Uma, Shulamit y la U

Jacobo Sefamí

Era el verano del 76. Había ido al jadar haojel (comedor) del kibutz para ver la pizarra donde anotaban los trabajos de la gente del Ulpán (curso de hebreo) y de los voluntarios. Quería ver si me ponían en las toronjas, en los melones o en el algodón. Ya les había dicho que se olvidaran de mí para la fábrica. ¡No había viajado tantos kilómetros para terminar haciendo ganchos de plástico! Prefería mil veces levantarme a las cuatro de la mañana, ponerme cualquier cosa y que me llevaran en el tractor al campo; ya despertar con la salida del sol y los tubos negros que irrigan a cuentagotas con una perfección que da frutos enormes y jugosos. Deseaba que me mandaran otra vez a los melones para estar con Anne, que me divertía tanto; me asustaba la idea de ir a quitar mala yerba: eso sí que es pesado, aunque todos admiraran que me fuera tan rápido en mi línea, e incluso ayudara a los que se doblegaban con el calor. Esa noche, no obstante, mi suerte ya estaba echada: Ytzjak: “Refet”, que quiere decir “corral de vacas”. Mis amigos se empezaron a burlar de mí. Los que trabajaban allí eran los raros: siempre llegaban al comedor —los primeritos a la hora del desayuno— con sus botas malolientes, que se quitaban a la entrada; comían copiosamente grandes cantidades de avena y volvían al trabajo cuando el resto de la gente apenas entraba al comedor. El loco de Irwin comenzó a mugir como vaca, moviendo el trasero y haciendo gestos con las narices. Acepté las burlas. No le quise decir nada a Batia porque había prometido que cualquier trabajo era bueno, excepto la fábrica; no tenía más remedio que aceptarlo y ya.

Al día siguiente, Amnón, el encargado de las vacas —yo nunca había visto dedos tan grandes como los de él— me explicó todo, con lujo de detalle: me enseñó a limpiar las ubres, ver si la leche estaba cortada y usar las máquinas de ordeña. También me mostró cómo manejar el tractor y conectarlo con el carro para acarrear la paja, y también me indicó dónde estaba el grano y cuánta agua había que darles. Ya cuando yo estaba listo para terminar mi primer día de trabajo en el Refet, una vaca se me quedó viendo fíjamente como queriendo decirme algo. Yo, igualmente, la miré con intensidad, pero fue difícil interpretar el mensaje. Duramos así, viéndonos, largo tiempo. Tenía unos pequeños cuernos que se torcían hacia arriba, de modo que pensé que entre los dos formaban un paréntesis cuyo contenido vacío había que descifrar. Era (como todas las demás) de raza holandesa: blanca con manchas negras. Visto de frente, su rostro formaba una V, puesto que el blanco se ampliaba en la cabeza y se cerraba en las narices y el hocico. Las orejas, los ojos, la papada y el cuello estaban cubiertos por el negro. Las manchas en el cuerpo dibujaban un mapa (negro para tierra, blanco para mar), pero evidentemente no le encontré semejanza con ninguna región conocida por mí. Me fui con la duda: ¿qué me quería decir con esa mirada? Se me vino a la mente la palabra Uma, y ése fue el nombre con que la identifiqué.

Por la tarde me duché para ir a cenar. En el comedor apenas había unas cinco mesas con los viejitos que les gustaba ir temprano. Justo en el momento en que llegué se me adelantó Shulamit y con mucha coquetería me dijo que los vaqueros tenían que esperar a que primero comieran sus vacas. Parece que mi risa le divirtió. Sus amigos se habían quedado jugando a ver quién podía hacer mejores saltos con la bicicleta. Ella se compuso una ensalada exuberante, con lechugas, tomates, berros, pepinos, betabel, zanahorias, hongos y otras legumbres que ya no recuerdo; la bañó con tres diferentes tipos de aderezos y la espolvoreó con trocitos de pan y pasas. Le dije que sólo le faltaba ponerle alfalfa para que estuviera completa —pero sólo me contestó con un suspiro. Después de servirme un plato grande de avena, me senté, solo, a esperar a que llegaran los del Ulpán: Anne, Steve, Bob, Stefan y Debbie. Supuse que Shulamit se iría a su mesa habitual, pero de pronto ya estaba sentada frente a mí. “¿Te gustan las vacas?”, me dijo mirándome fijamente a los ojos. Yo respondí a la mirada con valentía, y extrañamente alcancé a ver en el fondo de sus iris a la vaca Uma. “Sí, mucho”. Shulamit se rio otra vez, celebrando mi amor vacuno. “¿Qué te gusta más, ordeñarlas o darles de comer?”, y volvió a su risa imparable. Le contesté que lo mejor era verlas alternar la mirada: abajo y arriba: los pastos y el paisaje, la tierra y el cielo. Además, me encantaba verlas en su paz, contentas. Aunque yo hablaba en serio, Shulamit se carcajeaba de la risa. Cuando Shimón y Uri ya caminaban con las charolas de su comida, titubearon en sentarse con nosotros y optaron por irse con los otros muchachos de su escuela. Anne y Bob se habían ido a sentar con los voluntarios holandeses, y las otras mesas del Ulpán ya estaban llenas. De modo que Shulamit y yo habíamos quedado solos en una de las pocas mesas de seis del comedor. “Si ya las conoces tanto y tan rápido, debes tener una vaca preferida”, insistió burlonamente. “En efecto, te llevo ahora mismo a verla, si quieres”, le dije, pues quería demostrarle que todo lo que le había dicho no era ninguna broma. Antes de salir, Shulamit le dijo a Shimón que no la esperaran y que los vería más tarde en los cuartos.

