La conciencia igualitaria de Gerald A. Cohen

Christine Sypnowich*

Hace veinte años, en una fría mañana de la primera semana de enero, en la Universidad de Oxford, los estudiantes universitarios, los de posgrado y los catedráticos llenaban una amplia sala de conferencias en la elegante Escuela de Exámenes de la Octava Calle de Oxford. En la pieza había una agitación palpable, todos esperaban la llegada de G. A. Cohen, el filósofo marxista que en ese momento ocupaba la cumbre de la filosofía política anglosajona como recién nombrado profesor Chichele de teoría social y política. El lugar se llenó de silencio cuando en él entró un hombre pequeño, vivaz, con ojos agudos y una mata de pelo gris. Su conferencia fue la primera de una serie sobre “Autopropiedad, Propiedad  sobre el Mundo, e Igualdad” [“Self-ownership, World-Ownership, and Equality”] que exploraba un pendiente marxista sobre la libertad individual, tema que normalmente no se encontraba en el centro del debate filosófico de Oxford. La audiencia contaba con izquierdistas, hambrientos de forraje para sus creencias radicales, y con filósofos analíticos, vacilantes sobre si el pensamiento socialista podía ser algo más que un dogma. Ambos campos se desengañaron sobre sus prejuicios. Los izquierdistas aprendieron que sus más profundas convicciones debían someterse a un escrutinio riguroso, mientras que los filósofos analíticos atestiguaron la defensa de un argumento igualitarista radical por medio de las técnicas de la filosofía analítica. Esa brillante y chispeante conferencia (y las que vinieron después) fue un tour de force: ejemplificaba la pasión de Cohen por la igualdad junto con un fuerte sentido de responsabilidad intelectual.

Este libro celebra el veinteavo aniversario de Cohen en la Cátedra Chichele. En sus primeros días en este lugar, con frecuencia Cohen confesaba tener un sentimiento de incongruencia en la institución All Souls College, ésta no sólo representaba lo que muchos toman como el último éxito de un académico, sino también el mundo enrarecido de un tipo de club de caballeros del siglo diecinueve con vinos caros, plata y sirvientes. De hecho, Cohen había recorrido un largo camino desde sus modestos inicios como hijo de obreros de Montreal.

Gerald (Jerry) Cohen nació en 1941 en una familia judía comunista. Sus padres se conocieron  durante las batallas para construir un sindicato en la industria del vestido, en las que enfrentaron represiones brutales por parte de la policía. En la comunidad radical de los Cohen, la política lo llenaba todo: a los cuatro años, Jerry fue enviado a una escuela judía comunista, la escuela Morris Winchewsky; permaneció ahí hasta la edad de once años, cuando la escuela cerró después de incursiones hechas por el “Escuadrón rojo” de la policía de Quebec, a la altura de el anticomunismo quebequense de la era McCarthy.13

La vida británica de Cohen inicio en 1961 cuando fue al New College, Oxford, para realizar su posgrado en filosofía. Ahí, bajo la influencia de filósofos como Gilbert Ryle, Cohen adquirió la técnica de la filosofía analítica. Mientras que la mayoría de los estudiantes del ala izquierda eran hostiles a la filosofía de Oxford, considerándola vacía de importancia política, Cohen acogió con entusiasmo esta escuela de pensamiento. Su bagaje marxista era tan fundamental, tan invulnerable al ataque, que él inevitablemente vio que las técnicas de la filosofía analítica no eran objetos de sospecha, sino algo complementario de sus creencias radicales. Recuerda: “Vine a Oxford ya marcado por el marxismo, y, entonces, a diferencia de la mayoría de contemporáneos políticamente afines, no tomé filosofía en la universidad para adquirir ideas importantes” (Cohen 1988: xi). En consecuencia, Cohen inicialmente mantuvo separadas sus actividades políticas y filosóficas. Su primera publicación (1966) trató un tema con una relación remota con el marxismo.

En 1963, Cohen fue designado profesor asistente de filosofía en el University College, en Londres; más tarde se volvió profesor y, después, profesor adjunto de filosofía; permaneció ahí hasta 1984. Durante ese periodo, Cohen comenzó a complementar sus opiniones políticas con su investigación filosófica. Escribió artículos sobre temas marxistas, desplegando su entrenamiento en Oxford para defender principios centrales del materialismo histórico. Su trabajo más distinguido en este periodo fue La teoría de la historia de Karl Marx: una defensa (1978), ganador del Premio Conmemorativo Issac Deutscher.

