BIBLIOTECAS AJENAS

Cartagena y un café en Costaguana

Javier Vargas de Luna

Con el cerro de la Popa y el convento de La Candelaria y también el Castillo de San Felipe al alcance de la mirada, las mañanas comienzan aquí con un sudor tempranero. Antiguo sector de esclavos y sirvientes, Getsemaní aún defiende su personalidad de barrio histórico mientras se presenta al visitante detrás de los rústicos letreros que anuncian una colmena inacabable de bares y chiringuitos, amén de los carteles y de las leyendas en los hostales new age que tanto provecho le sacan a los trazos cualquier ciudad colonial, como Cartagena de Indias, mundo de ventanas enormes y de plafones al alcance de la mano. En la parsimonia de zaguanes siempre abiertos a la curiosidad del peatón, los barnizados pórticos de madera maciza concentran la mirada en los aldabones y no es disparatado pensar que sus figuras de bronce están allí para distraer la posibilidad de los robos. Sin espejismos de turista esporádico ni utopías de viajero autosuficiente, es difícil no hacerse pronto a la humanidad de las mañanas en esta ciudad canicular, justo cuando la silueta del campesino de raza negra empuja su carretón de frutas limpias bajo un sombrero de ala interminable y ese letrero que filosofa en el amanecer de cualquier jornada: “si trabajas para vivir, ¿por qué te matas trabajando?”. Por la tarde, las familias locales asoman el rostro de músicas a todo volumen, y ya son las seis, casi las siete de la noche, y entonces se instalan puestos de comida y juegos de mesa en las esquinas; para el visitante que ha sido educado en la distancia de las voces o en la prudencia de los paliques, llaman a risa los gritos de complicidad alrededor de los tableros del “Parqués” —el llamado “Parchís” o “Parkasé” en otras regiones de nuestra lengua—. Así es Getsemaní en Cartagena de Indias, todos los días calorón corrido, entre paseantes de lenguas exóticas y cantinas de horarios trastocados que cierran sus puertas al amanecer y las abren al inicio de la noche.

Mis primeras caminatas por Cartagena me han dirigido al azar de la Calle 25 hasta desembocar en la Plaza de los Mártires. Al parecer, el lugar ha cambiado de nombre varias ocasiones: ¿Camellón de los Mártires?, ¿después Plaza del Centenario?, ¿alguna vez Plaza de la Independencia?... No estoy seguro de nada, resulta imposible sujetar el detalle de las cosas, a causa del bochorno que todo lo invade o por culpa del policía que me invita un cafecito —un “tintico”— al observar lo impropio de cubrir el consumo con un billete así de gordo frente al vendedor ambulante, habrase visto semejante despropósito de mi parte… Hermanados en el sofocón de la hora, sentados sobre una banca de sombras insuficientes, el oficial aprovecha para explicarme los horarios del peligro y las geografías de la precaución fuera del casco viejo de la ciudad. También, y siempre a contracorriente del calor, me informa de un cabo, colega suyo, amigo entrañable, famoso por su amor a la lectura y recién emigrado a la ciudad de Bogotá, lo cual me impedirá conocerlo porque yo no he venido a Cartagena para terminar en la capital de un país tan variopinto, ciudad de ciudades y casa de muchos acentos, porque Medellín es otra cosa, y lo mismo Cali, Neiva, Pereira o Barranquilla. Charlamos un poco más con carcajadas de amistad añeja mientras poco a poco la plaza se llena de mesas con sombreros “vueltiaos”, dulcería típica, collares, tejidos, aretes, llaveros, pulseras de carey, tarjetas telefónicas, audífonos, imanes, planos de la ciudad vieja y playeras de la selección de fútbol, muchas, de todas las tallas, amarillas, rojas, azules, casi siempre con el nombre de James Rodríguez en los dorsales porque esta noche hay partido y nada como esperar el triunfo enfundados en la certeza del uniforme nacional. Al paso de los días, en mi andar mal disimulado de transeúnte al borde de la deshidratación o del desmayo, los chamarileros de por aquí me ofrecerán cosas que no se nombran y productos con olor a pecado.

A solas, aún en esta plaza histórica, analizo la estampa de una mujer en los diez mil pesos del papel moneda. Se trata de Policarpa Salavarrieta, “la Pola”, heroína de otro siglo, como nuestra corregidora, doña Josefa Ortiz, allá en México, y al intercalar las gestas emancipadoras de la Nueva Granada entre las épocas más gloriosas de la Nueva España, entiendo el absurdo de haber querido pagar así, con este billete tan desmesurado, el vasito aquel de tinto amargo y un cigarro, por favor. Sea como sea, ya son varias las cosas que pican mi curiosidad en esta ciudad: primero, la juventud tan “bacana” —así se dice por aquí— de los gendarmes colombianos, su ingenuidad de muchachos sin sombra de arrogancia que inspira una confianza inmediata, siempre vestidos de verde olivo y enfundados en vistosos chalecos fluorescentes, a pie o en motocicletas de colores repetidos; después, y acaso debido a mis atavismos de coleccionista de puerto, me intriga conocer la historia de los próceres locales en las monedas locales y me parece tan mágico —y tan aberrante por razones difíciles de explicar— escuchar que Gabo tendrá curso legal en el nuevo billete de cincuenta mil pesos colombianos.

