Celerina-Cetrina

Diana Isabel Jaramillo

Era la vaca más redonda, alta y aterciopelada que sus ojos de agua negra contenida, a punto del llanto, hubieran visto. Allí estaba ella, moviendo el culo de un lado a otro, como balancín.

Cuando se acercó a la vaca, tan melosa, tan de mentiras entornadas por sus pestañas, el enorme y grueso toro no pudo evitar montarla, sin saber siquiera si en celo se encontraba. La vaca molesta, seca, no hizo sino darle la espalda y seguir pastando.

Llegó el hombre canoso con el pantalón arremangado y su banquito de madera para oprimirle las partes, una a una, extrayendo la viscosidad, espumosa, amarillenta en partes por la grasa, en otras blanca o transparente.

Nada se dijeron: la vaca no mugió, el campesino no emitió sonido, el toro siguió buscando a quién embestir. Se derramó el balde, el hombre se fue satisfecho a seguir sus labores en el rancho.

Era la más rolliza campesina, de trenzas largas color aserrín; mejillas sonrojadas siempre, no por pudor, sino por exceso de días de sol. Tras limpiar la lenteja, expurgarla de piedras, de tierra, la puso a hervir con jitomates y hierbas. Se metió al baño. Al salir, su granjero ya la esperaba con el miembro erguido para penetrarla antes de la hora de la comida. Tantos años de ver la misma escena, el mismo olor, no le producían sino la misma sensación que desplumar a un gallo para el caldo del mediodía: una indiferencia repulsiva.

Cuando desgranaba o cosía el maíz, cuando pastaba, pensaba, que no le importaba que él se cogiera a media vacada o a todas las muchachitas, daba igual. Sabía que por lo menos vivirían otros treinta años de esa manera. Qué sorpresa podría esperarle en la inercia del deshoje de los árboles, en la perfección de la cosecha, en el nacimiento de los cabritos, en los espasmos de la gallina culeca: nada que no adivinara ya, antes de que sucediera. Todo era parte de la vida: reproducirse y morir. No tuvieron hijos, pero tampoco creía que de haberlos tenido, hubieran sido felices. La felicidad no estaba en la tranquilidad, lo predecible, lo confortable: los ciclos naturales.

La historia para la vaca, para la campesina, para cada uno de los animales de la granja era la misma. No esperaban que algún factor cambiara: sus días terminarían como habían finalizado los de sus madres, sus abuelas, sus tatarabuelas.

Una madrugada, la vaca de anchas caderas comenzó a mugir, sin ton ni son. Sus alaridos se produjeron mucho antes del canto del gallo que despertaba habitualmente a todos. Creyeron estar soñando hasta que el mugido se sobrepuso a sus propios sueños. El matrimonio se despertó sobresaltado y el hombre agarró el machete que colgaba en el revés de la puerta de su recámara. Se calzó las botas, mal, pero avanzó rápido a donde la vaca seguía mugiendo desesperada. Cuando vio al granjero, sus párpados se cerraron sobre los ojos enormes, se le doblaron las patas y cayó estrepitosamente sobre el lodo, el suelo retumbó. De su vagina abierta como una fosa salieron dos becerros enclenques que el campesino ayudó a limpiar. No se pudieron poner de pie hasta ya pasado el medio día. La vaca, guanga y grandota, estuvo tumbada todavía más horas. El sábado, la campesina no derramó una lágrima ni un leve espasmo se adivinó por el ceño de su frente. Con las manos dentro del delantal, musitó:

—Adiós, hasta pronto. Llama en cuanto puedas. Que la Virgen te acompañe.

Acto seguido, le dio la espalda al camión donde se subía su esposo que iba rumbo al Norte, otra vez, de bracero. Él quiso besarla, pero ella ni siquiera se acercó levemente para alcanzar el vaho de su beso de despedida. Eran dos extraños que tras 30 años de casados se volvían a separar, seguros de que se volverían a ver.

La campesina se metió a su cocina. Vació el balde de la leche espumosa, la dejó hervir. Mientras tanto, arrimó un banco y se dejó caer en él. Se limpió las manos con una toalla. Suspiró, con la mirada fija en el fuego azul.

Cuando estuvo a punto de la ebullición, sorbió la leche, mojó un mendrugo. Dejó el pocillo y se fue a darle de comer a los animales. Rápidamente se acercaron los dos becerros al bebedero donde les dejó un ramillete de alfalfa. Esperó a que los becerros terminaran. Después, se acercó a rumiar lo que habían dejado. No se movió ni se inmutó, masticó de un lado a otro la alfalfa; sacó la rosadísima lengua para pasarla por encima de su boca. Tornó los ojos mientras con la cola espantaba a las moscas o mosquitos de las nalgas.

Los puercos se pelearon las mazorcas como si fuera la última vez que comieran cual cosa. Chillaban, se atragantaban.

Vinieron las horas. A las siete de la noche, se sirvió otro vaso de leche. Se fue a mojar la cara, se destrenzó, se cepilló la larga y canosa cabellera. Se quitó la ropa para enfundarse en un camisón de franela. Se metió en la cama, oró en silencio. Pensó que su esposo apenas estaría llegando a Guadalajara. Después a la frontera, después a California. En ocho días tendría noticias de él. Cerró los ojos. Durmió sin sobresalto. Se tumbó en la paca. La cola dejó de golpearse las nalgas.

A las cuatro de la mañana, poco antes del canto del gallo, se despertaron. De un chorro de agua helada en la cara, alejaron cualquier indicio de sueño. Con su pasmoso andar, se colocaron frente a frente. La caricia a las ubres hinchadas listas para exprimirlas las tranquilizó. Se derramaba el líquido blanquesino sobre el balde. Había mucha espuma. Celerina, parpadeó poco, Cetrina, vaca, también. Sus miradas de brillantina siempre a punto de llover se perdieron en el camino que iba dejando el maizal. Atrás el toro bufaba, ya venía otra vez. Las dos estaban seguras de que los volverían a ver.

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