Bibliotecas ajenas

Dinesen, provincia de Salta

Javier Vargas de Luna

Los espacios abiertos en la terminal de Asunción, anchos como un parque público y ruidosos como cualquier mercado tropical, buscan algo de aire fresco en este martes de voces bilingües. Y ahora mismo, cuando ha comenzado a circular la brisa entre las mangas cortas de la espera —¡gracias a Dios!—, paso de largo frente al kiosco de revistas usadas, periódicos nacionales, golosinas de ocasión y las omnipresentes galletas Ritz que tan mal llenan el estómago del viajero. Allí, en el primer sudor de las mañanas paraguayas, ha picado mi curiosidad el manoseado ejemplar de Memorias de África mientras el tendero, como todos por aquí, de gesto amable y afectada sencillez en las palabras, no ha querido retroceder en el precio único de todos los libros, señor mío. En un viaje de larguísima tirada hasta la ciudad de Salta, me deshago pronto de los últimos cinco mil guaraníes de mi cartera, sin distraerme, al menos ya no tanto, con las menudencias del instante: café sin azúcar, “chipas” que saben a queso y a mandioca, también una botella de agua fría, por favor, y tengo ganas de un cigarro, sí, mejor ir al baño antes de abordar y al final he invertido los últimos minutos de mis ojos abiertos en cotejar las novedades verbales del acento asunceno antes de guardar el libro de Dinesen en mi saturada mochila de piel.

Al final, vaya trayecto hasta Argentina, traqueteos de mal sueño a bordo de un autobús de dos pisos del que ya se anuncia su próxima salida mientras busco entender, de una vez por todas y de la mejor manera posible, aquí, con el ajado ejemplar de Isak Dinesen en el equipaje, que las buenas bibliotecas también están hechas de títulos postergados. De hecho, un título intacto es un automatismo necesario en el domicilio de cualquier lector que se respete, y la virginidad de sus páginas trasciende como el deliberado accidente de un futuro que algo tiene de vigilia conocida y otro tanto de alfabeto de la sorpresa, ¿no es cierto? Yo no sé cuántas veces habré deambulado en casa frente a otros volúmenes de Dinesen —Cuentos del invierno, Anécdotas del destino—, sin siquiera hojearlos, sin sentir necesaria la materialidad de sus forros o sin abrirlos como al desgaire para jugar en su interior a los tesoros encontrados. Pero sé que están allí, los requiero en el inventario de mis afanes, son como expectativas de la inminencia, como aventuras aplazadas entre a las urgencias de lo cotidiano, lo cual equivale a decir que me son indispensables para la organización de los asombros.

Por si esto fuera poco, en el escenario de aquel kiosco de revistas, en una muy singular estación de autobuses, Memorias de África me ha hecho caer en la cuenta de la “filosofía de la víspera” que completa el acto de la lectura. Tal doctrina quizás podría explicar el vigor que, desde las desidias transformadas en curiosidades, hacen que un libro perdure y sobreviva entre los ignorados estantes de lo cotidiano. La sociología de la literatura, tan dada a fabricarle corsés teóricos a los hechos literarios, y tan alejada siempre de las coordenadas emocionales en sus postulados, debería proponernos algún concepto que permitiese conjugar las sospechas de un título con la fortuna de su descubrimiento, inventarnos una noción que supiera reconciliar nuestras aprensiones de lectores canónicos con los episodios más fortuitos de un hallazgo editorial. Y a las once de la mañana de todo esto, casi al salir de los sofocos de Asunción, he concluido ya que una verdadera biblioteca, más allá de sus dimensiones y de las casualidades que insinúa, trascenderá en tanto que vértice del mundo —de cualquier mundo y de cualquier mirada—, sólo si exhibe una condición de inacabada, y, asimismo, solo si su propietario sabe renovar el olvido de sus títulos.

Por lo demás, la primera escala estuvo hecha de pocos kilómetros hasta la ciudad de Formosa. Desde allí, a Resistencia, aún tranquilo, fresco de esfuerzos y con charla amena junto a la timidez de una estudiante de ciencias químicas, muy argentina, ojos de mar tranquilo, grises de un azul muy tenue, tendría veintitrés años, más o menos, y viajaba de regreso a sus calendarios universitarios en Buenos Aires. Después comencé a perder el aliento, el tedio de las horas, el mal sabor de boca y la impaciencia de no haber comido casi nada. Los retenes de la policía hicieron más desagradable el asunto y yo sé que no era el único, que a mi alrededor había contrariedad, mal rollo, incluso alguien levantó la voz en porteño, ¡che!, pero no llegó la sangre al río cuando un quinto grupo de uniformados descendió de la unidad después de revisar nuestros papeles. Al final, la estrechez de los trasbordos apresuró la conexión a Córdoba, todo fue preguntar a tropezones, informarse aquí, no, un poco más allá, desesperación en las palabras, el tiempo justo, sea por Dios, hasta entender la complicada retórica de los andenes y el cambio en la compañía de autobuses.

En el asiento de mis desganos, al amanecer —mira que preferir todo esto a la comodidad de los aeropuertos—, frente a la ventanilla de un sol tempranero, hicieron su aparición algunos paisajes montañosos, las resquebrajaduras de una colina o los horizontes secos y deslumbrantes que nutren palabras como cordillera, serranía, altura, cima, cumbre o prominencia. Son momentos rocosos que a veces exhiben el ornamento de una verdura incipiente, matorrales y algarrobos en estado de extinción o en actitud de resurgimiento. Los acentos también habían evolucionado un poco, ya no eran del todo argentinos en los susurros, había cierta confusión en las sílabas finales, inflexiones que de repente asestaban codazos de nacionalismo, porque son de aquí, porque siempre lo fueron, qué duda cabe, aunque dicho español suena distinto, es mucho más ligero, menos caudaloso entre los requiebros del italiano que se sospecha como telón de fondo.

