La continuidad de los laberintos

Miguel Maldonado

El minotauro se asoma desde el laberinto. Pareciera que se acodara plácidamente en el balcón. No hay en él intento alguno de saltarse el entrepecho, ninguno de sus nervios muestra la tensión del cautivo. Los pincelazos hacen que nos centremos en advertir qué lo conmueve. La pintura de Chirico le debe sus intrigas a la llaneza del balcón, nada importa sino descifrar el mundo sensible que habita en esa rústica mirada. ¿Resignación? ¿Plenitud? Dos estados incompatibles.

Sólo sabemos que el minotauro sale al balcón sin premura, casi como saliendo a respirar el aire fresco, tras acaso algún embate que pudo ser épico o erótico. Quizás piensa que por hoy no desea más embestidas, sino descender por los pasillos sin encontrarse esta vez con un intruso, o una mujer que embestir de nuevo. Pero las avenidas siempre conducen a lo mismo, tener que embestir y volver a hacerlo, inútil encontrar la salida a todo ello. ¿Cómo librarse del enemigo diario, de la atadura al sexo, si a esto lo ha condenado la vida? Si siempre termina en este balcón, dejando tras de sí a una mujer satisfecha que yace a sus espaldas rendida de la faena. Siempre salir de la habitación para asomarse a esta terraza después de haber vivido lo mismo, mirando a lo lejos en busca de un lugar donde nada lo perturbe, se imagina que allá, en la lejanía, la gente quizás vive distinto, que acaso existen lugares que te guardan de los entrometidos, de las alcobas con amores, lugares donde nadie da contigo y nunca puedes escaparte para no ser tentado por las pasiones. Si pudiera franquear el balcón y huir hacia esa fortaleza donde guarecerse; si tan sólo pudiera encontrar el modo de salir para irse a buscar un laberinto inescrutable, allá donde no tuviese que enfrentarse a nada y nada lo sedujera. Pero se resigna: por más que recorra esos vericuetos no encontrará aquel laberinto… y una plenitud tras haber montado, lo invade. Dos estados incompatibles.

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