Al final, y como bien puede suponerse, me interesan las dinámicas de la lectura en un mundo hecho de resolanas insoportables, cuando descubro los puestos de libros viejos en la Plaza de los Mártires. Al paso de mis andanzas, cada una de mis ojeadas por estos kioscos confirmará el culto a García Márquez en ediciones para todos los gustos, de todos los años y de todos los sabores, y en más de una ocasión he de toparme con sus traducciones al inglés o al alemán así como con la Crónica de una muerte anunciada en lengua francesa. Abundan, además, cosas menos caudalosas aunque igual de canónicas en ejemplares impregnados de muchísima humedad: La vorágine de José Eustasio Rivera, María de Jorge Isaacs, alguna novela de Álvaro Mutis y varias antologías de Rafael Pombo. Aquí y allá se apilan títulos con Pablo Escobar en la portada, retazos de enciclopedias nacionales y tomos sueltos de la Biblioteca Ayacucho que reconozco de inmediato, y, aunque aún es muy temprano en el desfase generacional, nombres como el de Ospina, Restrepo, Vallejo, Vásquez o Abad Faciolince cuentan ya con una presencia inesperada bajo los atestados cobertizos de la plaza. Domina la fuerza de lo propio, títulos y autores y antologías y ediciones que si acaso le otorgan un breve paréntesis a Cervantes, Víctor Hugo, Borges o Murakami, regresan apresurados al refugio de la casa más propia. Y si bien es cierto que así sucede siempre con los libreros de viejo en casi todas las ciudades del mundo, por estos rumbos la intensidad de lo doméstico confunde un poco mi reflexión sobre las ciudades costeñas, mundos por definición abiertos al cosmopolitismo de las esperanzas —lo cual quizás sea una forma poco afortunada de decir que los puertos son universos urbanos que nacionalizan pronto los imaginarios que los visitan, vengan de donde vengan—. De repente, al arrastrar mis dudas entre los libros usados, me atrevo a enfrentar la idea de trópico a la de nación, porque esta ciudad siempre ha sido mar irrepetible antes que paradigma de lo colombiano, y otra vez ya no estoy seguro de nada, ¡y qué calor hace!

A la distancia diviso el casco de la ciudad vieja, los arcos, la muralla, la Torre del Reloj, tantas cosas. Al acercarme un poco más, me asalta un infinito de tiendas cerradas; las calles están casi desiertas y el espectáculo resulta extraño frente a estas calzadas del siglo XVI, sin comerciantes y sin turistas. Sí, hoy es un lunes feriado en Cartagena de Indias, fecha de asueto de la que nadie me dice nada sustancial, sólo que hoy no se trabaja, señor, y qué más da, y a quién le importa, se trata de un día festivo y lo demás es lo de menos, señor. Un poco más tarde, cuando decida abandonar la soledad de los adoquines, calmaré los fastidios de la jornada con cerveza “Águila” en el Café Habana donde los ritmos de Ibrahim Ferrer anuncian la llegada de la brisa nocturna.

Al día siguiente descubro un taller de joyería donde me hablan de una talladora de esmeraldas, se llamaba Martha, y no, no quiso abrirme las puertas de sus libreros, no sé por qué, y hubiera sido genial, claro que sí, reconstruir las actitudes del lector local en el oficio de las piedras preciosas. Uno o dos días después he de me acercarme a Eloy, guía de turistas, hombre atormentado, divorcio reciente y fanático de títulos cósmicos —así lo dice él—. Hablamos de los rosacruces, un poco de la Fama fraternitatis, algún comentario de poca importancia sobre Isaac Asimov y es imposible recoger algo valioso porque en su voz casi todo es desánimo que anuncia libros inaccesibles. Eso sí, me ha enviado a la Calle de la Iglesia, unas cuadras más allá, esquina con la Calle de la Mantilla, donde cada miércoles se reúne un club de lectores, gente amable que devora novelas, que mira películas, que habla de tantas cosas, aunque Eloy no está para nada de eso, ya no, y tomo nota: Café Ábaco, en la vieja Cartagena, miércoles después de las cinco y media de la tarde.

