Uma, Pamplona y las letras nebulosas en el cielo

Jacobo Sefamí

Alguien le había susurrado al oído que en Pamplona podría decidir el fin de su vida. Añoraba los lejanos días en que Shulamit le había hecho conocer el amor. Se decía que daría todo por recobrar las fuerzas. Guiado más por la inercia que por la voluntad, subió a un autobús lleno de jóvenes; éstos lo miraron con incredulidad, pero de inmediato regresaron a las carcajadas. Él se sentó al frente y miro el mar por debajo de la verde montaña pensando que ni siquiera el bello paisaje le impulsaba a vivir. Los colores se fueron diluyendo. La luz del vehículo en movimiento proyectaba un halo de misterio en la zona boscosa. Después de un rato, entraron a las calles transitadas de la ciudad. Decidió dejar el bastón de una vez por todas en el autobús. Se bajó sin saber hacia dónde caminar. El dolor de artritis de la rodilla de pronto había desaparecido. Caminó hacia la izquierda, adonde se dirigían los diversos grupos de personas de la calle. Le hubiera gustado ir con camisa blanca, como todos los demás. En el primer puesto ambulante que encontró, compró una pañoleta roja y se la ató alrededor del cuello; le agradó sentir que algo le identificaría con la multitud. Volteó para ver de dónde venía la música estridente y se encontró con el rostro de una joven que le recordaba a alguien de su pasado. Pensó que estaba alucinando porque la chica era idéntica a Shulamit, aunque el cabello y los ojos eran de un negro muy intenso. Tuvo que gritar pidiéndole que le dijera su nombre. Ella contestó mientras se alejaba con su grupo de amigos, “Raquel”, “Raquel Blanco”, lo dijo con cierto desdén. Sin embargo, él sintió alivio porque esa voz se había escuchado con mayor nitidez, como si de pronto le hubieran limpiado los oídos. Seguía ahora a la multitud hacia una enorme explanada, donde un grupo de rock incitaba a que la gente vociferara las letras de las canciones. Al hombre le dieron ganas de bailar y se puso a mover el cuerpo ante la mirada atónita de los muchachos. Pensó que incluso podría atreverse a dar un salto. En el momento en que lo hizo la espalda se enderezó y quedó maravillado por no sentir ningún dolor. Permaneció bailando hasta que el grupo de rock terminó el concierto. Se dijo que debía buscar un sitio donde sentarse, pero a la vez descubrió que su cuerpo no se lo exigía. Siguió caminando hacia una calle muy angosta. La música salía del interior de los bares; advirtió que dentro se apretujaban para bailar. Reconoció la calle por las fotos, pero estaba atiborrada de gente y costaba trabajo pensar en los toros con tanto jaleo. Volteó hacia la Plaza y volvió a ver a Shulamit que salía con una blusa muy corta que le hacía mostrar el ombligo. 

Sintió vértigo. Le gritó: “¡Raquel, ¿conoces a Uma?!” Ella lo miró por un instante y le dio la espalda. Él insistió, gritando, sabiendo que era una ilusión, un sueño imposible. En lugar de responderle, ella se puso a reír y se marchó con sus amigos. A él alguien le dio una botella de vodka. Hacía mucho que no bebía por las complicaciones de la úlcera, pero pensó que era su última oportunidad. Poco a poco, y a medida que caminaba, se fue tomando la botella a tragos grandes y chicos. Cuando terminó estaba frente a la Plaza de Toros. Se dijo que sólo cuando era joven había podido tolerar tanto alcohol sin caerse de borracho. Se fue a una de las tiendas ambulantes y se puso a bailar, saltando como en los viejos tiempos. Se vio acompañado de un grupo de doce personas que se estrechaban haciendo un círculo. El que estaba a su lado lo abrazó y él sintió que su vida valía la pena. Después de un rato, el grupo se encaminó hacia otra plaza en donde había mucha gente durmiendo en el piso, botellas que se iban acumulando a montones y basura desperdigada. Se acercaron a un sitio donde había un número más reducido de gente sentada, escuchando el cante jondo de un hombre que lo carraspeaba con una voz muy ronca que le arañaba la garganta. Él se sentó y oyó la música con intensidad. Le salieron lágrimas de los ojos, sin saber por qué.

Supuso que era una herencia a la que finalmente había vuelto. Se acostó boca arriba y miró las estrellas; pasaba mucha gente a su lado, ignorándolo. Volvió a ver a Shulamit, que pasaba ahora con una falda larga y con la mascada roja alrededor de la cintura. Se levantó para asegurarse que se trataba de ella, pero sólo alcanzó a verla por detrás mientras desaparecía entre la multitud. Empezó a clarear y la gente se arremolinó alrededor de la calle estrecha. Aunque no había dormido durante toda la noche, se sintió totalmente revitalizado. Caminó con paso firme detrás de unos adolescentes. La policía le indicó que la calle estaba sólo disponible para los que querían correr. Él titubeó por un momento, pero alguien lo empujó por detrás. Cuando trató de volver, ya la entrada estaba bloqueada. Los adolescentes saltaban nerviosos, rebosantes de adrenalina. Él sintió los músculos tensos y fuertes. De pronto, notó la avalancha de jóvenes que corrían exaltados por el peligro. Se quedó expectante, inmóvil, sin saber qué hacer. Estaba en medio de la calle cuando un rayo de luz iluminó el rostro de una joven en una de las orillas. Era Shulamit que lo miraba fijamente, incrédula de que fuera él. Decía algo, pero a él le costaba trabajo leerle los labios. Pensó que si conseguía estar sólo una vez más con Shulamit no necesitaría ninguna otra cosa en la vida. Avanzó con la intención de repetir la misma escena que había practicado mentalmente a lo largo de muchos años. Ella lo miró fijamente, con sus ojos demoledores que lo dejaron incapaz de moverse. De pronto, Shulamit se había convertido en Uma. Respiró tranquilo porque seguramente Uma le revelaría el secreto para volver a estar con Shulamit. Cerró los ojos. A ella le salió un hilo de baba y arremetió con una velocidad impredecible. Justo cuando él volvió a abrir los ojos, sintió una puñalada en el corazón y cayó rebotado en el suelo. 