Después de pasar sin pena ni gloria por San Miguel de Tucumán —¡por supuesto que pensé en ti, Mercedes, al mirar el BIENVENIDOS de un letrero enorme!—, el penúltimo autobús de mis fastidios me depositó en Güemes, poblado de nombres idénticos a la ciudad más filosófica de mi estado natal, y ya eran casi las nueve de la noche del día siguiente. La hora exigía comer algo sólido en los puestos de viandas, por fin dos sándwiches de milanesa y agua mineral y luego comprar el final del trayecto en un tablado donde don José fue tan amble en los muchos años de su camisa limpia. Al abordar el Flecha-Bus de las diez y media, incluso me habló de los cincuenta kilómetros de recorrido, más o menos, cosa de nada, decía, pero es que después de un día y medio de motores en el alma cualquier centímetro resulta tormentoso, don José…; así es como deben sentirse los últimos metros en las rodillas del corredor, estoy seguro, aunque mi ánimo se parecía más a la borrachera del esposo que hoy quiere apresurar la tardanza para que su mujer, hecha de zozobras a medianoche, lo reciba un poco menos intransigente.

El trayecto incluyó, eso sí, conversación sobre futbol con aquel maestro albañil que volvía de Metán, allá donde un padrecito de dinero insuficiente quiere remozar su iglesia a precio de nada, habrase visto, pagar con indulgencias plenarias, y uno, qué sé yo, a comer bendiciones; la honestidad de su ojeriza es agradable, encanta su indignación a prueba de infiernos, hecha con gestos de quien arrastra décadas de trabajo duro en el cuerpo. Después, claro, regresamos a los goles históricos en la oscuridad del pasillo, de Messi a Leopoldo Jacinto Luque y de Kempes a Diego Armando Maradona, y al descender me ha ofrecido un aventón al hostal, sobre la calle Juramento, cuánta amabilidad, porque su primo vendría a buscarlo en una camionetita de otro siglo, por allí debería estar ya, seguro que no se olvidó. Antes, claro, había partido de la Copa Libertadores, los minutos finales del River Plate en una estación de servicio, ¡victoria en tierras brasileñas!, y aunque me gusta estar aquí, he mirado la televisión con la mansedumbre del agotamiento y terminamos pronto la única cerveza posible antes de penetrar en la madrugada de Salta. Fresca y con poco movimiento a esa hora de las noches de junio, en la desnudez de mis manos reconozco el clima frío de las ciudades de altura, y, de haberlo sabido, no lo hubiera molestado, porque mi alojamiento estaba allí mismo, a tiro de piedra, a menos de cuatro calles en línea recta desde el distribuidor vial que conduce a la terminal de autobuses. No cabe duda, el que no conoce como el que no ve, y enseguida he agradecido la generosidad.

A primera vista las construcciones en el centro de Salta imponen un rostro colonial. Aunque parecen antiguas, lo son, aunque de otro modo: modestas y magnificentes, austeras y admirables, sobrias y deslumbrantes en un solo golpe de ojos mientras me sentía más aletargado todavía, necesitaba dormir, sólo eso, sí, que alguien me abriera las puertas de una cama hasta que la fundación de esta ciudad histórica me aclare los siglos de sus calles, los estilos de sus casas bajas, la evasiva imagen de la farola que anuncia un suelo acaso hecho de adoquines. La hora ofrecía cierta claridad en los detalles, celosías de buen gusto a la luz de una luna muy despejada, estrellas cercanas y casi al alcance de los ciegos, portones que vigilan la sospecha de zaguanes  y conventillos y un muro encalado que acompaña la memoria de mi arribo con un mensaje agonizante y clandestino, escrito para decir mucho y también para ocultarlo todo: “Diego, lo hice por ti”.

A la mañana siguiente, al levantarme con esas palabras en la mollera, he comenzado a escribir que extraño la seguridad de mi recámara, mi mundo más tranquilo, el refugio insuperable de mis aburrimientos conocidos. Así somos todos en el primer amanecer de cualquier viaje, cuando se impone la ducha en un baño ajeno y sentimos la obligación de descubrir la novedad del universo. Lo mejor sería un buen suéter antes de bajar al café caliente en la cocina del hostal, y frente al administrador lo entiendo todo sin gestos de complicidad, todavía no, es demasiado pronto para la conchabanza: se llama Diego y es jovial, muy delgado, formalísimo de modales, parece una marioneta de cartón limpio, un metro ochenta y cinco de estatura, ¿treinta años?, intenso como la camaradería de larga data y también un poco tiquismiquis, serio donde no debe y solemne al fruncir el ceño entre palabras que apelan a la risa más que a la etiqueta. El día de mi despedida, cuando lo descubra mostrando el tatuaje de su antebrazo a dos turistas inglesas —“amar es ser uno”, dicen las letras leídas en voz alta por una de ellas—, volveré a pensar que Diego ha aprendido a ser agradable, a toda hora y en todo lugar, lo cual no lo convierte en una mala persona, quizás tan sólo en la máscara de sus obligadas complacencias.

