Quiero ver una vaca

Guillermo Sheridan

Como es de todos sabido, la vaca hizo su aparición en la numerosa realidad un mediodía de verano en la India. Daksa, creador del mundo, acababa de comerse una ensalada de berro, col y rábano, perfumada con eneldo, después de lo cual tuvo a bien soltar un tan excelente eructo que su aroma fastuoso cubrió al universo entero. Entre las brumas consecuentes, como una luna que asoma entre las nubes, apareció Surabhi, la primera vaca, que a su vez parió las miles de vacas que son las madres del mundo. Esta encantadora versión gástrica del big bang (o, para decirlo en la audaz traducción de Antonio Alatorre, el gran pum), que prefiere las vacas a los neutrinos y los eructos a la densidad de la materia, se halla registrada en el anciano Mahabharata. No son pocas las culturas que también columbraron la naturaleza bovina del cosmos. Los egipcios veneraron a una vaca blanca llamada Ahet, de cuyas ubres mamaba el sol cada mañana leche suficiente para alimentar su vuelo. El Tao-te-King menciona a una vaca negrísima, Huan-p’in, depositaria del principio femenino, de cuyos entresijos se desprendió la tierra. Entre los griegos, la vaca es lunar y contagia de sus atributos a la bovimorfa Hera, madre de dioses. Genésica, la vaca trenza con los hilos de su leche vastas cosmologías y progenies abundantes y tan alta es su alcurnia que en ocasiones no es causa de universos, sino el universo mismo, como en el Athara Veda donde se lee que la vaca es todo lo que es. Sin embargo, es escaso su protagonismo en los bestiarios. Fofa y aburrida, la vaca, esa deforme botella, carece de espectacularidad: es un telúrico soponcio, una criatura fabricada de tardanza y melancolía, una reliquia indiferente que rumia recuerdos, un naufragio mítico en un mar tecnológico. Pero la vaca es también un planeta, un testamento y, como ningún otro animal, un autónomo y compacto paisaje. Extraña la poca apelación que a sus virtudes hacen los poetas, más bien dados a rimar felinos. Y por lo mismo celebro que, según reciente noticia de Eduardo Milán, exista ahora un libro de Enrique Fierro, superior poeta uruguayo, titulado elegante, franca y empeñosamente, Quiero ver una vaca (Vinten editor, Montevideo). Carezco por desgracia del volumen, pero no del poema que contiene:   

I
Quiero ver una vaca
quiero ver una vaca colorada
quiero ver una vaca colorada
a las tres de la tarde
quiero ver una vaca colorada
a las tres de la tarde
de un día de febrero
quiero ver una vaca colorada
a las tres de la tarde
de un día de febrero
en un campo verde
Quiero ver una vaca colorada 
a las tres de la tarde 
de un día de febrero en un campo verde 
o amarillo 

Comprenderá el lector la emoción que esta lectura ha provocado en un temprano devoto de la vacas. Uno de los primeros poemas que memoricé de niño, y que posiblemente me fue heredado por mi abuela, habla de una vaca no colorada, pero sí púrpura:  

I never saw a purple cow,
I never hope to see one;
But I can tell you anyhow
I’d rather see than be one.

Otra vaca recuerdo, redactada por un Stevenson de escasos años y abundantes dones:

The friendly cow all red and white, I love with all my heart:
She gives me cream with all her might
To eat with apple-tart.

¿Será la voluminosidad ubérrima de la vacas lo que lleva a los niños a amarlas con todo el corazón? ¿Quién no recuerda su primera impresión ante esa mole semoviente y mansa de ojos marinos que, como en el poema de Eduardo Lizalde (dedicado a una niña urbana que por primera vez mira una), es “fuente materna / de leche, miel y cebada”? Para los viejos, en cambio, es símbolo de seguridad y calma, como interpretó el anciano Victor Hugo la reiterada aparición en sus sueños de unas vacas dormidas. Los niños ahora miran, si acaso, a la vaca como la retrató Gongora: “cortada ya en cecina / purpúreos hilos es de grana fina”; o como Borges, que evoca una “ciega cabeza de vaca” que, colgada afuera de una carnicería, infamaba la calle “con la crueldad de un ídolo”. Son pocos ya los que experimentan en su cercanía su muy peculiar forma de irradiar calor, el estruendo mudo de su rumiación, la rara coreografía de sus ubres o la erupción lentísima de su caca agrícola (y menos serán cuando la ingeniería genética acabe de procesar la vaca futura: una mera ubre, un retazo de pelo, dos cuernitos). Las vacas suelen entrometerse en la poesía por la puerta de la nostalgia bucolizante, o más bien por la ventana del tren en movimiento. Torres Bodet describe una antes de que ella pueda describirlo a él:  

Desde la ventanilla
hemos visto una vaca.
Todo el campo, vacío,
en torno de ella estaba...

Enorme, dulce, quieta,
sobre la tierra blanda,
¡y la leche del mundo
en sus ubres doradas!

Monterroso mira también desde una ventana a una célebre vaca “muerta muertita sin quien la enterrara ni quien le editara sus obras completas...”
¿Habrá otras vacas en el volumen de Enrique Fierro?
¿Creemos recordar otra que pastaba en alguna revista?
¿Vacas portentosas como las que viajaron a Troya, las que fungieron como el índice Dow Jones de Faraón, la que aplastó al doctor Filligrana a los ciento cuatro años de edad, la que disfrazó a la ardiente Pasifae, las que recomienda cuidar Virgilio para que nos protejan del “tristisque senectus et labor”, la que saltó la luna o la que descubrió las joyas de Monte Albán? ¿O será en cambio la vaca conceptual, la vaca posmo? De lo que estoy seguro es de que el volumen conjuga a Fierro y a la vaca, dos verbos exuberantes que, mutuamente sorprendidos y declinados, nos permiten entonar con ellos:
(...)
entre una idea
y una vaca colorada
me quedo con la vaca colorada.

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