Posteriormente Cohen describió este libro como: “Un homenaje al medio en el cual aprendí el sencillo marxismo que el libro defiende.”  “Refleja gratitud hacia mis padres, hacia la escuela en la que aprendí, hacia la comunidad en la que me crie (Cohen 1988: xi).” Pero, no era un libro dogmático o apologético; era un argumento incisivo, realista sobre la plausibilidad del determinismo económico. Para Cohen, el proyecto de defender el argumento de Marx según el cual la sociedad, la política, y el curso de la historia están de alguna manera determinados por las relaciones económicas, presentaba un claro desafío: evitar una confianza excesiva sobre que el terreno de lo no-económico debe necesariamente servir propósitos económicos.

El disciplinado enfoque de Cohen sobre el marxismo en ese celebrado libro se volvió la base para una nueva escuela de pensamiento que buscaría aplicar las virtudes de la filosofía analítica: coherencia, rigor y claridad, a los principios del marxismo. Modestamente, Cohen comentó que su libro: “Recibió más atención de la que de otra manera se le habría otorgado en virtud de la coincidencia de haber salido a la luz cuando cierto número de otros estudiosos marxistas habían comenzado a dedicarse a trabajar en un enfoque que ahora se conoce como marxismo analítico” (2000a: i). Pero pienso que es justo decir que el marxismo analítico no habría existido de no haber sido por el trabajo de Cohen.

Esta escuela de marxismo analítico incluye filósofos, sociólogos, investigadores políticos y economistas. Estos recurrieron al análisis lógico de la filosofía, a las técnicas de la economía neoclásica, y a la teoría de la elección racional de la ciencia política contemporánea. Cuatro de ellos han contribuido en este libro: Jon Elster, John Roemer y Hillel Steiner, entre los que fueron miembros originales, y Joshua Cohen, quien se sumó al grupo en 1990. A lo largo de los años ochenta, Cohen, aguijoneado sin duda por este creativo y estimulante círculo de almas gemelas en lo intelectual y en lo político, publicó artículos sobre cuestiones de explotación, clase y materialismo histórico con una veta analítica.

El enfoque marxista analítico o marxista no-bullshit continúa, por supuesto, informando el trabajo de Cohen (de hecho, el fenómeno del bullshit lo fascinó tanto que se volvió un tema por derecho propio en una de sus publicaciones, Cohen 2002). Cohen, en sus escritos, también siguió considerando el futuro de la izquierda, contribuyendo con consideraciones filosóficas interesantes e importantes sobre el futuro tanto del socialismo como del marxismo en la era postsoviética.

A mediados de los setenta, sin embargo, desde su erudición emergió un nuevo tema cuando comenzó a moverse del marxismo per se hacía una crítica de la filosofía política liberal. El primer blanco de Cohen fue la teoría del alguna vez izquierdista libertario Robert Nozick, y su idea de la inviolabilidad del patrimonio inmobiliario del individuo. Podría considerarse raro que un marxista se molestara incluso en considerar este punto de vista, los marxistas y los libertarios están tan alejados entre sí, que un debate fructífero ni siquiera sería posible. Sin embargo, Cohen notó una comunalidad sorprendente: ambas posiciones sostienen una forma de autoapropiación: la idea de que un individuo es propietario de supersona y de sus poderes.14  Sin embargo, para Cohen, en el caso libertario, la obligación con la propiedad privada tiene precedencia sobre el ideal de la persona como un ser libre, autodeterminado; en su convincente argumento, el marxismo es una filosofía que tiene más principios sobre la libertad.”

Una de las publicaciones de Cohen (1990) de este periodo lleva el subtítulo “¿Por qué Nozick ejercita más sus capacidades con algunos marxistas que con cualesquiera de los liberales igualitarios?”, con lo que transmite la ironía de que pensadores que mantienen cierta distancia en el espectro político tienen más cosas en común con los libertarios que con sus camaradas liberales más cercanos. La alusión a los liberales igualitarios presagiaba también otro centro de atención de la filosofía política contemporánea que emergería en los escritos de Cohen. En los ochenta, era del glasnost y de Thatcher, Cohen investigaba los principios y argumentos del igualitarismo liberal contemporáneo. Para él, los argumentos más importantes para redistribuir la riqueza venían de los liberales y era de suprema importancia que estos argumentos fueran escudriñados críticamente. Y eso hizo, con su aplomo característico. Entonces, Cohen retomó preguntas como éstas: ¿Igualdad de qué?; ¿la sociedad igualitaria debe satisfacer gustos caros?; ¿cuál es el ámbito o terreno de la obligación igualitaria?