Sin excusa ni pretexto, lo primero sería ubicar un internet público o dejarlo todo para más tarde si acaso sobre la calle España hay un galpón de libros viejos donde un hombre mayor me informará de los “bibliópatas” del pueblo —así los llama él, don Mariano, quizás para darle fuerza a las manías más provechosas de los lectores locales—. Apunto los nombres, las direcciones, los teléfonos, gente interesante, sin duda: un geólogo universitario, un platero de fama mundial, un montañista…, en especial este último, ¿cómo lee un espíritu hecho de acantilados? Quizás ése sea el margen que me permita entender las dinámicas de la lectura en unas calles donde se percibe olor a desayuno entre rutinas escolares y la velocidad de mozos que acarrean sus cafés por las aceras, bandeja de mano en alto, tazas y azúcar en perfecto equilibrio, pantalón oscuro, camisa blanca con pajarita al cuello, todos expertos en sortear los obstáculos peatonales de la primera hora del día.

Después de meditar por enésima vez en los márgenes de lectura recién descubiertos en Salta —un platero, el geólogo, ¡aquel montañista!—, quisiera sentarme a mis anchas en esta Plaza 9 de Julio. Mañana iré al antiguo edificio del Cabildo donde se exponen imágenes sobre la historia de la provincia, y me agradará tanto porque todo es rédito y buen provecho en la curiosidad. Muy cerca de allí, del otro lado de la plaza, aún hace un frío de pocos grados centígrados, está el Centro Cultural América y el Museo de Arqueología de la Alta Montaña (MAAM) donde la semana próxima gastaré una de mis últimas jornadas cotejando leyendas, recorriendo vestigios, admirando cerámicas y grabados y utensilios diversos y fotografías aéreas de cumbres inaccesibles. Leeré, asimismo, las estadísticas de los picos más elevados de la zona, los mapas de la ruta del inca —Qhapaq Ñan, en lengua quechua—, y de reojo no miraré la momia de una niña, aquella hija sacrificada, doliente, de carne conservada, reliquia central de una exposición donde la protohistoria de Argentina se disuelve y se prolonga en las antigüedades de Bolivia, Perú, Chile y Ecuador.

En la esquina de Caseros y Córdoba está la Iglesia de San Francisco donde una generación de enfermeras asiste a una misa de fin de cursos, todas de blanco, cofia impecable, capa oscura —así debió vestir Florence Nightingale, digo yo— y la disposición de los muros y de las columnas tienden a lo barroco, con la torre exenta de su campanario pintada en color magenta. Por la tarde quisiera subir al teleférico y desde el San Bernardo mirar todo esto, aunque lo de hoy es caminar al mercado artesanal para caer en la cuenta de que Salta es una arquitectura colonial que quizás se presiente tardía respecto a lo que la palabra “virreinal” provoca en la memoria hispánica. Las plazas tienen sabor a siglos no muy lejanos y sus diseños poseen una ordenada respiración de bancas y arriates entre monumentos que voy descubriendo al paso de los días, como aquel dedicado a Carlos Gardel en el Parque San Martín o la efigie del virrey peruano Francisco de Toledo en una plazoleta cuyo nombre no termino de asimilar. Quisiera ver el detalle de tantas cosas, muchas calles, salir del centro y correr el riesgo de sus periferias y qué bien se come en los mercados de la ciudad, sobre todo en el de San Miguel, casi esquina con Ituzaingó, unas empanadas de poner el grito en el cielo y mañana serán milanesas napolitanas. La comida por aquí siempre es copiosa, abundante de carnes y de sabores; en las tascas locales se consumen asados de dar envidia junto a vinos nacidos a mil ochocientos metros de altitud, a veces un poco más, dos mil metros, beber para creer, porque aquí cualquier cosa se mide con exageraciones de cúspide, la uva cosechada por todo lo alto, la miel de la abeja llamada “moro-moro”, incluso la lectura, y entonces regreso a la inquietud, tal vez buscar al geólogo, visitar el taller del platero, o sólo charlar con un montañista eterno: ¿cómo se lee en el último umbral del aire?, ¿cuáles son los textos de cabecera de las nubes?

Lo he contactado, a don Enrique, y, mientras llega la hora, mejor distraerse, memorizar en estas líneas el rostro de la basílica, esta fachada de colores que hacen pensar en San Cristóbal de las Casas, aunque de atmósfera menos añeja. Quizás España ya se había alejado lo suficiente de la fundación de Lima y Nueva Granada, de México y el Caribe, y la experiencia de una geografía menos iniciática permitió nuevas liberalidades en la construcción de la ciudad de Salta. Sea que sí o sea que otra cosa, lo cierto es que la susodicha catedral resulta más intensa por la noche, cuando los juegos de luz provocan milagros pasajeros en la simetría de sus torres, tres arcos romanos y un ábside constituido en punto de fuga ante la perspectiva de puertas abiertas que se ofrece al transeúnte. Por cierto, hoy he charlado con el padre Patricio Ocampo, autoridad superior de la basílica; vaya sorpresas, parece estar emparentado con Victoria Ocampo, ¡la fundadora de Sur!, y ya de paso con su hermana Silvina, la mujer de Bioy Casares. Con una dulzura bien aprendida, me ha negado el paso a los libreros del curato, porque no, ellos no tienen tiempo, los sacerdotes estamos tan ocupados hoy en día, a quién se le ocurre leer con tanta necesidad que nos rodea —no lo dijo así, pero en espíritu tal era el contenido de sus respuestas—.