El Refet estaba a poca distancia; sólo había que cruzar el camino que conducía a la carretera de fuera del kibutz. Todas las vacas estaban descansando, sentadas o acostadas; había una sola cerca del abrevadero. Increíblemente, era Uma. La reconocí por su V en el rostro. “Ves —le dije a Shulamit—, ésta es Uma. Fíjate que quiere decir algo con la mirada, pero no le entiendo”. Shulamit, que no había parado de reírse, vio la vaca y se quedó perpleja. La vaca también se quedó inmóvil. No sé cuánto tiempo pasó, pero entonces Shulamit volteó a verme y me dio un largo beso en la boca. “Mensaje de Uma”, me dijo después de un rato. Sentí un gran vértigo, pero antes de que pudiera reaccionar ya Shulamit se había ido con la promesa de acompañarme al Refet la noche siguiente. Yo me fui a mi cuarto, pasmado por todo. Saqué mi Don Quijote, me puse a leer el episodio de la pastora Marcela y me quedé dormido. Tuve un sueño muy extraño, que se me quedó grabado como pocos en mi vida: Hacía algún tiempo que yo había pintado una letra, sobre una hoja muy larga. Era una “u” enorme; la había llenado de los colores del arco iris y a mí me parecía magnífica. La “u” estaba allí, quietecita, nadie la movía, y sólo se dejaba contemplar. Un día vino una hada y se la llevó de debajo de mi almohada. Perdí la “u”, pero me daba gusto que se la hubieran llevado al cielo de las hadas. Así estaban las cosas cuando una noche, alguien me tocó el hombro y yo volví los ojos. Era el hada con alitas. Me dijo que me llevaba a conocer la verdadera “u”. Yo me aprendí a su cuello y empezamos a volar; el viaje fue larguísimo; puse mi cabeza sobre su espalda y me dejé llevar y llevar. Ahora estábamos en la copa de un árbol y yo miraba azorado para todas partes; era un lugar encantado, las personas volaban con soltura, sin ningún temor a caerse, y la música se esparcía en el aire. Bajamos del árbol y empezamos a caminar; parábamos de vez en cuando en unas fuentes de múltiples formas, con chorros pequeños y grandes. Nos refrescábamos y seguíamos el camino. Yo le preguntaba al hada que adónde me llevaba y ella respondía que tuviera paciencia. Ya empezaba a inquietarme y pensaba que tal vez mi hada sólo quería caminar conmigo, mas no hacerme llegar a ningún lado. Y así, comenzaba a perder las esperanzas. Pero cuando ya mi ánimo flaqueaba, el hada me dijo que allí estaba. Yo no veía nada, pues el lugar estaba todavía muy lejos. Pero el hada me dijo que no mirara hacia adelante, sino había que voltear hacia el cielo. Cuando vi para arriba, comenzó mi asombro; allí estaba mi “u” enorme, por encima de nosotros, como un gran columpio, atada a dos árboles gigantescos. Empecé a saltar para alcanzar el columpio, pero estaba demasiado alto. Volteé a ver a mi amiga, el hada, y ella dudó un instante. Me dijo: “el que se sube a ese columpio, ya no se quiere bajar”. Pero yo sólo veía un columpio en el que había que mecerse, y le empecé a rogar que me llevara hacia él. Y mi hada me decía que sólo me conformara viéndolo. Le contesté que sí, que me encantaba verlo, pero que sería mil veces mejor subirse y columpiarse. En ésas pasaron varios días. Por las mañanas, yo veía la “u” que se asomaba y me veía y sonreía, y despedía música de laúdes andalusíes; después, se desvanecía de mi vista y me dejaba todo el día a la espera de su vuelta. En la noche, la volvía a ver, pero igual, apenas alcanzaba a tocar sus lazos de flores, se escabullía hacia arriba y me dejaba sólo la contemplación. Cuando vi a mi hada le dije que estaba desesperado y que si el viaje era