Cuando tu cabello crezca

Diana Isabel Jaramillo

—El día que tu cabello crezca, sólo entonces, lo haremos. Necesitas tenerlo hasta la cintura para poder marcarte el ritmo con las riendas de tus rizos.

Apreté los dientes para no llorar y me recargué en la silla más próxima del comedor. Para entonces mi cabello apenas si llegaba a media oreja, tardaría tanto en crecer, y con lo ensortijado que era, moriría antes de lograrlo o envejecería, aún más, en el intento.

—Quizás puedas calmar tus ansias con algún juguete o puedo traerte a Luis. No me interesa hacerlo con una mujer cuyo cabello no he de jalar. Siento que lo hago con un hombre. Algún trauma he de tener —comentó entre dientes mientras encendía el cuarto cigarrillo en quince minutos.

No respingué. Me quedé inmóvil hasta que lo perdí de vista en el pasillo que comunicaba a la salida. Después reuní fuerzas para levantarme y salir a la calle. Caminé aterida. Cortarme el pelo no había sido la mejor decisión, pensé que el estilo tomboy me restaría años. Dejé salir las lágrimas. Me senté casi en cuclillas en el escalón de un pórtico que daba a la catedral. Los sollozos que hacían saltar mi pecho me avergonzaban.

En esa casa, sólo su voz se escuchaba. Antes de cortarme el pelo, cuando me llegaba a media espalda, las cosas no iban mejor. A veces se reía con sus amigos de que mis ojos hablaban más que mi boca; de su fortuna porque yo era muda. De tenerme a su merced, sin reclamos, sólo para él, como quisiera, cuando quisiera. A veces él me olvidaba por meses y un buen día se aparecía y me hacía creer que era tan bueno, que me había perdonado algo, lo que fuera. Entonces me arrojaba a la cama y al terminar exclamaba: “De nada.”

Me quedé sentada ahogando en silencio las lágrimas. Mucha gente salía de misa. Yo quería pasar desapercibida, detener mi drama. Me sentía tan fea con el cabello así de corto. De pronto, alguien me ofreció un pañuelo desechable. Alcé la mirada. Traía una cámara, parecía turista. Limpié el rímel que rodaba hasta las comisuras de mi boca. Él no dijo palabra. Alargó la mano para ofrecerme una botella de agua. La tomé a tragos accidentados. Respiré y le sonreí. Me dio la mano y de un tirón me levantó.

—¿Sabes dónde hay un buen café por aquí? —me preguntó con una voz muy dulce, al tiempo que me sonreía con los ojos.

Lo acompañé hasta el café, seis cuadras adelante. Me senté frente a él y pedí lo mismo. No se inmutó de que me autoinvitara a la mesa. Lo tomé de un sorbo. Luego le puse la mano sobre el muslo, él no la quitó, más bien me dejó tenerla. Me contó de su viaje por la ciudad. De que cada tanto tomaba su mochila y se iba a conocer algún lugar del país, algún rincón, algún pueblo, alguna playa. Siempre iba solo. Pero nunca estaba solo, recalcó, y rió mirando mis pechos. Tomó mi mano que descansaba sobre su muslo. La entrelazó. Pidió la cuenta. Salimos del café y le pedí, con voz tan baja que creí que no lo había dicho, que me besara. Me acorraló debajo del balcón de una casona, sentí el aire subir por el vestido levantado. Su mano tibia subiendo por mis muslos, encima de mi ropa, abarcándome en un abrazo. Un temblor me sacó de la calle, me vencí sobre sus hombros, él retiró su mano y alisó mi vestido. Aspiré, me pasé los dedos sobre el cabello. Lo volví a mirar. Me sonrió. Él estaba excitado, pero me hizo saber que no seguiría. Me dio un beso en la mejilla y se echó la mochila a los hombros. Se acomodó la cámara y dio la vuelta para seguir caminando por el centro. Caminé a casa a horcajadas. Sentía las mejillas encendidas.

—Adónde fuiste —preguntó sin siquiera voltear a verme. Estaba empeñado con un lápiz y una libreta escribiendo alguna cosa que por supuesto no era para mí.

—Date un baño, hueles a sol. Ahora voy, nada más termino esto.

Lo miré con cierto odio, rabia. Parecía que el pegamento que nos hacía cada día más inseparables era ese marisma de condenas. Nos unían las tragedias superadas. Pero me parecía tan natural, que no me dañaba. Sentí el asco llegando a mi garganta.

            —Ponte bajo el agua —ordenó mientras cerraba su libreta.

 Callada, bajo la presión de la regadera, cerré los ojos. Oler a sol y luego desolarse. Escuché cuando entró al baño, se quitó la ropa y despidió el aroma a tabaco. Atrás de mí, pasó los brazos para prensarse de mis pechos. Me volteó cara a cara y mordió los pezones. Lo aventé por instinto de sobrevivencia, provocando que jalara mi piel con sus incisos. Disparó mi furia, trajo a flor de piel el rencor acumulado. Me inmovilizó la nuca con el antebrazo y sujetó mis manos:

 —Nuestro amor se lo debemos al odio—, me dijo al oído, con los dientes apretados.

Sin avisarme entró con tal fuerza que me dobló sobre el filo de la bañera y terminó en mi espalda. No necesitó mi pelo largo para terminar satisfecho con su vida de hogar, la apacible, la llevadera gracias a que obedecía sus reglas.

Salió del baño triunfante, al tiempo que vituperaba que teníamos la vida perfecta, aquella en la que yo no tenía que preocuparme por mí misma, él veía por mí, pues para eso era el hombre de la casa. A cambio, tenía que estar atenta a él, a su menor deseo, necesidad: la mínima correspondencia a tanto amor de su parte. Con ese hombre pasaría el resto de mis días, y estaba bien.

Me quedé bajo el agua, cerré la puerta con llave. Evoqué la mano del turista, el olor a café, ¿por qué no me tomó una foto? Lamenté no saber su nombre, su próxima parada, su hotel. Hubiera querido huir con Alexandro, el profesor de música clásica que me hacía el amor al ritmo de la Polonesa, recordé a Fausto, y los nervios que le entraban cuando saludaba a mi marido, seguro de que descubriría nuestras tardes desnudos en el viejo colchón de su departamento de estudiante; Manuel, Teodoro y el sensible y mujeril Ernesto.

Me salí de la regadera, limpié el vaho del espejo con la palma de mi mano. Me descubrí cansada, pero ya no ansiosa. Tomé su rasuradora y la pasé, línea por línea, por mi cabeza sin despegar la mirada de mi reflejo. Nunca más dejaría a mi pelo crecer.

Puntos de venta