Los días aquí son fríos en el mes de junio, es menester repetirlo, y en las heladas esquinas del hostal cae un sol frágil que llega pronto al alma para heredar la confianza de que la temperatura ha de cambiar al paso de las horas. En algunas calles hay vigencia de los Andes en los puestos de tejidos, mujeres humildes cociendo ponchos, gorros, guantes de grecas indígenas y pantuflas ideales para las celliscas o los ventarrones —en mi pueblo se les dice “pantunflas”, así que lo mejor sería nombrarlas aquí como babuchas, escarpines o solo cacles de andar por casa—. Hoy me ha cansado pronto la calle Balcarce, su intensidad de bares y de comercios usurpados por el turismo extranjero; es una constante en las ciudades coloniales, qué se le va a hacer, y en silencio condeno a los habitantes de falansterios new age que se instalan en Antigua lo mismo que en Oaxaca, en Cuenca y Cusco y Sucre y Cartagena y San Juan y aun en La Habana, y cómo, ¿cómo se lee una novela a cuatro, cinco, seis mil metros de altura? Vaya experiencia, aunque, para lo que ocupa decir aquí, Salta es tan dual como cualquier otra ciudad latinoamericana porque algo tiene de lugar amable entre calles a punto de la prosperidad lo mismo que de mundo descuidado en barriadas al borde de la protesta social. Sin quererlo, como un golpe bajo en la conciencia que la realidad urbana va heredando, entiendo la estrategia más conocida del establishment latinoamericano: embellecer los espacios de la riqueza histórica para deslegitimar la crítica hacia sus egoísmos sociales —perdón por este lapsus que no quiso parecer tan panfletario—.

Por fin, por fin he obtenido respuesta de don Enrique, el montañista de setenta y dos años, según me han dicho, y tomaremos un café en el Mónaco hacia las cuatro, en el centro de Salta. ¿Cómo se aborda una página entre punas recién conquistadas, a mano derecha de abismos y de celajes? Siento entusiasmo en la escritura y en la espera, sí, resulta increíble sospechar la pasión de un lector transustanciado en andinista, pensar en la salvaguardia verbal de sus tesoros de montaña y en las anécdotas de lobo solitario cuya experiencia de un libro, de cualquier libro, se diluye en una vida hecha de cumbres. Ya casi es la hora, y entonces aprovecho para tomar nota de que Salta es una región que anuncia transiciones entre el Valle del Chaco y los miles de metros de elevación en los que la lectura se atreve a reinventar el destino influida por el aire de sus sistemas montañosos. Sin poesías ni metáforas innecesarias, en la memoria de las portadas de don Enrique todo debe de resultar abismal y, asimismo, prominente. Y como nunca antes desde el inicio de mis andanzas sé que la pregunta, perfeccionada al paso de los leedores descubiertos y de los leyentes encontrados, no debe hacerse con miedo sino con parsimonia: ¿cómo se vive una página a la mitad de un vivac o asimilado al miedo de un descenso que se presiente imposible?

Nacido en La Quiaca, provincia de Jujuy, su origen está por allá, en la última frontera con Bolivia, cerca de Villazón, Tarija, Potosí y Santa Cruz de la Sierra, ciudades todas que recuerda con un mirar extraviado en las cuatro de la tarde de la plaza central. Dicha región andina es el código postal de su primera memoria, y fue allí donde los Andes comenzaron a metérsele en el cuerpo como destino anhelado y también como vida posible. De hecho, su conocimiento casi natural de la cordillera lo hizo sospechoso durante la dictadura de Videla, finales de los años setenta, y  tuvo que exiliarse, salir del país, pasar algún tiempo en Chile, otra vez en Bolivia, también en el Ecuador. Los regímenes totalitarios, lo sabemos, son capaces de politizarlo todo, aun el ascenso al Aconcagua, el Pissis, el Mercedario o el Bonete, todos con más de seis mil metros de altura. Por lo demás, era de esperarse: en un montañista es constante la necesidad de los caminos secretos, las rutas salvadoras y los pasos desconocidos, imágenes todas que comparten parcelas semánticas con las ideas de clandestinidad, huida o levantamiento. De repente me entusiasma su recuerdo del Cotopaxi y la ruta de los volcanes ecuatorianos, cuando, de regreso a casa, su vuelo fue desviado y aterrizó en Santiago de Chile el once de septiembre de 1973. Fue la tristeza de una semana de espera, larguísima, parando en hoteles de mala muerte, cualquier alojamiento era un suplicio, y en la timidez de sus paseos todo era confusión y desabasto, escasez de víveres, se veían filas enormes para comprar lo que fuera mientras poco a poco los militares se iban adueñando de todo. Desde entonces el Cotopaxi le sirve de orgullo en la añoranza, estoy seguro, porque su afición por las cimas le permitió entrar en los libros de historia, ocupar su triste sitio de privilegio en un capítulo extraordinario, espontáneo y trascendental en América Latina.

