Las vacas

Leopoldo Lugones

Noche y bosque en la montaña; — bajo el lóbrego despliegue de la sábana de hojas, — cual si fuera un cuerpo inmenso — reposa — el Silencio con sus tristes desvaríos sepulcrales, — en el terror metafísico de la noche de las frondas. — En un paisaje de árboles — que en un vago claroscuro se recortan, — como un haz de pesadillas — en que alternan una víbora — y una horca, — y un triángulo y una lúgubre armazón de truncos fémures, — y una víbora y una horca. — Y el cielo abre su profunda majestad sobre la tierra — como un gran tonel de sombra. — Flota el sueño de los bosques — impregnados de la gran extenuación de las aromas, — en el seno de la noche con un feto agonizante — en color de niebla el sueño de la selva misteriosa, — donde tienden los crepúsculos el ajuar inmaculado — de sus sedas melancólicas. — Hay un árbol en la selva, — un árbol de largas hojas, — vieja lira de los vientos, — denso palio de los sueños de la sombra. — Y hay una ancha mancha roja, — junto al vivac de una nómade caravana moabita — que durmió cuarenta noches con su tropa — de grandes bueyes arábigos, — al amparo de la sábana de hojas. — Y la sangre es de una vaca degollada — cuya lúgubre osamenta se disputan las raposas. — De repente rompe el sueño de los bosques — un mujido negro y hondo, negro y lleno de misterio y de zozobra, — como el lívido sollozo de una viudez herida — que lancea el largo flanco de la sombra, — en un coro tan solemnemente negro, — que parece que se llena de una inmensa pesadilla la montaña misteriosa. 

Son las vacas que han venido a medianoche, — olfateando en las distancias de la sombra, — el sutil olor de muerte que levantan de la tierra — mojada por el degüello, las frescuras de la fronda. — Con pesados trotes llegan — las salvajes plañidoras, — en la niebla que envolviendo los zarzales — flota, — absorbiendo los cuajados alientos de sus narices, — que sobre la muda tierra con ronco estertor sollozan. — Y destilan grandes lágrimas — llenas de candor salvaje, sus pupilas soñadoras, — y la sangre derramada se humedece — empapada de jemidos y congojas. — El terror de los silencios, — huye a pasos gigantescos por las rocas, — y la noche, destrezando sus cabellos de tiniebla, — como una enorme palmera sobre aquel dolor se encorva. — ¡Oh cuán largo es ese llanto de las hembras desoladas, — sobre el húmedo degüello que en la tierra erial se borra, — junto al noble treno de águilas con que alcanzan a los astros — las rocas! — El siniestro bosque atiende con sus mil lenguas inmóviles — el clamor de las salvajes plañidoras, — tan inmenso, tan salvaje, tan inmortal, tan desolado, — que estremece en sus alturas las cornisas de la sombra. — El clamor con que las vacas de la selva — lloran — su duelo (en la noche náufraga sobre los montes), su duelo, — sobre una ancha mancha roja.

 

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