una promesa, ella debía cumplir con llevarme arriba, a conocer la “u”. Lo dije sin ánimo, con la seguridad de que mi hada no tenía por qué revelarme nada; bastante ya había hecho con llevarme a ese espacio encantado. Pero, para mi sorpresa, me dijo que sí, que ya era hora. Me tomó de la mano y con una ligereza increíble me levantó del suelo y me hizo volar hasta alcanzar uno de los brazos de la “u”. Y así, de pronto, mi hada se esfumó y estaba yo a solas con la “u”, sentado sobre su asiento, sin saber qué hacer. La “u” me preguntó si quería conocer el vértigo y yo le contesté que quería saberlo todo. Así, comenzó a moverse muy poco a poco, y yo vi que el universo se nublaba a mi vista. A medida que la “u” se columpiaba más alto y más alto, crecía la intensidad de la experiencia. Todos mis sentidos, alertas hasta el máximo, se estremecían hasta alcanzar un punto en que todo era oscuro. Me aferraba a la “u” con mis dedos, que recorrían los brazos de la letra, como si me fuera a caer y necesitara estar bien sujeto a ella. En ese momento, la “u” empezó a dar vueltas completas y me dijo que en realidad no era una “u”, sino una “m”, puesto que el movimiento era hacia abajo y no hacia arriba; o sea, que era una “u” doble, invertida. Así, convertida en “m”, conocí el vértigo, puesto que ahora con mayor razón tenía que sujetarme a la letra. La “m” comenzó a cantar como los hindúes una “m” con que se convoca a los dioses y se hace uno con el universo, y yo a mi vez con los labios formando un capullo de rosa, también canté emocionado. Le pregunté a la “u” que si de verdad existía, o que si sólo era un sueño; ella me dijo que yo era una cenicienta y que a las doce me tenía que marchar. No le hice caso; quería repetir los cantos tantas veces fuera posible, así que seguí y seguí, a lo que daba mi voz y mi cuerpo. La “u” parecía también a gusto, cantando sus “m”. A las 11:59 p.m. tuvimos un minuto que pareció una eternidad; ella me dijo todo y yo también. Sabíamos que se acababa el viaje y nos revelamos nuestros secretos. A las doce en punto, la “u” lanzó un último suspiró y así, instantáneamente, llegó mi hada y me hizo volar de regreso. Yo llevaba el cuerpo de la “u” en mi mente, pero sabía que todo había sido sólo un sueño. Al despertar en mi cama, me quedé estupefacto: tenía ante mí la hoja larga y el dibujo de la “u” que yo había hecho. Después de haber conocido a la verdadera “u”, me pareció que mi dibujo no servía para nada, así que lo rompí y me dediqué a recrear mi sueño para siempre. Desde entonces, sólo pienso en una “m” saltona que vibra acompasadamente y en una “u” que me hace cantar y reír. Como reuniéndolo todo en un magnífico compás, oí un “mu” que reunía a las dos letras. La “u”/ “m” me había entregado una sílaba que significaba la clave de mi existencia.

Desperté atónito. Me fui a trabajar al Refet y no hice otra cosa más que mirar a Uma y decirle que ya le había entendido. Le guardaba una enorme gratitud. Por las noches, Shulamit y yo nos pasábamos los recados de Uma por la boca y por la leche —que iba y venía entre su cuerpo y el mío. Nadie profería palabras, sólo se escuchaba, a lo lejos, una música de cítaras. Después de unos meses, tuve que despedirme: dejaba el kibutz e Israel, pero me llevaba para siempre los mensajes de Uma personificados en Shulamit. Nunca más volví a verlas, pero frecuentemente convoco el sueño de la U, los besos largos y la leche. Ahora, Uma deviene el columpio de la “u” cada vez que estoy con Raquel.  

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