Blade runner y el taxista del canal

BIBLIOTECAS AJENAS

Javier Vargas de Luna

El buen viajero saca provecho de cualquier coincidencia. Es como un lector que recoge información en cada página (o en cada aeropuerto) para entender el destino de sus libros (o de sus travesías). Además, sabe que hay días así, que llegan con signos de buenas bendiciones porque la monja del asiento contiguo se llamaba Sor Luz Elena. Quizás sólo era un sobrenombre místico, herencia de aquellos siglos en que la gente de religión mudaba el nombre, y entre galletas y bocadillos —para mí además una cerveza Balboa, por favor—, la tripulación nunca la olvidó, sentada a mi lado, de manos tranquilas, en la fila más santa de un vuelo completo a Panamá. 

Vestía una túnica marrón, blusa blanca, aquel escapulario rígido de almidones, diadema en perfecta combinación con su tez apiñonada, cara redonda, bajita de estatura y por el acento supe que había nacido en Estelí, allá, en la región más bella de Nicaragua. Hablamos tanto y de tantas cosas, de la visión social de la iglesia, de Ernesto Cardenal, de la isla de Solentiname, de la música de Mejía Godoy y su misa campesina, del “Cristo de Palacagüina” y también del “Quincho Barrilete”. Luego llegaron las referencias a Leonardo Boff y a Miguel d’Escoto antes de remover un poco, casi nada, apenas por encimita, la memoria de San Romero y su forma de muerte tan injusta. De avanzada, muy de avanzada la tal Sor Luz Elena, abierta a casi todo menos a las nuevas visiones confesionales que han entrado a saco en Centroamérica, teologías de color pastel y sacerdocios de corbatas impecables, y nos reímos un poco, a lo bajo, nunca se sabe, tampoco era cosa de agraviar a nadie en los asientos aledaños. Estuvimos de acuerdo en el capital americano de todos esos evangelios mientras compartíamos la reflexión sobre las formas más eficaces para dividir una sociedad: provocar grietas en su convergencia espiritual, así de simple…; ¿quieres desestabilizar una realidad social?, bastará romper la solidaridad de sus cielos y también la monotonía de sus infiernos para que el asalto ideológico y el control político se hagan procedimientos casi de oficio, y también ya sin remedio. 

En este mes de abril, tan cálido y homogéneo, desde el cielo de nuestra ventanilla descubro un océano hecho de navíos y de buques tanques, mástiles de carga y casetas de navegación, incontables, infinitas, delineadas por unas luces que construyen el perfil de su presencia en el horizonte marino de la primera hora de la noche. Es la espera del canal, paciencia de quillas y esloras y proas y carenas; también veo algunas batayolas, uno que otro cabestrante, esas anclas, y, como de reojo, varios escobenes. En el léxico de puerto que regresa al caletre desde el aire, pienso en las raíces marinas de muchos vocablos hispanoamericanos: vitualla, abarrote, garete, ¡carajo!, zafar y alguna otra de color sexual que valdría más no recordar frente a Sor Luz Elena, ella que no dejó nunca de sonreír y que ahora me informaba, con orgullo local, sobre la inauguración de las nuevas avenidas de agua en el canal. Desde el cielo más pasajero de nuestro avión, aquello parecía de juguete, como barquitos diseminados en el tablero infantil de un mar que me hubiera gustado descubrir a otra hora, en los amaneceres contados por Maqroll el gaviero —el hijo de Álvaro Mutis en aquellas novelas hechas de lluvia y de misterio— o en las resolanas de un mediodía que me permitiera organizar mejor la curiosidad de las esclusas. También, pienso en Darío, en su poema “A Roosevelt” y en la lengua que nos inventó para reaccionar a la herida que retumba entre las cicatrices del nombre de Panamá... 

Al salir del área reservada a los pasajeros internacionales, he seguido los letreros del “Taxi seguro” y reconozco la cara de Sor Luz Elena, rodeada de hábitos que le sonríen y que la abrazan, todas ellas felices, exultantes entre las voces de una santidad que parece incalculable y que en ellas siempre será eterna. Al subir a su camionetita de transporte escolar descubro que la congregación Pureza de María dirige la vida de un colegio en Panamá, y pienso, y titubeo, y al final sé que no tengo tiempo y que debo disparar la pregunta antes de que sea demasiado tarde (el buen viajero sabe, además, que a la ocasión la pintan calva): ¿podría conocer sus libreros, hermanas? Sería genial, claro que sí, comenzar a desbrozar las lecturas más canónicas en este mundo desde los anaqueles de una casa conventual, y no, era de esperarse, hay voto de clausura en los espacios reservados a la comunidad, y yo todo lo entiendo y ya pasan de las once y la noche se ha convertido en una avenida inmensa, ancha, vacía de autos, paisajes hechos de caseríos que recuerdan la vida de cualquier puerto latinoamericano donde se celebra en silencio la costumbre de la humedad y de la injusticia social. 

