Un musitar herido

Jabaquita Niduda

Quiero ordeñar una vaca muy gorda esta noche.
Sus ubres se hinchan y ella no está conmigo.
En noches como ésta la tuve entre mis dedos.
A lo lejos, ella muge, a lo lejos.

Su leche rebosante,
su aroma, el halo inefable de su carne,
sus ojos color de arena, de arcilla, de trémula oscuridad,
el tiempo se colmaba en su esplendente estatismo.
Y de su ubres manaba leche amarilla,
hilos de oro desbordantes de luz,
espuma en ebullición, manantial de plata.
Y yo me ufanaba lunático en la lujuria ruta
La vaca masticaba la paja y yo saltaba en algazara.
Uma rumiaba las gulas de la fortuna
y yo cantaba a la musa y en la noche fecunda
una venusa luna musitaba la hermosura.
Pero nadie vio en mi boca la luna que sangraba,
nadie vio aquella sangre que subía al silencio.
Nadie miró mi vaca deambular por la hierba,
nadie se percató que se había ido.

Mi vaca volaba, loca, en los atardeceres
subía, imberbe, a los cielos, arrebatada a su suerte,
mugía dolorosa, su hocico sangraba en los aires.

Ahora ya no mastica, ya no me mira.
En esta noche, en este mundo
Ella ya no está conmigo.
Me mirará volada mi vaquita pintada.

Y yo desde el prado emito un canto,
una música, un mugir, un musitar herido
un mu largo y tendido
por mi miel de oro, por mi nata,
por mi vaca adorada.

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