Asimismo, recuerdo haber corrido el riesgo de transitar por una arepa de queso con mantequilla, en la Plaza Bolívar, frente al Edificio de la Inquisición, junto al portal de los escribanos, a tiro de piedra de la “ventana de la denuncia”, allí donde tienen su terminal los carruajes a caballo y cerca del sitio donde se realizan danzas de la negritud, al pie de una fuente mayor, dentro del llamado “corralito”. Un poco más allá podían observarse los muros altos y enjalbegados de la catedral histórica, cerrada por restauración. También por entonces fue que descubrí el aire acondicionado de la Biblioteca Bartolomé Calvo, junto al Museo del Oro, donde las mesas de trabajo invitan al descanso y los vigilantes impiden la siesta cuando la frescura del lugar hace despuntar alguna cabezada. Aquel día lo decidí: siempre que la canícula se anuncie con signos de intransigencia, emprenderé mil viajes hacia estas mesas para describir la forma en que la reverberación aletarga mis búsquedas de un lector nativo de todo esto, oriundo de las calinas y conciudadano de los sudores.

No porque se trate de un lugar común se debe dejar de insistir que las altas temperaturas del Caribe decoloran el rostro de todas las cosas. Las garitas frente al mar se distinguen de otra manera, también los siglos del amurallado —qué intenso es todo esto—, los balcones de estilo castellano, los mercados al aire libre, las cocinas económicas para el burócrata municipal, los comercios de ultramarinos, los claustros coloniales, las tiendas exclusivas con guayaberas de dar envidia y los escaparates de ponchos inolvidables. Por cierto, sobre la Carrera 7, frente a la iglesia de Santo Toribio, en la Plaza Fernández Madrid, hay una cantina ideológica que ha hecho de la revolución un sistema de atractivos; el sitio se llama “Bar KGB”, cómo olvidarlo, y en su interior los meseros reciben al cliente con boinas del Che Guevara y quepis del Ejército Rojo, aunque las bebidas, eso sí, cuestan un ojo de la cara.

Bajo el sempiterno bochorno de la costa, uno termina por recortar las horas de cualquier recorrido. Sin embargo, hay tardes así, en las cuales resulta posible aprehender el rostro de las avenidas, echarle un vistazo de merodeo tranquilo a la figura de piedra negra y sombras largas que recién descubro en una glorieta, en la frontera imaginaria que divide la antigua Cartagena del resto de la ciudad. Se trata de un monumento sobre pedestal de cantera dedicado a la india Catalina, mujer que vive de pie, esbelta y casi desnuda, entre las líneas rectas de una escalinata de seis o siete peldaños. Al paso de los días, estoy seguro, alguien podrá informarme de la historia de una niña raptada, hija de la nación Calamarí, amante obligada de Pedro de Heredia, el fundador de la ciudad. De inmediato reincido en los paralelos con otras mujeres de la Conquista —la vida de la india Catalina se parece tanto a la Malinche de Hernán Cortés, ¿no es cierto?—, y, sin verlo venir, me disgrego de nueva cuenta en un viaje a los paralelismos históricos porque los estudios de nuestro pasado, cuando se les somete al filtro de un latinoamericanismo a rajatabla, están dominados por un anhelo de coincidencias, afán de resonancias que sepan acercarse a lo colombiano desde lo mexicano, reflejos que infieran lo peruano en lo centroamericano, lo andino en lo caribeño o lo peninsular en lo trasatlántico, con un largo etcétera de posibilidades entrecruzadas. Solo en una ciudad como Cartagena de Indias dicha postura puede argumentarse así, como el anhelo de parecernos para triunfar sobre la soledad. Sí, quizás lo nuestro sea una silenciosa necesidad de sincronías, la proyección de las particularidades nacionales entre las abigarradas geografías de nuestra lengua, esas que nos imitan sin conocernos, y esas que, por si fuera poco, nos heredan una forma inusitada de explicarnos. Deambular por nuestro universo cultural representa la tentación permanente a generalizarnos, y si acaso la seriedad intelectual exige señalar los riesgos de dicha visión totalizante, ello no impide conjeturar que la lengua castellana sabe insertar los presentes perfectos del verbo “reconocer” en todos los tiempos de sus posibles conjugaciones. Simple y complicado a la vez, aunque nada como regresar a las refrigeradas mesas de la Bartolomé Calvo para darle un poco de ligereza a la reflexión.

Con la buena memoria de Marc Bloch en el caletre —ver su Apología para la historia y el oficio del historiador—, y con algo de frescura en el cuerpo, parece menos atrevido expresar que las casualidades históricas son herramientas válidas a la hora de discernir las globalidades hispánicas. Al final, mejor será no distraerse más con la india Catalina, contornar la ciudad vieja, otra vez atravesar la Torre del Reloj del otro lado de todas las olas para charlar con dos vendedores que me informan de doña Bernardina, fallecida el año pasado a los cien años de edad, o casi, experta en libros usados e institución de la lectura local durante casi ocho décadas de títulos y de autores vendidos al mejor postor. Después doblaré a la izquierda por la Calle de la Media Luna, pasaré frente a los afiches del Café Habana, la Plaza de la Trinidad, el Callejón Ancho, el Callejón Estrecho —otra vez jugadores de “Parqués”—, la Plazoleta del Pozo y la escultura de un borracho de aluminio que cede a la necesidad de sus aguas menores en una esquina, frente a la mirada absorta de un perro, también ya muy oxidado, en la Calle de la Chancleta.