Me soltaron en una parada de taxis después negociar ellas mismas el buen precio de una carrera al casco antiguo. Enseguida he recorrido barrios de privilegio, casonas de opulencia y rascacielos de dar envidia sobre la Avenida Balboa, el sector financiero, el mar oscuro a mano izquierda, montaña rusa de rampas y semáforos y pasos a desnivel, entrar y salir de túneles entre edificios y torres de condominios estilo Hong Kong, arquitecturas y diseños que impresionan al inversionista lo mismo que al evasor fiscal. Hay poco tráfico en esta hora sin muchedumbres, y el conductor (ahora lo entiendo) me ha tomado por sacerdote; no para de hablar del Cristo Negro y el día en que su mujer fue internada de gravedad en una clínica popular él cayó de rodillas, le rezó seis horas de llanto, y era obligada mi visita a Portobelo cuando entramos a la Cinta Costera por una sucesión de callejuelas numeradas. En el sector de El Chorrillo la vida no dura mucho (eso dicen), y el conductor sube su vidrio y asegura las ventanillas, estira su mano hacia la parte trasera, ahora, y nos hace fuertes en la protección de todas las portezuelas. Mejor alejar las angustias en el cuadernillo de notas, garabatear los nombres, las primeras impresiones, los colores en los bulevares, esos neones, aquellos restaurantes y las infaltables cadenas transnacionales de pizzas y de hamburguesas. Al caer sobre la Calle 5 retrocederemos un par de veces por la Eloy Alfaro y estamos pedidos, qué duda cabe, otra vez vuelta a la izquierda en la Plaza Simón Bolívar, de nueva cuenta la catedral y la Plaza de la Independencia, y así veinte minutos más hasta desempacar en una habitación poblada de ventiladores añejos, abarrotada de aspas y de zumbidos mecánicos —mejor esto a una mala noche de zancudos—. 

El domingo amanece con voces tristes. Alguien está dejando a alguien en el cuarto contiguo, para siempre o todo lo contrario, quizás, tal vez, quién sabe, aunque la cosa suena a desamor sin vuelta de hoja. He tomado una ducha de agua templada y bebí un café infame junto al hijo del administrador en cuya media filiación se concitan todos los rasgos de la historia panameña: lo mismo puede ser primo de algún chino que bisnieto de africanos, tal vez sobrino de padres tropicales cuyos tatarabuelos andaluces amaron a las mujeres más nativas de otra edad. Giancarlo trabaja en uno de los supermercados más populares del país, El Machetazo, y de inmediato pregunta por mi acento y yo me repito en mis bromas al sugerirle tres opciones posibles sabiendo que no, no puedo ser argentino ni por accidente. Después subo al segundo piso, me siento en esta terraza que huele a chubasco acumulado, a charco reciente, y el nublado de la mañana me ofrece una brisa tranquila, sin sol en las mejillas, y el Pacífico es tan él, tan inexplicable en la sencillez de su inmensidad cuando descubro la Plaza de los Poetas descargada de bustos, ligera de efigies, sólo una explanada simbólica, ideal para escribir una tarde de hijos pequeños a cualquier hora del día. Detrás de mí está el Cerro del Ancón con una enorme bandera nacional y a mano derecha se divisa el edificio de la logia masónica, de ventanas clausuradas y un vigilante municipal en la puerta cochera. Al fondo, el Puente de las Américas, y, del otro lado de la vasta bahía, los colores de arlequín del Museo de la Biodiversidad construido por el mismísimo Frank Gehry, el de los garabatos con forma de arquitrabes, y de antemano sé que nunca tendré tiempo para visitar sus exposiciones. 

Saco la cuenta del tiempo. Me queda una semana, quizás diez días, no estoy seguro, y al preguntar por la estación de Metro más cercana, el mediodía se ha hecho bochorno en la Plaza de Santa Ana, sobre las bancas olvidadas del domingo. Más allá se oye la voz de una mujer, sesentona, delgadísima, de raza negra, sin dentadura; elegante, como madre admirable en día de fiesta, discute con los viandantes sobre la infidelidad de sus esposas y los domina a fuerza de refranes, porque algo tendrá el agua cuando la bendicen... Imposible saber si se trata de una broma cotidiana para distraer con adagios el calor de la hora cuando en este momento se abren de par en par las puertas de la iglesia, ya salen varios cánticos, ahora un palio, enseguida las santas especies y luego la procesión al completo, con dos sotanas al frente y un turiferario abanicando el incienso. 

Otra de las cosas que pican la curiosidad, frente a Plaza de Santa Ana, son las mesas de la lotería nacional. Uno tras otro, sentados en sus oficinas hechas de vereda y resolanas, los vendedores construyen kilómetros de buena suerte con alaridos que se modulan al paso del cliente porque todos esconden el grito cuando el paseante ya no está al alcance de la voz. He querido tener una opinión moral sobre los anhelos de riquezas instantáneas y al final descubriré la otra cara de la mala suerte en Panamá, esto es, los prestamistas y las casas de empeño con nombres que alegran el rostro y envilecen la precariedad: “Montepío Pídele a San Ramón”; “Créditos Mundiales Pídemelo y te lo doy”; “Préstamos El Billetón”; “Casa de Empeño Más me dan”. Por lo demás, la región canalera es propietaria de su propia versión del castellano, lo vive y lo presume sin complejos en momentos parecidos a tales anuncios; de hecho, sus habitantes parecen tranquilos entre las ortografías del calor antes que angustiados por las gramáticas más acérrimas de nuestra lengua. La grandeza de un idioma radica en eso, en la experiencia que nos entrega de su (re)invención, en su capacidad para convertirnos en el eco primigenio de las frases heredadas (simple y complicado de decir…, mejor seguir adelante). 

Por cierto, quizás valga la pena ir a la Universidad de Panamá, llegar al sector del Viejo Veranillo después de abordar un bus donde los reguetoneros de rimas instantáneas alegran el camino por el barrio de la Calidonia. Al llegar te asalta la militancia, las banderas comunistas, la hoz y el martillo, las arengas, los símbolos, las reivindicaciones, y entonces he vuelto a pensar en lo mucho que seguiremos perdiendo al acudir a los sellos importados para ganar la pelea más doméstica de todas, la de la justicia social. Quizás sea ése el mayor desafío de nuestra generación: derrumbar las imágenes duales que el siglo xx nos heredó para reformular la vieja enemistad entre lo estatizado y las mal llamadas leyes del libre mercado. Fuera de ello, nada o muy poco en la Facultad de Humanidades, salvo un baratillo de libros escasos donde encuentro una Introducción a la lógica dialéctica, de Elí de Gortari; Un camino entre dos mares: la creación del canal de panamá, de David McCullough; y Panamá, 20 de diciembre de 1989: ¿liberación o crimen de guerra?, de Roberto N. Méndez. 