Allí se quedó mirando al horizonte y no alcanzó más que a percibir rayas, como si el cielo se hubiera borrado y se convirtiera en un aparato de televisión descompuesto. Buscó a su alrededor; se dio cuenta que Uma había sido sólo una ilusión. Se preguntó si ese garabato lo llevaría a algún lugar, o simplemente era una premonición del vacío, del pozo oscuro y profundo que amenazaba su existencia. Ante el estupor, pudo vislumbrar una letra. Se trataba de la bet ( ב), la segunda letra del alfabeto hebreo y la primera con la que comienza la creación o el génesis. La bet es la casa —había leído en el Libro del esplendor—, es la inicial de baruj, bendito; es el templo receptivo, la casa con las puertas abiertas siempre, no importa desde dónde se mire. Es la letra con la que comienza todo. Escuchó bereshit (en el principio), la primera palabra de la Torá, y se dijo que la letra era también la preposición “en”, por lo que ya se implica un lugar, un sitio donde estar. Si la barra de la bet está del lado derecho, ¿qué habría detrás de esa casa?, se preguntó. Pero ahora la letra se movía en el cielo como una nube, y comenzaba a girar contra reloj. Se había transformado en una י, una jet. El hombre vio que las puntas de la letra le apuntaban amenazadoramente y la barra era una oclusión. Pronto estaría atrapado por esas tenazas; la prisión será el interior de la letra. Trató de moverse para escabullir el movimiento con que la bet transformada en jet lo hostigaba. La letra se movía con ferocidad, de un lado a otro, las puntas cada vez más filosas lo podían rebanar. Él miraba aterrorizado a su derredor en busca de ayuda, pero la bet y él estaban solos en el universo. Ella no profería palabra, sólo un sonido bilabial que se podía transformar en un zumbido de insecto. El zumbido le produjo un profundo malestar; quiso cerrar los ojos y taparse los oídos, pero las rayas y el sonido intermitente de la bet transgredían sus propios sentidos. De pronto, surgió de la nada la letra álef ( א), y eso le dio una inmensa alegría. Se dijo a sí mismo que seguramente se trataba de una señal divina: el álef-bet ( א-ב )era el inicio del alfabeto y también el origen del mundo. La álef tampoco emitía sonido alguno, pero la raya de arriba era como una lágrima que no acababa de escdeurrir, y la de abajo una gota de un líquido que no podía identificar. La línea transversal de en medio se inclinaba como si se tratara de alguien en posición de rezo. La alucinación del hombre le hizo pensar que la barra de la álef tenía que enderezarse, para mostrar a alguien erguido que le puede hablar a Dios. Así, por un momento, vio que esa línea adquiría un trazo vertical, como el de una I. Empezó a pronunciar la i, y notó que adquiría una sonrisa en la boca y que pronto reiría de su locura: iiii. Pero el mundo se dividió en dos, el de la izquierda y el de la derecha, el de occidente y el de oriente. El lado derecho se tiñó de blanco y el izquierdo de negro; el negro hizo desaparecer la bet, y el blanco borró la lágrima de la álef. Las letras habían desaparecido y ahora la raya comenzaba a curvarse, conformando contornos de una figura enigmática. Se preguntó si Uma podría volver y devolverle su juventud. 
El hombre abrió los ojos de nuevo y vio que la bet había dado un giro más. Ahora la barra de la derecha estaba del lado izquierdo, como si fuera una C con los ángulos rectos; precisamente de ese lado de la barra comenzó a correr un hilo de sangre. Atónito, descubrió que la bet se había convertido en una F. No entendía muy bien qué significaba la aparición de esa letra, salvo que el cielo emitía zumbidos con una F persistente, y los acompañaba con las rayas del horizonte. La raya vertical de la álef, en forma de I, seguía en una postura fija y desafiante. Casi como un espejo, otra álef, esta vez completa, se reflejaba del lado derecho, pero de igual manera los hilos de sangre deformaban sus contornos, al grado que ahora visualizaba una N. Podría ser que la N en realidad fuera una Z, pero no supo cómo interpretar ese mensaje cifrado que iba de la álef a la Z. La N estaba allí, al lado de la I. El tiempo transcurrió. La sílaba, FIN , escrita en el cielo le nubló la vista. Quiso, por última vez, evocar a UMA, pero sólo alcanzó a cerrar los ojos. Se quedó reflexionando si todo aquello había sido solo un sueño. 

Cuando miró de nuevo ya no pudo reaccionar. El toro lo prendió una vez más con los cuernos y le hizo dar una pirueta enorme por el aire para caer estrepitosamente sobre el asfalto; lo dejó en un baño de sangre y siguió corriendo impávido rumbo a la Plaza. Los destellos de luz en el pavimento cegaron a los que se acercaban. Un poco más tarde, los enfermeros de la ambulancia lo miraban incrédulos. Nunca habían visto un anciano que corriera con los toros. Se murió a los cinco minutos, con las sirenas estridentes, en camino al hospital.  

 

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