También fue caminero por la zona del Brasil, aunque lo suyo de hoy, por la edad y los afectos, es el senderismo. Su gran pasión por la naturaleza conduce la conversación, sin clichés ni estereotipos, hacia las sabidurías del campesino y su irrefutable capacidad para llegar al corazón de las cosas —de todas las cosas, ataja don Enrique, y yo le creo, claro que le creo, por ese portazo de contundencia final con que cierra cada una de sus evocaciones—. Después hablamos de su niñez, los trabajos en un supermercado, y ya para entonces la montaña le servía de refugio, aunque al principio sí que padecía el mal de altura, se mareaba un poco, hay que reconocerlo. En el interior de lo dicho se perciben los esfuerzos al expugnar una cresta, su lugar más seguro en el mundo, espacio en el que también aprendió los secretos de la adolescencia y de la pubertad. Allí mismo había de hacerse mayor, cuando conoció a Patricia, madre du sus hijos, también amante de las alturas; fue un matrimonio de veinticinco años hasta una muerte inconcebible, en la cordillera, al cruzar un puente natural sobre la puna, y ella resbaló y cayó y otra vez, se llamaba Patricia mientras don Enrique me mira, guardamos silencio, un silencio de hombres que saben doler en silencio y yo sé que he deambulado por algo único e inesperado y que ahora son necesarios varios minutos para recuperar el aliento, acaso encender un cigarro, quizás ordenar otro café, antes de seguir adelante.

Pica mi curiosidad la confianza de los montañistas en el valor de la palabra, son como seres esenciales, especie que habita en la honradez filosófica de la primera respuesta a todas las preguntas. Les basta con mencionar, por ejemplo, su conquista de tal o cual escarpadura para saber que es verdad, que las mentiras a tantos metros de altura son menos que imposibles. Además está el llamado “libro de cumbre”, oculto en los picos más inaccesibles; es necesario encontrarlo para inscribir el nombre, vaciar un pensamiento, acaso plasmar un estado de espíritu en el papel antes de iniciar el descenso. A pesar de todo, en fin, la condición humana, ya se sabe —me explica don Enrique—: la mentira es patrimonio de la vanagloria, y, aunque pocas veces sucedía, es entretenida la historia de una anciana local cuya edad le permitía juzgar la verdad en el alma de cualquier andinista. Cosas del gremio de los que suben y bajan de los muros de hielo, porque aquella mujer imponía un examen de veracidades, amén de que su dictamen inapelable significaba el último desafío del escalador; por ello, era indispensable cargar la voz con los paisajes más sinceros, darle a la versión del ascenso la tonalidad de maravilla más correcta sin perder nunca el matiz del miedo durante el triunfo final sobre los agotamientos.

Alguna vez ya lo había pensado, él mismo, que la montaña sería siempre un buen sitio para los libros, un ámbito que potencia los contenidos. Pasó muchas noches agazapado, luz de una lámpara de mano en el campamento, leyendo, transitando a miles de metros de altura por sus libros de cabecera, biografías selectas, antologías poéticas y novelas históricas. A menudo los compañeros le reclamaban su falta de sueño —¡ni duermes ni dejas dormir!, le gritaban—, y camino a su casa recupera el humor de su baja estatura, es regordete don Enrique, mientras me asegura que nada como la soledad del primer cielo para entender cuando una página ha sido escrita para nosotros. Seguimos adelante, pausados, por las calles de Salta, provincia de Salta, y entramos al comercio de su hijo, artículos de montañismo, excursión, sogas, impedimentas, chompas, ropa térmica, tenía que ser, y arriba de su auto comprendo que don Enrique es una de las pocas personas que ha entendido, en el terreno corto de las pocas palabras, lo que significa abrirse de capa con sus libreros. Implica, sobre todo, la posibilidad del juicio sumario pues en lo que se lee hay tanto de lo que nunca dejaremos de ser, o, si se prefiere, hay un sello imaginario que descifra nuestros anhelos con las claves de una frustración inesperada. Entrar a bibliotecas ajenas es un acto de generosidad tanto como una intromisión, es darle literalidad —y también “literariedad”— a la vida de nuestras premeditaciones y también a la de nuestras posibles alevosías. En fin, es una reivindicación escritural para “inesperar” la sorpresa de lo que somos, y entonces llegamos al domicilio familiar...

Tantas cosas pasan en silencio al entrar en la casa de su madre, su domicilio de juventud, frente al estadio de futbol del Club Gimnasia y Tiro, con un perro de pelaje festivo que se llama Orco —“cerro” en lengua quechua—, y de inmediato saco el cuadernillo, recupero los forros, cotejo varias ediciones y analizo los pies de imprenta. Es un hogar de los años sesenta, quizás un poco anterior, cocina de mampostería, con la limpieza hispánica de los pisos de azulejo y los techos altos acompañados de muebles hechos en la más honrada de todas las medianías. Allí está, de inmediato, la infaltable colección de clásicos Salvat que tantas veces he descubierto en otros estantes, y lo primero que recorro con detenimiento es la biografía novelada de Balzac, escrita por Stefan Zweig, vaya sorpresa. Hay otras más canónicas, como la de Martín Lutero: un destino, de Lucien Fevre; En busca de Marcel Proust, de André Maurois. Con un ejemplar de adquisición reciente, Julio Cortázar, la biografía, de Mario Goloboff, da gusto saber que estas repisas siguen vigentes en la posibilidad de nuevos títulos. De fácil deducción en los estantes de un andinista mayor, como don Enrique, son casi todas las entregas del Sandokán, de Emilio Salgari: Los tigres de Mompracem, Los misterios de la jungla negra, Los piratas de la Malasia, El rey del mar y varios más. En sentido inverso, saltan a la cara los libros de poesía que descubro entre autores de culto y sucesos editoriales de otra época: Poesía lírica del siglo XIX, de España a Hispanoamérica; después, algo de Leopoldo Lugones y Amado Nervo, también de Manuel Acuña, y al final hojeo un volumen con la Poesía completa de Núñez de Arce cuyos versos me hacen pensar —no me pregunten por qué— en aquel otro poeta de trincheras, Charles Péguy, quien también hace acto de presencia en casa de don Enrique.