En mis decepciones del regreso al hostal, hay un grupo de curiosos frente al Café Coca-Cola porque adentro se filma una cinta (pudo ser una telenovela) con María Conchita Alonso, guapa de muchos años que ahora pasa frente a mí camino a su coche-dormitorio, distinta y tan parecida a la belleza de otra edad, cuando el nombre de su cuerpo era capaz de destruir matrimonios. Del otro lado, en los comederos de la Avenida Central probaré una galleta de maíz frito y empanadas de carne antes de penetrar en un callejón de libros viejos. El lugar se llama “Sal si puedes”, según informa ese letrero sobre la improvisada marquesina, y yo quisiera hablar con los encargados, saber de sus compradores habituales, conocer los ritmos más asiduos de sus páginas, pero hay demasiado abandono en el ambiente, tanta dejadez en los tenderetes, como si Panamá se hubiera resignado al anonimato más que a la identidad de sus lecturas. Frente a las puertas de una sedería —tienda de telas y géneros afines en el sociolecto nativo (y perdón por el cultismo)—, doña Milena está por cerrar su changarro y casi no tiene tiempo para contarme que llegó de Colombia cuando era una sardinita y que las librerías fueron las únicas tiendas que salieron ilesas durante los saqueos que provocó la invasión. Apurado por la impuntualidad de la hora del cierre, he descubierto sumarios para escuelas primarias, manuales y textos obligatorios, revistas efímeras, best-sellers que no reconozco, recetarios de cocina y guías prácticas para el buscador de sueños profesionales. Todo está muy húmedo, gastado por el clima de cada día, porque en eso la ciudad de Panamá se parece al cardenillo de cualquier trópico y a la hora de la cena he decidido nunca más volver al Restaurante de Ricuras Canajagua donde las cosas se sirven frías y la comida sabe a obligación antes que a regocijo. 

El Chorrillo es un lugar de hacinamientos, pero no de olvidos. El sector ha sido dejado a su suerte porque toda ciudad que consiente su egoísmo necesita un barrio maldito para construir el espejo de sus monstruos más íntimos. Rumbo al Metro 5 de Mayo, a la vista de ociosos y caminantes, proliferan los peluqueros en una serie de estancos diminutos, enrejados con cercas de malla, músicas a todo volumen, sillones altos y llamativos carteles que prometen un rasurado perfecto a la sombra de las pintas clandestinas que hablan del 89, cuando Bush padre ordenó su operación militar, cuando Noriega se refugió en la Nunciatura, cuando se lo llevaron a una prisión en Miami y luego a Francia y ahora el viejo general está de regreso a sus últimos años, a su enfermedad sin salida, a la cárcel domiciliaria de su edad más avanzada: “La muerte entró a Panamá en la nocturnidad”, “¡Que abran las fosas comunes!”, “20.12.1989: ¿cuántos muertos nos ocultan?”, “1989 prohibido olvidar”, y una más que se aleja de aquellos días por la vía de un humor inesperado, “te voy a llenar de likes el C3”. Sin echarle mucha cabeza al asunto, he decidido recuperar los ceños fruncidos que se producen cuando la gente habla de los muertos que nunca se contaron, porque Panamá sirvió de laboratorio para los arsenales americanos y en la mayoría domina la conciencia de una derrota que ignoró a los vencidos de a pie, al individuo común, a los inocentes, a los crédulos, aun a los manipulados que perdieron su derecho a vivir más allá de sus muertes omitidas. En fin…, mejor desviar la reflexión y hablar del dialecto local, de sus sílabas hechas de resacas, de sus dejes y tonillos que se empalman con Cartagena por el lado de Guayaquil o que llegan a La Habana desde los muelles de Cádiz. 

El Metro Albrook conduce a un centro comercial de nombre idéntico. La estación se abre de capa a una terminal de autobuses que nunca terminaré de entender: mares de andenes, olas de gente, dársenas de comida rápida y ruido de motores y autos a toda prisa y más allá un puente peatonal que lleva directo al aire acondicionado de los grandes almacenes. En el río de las posibles coincidencias, he compartido el taxi con un matrimonio intercultural, él muy de Bogotá, ella delgadísima y tan francesa, y juntos hemos distraído el trayecto hacia la esclusa de Miraflores donde hay un museo de maquetas, fotos de excavaciones, documentos de otra época, la miniatura del navío Seawitch Clipper que atracó en Panamá el 30 de marzo de 1854, con 705 chinos a bordo, para construir el ferrocarril transístmico. La draga Corozal, capaz de extraer 1000 toneladas de material en menos de una hora, inició sus operaciones en 1912, y a su lado se contemplan los esparcidores mecánicos, los descargadores Lidgewood, los barracones, el libro (abierto y manuscrito) de las epidemias, y, por fin, el Vapor Ancón, primero en atravesar el canal un 15 de agosto de 1914 —¡la Fiesta de la Asunción!, exclamaría orgullosa Sor Luz Elena—. Afuera hay una cafetería cargada de parasoles y sobre un diseño que combina el concreto con la vegetación han instalado butacas con cálculos de isóptica, como en un estadio de tenis, para que nadie pierda el espectáculo del esclusaje. Sin embargo, lo mejor de la excursión es el camino de regreso, un par de horas después, con un bosque tropical como telón de fondo, la avenida mayor, la caseta de dos vigilantes de buen humor y una charla donde rasguño el nombre de un taxista legendario, Yván, el único que lee mientras espera, allá, en la piquera de los coches de sitio del centro comercial. Quizás ése sea el margen que me permita discernir los hábitos de lectura en esta ciudad tan permeada por la intersección: si en estas geografías todo es filosofía de la confluencia, ese conductor puede significar la movilidad de un alma en el interior de un mundo que siempre está de paso. Porque la vida en el canal se presiente más allá de ella misma, hecha de océanos al unísono y conjugada de mareas; sí, aquí residir es vincularse, existir es enlazarse y habitar es cohabitarse, sin poesías ni metáforas de ningún tipo. 

