Un importante personaje histórico : La vaca

Ezequiel Martínez Estrada

Ha sido y es la ganadería el renglón más importante de la riqueza nacional [Argentina]. Dio configuración a la economía y al habitante. De la vaca, que como los hindúes y los egipcios debiéramos adorar, dimanan casi todos nuestros bienes y nuestros males. No ha sido el menor de éstos la fecundidad con que se procrearon por las libres praderas, realizando la primera y más completa conquista del país. Íntima relación tiene la demografía del vacuno con el conquistador y con el caudillo, su heredero. Mendoza trajo en 1535 los primeros caballos; Garay, cuarenta años después las primeras vacas y ovejas; Ortiz de Zárate aumentó la hacienda ovina en 1787; ovejas y cabras vinieron del Perú al Paraguay y al Río de la Plata, traídas por la expedición de Ñuflo de Chaves. Juan Torre de la Vega y Aragón trajo desde Charcas, poco después, cuatro mil vacas, cuatro mil ovejas, quinientos caballos y quinientas cabras. Al volver los españoles en 1580, hallaron una riqueza ganadera superior a la de minería de otras regiones de la Colonia. Los animales que habían dejado abandonados al marcharse, constituían un nuevo mundo. Los primeros planteles, en campos feraces, cubrían la llanura. Tendiendo al campo la vista/ No vía sino hacienda y cielo (215-216), dice Martín Fierro. Es lo que contempló con asombro Azara. El país estaba despoblado de personas, pero poseía una población ganaderil que cubría el territorio. Desde entonces la lucha fue por recuperar esa riqueza que el indio había asociado a su propio destino. Su apropiación, reparto y cuidado es el eje de las guerras civiles y de fronteras. Los gobiernos son arrastrados por las vacas, en un desastre común. Todo era hacienda y pájaros en los tiempos de Hudson; y también revoluciones. El indio aprendió la doma y el uso del caballo, hecho que modificó la vida del indio y del gaucho; dio una fisonomía a la civilización sudamericana, un carácter a su historia, un ethos a su política, una técnica a su economía y comercio. Vaca y caballo son las divinidades agrestes, y el ciudadano las acata y les rinde culto. Las poblaciones indígenas sólo poseyeron la llama, animal dócil pero de poca resistencia para la carga, y lento. Por eso donde se la domesticó, las poblaciones eran sedentarias y se dedicaron al cultivo de la tierra, especialmente con maíz. El caballo y la vaca dan un carácter distinto a la colonización. Leemos en la Historia de la Conquista del Río de la Plata, del Padre Lozano:

Los españoles vaqueros atropellaron la justicia de los pobres indios, y con mano poderosa consiguieron que se les permitiese entrar a vaquear con el mismo desorden que en las vaquerías de la Banda de Buenos Aires, y en menos de veinte años han extinguido millones de vacas, a que ayudan por su parte los portugueses de la Colonia del Sacramento y de otras fundadas hacia el Brasil, que entran también a hacer corambre sin ningún orden que se observe...

Orlando Williams Alzaga dice en Evolución histórica de la explotación del ganado vacuno en Buenos Aires:

Los hacendados estimaban [durante el virreinato de Vértiz] en seiscientas mil el número de cabezas que se mataban por año y en ciento cincuenta mil las reses que se consumían en estas comarcas; quedaban, pues, cuatrocientas mil que devoraban los perros y aves de rapiña y que representaban, conjuntamente con el sebo, las cerdas, las astas, ocho millones de pesos.

Las avanzadas de la civilización sobre el Desierto seguían, con sus líneas de frontera y fortines, la marcha de los ganados cimarrones. Ahí se fundaban pueblos que venían a ser vastos hogares de pastores. Sarmiento llegó a decir que:

La Constitución ha sido el Paladium de la cría de las vacas, aunque no sea el mejor sistema de defensa de la frontera...

La Constitución trajo otra consecuencia todavía más ventajosa para los criadores de ganado, y fue terminar con las expoliaciones, los auxilios, el estanco de las yeguas y las prorratas de caballos (tomo xxvi de las Obras completas).

No sólo los caballos, cuya requisa o confiscación hacían las tropas; también:

Las vacas [fueron] declaradas más o menos artículo de guerra y prohibida su exportación por decreto gubernativo de 1857. Casi desaparecieron del mercado como elemento de cambio (Zeballos, Callvucurá).