La gente es tan amable en Cartagena de Indias y a cualquier hora te promete un viaje a los domicilios donde acontecieron algunas de las escandalosas conquistas del doctor Juventino Ariza, habitante de El amor en los tiempos del cólera. En esta ciudad ya son perennes los apellidos de García Márquez, es el orgullo en cualquier explicación, la buena fortuna de un prodigio familiar que se sabe universal. De hecho, Gabo tenía una casa por aquí, muy a su gusto y protegida de indiscreciones con unas bardas enormes, en el sector más bello del casco antiguo. Por cierto, la Calle de la Iglesia queda un poco más allá de dicha residencia, y al entrar al Café Ábaco descubro los estantes de su librería, los recorro y los analizo antes de ocupar una mesa junto a la ventana, frente al paso de los autos y de los transeúntes. Poco a poco los lectores de cada miércoles llegan, se abrazan, se saludan, se sientan, piden algo al mesero, botellas de vino fresco, se limpian el sudor del rostro, beben limonadas muertas de frío en vasos de cristal que recuerdan los mercados populares, y al final todos se repiten en un buen café, lo cual en Cartagena será siempre una redundancia.

Alejo es el que lleva la voz hacia la lectura que ha ocupado las últimas semanas en el grupo, la novela Nostromo, de Joseph Conrad, y a su alrededor las mesas están ocupadas por una lingüista en retiro —mujer amable de cabellos limpios y cigarrillos feroces—, un abogado, dos contadoras, un publicista pensionado, algún docente de finanzas, un médico de sangre pesada que no deja de hablar de Lacan y alguien más cuya profesión no me quedará muy clara al tomar nota de todo esto en el oasis de la Bartolomé Calvo. Al integrarme al grupo, alguien me acercará algún texto de Gómez Jattin, me contarán su historia de poeta maldito, enfant terrible de imágenes audaces en una ciudad que, según me dicen, nunca quiso serle fiel a su forma de doler y menos aún a su muerte increíble. La hojeo y la reviso y me traspaso, una antología poética editada por el Fondo de Cultura Económica. Me ha dado gusto descubrir a Carlos Monsiváis en la selección de unos textos que dejan exhausto a cualquiera, porque en los versos de Gómez Jattin se despliega una capacidad para amar entre líneas y también para desamar a las claras; diríase que sus imágenes aprisionan la soledad y la liberan de insignificancias porque su poesía es luz cotidiana capaz de alumbrar los desgarros del amor cuando este se diluye. De improviso, algo se espera de mí como respuesta, y le suplico al mesero nos traiga lo que pueda encontrar de Jaime Sabines, si es tan amable: “Muero de ti, amor, de amor de ti, de urgencia mía de mi piel de ti, de mi alma de ti y de mi boca y del insoportable que yo soy sin ti…”, y ya, ya estamos parejos, o casi, y en el terreno neutral de César Vallejo, “me moriré en París con aguacero, en un día del cual ya tengo el recuerdo”, se nos antojará terminar la velada en un restaurante de los llamados “fusión”: comida peruana con sazón oriental o platos de otro mundo a la usanza criolla mientras pasado mañana iré a la casa de Alejo, administrador de empresas, relacionista público, buena persona… Con una gorra deportiva que no se quita casi nunca y que cambiará según el color de sus camisas, preparado para solucionar el sol canicular con unas gafas redondas y gigantes, parece tan amable este guía de leedores y de leyentes, cicerone de títulos que buscan quitar el sueño en las tertulias literarias de cada miércoles, en el centro de una ciudad como Cartagena de Indias, en un café-librería de buena memoria.