Sea como sea, en Panamá tengo cita con un taxista en una fonda de chinos y de mesas vacías a esta hora de la media tarde. Mientras el ruido de la cocina hace más arduos los diez años de volante que Yván trae en el cuerpo —para mí pollo general Tao y para él unos tallarines que no descifro—, tomo nota de sus andanzas laborales: empleado municipal, representante de ventas, verificador de tarifas, responsable de archivos y otras menudencias de oficinista a las que se atrevió con sus estudios de administración. Padre de una sola hija, hija de una sola nieta, alguna vez pudo visitarla en Haverhill, cerca de Boston, pero ella confundió el día de su llegada y él perdió el teléfono y fue una semana de órdago en los años anteriores al internet, cuando un número equivocado podía provocar tales aventuras en una ciudad extranjera. Por lo demás, es un mulato de estatura media, un ochavón de mirada pausada que nunca revelará el porqué de todas sus verdades mientras esa coletilla del “sí señor” le sirve de clave para cambiar el giro de lo hablado. Oriundo de Colón, por el lado del Caribe, en el vaivén de nuestros orígenes mi ciudad natal le llama mucho la atención, ese nombre está en el Blade Runner, de verdad, jura y perjura, Tampico existe en aquel libro, y otra vez lo proclama, y me lo apuesta, y sonreímos unánimes porque se ha leído a Philip K. Dick por los cuatro costados, sí señor. Divorciado y abuelo prematuro, pasa pronto por la historia de sus amores, aunque un taxista tiene que conocer las direcciones de las mujeres más bellas de cualquier puerto. Vive en el sector de El Paraíso y mañana mismo iremos a su casa, cerca de la esclusa de Pedro Miguel, sí señor. Frente a la antiguas casernas de la Base Clayton, hoy convertida en la Ciudad del Saber, descubro que las leyes de población prohíben afincarse en las zonas aledañas al canal; en su taxi amarillo (modelo no tan reciente) nos hemos detenido sobre la estrechura de la ruta Torrijos para tomar notas del sitio, sus patios abiertos, sus fachadas repetidas y simétricas, como en un estribillo de techos y de explanadas que más se acercan al estilo Kentucky que a una casa de estudios en el corazón de lo hispánico. Me dice que los americanos no eran tan malos después de todo, aunque siempre fueron nocivos, peor de lo que uno se imagina, y entonces comprendo que Yván pertenece a una generación abultada de historia, como si en la brevedad de sus cincuenta y nueve años se conjugaran varias eras geológicas: descendiente de colombianos que dejaron de serlo, fue nieto de la intervención extranjera y ha sido hijo del afán de autonomía y será siempre coetáneo de la cicatriz que dejó la invasión. Es menester decirlo, su pasado se desordena a la menor provocación de mis preguntas, porque en él la presencia extranjera produjo paz y desasosiego, equilibrio y desazón, y, aunque con otras palabras, deja entender que Noriega fue lo que no debía: un error político convertido en innecesaria humillación histórica, y no, yo no sé cómo decirle que si la post-invasión ha sabido justificarse con la estabilidad económica que le sobrevino, se debe a que los imperialismos de nuevo cuño fomentan prosperidades de algodón y promueven abundancias que nunca serán de veras nuestras, ni en lo factible ni en lo filosófico. 

Su casa posee la sencillez de los hombres cansados, y las paredes en tonos pastel registran el paso de la humedad en los ángulos del cielo raso. Todo está muy limpio, o más o menos, con fotografías de una madre rodeada de familia sobre esta mesita de pino, en un recibidor que algo tiene de cocina y otro poco de salón comedor. Vive solo, Yván, y todo está al alcance de la mano cuando entramos a un pequeño espacio donde hay un librero de imitación madera, casi un metro y medio de altura, cinco entrepaños, alrededor de un centenar de títulos coronados por un televisor de muchas pulgadas frente a un sofá marrón cuyo abanico de cielo se hace acompañar del runrún de la ventilación climatizada. Sobre un bufete hay una computadora y otra vez miro su diploma universitario y las láminas de santos que no reconozco, una de ellas con un rosario de piedras de fantasía, rosas, malvas, violáceas, en la esquina superior derecha. 