La industria extensiva de la ganadería dio al país su actual estructura pastoril, según señaló Sarmiento en el Facundo pero no ha de creerse que esto se refiera sólo a la organización comercial, sino a cierto aire de establo que los viajeros perciben al desembarcar, y que hizo a Ortega y Gasset definir al país como una factoría. Nosotros hemos perdido el olfato. Mil circunstancias prueban la certeza de ese veredicto, y sería prolijo enumerar algunas de ellas. Para quien contempla el país desde fuera, esto es obvio. Baste recordar el poco valor que se otorga al hombre, al ser humano, como individuo y como ciudadano en la vida pública y privada; esa falta de respeto al prójimo, y a sus obras cuando no se relacionan con las industrias matrices, y el desdén por sus bienes espirituales, propio de quien está habituado a contar electores, inquilinos o subalternos como reses. Sarmiento expresó en un artículo: “Los Ganados en América y los Ganaderos en Europa”:

Esta parte de América, que es sobre la que más pesa el deber de llenar los vacíos estómagos de las muchedumbres de Europa, debe apacentar ciento cuarenta y cuatro millones de cabezas de ganado; y como la Europa tiene poco menos del doble de habitantes, vése que le toca a cada uno media res sobrada. Si algo quedare, eso será para los pocos bípedos que estaremos encargados de apacentarlos.

En las luchas contra el indio, la vaca fue el verdadero objetivo de las operaciones. Solían hacerse arreos hasta de ciento cincuenta mil vacunos, que eran recuperados, pasando el botín de guerra alternativamente de unas a otras manos como trofeo de victoria. Indios y blancos se robaban recíprocamente. El pretexto de la civilización vino luego, cuando el indio se encarnizó en defender sus haciendas. Se enconaron los ánimos y no se cumplían los pactos. El saqueo de poblaciones y el rapto de cautivas era lo accesorio. Las líneas de fronteras eran vastos cercos que encerraban caballos y vacas. La vaca determina la conducta. Donde las industrias estaban localizadas, se formaban grupos de población con intereses más o menos comunes. Se establecía una cohesión sobre la base de esos intereses. Los jornaleros de esa industria peregrinaban tras las reses, y los trabajos de desjarretar, degollar y desollar influyeron en sus sentimientos y en sus ideas. El Martín Fierro es un trasunto de la psicología del gaucho más que de su existencia histórica. Antes de plasmarse y organizarse una economía y una política social, el ganado había ya plasmado al hombre. Todo en lo sucesivo respondía a esas características: la oligarquía en defensa de intereses pecuarios; la montonera como milicia a caballo cuya arma es el cuchillo; las invasiones de tropas de una en otra provincia; el espíritu de disociación; el destierro como sanción “de profundis”; el sacrificio de los prisioneros. En su obra citada, dice Sarmiento:

La campaña proveía a los ejércitos que la guarnecían con los auxilios de ganado, que era una contribución pagada por cada poseedor de vacas, en vacas. Las vacas, amenazadas por los indios, pedían la existencia de un ejército; luego cada poseedor de vacas daba una parte de las que poseía para conservación del resto. Este sistema tiene además la ventaja de hacer sentir que la defensa de la propiedad se hace con la propiedad misma, que es lo que llamamos defenderse las vacas a sí mismas. Los gastos de guerra ascienden este año (1856) a treinta y siete millones, que pagan las rentas de aduana, cobrados principalmente sobre las mercaderías europeas; y los vecinos de Rojas han cargado al gobierno trescientos pesos por cada vaquillona que los criadores de vacas dan para el sostén del ejército que defiende a las vacas, y aun así no se encuentra siempre quien suministre ganado, pues en general los criadores no quieren vender al Estado, acaso por no tomarse la molestia de cobrar. Debe referirse a este plan de la industria ganadera, el hecho de que no se ha conseguido nunca, por resistirlo tenazmente los grandes criadores, que se suspenda el ejercicio de la Constitución a los puntos de la frontera, amenazados por los salvajes, para poner en vigencia la ley marcial donde hay guerra, el estado de sitio, que es lo mismo. Esta resistencia no proviene del temor de que la libertad personal o la vida sea atacada. Es sólo para evitar que en la defensa del país que ocupan con sus crías, pueda requerirse caballos y ganados, sin comprarlos al contado, malos y a precios exorbitantes.