Su casa queda por allá, en el sector de El Campestre, 4ta. Etapa, Manzana 39, Lote 14, cerca de una pista de patinaje. Me ha dicho que no es sencillo llegar al sitio, que conviene tomar un taxi, doce mil pesos, no más, y lo negociaré varias veces antes de declararme vencido en la tarifa a causa de mi acento extranjero. En estas, las primeras horas de la mañana, el conductor rodea ya el barrio de la Manga, recorre un brazo de agua que parece un lago, lanchas con mil años de mar en sus cuerpos de madera, también chinchorros, cigüeñas, garzas y gallinazos. Sobre la diagonal de una avenida, sin mucho tráfico porque avanzamos en sentido contrario al centro de la ciudad, reconozco los derruidos flancos del Mercado de Bazurto donde  ayer he venido a comer con los amigos del Ábaco: arroz de cangrejo o arroz de frijolito, plátano en tentación, cerveza helada y al parecer toda la negramenta del Caribe se da cita por estos distritos a la hora del almuerzo, entre chambetas, vallenatos, salsas, reguetón y música popular salpicada de “diomedazos” —canciones de Diomedes Díaz—. Ahora que lo recuerdo, a mi lado había una niña de padre sonriente, me adivinaban el acento, ella se llamaba Sari-Paola, o algo así, y eran impresionantes los costillares del pescado que consumían sobre las mesas compartidas del lugar. Con la conciencia otra vez en el camino, más adelante hubo que pagar el peaje en el puesto de cobro antes de entrar en un sector de clase media donde los colores comienzan a repetirse en las fachadas. Hay muchas antenas de televisión sobre las azoteas y los edificios achaparrados copian sus arquitecturas entre calles de numeración indescifrable. Fue tan difícil llegar al domicilio de Alejo cuyo perro se me viene encima, ahora mismo, y me limpio la herida, y lavo la rodilla ensangrentada, no, no pasa nada cuando distraigo la mirada en las repisas de una residencia sencilla, limpia, abanicos de cielo, mobiliario familiar, ventanales orientados hacia la frescura y una cocina de olores a café, porque en esta ciudad siempre hay un tinto que te espera todo el día.

Entonces fueron los títulos venidos de cualquier lengua y novelas que me reconciliaron con el deber ser de los lectores de puerto, corazones siempre ávidos de recibir un mundo de historias para revivir en las historias de todo el mundo —perdón por el retruécano—. Qué duda cabe, sólo alguien como Alejo podía estar en el centro de un círculo de lectores porque en sus entrepaños se hace infinita la realidad de la imaginación. Aquí está Turquía en Orhan Pamuk y El museo de la inocencia; la escritora americana Carson McCullers, con La balada del café triste; también, El viaje a Roma, una de las últimas novelas de Alberto Moravia. Asisto a la contundencia de lo local en los cuentos de Oscar Collazos, Adiós Europa, adiós, y La puta de Babilonia, de Fernando Vallejo. Casi toda la obra de Marguerite Yourcenar está presente, organizada, traslúcida, poderosa desde el primero hasta el último título, Opus nigrum, volumen que hace frontera con Así fue Auschwitz, de Primo Levi. De Oriente también hay muchísimo, y entonces repito la broma de mi enciclopédica ignorancia, porque no conocía a Natsume Soseki mientras Alejo me recomienda Soy un gato, de verdad, una obra maestra; después mencionará algo más bien de moda, el Tokyo blues o el 1Q84, del escritor de culto Haruki Murakami, así como la correspondencia entre Yukio Mishima y Yasunari Kawabata. Me tallo los ojos con La nave de los locos, de Katherine Anne Porter —nada que ver con la Peri Rossi, se me advierte—, y recobro el aliento de mis ironías en Aldous Huxley, Un mundo feliz, antes de hojear una Divina comedia ilustrada por Doré. De lo más reciente, es de rescatar la biografía novelada de Limonov, de Emanuel Carrère, Las partículas elementales, de Michel Houellebecq, y Voces de Chernobil, de la premiadísima Svetlana Alexievich, y sí, las primeras consecuencias del Nobel son la efervescencia de traducciones que sufren sus ganadores así como el posterior encarecimiento de sus libros. Claro que deberían proscribir cosas como el Nobel, o siquiera entregarlo en silencio para que nadie se acercara a un libro con los manipulados prejuicios de la mercadotecnia editorial. Al final, Alejo me lanzará a un ciclo de autores tumultuosos, andanzas y relatos provenientes del sur de los Estados Unidos: Faulkner, Capote, ¿por qué no Harper Lee?, y, sobre todo, John Kennedy Tole, con el inolvidable Ignatius Reilly, personaje-epítome de todas las sinrazones necesarias para ponerse a salvo de las rigideces de la realidad.

Y es entonces que menciono a Jospeh Conrad, tan hijo de Nueva Orleans como de Cartagena, tórrido y caudaloso, capaz incluso de recrear puertos como Sulaco y repúblicas como Costaguana, mundos paralelos a cualquiera de nuestras tiranías políticas. Hijo de nobles polacos y nacido en 1857 en Berdichev —ciudad ucraniana del antiguo Imperio Ruso—, su propia biografía es ya un batiburrillo transnacional. Tanto es así, que su afición por el mar y su existencia políglota lo convierten en un escritor de turbulencias donde recobra el aliento la concepción “caribeña” de la literatura. Tal y como dijera Carpentier en sus Tientos y diferencias, la exuberancia de elementos participa de la condición “barroca” en una ficción que, como la de Conrad, armonice la profusa incompatibilidad de sus tópicos. Dicho de otro modo, sus narraciones son admirables por la destreza con que se acercan a la transparencia desde la incomprensión, por su habilidad para viajar de la ceguera social a la nitidez del egoísmo, o, si se prefiere, por la maestría con que las fatalidades humanas son exhibidas mediante un juego complicadísimo de inmaculados espejos. Laberínticas y ubérrimas, en sus novelas no hay orden posible para el destino humano —para ninguno de los destinos que caben en cada uno de nosotros al descubrirnos idénticos, o casi, a muchos de sus personajes.