A primera vista el número de libros parece reducido y sólo es irreprochable. Da gusto descubrir lectores así, cautivos de una sola forma de imaginar la vida, porque su biblioteca posee la más extraña de todas las urgencias que la palabra tiempo puede contener: la de inventarnos un futuro sin fecha de caducidad. La ciencia ficción domina en la mayoría de los libros y sus personajes, errantes más allá de nuestros calendarios, se han entregado a la tarea de sospechar una posteridad que se nos parece mientras nos contradice, que es nuestra y al mismo tiempo inmune a las verificaciones. Sin embargo, lo que le da un aire de sorpresa mayor a todo esto es comprobar que la literatura de sus estantes se argumenta desde las butacas de un cine. En los mundos imaginarios de Iván poco importa el orden de las cosas; ¿de la pantalla a la palabra?, ¿de la página al celuloide?..., y qué más da si ésa es su mejor mentira, la máscara más provechosa de lector adicto a los bulevares de lo supersónico. Quiérase o no, para él la literatura es una condensación fílmica, nace en las taquillas y es en los ámbitos de lo audiovisual donde ha de adquirir su madurez literaria. Asimismo, la modestia de sus anaqueles tal vez sugiera ensanchar las resonancias de la lectura, o, por lo menos, añadirle a su estudio las ecuaciones de lo escénico y también las de lo panorámico; sólo así podremos enriquecerla con uno de los signos mayores de nuestra generación, es decir, la imagen misma. Por añadidura, acaso sea ése el único camino para disolver —o para dilatar— las fronteras de la imaginación, porque, digámoslo de una buena vez, si la vida es sucesión comunicante y el destino es un sistema de casualidades, el arte no tendría por qué estancarse en su fronteras genéricas, y el cine no debe callar al caer el telón, y la literatura no puede agonizar en el punto final de sus renglones. Negarlo sería, en sentido estricto, argumentar la luz a ojos cerrados. 

Por lo demás, lo que nos atrae de la representación del fin del mundo, sea ella fílmica o literaria, tiene mucho de egoísmo. Nos interesa, antes que nada, triunfar sobre la certeza de que no estaremos allí, ni para contarlo ni para contradecirlo, ¿no es cierto?, aunque mejor será proceder a levantar el censo de los momentos mayores de una biblioteca que algo tiene de desastre bélico y otro tanto de hecatombe post-industrial. Descubro, primero que nada, la edición en rústica de Soy leyenda, de Richard Matheson, en cuya portada se aprecia una ciudad vacía; ese hombre armado sobre fondo azul no se parece a Will Smith, pero cuánto hace pensar en él gracias a Iván. El libro de P.D. James, Hijos de hombre, en su momento nominado a más de un Óscar bajo la dirección de Alfonso Cuarón, instala nuestra charla en El camino, de Cormac McCarthy, novela estelarizada —dije bien, ¡novela estelarizada!— por Viggo Mortensen y en la que no se debe nunca mirar hacia el pasado, jamás hacia la memoria, porque además de todo los libros de historia se han hecho insuficientes para entender lo que sucede, en la pantalla tanto como en el papel. Descubro enseguida las tapas de Hacia el bosque, de Jean Hegland, la cual estuvo en cartelera hace muy poco y no, Yván no ha tenido tiempo de leerla aunque recomienda mirarla a solas, suelto de amigos para comprender las reacciones femeninas frente a la soledad de los apocalipsis, sí señor. 

En una publicación de bolsillo, con la figura omnipresente de Kevin Costner, cotejo El cartero, de David Brin, y en los forros de El planeta de los simios, de Pierre Bouille, todo es evocación hollywoodense, aunque la novela siempre será muy francesa, quizás porque lo tecnológico está al servicio de lo poético, y no a la inversa, amén de que casi todas sus adaptaciones, desde los años de aquel Charlton Heston hasta la nueva hornada de secuelas en technicolor, recuperan la angustia post-científica de regresar a un mundo más humano, a un mundo por fin de veras nuestro. Y hablando del rey de Roma, acá es menos que imposible encontrar libros de Harry Harrison, ni siquiera Cuando el destino nos alcance (Soylent Green) donde el propio Heston lo deslumbrara tanto, aunque él era muy niño, como bien puede suponerse. En el estante inferior está Yo, robot, de Isaac Asimov, diseño sobrio con el apellido del autor a lo largo de la portada, sin intromisión alguna de las retóricas del celuloide o de los fotogramas. La máquina del tiempo, de H.G. Wells, ha sufrido varios remakes y no, yo no veo por ningún lado el 1984 de George Orwell ni las historias fundamentales de Aldous Huxley de las que, por cierto, nunca supe si fueron llevadas al cine. Un libro de cuentos de Ray Bradbury anuncia Las mil y una noches, varios tomos sueltos de la National Geographic, cursos intensivos de inglés, muchos, de todos los colores, y, para cerrar el inventario, una Biblia Latinoamericana deshilachada de uso y ya se ha hecho de noche, y ambos estamos muy cansados, y aún hay tres cuartos de hora hasta El Chorrillo. La transparencia de la luna hizo un poco más evidente los escenarios de la ruta Torrijos, el orden conocido de las barracas, los edificios militares, el diseño de los lagos que surten el canal y la limpieza milimétrica que domina las distancias entre los vados y un cuartel, entre los jardines y aquel ribazo. Y en la conversación del regreso también he comprendido, a pesar de las fatigas, que las lecturas monocordes nos afirman en una especie de adolescencia infinita en la que se conservarán siempre intactos los entusiasmos del buen coleccionista. 

Yván también me mostró seis ediciones distintas del ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, del americano Philip K. Dick (1928-1982). A día de hoy, la obra se identifica mejor bajo el alias de Blade Runner, sin duda una de las cintas más conocidas del siglo anterior, y, por qué no decirlo, el mejor Ridley Scott de todos los tiempos —Alien: el octavo pasajero, aún asusta, pero ya no quita el sueño como antes—. Tras la reiteración en el título, al paso de las portadas ha emergido la sospecha de que renovar la literatura también implica darle novedad material a la lectura, construir el bello espejismo de lo iniciático entre páginas que no han sido tocadas para que nuestros autores favoritos nunca envejezcan. Por cierto, el más reciente de los ejemplares era una edición en inglés, sin toques de humedad, aunque, eso sí, en la portada se reconocían las irremediables mercadotecnias de lo fílmico, con una figura de Harrison Ford al centro y Rachel Rosen, la más bella de todas las replicantes, mirándolo de soslayo..., ¿reojo de miedo?..., ¿sesgo de amor?..., vaya uno a saber. 

