Ensayo sobre la leche

Salvador Novo

Tanto valiera —¡oh equívocos clásicos!— como llamar a este ensayo con el nombre largo que dabais a vuestras comedias. 
“Lo que con los ojos veo con los dedos adivino.” (¿De Lope? No. ¿De Calderón?) Y por si acaso nos quedamos sin leche uno de estos días, por culpa del finado Pasteur, bueno será reseñar las que nos asistieron en tiempos idos para siempre, desde la Láctea Vía, desde la que, sub lingua sua, hallaba con miel de colmena Salomón, hijo de David. 
Su uso, por supuesto, data de la antigüedad más remota. El antropófago Polifemo guarda en su escondite utensilios de lechería, en la Odisea. El de Góngora: 

     Pastor soy; mas tan rico de ganados, 
     que los valles impido más vacíos, 
     los cerros desaparezco desatados, 
     o derivados de los ojos míos, 
     leche corren y lágrimas... 

En época de Teócrito, los pastores se alimentaban de leche de cabra y los griegos la usaban también como curativa, siguiendo las recetas de Hipócrates y de Dioscórides, mezclada con hierbas. Usábase en los sacrificios. Teócrito relata el de un pastor que le ofrece a las ninfas y al dios Pan. Recomendaban tomar la de yegua y hacer luego mucho ejercicio. El dulce Virgilio debe su dulzura a que tomaba leche de cabra, que prefería a la de vaca. No escasea este lazarillo de Dante los consejos para conservarla y salarla, y en la Eneida el héroe y sus compañeros ofrecen en la tumba de Anquises libaciones de leche tanto como de vino o sangre. En Roma, la leche es buscada con ahínco por las damas marchitas, que en fuerza de cien raciones externas diarias querían reanudar sus encantos. Popea, la esposa de Nerón, llevaba, además de sus numerosas esclavas, 500 burras para sus diversos baños. En las fiestas de la Fortuna viril las romanas consumían leche a más no poder. Febo, Ceres y Palas recibíanla en homenaje, casi al pie de la vaca, tibia y espumosa. Además, los tísicos tomaban de nodriza para aliviarse. Se usaba, caliente, en gárgaras, para las anginas, y en fricciones para enfermedades de las encías. Recomendábase dar a los perros de caza leche de cierva, de loba o de leona amansada.

En memoria y con la experiencia de Rómulo y Remo. En mi ensayo sobre el pan, que habréis leído ya, si vais leyendo todo el libro, se cita el relativo banquete en que Abraham, cuando recibió a los ángeles, ordena a la diligente Sara que haga pan. No lo dije entonces porque no había para qué, pero les ofreció también leche sin adulterio; y Jahel, cuando Sisara le pidió agua, le dio leche para ganar mejor su voluntad. Entre los dones que Dios promete a su pueblo se cuenta la leche de vacas y de cabras. En la Edad Media se generaliza la creencia de que en ciertos días, las brujas se desvelan en impedir que las vacas produzcan, valiéndose de sortilegios rarísimos, y se tañen toda la noche las campanas para impedirlo. En el Romance de la Rosa, en la Historia del Santo Grial, en otras narraciones de la Edad Media, se ofrece a los caballeros leche, miel e hipocrás. No encuentro, pero debe de haberla, una relación entre las piedras y la leche. Los gastrónomos de Roma la hacían hervir con ellas, y los griegos creían haber hallado una especial que, marcada y con miel, comían las madres en funciones. Las mujeres alemanas de Lucrania tienen fe ciega en una cierta piedra de alumbre, con la que se golpean el pecho.  

Fuera de esto, los fabulistas han usado mucho la leche: 

     Llevaba en la cabeza 
     una lechera el cántaro al mercado 

También los pintores. En el Renacimiento, son pocos los que no han pintado una Virgen de la Leche, con su niño Dios, como los que existían en toda regular galería hasta que el celo beato retiró las imágenes fecundas de la vista devota. Fue en España, sobre todo, donde, de la observación de la naturaleza, los pintores se dieron a propagar la imagen de la Virgen amamantando a su Divino Hijo. Cualquiera historia del arte os lo demuestra, aun la de Elie Faure. 

Todo pintor exuberante se ha complacido en la exposición de pechos robustos y fecundos. (Rubens, Brueghel: La Vía Láctea, un seno enorme en producción.) A propósito, los griegos le llamaron así tomando a las estrellas por gotas del seno de Juno. Y otras mil buenas pinturas. 
Nuestro Diego —¡oh error!, iba a decir nuestro Rubens— simbolizó la caridad en el anfiteatro de la Preparatoria por una mujer desnuda y exangüe que exprime, para darlo todo, un seno ya vacío. Y en Chapingo la lluvia en una mujer con senos henchidos. 
Folklore. —¡Qué leche tienes! Usted está creyendo que el agua es leche. La educación se mama. Lo que en la leche se mama, en la mortaja se derrama. El que no llora no mama. 

En México. —Hay lugares tan dados a la leche como Toluca, de donde vienen (Nervo): 

     La suave mantequilla 
     los grandes quesos frescales 
     los asaderos para las quesadillas. 

Celaya, de donde nos llegan las cajetas de leche. Los jamoncillos, las jericallas, el jocoqui, el requesón (Darío): 

     Que ha de pasarme por el gaznate 
     con las tostadas y el chocolate. 

Todas estas maravillas van a desaparecer. Se nos obligará a tomar leche de lata, de esa evaporada marca Pet’s o Carnation que venden en las grocerías, como ya se obliga a los niños de pecho —que ya sólo lo son nominalmente— al biberón y al Glaxo’s, a la harina lacteada y al Lactobebe, o a cualquiera de esas puerquezas. Las lecherías, con sus óleos, con su vaquita pintada en la muestra que ya cita Fidel, con sus grandes botes y su olor peculiar, desaparecerán. Ya no más sonoros y alegres carritos matinales que una mula nerviosa y pequeña arrastra repiqueteando por las calles frescas. Ahora llegará en automóvil un médico a dejarnos, para un desayuno medicinal, una botellita que diga, abajo de una calavera: “Agítese antes de usarse”.  

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