Lunas de miel

Luisa Futoransky

Una breve acotación sobre las destinaciones de ciertos viajes de bodas, al menos del de los contrayentes que provenían de estratos sociales similares a los de estos relatos: La antigua Argentina, la cristalizada en la riqueza agropecuaria debía desembarcar, obligatoriamente, en Las-u-ro-pas. Engloban así, indiscriminadamente, todo el continente. Como acontecía con los ricos japoneses que, cuando empezaron a viajar, lo hacían con su propio arroz y las ollas correspondientes y los sirvientes para cocinarlo, pues dudaban que los occidentales encontraran el punto de cocción exacto; así el folclore urbano aseguraba que los argentinos viajaran en sus propios barcos y ¡con sus propias vacas! La leche de Las-u-ro-pas no debía ser para ellos demasiado fresca. Voy a permitirme una primera maldad con mi ciudad, ésas que sólo admitimos —y a regañadientes— que se permita la propia familia. Ello me ocurre en momentos extraños como éste en que la marea deposita brazadas y brazadas de fresca nostalgia y detritus de salvaje y antigua melancolía: Los argentinos, al menos algunos y por supuesto que no los de mi clase, no sólo descendieron de los barcos, sino de su descabellada cruza con las vacas. Producto conocido en la historia bajo el nombre menos chocante de oligarquía vacuna y más tarde bajo el más extensivo de aristocracia agropecuaria. 

Para los otros, que empujan con los codos desde más abajo hasta lustrar con limpiametales en la fachada la placa de profesión liberal, engolosinados de doctoreo y también para los tímidos pero presumidos asalariados de cuello como el queso: duro, semiduro y blando, empezaron a florecer destinaciones más próximas y modestas: algunas con el mar, otras con lago e incluso con alguna serranía que calma los nervios. Valparaíso, Viña del Mar, Sierras de Córdoba, lago de Calamuchita, Bariloche. Curioso, las destinaciones de los viajes de bodas se fueron uniendo a las mismas que otrora se recomendaban a a los convalescientes de tuberculosis.  

 

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