El censo de unos anaqueles, profundos y juguetones, aventureros lo mismo que juiciosos, me aclara las edades y las aficiones del montañista, sus eras geológicas más íntimas así como sus cambios de signo emocional. Sin embargo, lo mejor de lo mejor es comprobar que nunca se ha deshecho de ningún título mientras concluyo el inventario con El solitario de Guy de Cars, La romana de Alberto Moravia, Noticia de un secuestro de García Márquez, Ivanhoe de Walter Scott, Amazonas, un mundo extraño y La atracción de la selva, ambos de Eduardo Barros Prado. Por último, cotejo la edición bilingüe de El mexicano de Jack London, Atala, René de Chateaubriand, El topo de John Le Carré, Oscar Wilde y El retrato de Dorian Grey, y más, mucho más, hasta llegar a las Memorias de África, de Isak Dinesen... Don Enrique se protege ahora de mi curiosidad, porque no, tampoco él lo ha leído, y hablamos del asunto y de alguna vez llegar a vivir en todos los libros del mundo mientras cerramos la sonrisa con Arenas de Arabia de Wilfred Thesiger, Los sables del paraíso de Lesley Blanch y África misteriosa de Marcel D´Isard —autor de aquella saga de Sissi, reina de Hungría. Todo está en su sitio, en cada repisa lo mismo que en el sistema de coincidencias que organiza mis lecturas de peregrino, porque Isak Dinesen ya es una obligación al regresar a mi hostal, satisfecho y algo cansado. Las tejedoras de ponchos se han ido, las calles son otra cosa cuando dan las ocho de la noche, y otra vez hace frío en Salta en el mes de junio, a 1,187 metros sobre el nivel del mar. Y entonces entiendo, además, que don Enrique también comparte el síndrome de tener siempre un buen libro intocado al alcance de la mano.

En el primer “yo” que despliega la narración de su testimonio, el relato de la baronesa Karen von Blixen-Finecke, escondida detrás del seudónimo masculino de su apellido natal —Isak Dinesen—, exhibe una muy clara sonoridad de exotismo. En efecto, Memorias de África abre su lectura con tesituras literarias que promueven, en forma tal vez inconsciente, una distancia casi olfativa respecto a la recuperación de un pasado en el cual la idea de Kenia pronto habrá de confundirse con la vida real de su protagonista. Por ello, a pesar de que en un inicio recula frente a la realidad evocada, muy pronto dicha postura narrativa se revelará insuficiente en la tarea de recuperar el recuerdo de las colinas del Ngong y de la ciudad de Nairobi dado que dicho desapego provoca un riesgo mayor: disolverse entre los automatismos escriturales de la cosmovisión europea. De alguna manera, el propio género de “las memorias” estaría operando en contra del gran tema del libro debido a que sus retóricas, en ambos lados de la página —en las pautas de una redacción canónica tanto como en nuestras expectativas de lectura—, se intuyen insuficientes para darle a África una vigencia de palabras distintas, de frases y de formulaciones que la liberen mientras la describen.

Diríase, por tanto, que Dinesen despierta pronto a la evidencia de que sólo en la emancipación de los atributos y de las metáforas kenianas se hace posible cambiar el signo de su voz literaria, la cual nunca más volverá a participarnos nada con registros de extrañeza o de incomprensión. Así, la vida en el África Oriental Británica seguirá siendo tantas veces muchas cosas en nuestra mirada: fascinación, asombro, sobrecogimiento, perplejidad, pero nunca más el familiar absurdo de asumirla como destino imposible, o, siquiera, como realidad inalcanzable en nuestra capacidad de interiorización. Al sospechar que sólo mediante tal estrategia podía triunfar sobre los múltiples márgenes inscritos en su condición de terrateniente y de aristócrata y de extranjera —y aun de mujer desierta entre las colinas del Ngong—, el gran desafío de la escritora danesa fue depositarnos en un continente mucho más íntimo.

En consecuencia, la subjetividad de Isak Dinesen debió multiplicarse, sentirlo todo en todo momento, conmoverse a la menor provocación de Kenia para que, llegado el caso, las entrañables abundancias de lo narrado colmasen nuestra necesidad de aclaraciones. Todo ello equivale a proponer que Memorias de África existirá siempre en tanto que lenguaje intrínseco, idioma que transforma nuestra lectura en coincidencia —y, sobre todo, en esperanza—. Diríase, además, que cada párrafo agita su propio subsuelo con el objeto de que el lector aprenda a caminar “a lo keniano” ya que en ello le va la vida en este libro tan colmado de amenazas; dichos peligros nos hacen entender, entre varias cosas más, que ya no bastaría salir de la granja para regresar a nuestro mundo de seguridades literarias donde casi todo es sintonía de lo esperado, o, por qué no decirlo de una buena vez, donde habitamos en la herencia de frases y relatos que buscan engañarnos con nuestras propias palabras. Quizás Dinesen haya entendido desde siempre que su autobiografía era distinta y que distintos tendrían que ser los transeúntes —y también los montañistas— de un texto volcado en su intención de hacernos descubrir que lo africano nos contiene, o que somos una nueva versión de lo keniano, sin falsos romanticismos ni fraternidades de papel.