Las guerras civiles como malones, los malones como expediciones de cuatrerismo. En su expedición del Azul, el gobernador Mitre aseguró que respondería “hasta de la última cola de vaca”. Los ganados eran de los indios; y Rosas, en 1833 y 1834, constituye un trust ganadero a base del despojo en su Campaña al Desierto. Los pactos entre Rosas y López, entre las provincias de Buenos Aires y de Santa Fe, son por vacas, como entre los indios y los cristianos. En su Manual del estanciero, Rosas aconsejaba que no se permitiera poblar los campos dedicados a pastoreo, “bajo ningún pretexto”. Sabemos que la zona ocupada por los indios en la provincia de Buenos Aires hasta los Andes y hacia Córdoba, se llamaba la Región del Cuero. Significaba tanto como la zona de las grandes industrias, pues el cuero constituyó una civilización, como la piedra, el bronce y el hierro. En Conflicto y armonías de las razas en América, escribió Sarmiento:

Las puertas de las casas, los cofres, los canastos, los sacos, las cestas, son hechas de cuero crudo con pelo, y aun los cercos de los jardines y los techos están cubiertos con cueros: los odres para el transporte de los líquidos, los yoles, las árganas para el de las sustancias, la tipa, el noque para guardarlas y moverlas, las petacas para asientos y cofres, los arreos del caballo, los arneses para el tiro, el lazo, las riendas tejidas, para todo el cuero de vaca ha sustituído en América, donde abundan los ganados, a la madera, al hierro, a la mimbrería y aun los materiales de las techumbres, y como basta para manejarlo en sus múltiples aplicaciones el uso del cuchillo, puede decirse que arruinó todas las artes a que suplía, como se ve en la confección de las monturas, en que se perdió hasta la forma de la silla española o árabe que traían los conquistadores. En América marca de tal manera una época la introducción del caballo, que puede decirse que suprime dos siglos de servidumbre para el indígena, lo eleva sobre la raza conquistadora, aun en las ciudades, hasta que el ferrocarril y el telégrafo devuelvan a la civilización del hierro su preponderancia.

A las invasiones de los indios, que se llevaban las vacas, seguían las expediciones para recuperarlas. Los móviles de las batallas, sin otra finalidad que robar o rescatar las haciendas, a unos y otros combatientes, unas y otras tácticas, que se acomodaban a las circunstancias del lugar y del momento. Tampoco había un principio de derecho, de propiedad, que estuviera de parte de uno de los bandos. El indio peleaba por su tierra y por sus haciendas que había cedido bajo la fe de que obtendría cómo vivir en compensación; y cuando eso se le negó llevándoselo a una guerra de exterminio, se levantó en masa contra sus enemigos. La única razón que tuvimos para fallar contra el indio, es que era indio. Porque en la balanza de Dios los platillos estaban en el fiel. Y la matanza final de los indios dio la razón a las armas de fuego y a la fuerza, pero no a la justicia. Todo lo que se ha sembrado y edificado sobre la tierra del salvaje; todo lo que ésta ha producido para la prosperidad del país se hizo contrayendo una deuda sagrada. Esa deuda es el silencio sobre estos episodios de nuestra historia, de la conquista del país de los ganados por el ejército, de una riqueza nacional cuya base ha sido el despojo y el crimen. Esa deuda se paga, pero no de golpe. Se paga todos los años un poco, como antes con los subsidios en especie. Se paga porque el indio había sido vencido por las mismas tropas que combatían como él y por los mismos ideales que él. Porque para vencerlo y despojarlo habíamos tenido que entregarnos a su táctica, rebajándonos a sus necesidades, aceptando su ley. Y todos los vencidos, pero mucho más los muertos, habían transferido su maná a los vencedores. Y con esa maná se construyó, inmediata, instantáneamente, una grandeza que elevó en la magnitud de las cifras a nuestro país sobre todos los países que no habían sacrificado a los hijos naturales de la tierra. Pues la Argentina ha sido el único país donde la conquista española, iniciada en la isla de Santo Domingo y en Nueva España como guerra de exterminio, se llevó a cabo hasta sus últimos extremos.

Puntos de venta