Respecto a las búsquedas que permean la mirada de pkd (como siempre se le identificó en el mundillo literario de aquellos años), tendríamos que regresar a su tiempo para asimilar todas y cada una de sus resonancias. Reinstalado en su realidad histórica y en tanto que descendiente de una generación que se pretendía victoriosa, sus umbrosos fantaseos se revelan como los hijos más tajantes de la guerra fría. En efecto, en su texto laten insumisos los años sesenta del siglo pasado, cuando la realidad de la psicodelia espabiló a los americanos con el napalm de sus atrocidades, allá en Vietnam. Entre la carrera espacial y los genocidios repetidos, el libro conquistó su propia madurez estética al inventar las lógicas y los fastidios de un porvenir devastado, de claros reflejos post-bélicos y de reconocibles pesimismos radioactivos. Además, pkd nos explica en silencio cosas que nunca hemos ignorado; a saber, que en los escenarios de la imaginación sólo puede llegarse a la belleza de una verdad por sus caminos alternos, fabulando escenarios desde el personaje, subordinando las calles de la destrucción a sus rutinas, y no a la inversa. Por ello, si en un principio el relato destacó por su parafernalia futurista, la triste e intensa verdad de la ciencia ficción de aquel siglo xx (del que cada vez nos van quedando menos estertores premonitorios) es intuir lo mucho que pkd ha predispuesto los diálogos con el aquí y el ahora de una edad como la nuestra, muy segura de estar asistiendo a los cálculos finales de la historia humana. 

Dicho a las claras, ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? le dio color y sustancia —y aun filosofías— a nuestra idea de lo venidero, pues, reconozcámoslo, su historia modelaba un futuro que ya era algo más que una conjetura en el siglo de Hiroshima, Corea, Vietnam, Afganistán o Panamá. Desde el otro extremo de la misma perspectiva, al instalar su relato en las inmediaciones del año 2020, el texto tenía que hacerse inteligible y familiar al habitante de 1968. Para ello, no sólo expurgó en el espejo de las cosas materiales, los autos, los edificios, las luces, las tecnologías, sino que llevó al límite de su propia comprensión la dialéctica de las paranoias capitalistas y las alienaciones políticas arraigadas en nuestras cédulas de identidad. En sentido estricto, pkd triunfó sobre la necesidad cronológica de construir una ecuación causa-consecuencia, y, al hacerlo, su futuro más personal pudo explorarse y aprehenderse desde la perversidad de los arrasamientos ideológicos que ya conocemos y desde los pánicos milenaristas que nos dominan. En la mesa de la discusión quedará saber, algún día, aquí o en el más allá de otro presente, por qué cualquier representación del futuro se transforma casi de inmediato en una predicción que huele a tristeza de orfanato o a desaliento de aniquilación. 

En tanto que ficción distópica, ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? certifica la evidencia de todas las crueldades que nos habitan, y, asimismo, revela la irrefutable fascinación por la barbarie que se arraigó antes, durante y después de la II Guerra Mundial. Y si acaso algún sociólogo nos exigiese elaborar la noción de distopía para distraer su pedazo de culpa (o para entretener su más erudita indiferencia), al definirla tendríamos que deambular por la calle opuesta a cualquier utopía, sí, peregrinar por ciudades que pudieron ser nuestras pero que nunca quisimos transitar sin fobias o sin prejuicios. En este orden de ideas, el recelo con el que aún recorremos los códigos postales de nuestros destinos —y esto potencia su sentido al haber sido escrito en el café más popular de El Chorrillo— anuncia una degradación social de la que no sólo hemos sido partícipes, sino cómplices, pues ese miedo es, qué duda cabe, la versión menos entendida, aunque también la más eficaz, del odio. Quiérase o no, lo distópico (o contrautópico) hace pensar en los sistemas de ambición que diseñamos para alejarnos del otro con el objeto, más o menos contundente y más o menos difuso, de convertirlo en ciudadano de un destino que no ha escogido, tal y como sucede con los personajes de pkd, estigmatizados residentes de una destrucción obligatoria. Por lo demás, la vigencia que el adjetivo distópico ha cobrado en nuestro universo cultural puede comprenderse como una de nuestras lucideces más envenenadas, pues, de una u otra forma, el uso del terminajo le da condición de inevitable a los traumatismos de la página venidera en la historia social de cada día, ¿no es cierto?... Y, en una muy extraña reacción de nuestras almas, quizás también debamos confesar que acudimos a la lectura de Blade Runner para renegar de sus futuros, o, siquiera, para buscar en sus párrafos una salida de emergencia al desamparo que se avecina. 

