Margen

José Kozner

Son unas comarcas de abra y bendición, cifras frutales.

El mirador, en el ojo de una cerradura que da a la mañana en que vi pacer la vaca, mascó y manaba: el tren se detuvo a mis espaldas y había leche en los ojos de quienes se asomaban a mirar el río: la vaca, inmutable. Helos mirar para el río, deseosos. Yo vi la leche en sus torrenteras manar hacia el río, encenderlo: era marfil el eco de aquella vaca silenciosa. Y está debajo del marfil la forma quieta de la madrépora. La vaca, vino del mar: lo sé. Son ríos, las vacas. Los trenes se detienen y salen hombres a caballo, vienen a rejonearlas: y ellas, pacen. De sus ojos, la leche; de sus heridas la leche cuando las atraviesan con una estaca de tilo perfumado y se las llevan en andas: bálsamo el ojo caritativo de las vacas. Por las mañanas, veo que abren los manteles como aquella mañana y los vasos son cifras, cifra la leche: y todos, masticamos. Sólo la vaca pace, sigue embebida en todo aquel forraje entrecruzado por hilos de amapola. Y nos acicalamos un poco, hablan los niños y regurgitan un pequeño ovillo de leche: somos por fin aquella vaca que se me acercó, deja aún me voltee, vaca. Vaca, hacia ti esta mañana en que nosotros cuatro somos cuatro escolares lavándonos el sueño de la cara en aquel río que vi, todos nos bajamos a mascar de ti nos embebimos vaca de ti en tu leche en aquella comarca de abra y bendición en que empujo esta puerta, sacia la vaca.

Puntos de venta