: Yo pago con mierda; enseñarles tú una torta de caca, insultarte ellas, sacarles tú una monedita de oro, y no importarles a ellas llenarse los dedos de mierda. Y tú se las aventarías, aventarías dos o tres o más bolas de mierda a las putas gordas y ellas buscarían las monedas y se acostarían contigo y te amarían y te emborracharías a tus anchas y saldrías cantando y pensando: Nunca, nunca me verán otra vez dale que dale apelambrando pieles en jugo de intestinos de peces y jugo de páncreas y savia de papayo, nunca me verán descarnando las pieles con un cuchillo de plata, zurra que zurrándolas, nunca, nunca; y entonces irías de pueblo en pueblo, de cantina en cantina, de burdel en burdel aventando mierda a los cuatro vientos, hasta que por lo que tú quieras y mandes, te quedarías sin moneditas y darías buena cuenta de tu suerte repartiéndola aquí y allá, y entonces un amigo te diría si no tienes trabajo puedes trabajar como peón de vía en los ferrocarriles y tú le cogerías la palabra, tú entrarías en los ferrocarriles a trabajar por años y felices días, a Dios rogando y con el mazo dando para echar raíces por fin, después de tanto andar por las ramas. Ya estaba de Dios. Y todo esto sería verdad. Tan verdad como que tú estás aquí ahora, sentado junto al estanque donde flotan las pieles de víbora y las pieles de iguana entre cortezas de mangle y palo quebracho. 

Y entonces él me dijo: 

Sí, aquí estoy, y es verdad, pero ahora sólo tengo doce años. Faltan tres para que mande la mierda a la mierda y vaya a la casa de las putas gordas. Faltan cuatro para que me encarrile en los ferrocarriles. Casi veinte para que conozca Buenaventura. Y más de quién sabe cuántos, tantos como días tiene el invierno, para que yo esté como estoy ahora, aquí, debajo de la cama, con los cabellos blancos, con una barba a pelluzgones, engurruñado, sordo, viéndote con mis ojitos bizbirondos y sin decir una palabra, sin decir esta boca es mía, porque yo nunca hablo, y no volveré a abrir la boca sino para perder a José Trigo. 

Y entonces yo vi al viejo, al viejo frontudo que malos aires trajeron aquí. Vi sus ojitos de capulín bajo la cama del furgón de la vieja Buenaventura, que brillaban casi tanto o más que las brasas del brasero alrededor del cual estábamos sentados la vieja, Anselmo, Guadalupe, Bernabé, don Pedro el carpintero y yo. Vi sus barbas, su piel resquebrajada, y no pude imaginármelo. No pude quitarle su piel nueva para conocer la piel vieja que había usado cuando tenía cincuenta años, y la piel más vieja que había usado cuando tenía treinta, y la piel mucho más vieja que tenía cuando tenía doce años y estaba sentado junto a un estanque donde flotaban pieles de víbora y pieles de iguana, cortezas de mangle, cortezas de palo quebracho. Y entonces dije: entonces no es cierto. Pero no paró aquí el cuento, porque la vieja Buenaventura me dijo: Sí, sí es cierto. Todo lo malo que se pueda imaginar de mi viejo, a quien Dios confunda, es cierto, porque en honor a la verdad, mi viejo Odilón, rico en pobrezas, nunca lo ha tenido; jamás de los jamases ni nunca de los nuncas ha hecho algo bueno: ni con la carne de su carne, porque así como fue cilicio para su madre, fue para mí las penas del purgatorio toda una vida de mala muerte. En lo que va de ayer a hoy, el archichismoso, prototonto y ultratramposo de mi viejo me ha hecho ver mi suerte con los ojos del alma, desde que echó del campamento de Delicias al hombre que más quise, hasta que corrió con cajas destempladas al hijo de mis amores.  

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