La literatura de pkd es, por todo ello, una advertencia. Al llevar las certezas de lo imaginario a las sospechas de lo real, su libro habita en el infierno cibernético de nuestras rutinas, él es nuestro ecocidio gemelo, la soledad paralela de nuestros totalitarismos y el reflejo más actual de nuestras catástrofes sociales. En el pesimismo trasnacional (y también transhistórico) que la novela proyecta, reconocemos la industrialización de nuestros rostros y la ofrenda de lo trascendental en los altares computarizados de la paranoia. En suma, estamos ante verbos que reflejan, desde todas las perspectivas a su alcance y con una condición de apabullantes, las éticas invertidas de la esperanza. Por lo demás, la certeza de que pkd imaginó los vaticinios de una desolación casi total no necesita de muchos argumentos, pues la dificultad de adjudicarle al texto una única categoría genérica constata una hecatombe sin fronteras, ni históricas ni literarias: ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? es tan distópico como psicológico, a veces filosófico y siempre relato policiaco, es página impregnada de alientos western y además capítulos del fastidio —a la manera de Goethe, Góntcharov, Lérmontov, Papini, Calvino, Gombrowicz…—; exhibe, también, episodios de humor negro e instantes de inscripción romántica con guiños de melodrama, entre muchos otros matices que pudieran mencionarse para el efecto. En su omnímoda epopeya, ilustrada mediante arrasamientos genéricos y geográficos, hay un extrañísimo halo de igualdad humana: en los detritos urbanos del relato se imbrican todos los individuos de todas las épocas, la edad de piedra y los cerebros electrónicos, la prehistoria y la cultura del hormigón, la mirada planetaria y los misterios de una teología elemental y televisiva, la pasión por Mozart y Strauss y Munch y Picasso y la tecno-alienación de una (in)felicidad programada. 

Ahora bien, al diluirse la institución mental de las categorías, se disuelven también los filtros y los convencionalismos para comprender lo narrado. En la experiencia misma de su aprehensión, nuestra lectura sospecha que las palabras leídas son todas las que quedan, gestos residuales de un mundo que acude una y otra vez, y sin ninguna ironía de por medio, al ejercicio de la confusión para presentirse o para sospecharse. Sí, los diccionarios del mundo novelesco han entrado en crisis y es necesario construir léxicos, crear nuevas jergas y vocabularios para hablar a tientas de un periodo donde el individuo es un todos-nosotros, una voz colectiva sin conciencia de su multiplicidad, o, si se prefiere, una letra dispersa en la ignorancia de su unicidad arrebatada —Paul Auster ayuda a entender mejor que lo dicho por los personajes de pkd es todo lo dicho; para el caso, ver El país de las últimas cosas (1987)—. Y, lo que es más, el narrador también se fingirá atrapado en las dinámicas del polvo radioactivo, y, a ratos, el libro dará la impresión de haber sido mal escrito, de ser el farragoso sobreviviente de una página que ha perdido el norte de sus propios renglones. 

La literatura del mundo novelesco se ha empolvado de guerras. Tal y como lo diría Arundhati Roy en The end of Imagination (2016), la humanidad post-atómica ya no contará, ni siquiera, con la capacidad para evocarse en la escritura (o para refugiarse en la ficción). Y hasta eso supo sospechar el autor de Blade runner, pues, como bien sabemos, las lecturas de sus personajes se aferran a los autores pre-bélicos, a los títulos de libros, periódicos, catálogos y revistas que nutrían el imaginario de una realidad que yo no es más, que ya siempre será otra cosa porque la conflagración nuclear extinguió también nuestra capacidad para reinventarle un destino al porvenir (o para conjeturar el post-futuro, si acaso tal cosa fuera posible). Si en el horizonte de dichas frustraciones dominan las añoranzas literarias, el lector de pkd, en un nuevo arrebato de equivalencias, tampoco contará con asideros canónicos que le permitan agilizar los diálogos con lo leído: debe fiarse, por ello, de sus intuiciones; liberarse, en la medida de lo posible, de toda instancia mediadora, pues sólo así podrá comprender las cuitas del agente Rick Deckard, ese policía encargado de eliminar a un grupo de andys infiltrados en nuestro planeta. 

La odisea lo convertirá en un detective histórico; también, en el centro de gravedad de una época que ha colonizado el cielo gracias a la inhumana explotación de los androides. Y porque este último término había adquirido ya las vigencias de cortocircuito que posee hasta hoy, agradezcamos al cine de Ridley Scott su gran contribución al espíritu del libro: el término replicante. En un solo golpe de voz, esa palabra se concentra y se dispara, es experimento del ser fuera del ser, fenómeno de laboratorio lo mismo que conjetura celular que insufla en sus creaturas los defectos del creador, sus fobias más innatas y la más perenne de todas nuestras melancolías, es decir, la del retorno a la raíz, la del abrigo del origen y la del refugio de una identidad fundamental. Al reproducir los paradigmas de nuestra propia temeridad, el crimen del replicante es, en su regreso a la Tierra, ejercitar sus heroísmos desde las coordenadas de nuestra intrepidez. El envite filosófico es claro —y miren que la novela nunca explicita sus accesos ontológicos—: si es en estas ruinas entrópicas donde se fabrican los replicantes, y si ellos son las copias (imperfectas, pero copias al fin y al cabo) de nuestras aversiones tanto como de nuestros ideales, ¿por qué criminalizar su afán de reintegración?, ¿por qué perseguir en ellos el sueño de habitar en una sociedad sin esclavitudes?, ¿quién es el héroe y quién un outsider, el que aplica la ley a rajatabla en un mundo que se cae a pedazos, o el que lucha por hacer suyos los únicos pedazos de libertad que dicho mundo ofrece? En silencio, al paso de los capítulos y de las ejecuciones, Rick Deckard hará suyas todas estas reflexiones antes de hacer suyo, también, el desaliento de las respuestas…; no, no somos mejores que los andys y nunca lo seremos, pues, al eliminar a un replicante, silenciamos, quizás, el último jadeo de belleza de nuestros olvidados arquetipos. 