Quizás en su narrativa la gran culpable sea siempre la realidad histórica, ese cúmulo de legados que, si acaso alguna vez funcionaron como discursos liberadores, se revelan anacrónicos, absurdos, dolorosos en un presente que demanda la renovación de lo sueños y el cambio de guardia de las clarividencias. En  términos generales, las páginas de Joseph Conrad no escatiman nada en el despliegue de sus recursos narrativos; diríase que en el arte de contar historias, nuestro autor ha descubierto que solo una página bien escrita puede posibilitar la salvación —o el escarmiento— de sus mundos novelescos. Para probarlo, no solo se puede apuntar hacia la escritura de Nostromo (1904); allí están, también, Lord Jim, el angustioso relato de “Tifón” o el conocido título de En el corazón de la noche, entre varios títulos más que podrían mencionarse para el efecto.

Al elegir la lengua inglesa para someter sus obsesiones al dominio de la palabra escrita, Nostromo nos proyecta una lúcida imbricación de raíces, desde la evolución de lo occidental en América hasta la recurrente negación de los valores nativos en las axiologías europeas. Destaca, sobremanera, el que sea un autor extranjero quien sugiera, siempre en los ámbitos de la imaginación, el estudio y la procuración de una modernidad coherente con nuestros perfiles históricos, marcados cada uno de ellos por una gran variedad de epicentros culturales. Conciliarlos, conjugarlos, darles reciprocidad y capacidad para reflejarse, nutrir el discurso de sus aportaciones en tanto que elementos relevantes para la felicidad social, tal es la ignorada deuda que mantiene nuestro universo cultural con su propia historia, y, sin contradicciones de por medio, son dichos olvidos los que sirven de fuerza motriz al relato y los que hacen avanzar la intriga mientras nos preparan para un final pletórico de ironías. Por lo demás, y aunque el comentario pasaría hoy como anecdótico, Joseph Conrad también se inscribe en la concepción tradicional de América en tanto que geografía del exiliado, territorio donde las militancias políticas del siglo xix buscaron refugio tras los fracasos libertarios en Europa. En este mismo sentido, el autor tampoco ha olvidado inscribir en sus páginas el argumento de mayor peso histórico en la explicación de lo hemisférico: América siempre ha sido un laboratorio para las utopías sociales, desde la llegada de Colón hasta la culminación del siglo de Simón Bolívar —y aún después, aunque conviene constreñirse al contexto histórico del relato, esto es, el periodo posterior a las independencias.

Nostromo nos propone, sobre todo, la saga de un personaje en construcción, de un corazón que bascula desde la visión pequeñoburguesa del mundo hacia un momento de iluminación, alguien que va del egocentrismo a la rabia social y de los valores establecidos a los valores necesarios. Tan abrupto —o tan caribeño— será este desplazamiento en su comprensión de la vida en la República de Costaguana, que nuestro personaje tardará casi doscientas páginas antes de levantar la voz en el libro. Y solo entonces, al descubrirse capaz de su propio lenguaje, dejará de ser un puro rumor entre los otros y abandonará su condición de discurso indirecto para honrar la etimología de su nombre: “Nostromo”, nuestro hombre irremplazable, el necesario Capataz de Cargadores, Gian’Battista el pertinente, el incorruptible, el indispensable, el oportuno Capitán Fidanza… “Nostromo”, nuestro único héroe posible en todos los nombres y en todos los epítetos y en todas las lenguas y en todas las circunstancias, ser cuya sola mención parece promover la renuncia de las vanidades heredadas, dentro y fuera del texto, sí, dentro y fuera de Cartagena en Costaguana.

Extranjero en el idioma de sus libros, diríase que Joseph Conrad se lanza con naturalidad a construir un relato cuya riqueza de sonoridades no sólo recupera algunos de los momentos más significativos de la literatura universal, sino que los discute y los reinventa para darles una vigencia inusitada en el mundo novelesco. El camino que sigue queda más que claro, pues va de los tópicos más abarcadores del pensamiento euro-cristiano a la imaginación española, y, desde allí, a los hitos literarios de las nacientes literaturas latinoamericanas. Aunque enseguida se desbrozan los detalles de dichas insinuaciones librescas —intertextualidades, para utilizar palabras más académicas—, conviene adelantar vísperas y señalar que Nostromo está ocurriendo tanto en nuestras coordenadas geográficas como en las filosóficas, a pesar de la lengua inglesa de sus páginas.

