LamentaciĆ³n de la vaca roja

Alberto Blanco

Aquí viene la vieja dolencia
vagando en campos de esmeralda,
en las pupilas doradas del centeno,
en los pensamientos de lavanda,
hostigada por los cardos agudos
como nube ensartada en un ciprés.

Y creemos que la naturaleza nos puede curar
sólo porque ella misma nos dio la enfermedad.
He esperado este momento: no sueño, siento;
yo también he sufrido. He visto la vaca roja.

Nuestra vida es una luna inmensa,
nuestros pensamientos una nube más.
El cielo es una promesa quebradiza
y el sentimiento una mujer que pasa.

Mientras los hombres se sosiegan poco a poco,
las sombras callan y los niños se ponen a llorar
por la leche de la tristeza, porque da la vida
para matar el tiempo, me inclino por la mujer.

Rápidos cipreses en el viento,
ya van a la mitad del camino
los hombres y la vaca roja.
Un perro pequeño los sigue.

Grandes árboles crecen de adentro hacia afuera
y las estrellas son demasiado pequeñas para ver.
Yo también tuve una vaca roja, mas no quise
venderla ni matarla. No hice un buen negocio.

Dejemos atrás los sufrimientos.
Afuera llueve y estamos solos.
Las violetas han perdido su aroma
y el ganado las está comiendo.

¿Qué es el hombre en medio de esta inmensidad?
Bajo la pesada carga de sus planes y sus sueños
su corazón no comprende el sacrificio de la vaca
desfilando con solemne paso, camino al matadero.

Cuando las ubres ya no den más leche
la van a usar, quitándole la vida.
No más los dulces manojos de alfalfa
ni las islas espigadas, ni el calor.
Nadie paga por ver una vaca roja
con el triste rabo entre las patas.

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