El verdadero sentido contrautópico de ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? se construye, así, no desde la exposición de ciudades desiertas, ni desde la extinción de la vida animal o vegetal, sino desde los ecos más humanos del replicante: su (fracasado) anhelo de vivir sin amenazas, la idea que posee de la libertad muy a pesar de su origen y la emancipación a la que osa desde su conciencia prefabricada. Una vez intuido todo esto, ya podemos correr el telón de los instantes nucleares que humanizan la decadencia del mundo, esas entrevistas del miedo que se realizan mediante protocolos de la empatía, con máquinas y aparatos que miden las velocidades de nuestra compasión o la lentitud de nuestros asombros. Reinventadas con mucha solvencia por Ridley Scott —perdón por pensar otra vez en el filme cuando hablo de pkd…; culpa de Yván, supongo—, es terrible la forma en que la novela estimula el desamparo mientras Rachel Rosen, representante de una empresa familiar, se enfrenta a la verdad de su existencia, porque ella es una y muchas más, alma manufacturada y biología de taller industrial que, a pesar de todo, se arriesga a ser sólo Rachel en la ejecución de una venganza. 

Sin embargo, vayamos más allá de la Rachel Rosen que Ridley Scott nos ayudó a preconcebir. Recordemos, para el caso, el instante de aquel otro interrogatorio, cuando el propio Rick Deckard es arrestado y conducido a una delegación de policía infestada de replicantes. Mientras cunde un fruncimiento de ceños en todos los agentes que lo rodean, Rick no cabe en la sorpresa, ¡ahora es él quien habita un instante tergiversado! —Il mondo alla rovescia, gritaría Carlo Goldoni—. Sin duda, dicho episodio nos envuelve de zozobra: ¿soy un replicante?, ¿tú también?..., ¿otros también?..., ¿todos también?..., ¿y el libro…, también? La magia mayor de la novela no es sólo introducirnos en los vericuetos de un drama existencial, sino su capacidad para contaminar el relato, para contagiar nuestra lectura, para emponzoñar la página y el párpado con la desazón de sospecharnos de otro modo, porque quizás aún somos lo que nunca supimos dejar de ser, o porque quizás nunca seremos la ignorancia de lo que hemos sido. Al hacernos dudar, tanto como a Rick Deckard, tanto como a su odioso colega Phil Resch, y más, mucho más que a la bella Rachel Rosen de tan replicante memoria, caeremos en la cuenta de que dentro y fuera del imaginario de pkd nunca seremos mejores que Roy Batty, ese tránsfuga de la ley cuyas conspiraciones, así como su eliminación, fueron necesarias para entender que la disparidad de las armas promueve el encarnizamiento más que el heroísmo, las hecatombes antes que la defensa de la vida. Y gracias a ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? descubriremos, asimismo, que los dueños de la historia humana tarde o temprano se quedarán sin enemigos, y que, para proseguir en la inercia de sus manchadas valentías, les será necesario fabricarse nuevos adversarios. Triste metáfora para concluir que somos el extravío de Goliat (sin un David que lo derrote) en una era industrial a la que nunca, fuera de la ficción, le hemos aplicado la terapia del remordimiento cuando Yván ha querido acompañarme, el día de mañana y sin dejar de abusar con sus tarifas de turista japonés o de gringo jubilado, a conocer el Panamá Viejo. 
En el trayecto de una carretera que mira hacia el mar de las once de la mañana, le prometo buscar los cuentos de pkd y enviárselos por correo. Mientras tanto, repasamos cintas como la de Reporte minoritario con Tom Cruise, La agencia con Matt Damon, Desafío total (hay un par de versiones, pero mejor no hablar de Schwarzenegger), El vidente con Nicolas Cage y La paga con Ben Affleck y Uma Thorman, entre otras. Algunas se quedaron a medio camino de la belleza, aunque en todas ellas respira pkd, ese hombre capaz de presentarse a la más cartesiana de todas las audiencias en la Francia de 1977 para explicar, sin delirio alguno, aquellas vivencias suyas que hoy pueden rescatarse, casi sin fisuras, de la saga de Matrix. El sol cae a plomo y trae una llanta ponchada y es mejor despedirse al precio insoportable de treinta dólares, sí señor, cuando llegamos al Panamá Viejo, del otro lado de un cementerio (¿Jardín de Paz?…, no lo recuerdo). 

Primero un busto de Pedrarias de Ávila, fundador de la ciudad de Panamá el 15 de agosto de 1519; uno más dedicado a Colón y el último de ellos a Isabel la Católica. La Compañía de Jesús también anduvo por aquí, en la Calle de la Empedrada donde iniciaba la Plaza Mayor. Ruinas, vestigios, cascotes, restos de una ciudad destruida por esos filibusteros cuya historia me explica una guía del lugar, joven de la nación kuna yala que ahora me habla de su mundo esencial, de las comidas culturales, de los colores heredados, de los tejidos simbólicos. En el campanario, a veintidós metros sobre el nivel de la plaza, impresiona el horizonte del agua, las decenas, centenares de buques a la espera de entrar al canal, la cinta costera, las cigüeñas y los buitres (eso parecen, buitres), el Puente de las Américas y las islas más próximas. Nubes de mediodía por el oeste del torreón y quisiera guardar en la memoria algo de una geometría muy española y entonces sospecho que todo esto me esperaba para ser hablado, así, después de una temporada de devastaciones vivida junto a Blade runner. Por el lado contrario destaca el ejercicio clandestino de los amantes en inscripciones sobre los antepechos de las ventanas, y otra vez los edificios, allá, en un hojaldre de concreto con mil capas de vidrio, casi tocando lo intocable de un cielo que se divierte con el paso del agua.  

 

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