Vayamos, ahora sí, a desensamblar este que podría ser definido como “libro de libros”. En primer lugar, la narración acude a los clásicos grecolatinos en las menciones explícitas de algún título, como la Farsalia, de Lucano (siglo I d.C.); asimismo, el relato es una caja de resonancias homéricas donde se inscriben nuevas Ilíadas, abruptas Odiseas, islas desiertas, épicas regionales y regresos inesperados al hogar. En este horizonte de perspectivas, también se vislumbra el rostro de las Argonaúticas, de Apolonio de Rodas (ca. 214 a.C.), aunque Conrad ha sabido ocultar muy bien el vellocino de oro en la trastienda de un botín hecho de barras de plata. Podría decirse, además, que los aromas del tema medieval del viaje hacia lo desconocido —casi fantástico— se inscriben con cierta claridad en Nostromo. Y lo mismo sucede con las visiones utópicas que le fueron propias al Renacimiento, pues, aunque hay mucha ironía en el tratamiento, aquí pueden desempolvarse los libros de Moro, Campanella o Francis Bacon. De hecho, todos y cada uno de los textos que en otro siglo idealizaron la noción del progreso y de la fraternidad universal, emergen en Conrad como irreverentes espejismos con el objeto de (des)construir los tópicos de una edad dorada que, aunque nunca terminó de llegar en el continente americano, justificó siempre su ocupación y su conquista. Conviene añadir que dicha parusía tampoco cobrará forma en Costaguana, pues una y otra vez el anhelo de orden y de civilización es explicado mediante una concepción viciada de Hispanoamérica, geografía humana cuya naturaleza se exhibe proclive a la violencia y a la ingobernabilidad.

Joseph Conrad ha decidido, asimismo, garantizarle un espacio de acción a las letras hispánicas. Su texto abreva en Don Quijote para promover esa forma española de conjeturar la esperanza en un mundo desbordado de revoluciones, de codicias y de pesimismos. Además, en tanto que relato de una sociedad que exige sus propias señas de identidad y sus propias coordenadas poéticas, el libro completa su jornada literaria con las primeras producciones de la ciudad letrada en América Latina. Solo así pueden interpretarse las alusiones, a veces veladas y otras poco menos que flagrantes, hacia nuestras literaturas en el siglo xix: aquí late Amalia, de José Mármol, Facundo, de Sarmiento, y aun la poesía de José María Heredia. Y aunque hay otros libros que podrían mencionarse para el efecto, como los ecos de Tabaré, de Zorrilla de San Martín, o El matadero, de Esteban Echeverría, todos estos títulos bastan para certificar que tras las guerras de Independencia emergió una narrativa cuya fuerza estética supo alcanzar a Joseph Conrad, marino incansable y lector imperecedero en todas las lenguas imaginables —en otras palabras, lector típico de puerto…—. En suma, Costaguana no solo es una república imaginaria en Suramérica, sino un “país de todos los países” que respira en el interior de un “libro hecho de libros”.

Ahora bien, para sostener este andamiaje de realidades históricas y de referencias literarias, la novela sucede en español desde el inglés, realiza repetidas escalas en el italiano, reproduce formas y diálogos en francés e incluso informa de momentos hablados en alemán. Esta peculiar máscara de traducciones acude a juegos tipográficos para insertar la cicatriz idiomática del castellano en la redacción inglesa. Por si fuera poco, dicho uso de la composición en itálicas, en comillas o mayúsculas —textos en ALTAS, al decir de los antiguos linotipistas—, nos prepara para constatar la mayoría de edad del español en el interior mismo del relato. En efecto, al desnudarse de tales antifaces textuales, nuestra lengua comienza a ser escrita y significada en su calidad de voz autónoma, trascendental y necesaria para la cabal recepción de la novela. Casi en cada página hay, por lo tanto, un instante hispánico que se ha hecho connatural en este singular palimpsesto, lo cual, una vez más, hace legítimo acudir a la idea de los fondos múltiples para explicar esta “lengua de lenguas” como el idioma oficial de la República de Costaguana.