Volvamos, sin embargo, a la reflexión sobre la lucha por trascenderse de Isak Dinesen en esta obra cuyo título original, Den afrikanske Farm, ofrece mayores asideros en el análisis. Para desnudarse de los ropajes culturales que, hasta hoy, dominan nuestra concepción de lo africano, el texto privilegiará siempre la mirada escénica sobre la panorámica, es decir, se focalizará en las rutinas de la granja sin hacer escala en la consideración general de la vida en el continente. Al alejarse de las perspectivas totalizadoras con que Occidente ha querido inmovilizar dicha forma de “otredad” —y aquí, supongo, valdría la pena citar un poco el Orientalismo de E. Said o el Kim de R. Kipling—, la escritora no tardará mucho en hablarnos de Kenia desde sus demonios seculares y aun desde sus agonías más fundamentales. Pasaremos, así, de una tonalidad global y “eurocristiana” a otra mucho menos abstracta por la vía de ese intimismo infatigable con el que se nos describe la administración de aquella propiedad que absorbió —qué duda cabe— los mejores años de su vida. Y si acaso nos asalta el argumento de que los pasados no son negociables y de que Dinesen es, a pesar de todo, un espíritu europeo incapaz de transustanciarse en los contenidos suajilis, kikuyus o masais, digamos en su descargo que al acercarse como lo hace a las cosmovisiones nativas, el libro se va convirtiendo en un ejemplo de solidaridades primordiales o en un recuento de esperanzas elementales…, y nunca en una reflexión de carácter sociológico.

Valdría la pena correr el riesgo de decir, aquí, que Dinesen nos ha edificado un caleidoscopio de exilios donde Kenia y Dinamarca entreveran sus trasiegos. Si acaso Europa es la primera raíz reconocible del texto, más tarde África hará lo propio mientras una y otra germinarán en la reciprocidad de perspectivas así como en la correspondencia de refugios. Para naturalizar esta “con-fusión” de orígenes y de expatriaciones, la obra nos convence rápido de que ambos mundos han aprendido a escoltar sus vacíos lo mismo que a cortejar sus presencias, lo cual, en una perspectiva general, hace más sólida y transparente la dualidad de los elementos que pueblan el texto. Tal es el caso, por citar rápidos ejemplos, de la noción de asilo y la de procedencia, lo mismo que las ideas de nacimiento y destino, de pérdida y refugio, de restitución y exilio. La ciudad recuperada por Dinesen en Memorias de África —tanto como la de cualquiera que haya deambulado por la experiencia de la transmigración—, se ha movido de su lugar para decirnos que palabras como “destierro” y “tornaviaje” son algo más que sinónimos posibles: son anhelos paralelos en cuyas cavidades semánticas el “haberse ido” equivale también al “estar regresando” y viceversa, dado que reintegrarse al origen implica también haber partido alguna vez.

Al entender, entonces, la dualidad de los diccionarios que habitan en la casa de las palabras de Isak Dinesen, nuestra lectura transforma su libro en un mosaico de vísperas donde la noción de huésped también se ha deslizado hacia la del anfitrión —y otra vez viceversa—. El efecto producido es el de comprobar que en las habitaciones más íntimas del Ngong confluyen todas las distancias geográficas, bastantes filiaciones religiosas y muchas categorías ideológicas, lingüísticas, étnicas y filosóficas. En este orden de reflexiones, en los privados salones de la granja se concitan países y se intersectan continentes, como si alguna gran liga de naciones quisiera emprender el regreso a una raíz común en las mesas de la memoria de Dinesen. Así es como sus comedores reciben los ecos de Alemania, las resonancias de Bélgica, las noticias de Dinamarca y las voces de Estados Unidos, Francia, India, Inglaterra, México, Noruega, Singapur, Sudáfrica, Suecia y Suiza. Lo mismo podría decirse en el renglón gramatical, donde, sin traducciones de por medio, en forma constante son depositados sintagmas en suajili, kikuyu, alemán, francés, griego, latín, italiano, danés —sin obviar el español en esta traducción que ha pasado por el inglés antes de llegar a mis manos—.

La mezcla de lenguas y de ciudadanías anuncia lo mejor que un libro así puede ofrecernos: su inclinación natural hacia la fantasía y, por partida doble, ese aliento de imaginación asumida que recorre las dinámicas sociales cotejadas en sus páginas. Las añoranzas de la escritora nos entregan un mundo cuyos habitantes son capaces de hacerle un espacio tangible, verídico y contumaz, a la ficción, venga de donde venga, de Shakespeare o de Rabelais, de D´Artagnan o de los cantos en lengua nativa, de Henry Ibsen o de varios pasajes de la Odisea. De igual forma, las Fábulas de Esopo se mezclarán con el folclor local mientras Lord Byron preludia la llegada de Racine y éste, a su vez, anuncia a los hermanos Grimm. En el personaje del viejo marinero que aparece en la obra de Dinesen cobran resonancia Las mil y una noches —recordemos sus historias sobre la lluvia de oro, los peces invisibles y el día de los tres soles—. Tantas cosas pueden ocurrir en el Ngong gracias a que sus moradores poseen un espíritu capaz de maravillas, viajan de Aladino a los pasajes del Corán y de las “licenciaturas en brujería” a ciertos libros de la Biblia, sin herejías ni culpas de ninguna índole. Aquí los hechos poéticos serán siempre tan visibles como el cuerpo en que se anidan y tan palpables como los labios que los comparten. Por ello, es menester decirlo, no hay nada que apele en estas páginas a una exaltación de la credulidad de nadie, sino, por el contrario, en la granja se admite que la fantasía es algo tan indispensable como cotidiano.