Otro de los elementos más significativos del relato, aunque a menudo poco evidente, tiene que ver con las figuras femeninas. Ellas son el vértice ignorado, la llamada que no se atiende o la conciencia histórica sin consecuencias. Su inteligencia revisa las posiciones ideológicas del libro al construirle puertas de salida a las fatalidades de lo narrado, alternativas distintas a las tipificadas en los quehaceres políticos del lucro y en las ciencias administrativas del abuso y de la rentabilidad. La mujer es la única sinceridad posible en las transacciones con el tiempo, y, sin embargo, la esperanza que su visión del mundo vehicula trasciende apenas en calidad de abstracción. Peor aún, ella sufrirá también el descrédito de un idealismo que se juzga por la espalda de sus verdaderas posibilidades. Bajo la premisa de una sensibilidad exagerada, Mrs. Gould y Antonia Avellanos —entre varias más—, son dos espíritus libres que sirven de contrapunto y de claroscuro a una realidad que no está preparada para recibirlas. Y, como todas las demás figuras de Joseph Conrad, también serán portadoras de instantes sombríos, pues, lo sabemos muy bien, en las humanidades de Nostromo nada es evidencia de lo concreto sino institución de lo posible.

Por último, en los capítulos del libro en cuestión se hacen presentes otro tipo de aventuras marítimas, muy al estilo de La isla del tesoro, de R. L. Stevenson, o de Robinson Crusoe, de Daniel Defoe. Es necesario abrir bien los ojos para distinguir la relación que los personajes sostienen con la imagen de la “isla”, pues su presencia constituye el único instante posible para escapar de los determinismos históricos en el relato. En otro lugar ya he comentado la tendencia de la ficción universal para construir símbolos y metáforas que buscan ponerse a salvo de una realidad histórica que se desborda de incomprensiones. En este sentido, son muchos los títulos “insulares” que podrían ilustrar lo anterior, antes y después de la publicación de Nostromo, dentro y fuera de la lengua española: El señor de las moscas de William Golding, La invención de Morell de Bioy Casares, La isla del doctor Moreau de H.G. Wells o Los muros de agua de José Revueltas; todos y cada uno de ellos se exhiben como metáforas eficaces de un encierro que promueve la búsqueda de una nueva forma de lucidez. Dicho de otra manera, la alegoría busca obliterar las inercias discursivas que manipulan el presente, edificarle paréntesis a los torbellinos ideológicos de cualquier actualidad e interrumpir las arrolladoras verdades que rigen nuestro estar en el mundo. Por ello, no es coincidencia que su capítulo central esté consagrado por completo a hablar de ello, y que la intriga mayor se resuelva en ese sitio alejado del contacto humano, bajo un faro, al abrigo de todo tipo de norma, principio o conducta convencionales. Nostromo solo podía concluir allí, sí, para ofrecernos el ejemplo de una muerte vivida de otra manera.

Abundantes y copiosas en muchos sentidos, las páginas del relato apuntan hacia esa especie de novela total que tanto buscaron los escritores del siglo xx en América Latina, sin ignorar en ningún momento su gran contribución a nuestras novelas de dictadores. Por todo ello, Joseph Conrad también fue “caribeño”, por la forma y por el contenido de una relato que todo lo alcanza, que todo lo toca y que todo lo (pre)siente. Pero ya es mediodía y hace el calor y se impone el regreso al centro, ahora en un autobús de músicas a todo volumen. Otra vez, bajarme en la glorieta de la india Catalina, avanzar un poco por el bulevar, atravesar la Plaza de los Mártires y refugiarme bajo los ventiladores de mi hostal en Getsemaní. Por la tarde me acercaré al Claustro de la Merced donde dos árboles de mariposas amarillas custodian las cenizas y el busto de Gabo, sobre una base de mármol y arriate cruciforme con escalinata de cristal. No sé qué sentir, quizás este lamento sea una impostura, aunque Gabo haya sido esto, justo esto: un escritor que nos enseñó a sentir y a sentirnos, a reconocernos entre voces y palabras que gracias a él asumieron el valor de nuestras esencias en una lengua que siempre ha sido capaz de tantas, tantísimas cosas —incluso de ser hablada en el inglés de Joseph Conrad—. Pasan las horas y yo sigo en esta banca de madera, en el patio del claustro, en la Universidad de Cartagena, frente al Caribe. A menudo aparecen turistas, sus fotos, las poses, los obturadores numéricos, las risas extranjeras, y ya se van, por fin, y otra vez el silencio.

Al amanecer abordaré el aire acondicionado de un taxi y ya salgo de Getsemaní y frente al Teatro Colón se pasa revista al cuerpo de policía —verde olvido con chalecos fluorescentes—. Trasciendo una marina de gran lujo, doblamos a la derecha, ahora es el mar, pescadores tempraneros, la muralla, mi primera vez por el lado externo de Cartagena y el Caribe que también se despierta frente a una avenida de poco tráfico. Allá se distingue la Iglesia de San Pedro Klover y el mar, otra vez. Más lanchas de gente que trabaja con redes, escucho sus motores lejanos y del otro lado a veces se atraviesan los monumentos, esas extrañas canchas de futbol con el azul marino de fondo y varias efigies de personajes que no conozco. Hay brisa marina y los bocinazos del bulevar costero entran a saco en el minuto preciso en que decido cerrar este cuadernillo.

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