Por otro lado, también queda claro que Memorias de África abre la puerta hacia una especie de “utopismo”, no a la utopía en sí misma, sino a una elaboración más o menos teorizada que sugiere los traslados civilizatorios para posibilitar nuevas eras de progreso y abundancia. Al mismo tiempo, sus páginas están impregnadas de un cierto “milenarismo” con ese halo de fin del mundo que se desprende de las concepciones bélicas de Kenia y de su inserción en las noticias que van llegando de la gran guerra en Europa. Todo ello, de alguna manera, encuentra resonancias en otros libros nórdicos contemporáneos que, aunque diferentes en su signo narrativo, exudan también la lucha y la conquista de la tierra como piedras de toque en la edificación de las felicidades sociales —pensemos en Paraíso reclamado de Halldór Laxness y La bendición de la tierra de Knut Hamsun—. A veces, incluso, Dinesen se atreverá a hacer teología desde la mirada nativa, portadora, como ya se dijo, de una gran capacidad simbólica, antes de concluir que su granja del Ngong es un espacio donde la historia de la evolución ha entrado en reposo. En este paréntesis mítico-histórico de una colona danesa establecida en el África Oriental Británica, el libro surge como diatriba en contra de aquellas filosofías que impiden la combinación de todas las edades en cada uno de nosotros, tal y como parece suceder en Kenia. Lo que es más, este texto sabe que la granja le es necesaria para explicar que África nos representa en tanto que saldo y balance de todas las eras y de todos los periodos: aquí se compaginan la época de la oralidad con el uso de la tinta mientras la improvisación del juglar convive con el advenimiento de una máquina de escribir. En suma, si acaso pudiera designarse éste como un libro de utopías, habría que apuntar hacia esa vorágine histórica que, al compendiarse en los habitantes del libro —tanto como en el alma del lector—, produce el sueño liberador de nuestra propia “transhistoricidad”, esto es, de una forma más íntegra de estar en el tiempo, de una memoria sin dimensiones impracticables, o, si acaso fuera posible decirlo así, de una eternidad menos eterna.

En un género tan complicado como el de los relatos autobiográficos, el libro afina la profundidad de su melancolía para retener los detalles de una época perdida. En su tejido narrativo el cambio e intercambio de voces y de raíces exhibe la intención de hacernos sospechar lo que para Dinesen significó transitar y fundirse con la realidad histórica de un continente ajeno. Y así es como se deriva uno de los últimos mensajes del libro, ése que ha construido la certeza de que África no fue nunca un remanso de paz antes de la llegada de Europa. En las ironías históricas que se derivan de toda trasposición cultural, Europa no vino a pacificar nada sino a hacer suyas nuevas formas del odio. Al pensar en todo ello, se hace casi obligada la mención de Ngugi wa Thiong’o, escritor en quien se compagina una Kenia en sentido inverso a la de Dinesen y que, tal vez, la convierte en un hecho complementario; títulos como The River Between y, sobre todo, Weep no child, terminan de darle lucidez a las fibras de un mundo que, pese a todo, Memorias de África no siempre supo revelar con todas sus palabras.

Y casi en las páginas finales, cuando la narración se muestra fatalista y Dinesen ha decidido vender la granja y regresar a Europa, siento ganas de conocer Cafayate, la Quebrada del Toro, quizás integrarme a los grupos teledirigidos de turistas que visitan las cavas, los paisajes, las viñas y sus bodegas. Sobre todo, quisiera ver el camino, esa carretera que recupero de alguna cinta de Damián Szifrón. En el cansancio de mi última jornada, sin embargo, prefiero seguir leyendo, regresar al Café Mónaco, despedirme también del geólogo y del platero y más tarde toparme con el Museo-Casa Arias Rengel donde hay una exposición titulada “Los wichi pintan su mundo”. Me encanta ese cuadro, “La algarrobada”, lluvia de árboles trascendentales, y el homenaje que se rinde a Litania Prado, artista de dicha cultura, mujer única, oriunda de Misión Chaqueña, Departamento General José de San Martín, siempre en la provincia de Salta. Los pequeños carteles que acompañan cada pintura me sonríen entre los descuidos de una ortografía que, a pesar de sus errores, deja saber lo necesario: los wichi constituyen una de las etnias más importantes de la región, descienden de cazadores y recolectores que habitan desde hace miles de años en el ambiente chaqueño. Si entiendo bien los colores que tanto me van gustando, en esta cultura la creación del mundo está asociada con el origen de la mujer, y se habla del arcoíris y del rey de los pájaros y de las enseñanzas de su héroe Tokfwaj. La mujer, origen de todas las metafísicas, viene a empujarme de regreso a Karen Blixen mientras en silencio comprendo que la ciudad, la granja, la montaña, la literatura —¡y también las bibliotecas! — son ideas atravesadas de un signo de maternidad. Acaso allí pueda explicarse nuestro eterno afán de regresar a ellas, de reintegrarnos en su seno en tanto que habitantes, andinistas, recolectores, y, sobre todo, en nuestra mágica filiación de lectores. Puede ser…

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