La segunda pregunta ¿cuánta igualdad se nos puede pedir? Emergió en particular en la investigación de Cohen sobre Rawls. Cohen estaba insatisfecho con la concesión que Rawls hacía a la sociedad justa: bajo la premisa de que la riqueza desigual no tiene bases morales, la sociedad puede atribuirle un papel a los incentivos con el fin de aumentar sus medios para mejorar a los más desfavorecidos. El asunto del enriquecimiento personal y de la justicia igualitaria dieron lugar a más cavilaciones. ¿Si eres igualitario, por qué eres tan rico?, fue el humorístico título que Cohen formuló para indicar sus recelos sobre cuán poco la justicia rawlsiana puede demandar del compromiso personal de la gente. Por supuesto, el título era irresistible, y suscitaba sonrisas irónicas entre los estudiantes con tan sólo mencionarlo. Ese ensayo y el libro que le siguió fueron estimulantes, originales, sazonados con las anécdotas y los recuerdos evocadores y humorísticos de Cohen (¡ incluso su tendencia por las melodías pop!). Ambos tuvieron mucha influencia y fueron muy citados. Recuerdo claramente a Cohen presentando una versión preliminar del documento original a un grupo de filósofos morales y políticos;  el agudo argumento debió poner el dedo en la llaga de su audiencia, algunos de ellos entraron en un alegato especial bastante vergonzoso sobre por qué uno no debería estar obligado a realizar contribuciones personales para la redistribución de la riqueza. La experiencia confirmó la necesidad de que se aplicara esta “conciencia igualitaria”, no sólo a los razonamientos filosóficos sobre la justicia pública, sino también a la argumentación y la práctica de la justicia privada.

La inquietud de Cohen sobre la meta de la justicia en el razonamiento igualitario liberal, en el que el principio igualitario está restringido por hechos sobre la motivación humana, se ha ampliado en una investigación en curso sobre el rol que juegan los hechos en la teoría normativa. En esto, Cohen expone tanto las dificultades centrales del igualitarismo como ahonda en cuestiones metaéticas y fundacionales sobre la teoría moral y política. Lo publicado, entonces, promete llevar su trabajo más lejos, a nuevas e interesantes direcciones. Por eso, este libro, mientras busca honrar a Jerry y su maravillosa carrera intelectual, no se puede decir que brinde algo que sea como un comentario final sobre los temas. 

 

 

 

Traducción del inglés: Patricia Gutiérrez-Otero.

 

*Este artículo forma la primera parte de la introducción al libro The Egalitarian Conscience. Essays in honour of G. A. Cohen, editado por Christine Sypnowich, 2006, Oxford Press. Se publica con autorización de la autora. [Nota de la traductora.]

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Homenaje a Gerald A. Cohen

Michel Otsuka*

 

Algo que fue muy agradable de la maravillosa conferencia que Adam y Stuart organizaron en enero para festejar el retiro de Jerry fueron los homenajes cariñosos y amorosos de una pequeña muestra de amigos y estudiantes de Jerry. En aquella ocasión, sólo pude dirigir los homenajes. En ese momento expliqué que no me atrevería a tratar de decir algo más, sabía que si lo hacía acabaría llorando. Pero hoy trataré de hacerlo.

Quiero empezar maravillándome ante la pura brillantez de las contribuciones filosóficas de Jerry. No hay otro filósofo político que haya presentado su argumento de una manera más clara, más incisiva y más decisiva que Jerry. No sólo entre aquellos que son sus contemporáneos, sino en cualquier otro momento de la historia de la filosofía política, remontándonos hasta Sócrates. Ahora bien, si piensan que estoy exagerando haciendo uso de mi licencia laudatoria, los desafío a que suban y den un contraejemplo convincente.

Recuerdo bien, cuando yo era licenciado, la lectura del ensayo de Jerry “The Labour Theory of Value and the Concept of Exploitation”, y mi sobrecogimiento cuando fui testigo de la forma en que todas las piezas caían en su lugar y se soldaban juntas en argumentos irrebatibles. Hasta el día de hoy, no he encontrado en filosofía política un texto más implacable y rigurosamente argumentado. También me estremeció descubrir, cuando leí este texto por primera vez, que mi supervisor era un genio. En este momento me parece que escucho una exclamación de Jerry: “¿Quieres decir que aún no te dabas cuenta de ello?”

La capacidad que poseía Jerry para desmantelar los puntos de vista y los argumentos de otros era uno de los muchos talentos por los que justamente era famoso. Pero también lo era a partir de una convicción moralmente comprometida, con un objetivo específico y un propósito en mente. Su estrella polar era un ideal de igualdad claro, distintivo y exigente.

La concepción positiva sobre la justicia igualitaria de Jerry provenía de lo siguiente: su ataque al libertarismo del último Robert Nozick; su resistencia a la justificación de la desigualdad del último John Rawls; y sus escaramuzas intestinas con el igualitarismo del no muy tardío, menos mal,  Ronald Dworkin, como imagino que, en este contexto, Jerry habría descrito a Ronnie. Del trabajo de Jerry con estos tres grandes filósofos políticos del tardío siglo xx, él surgió como el cuarto gran filósofo político.

Quiero decir algunas palabras sobre el último gran libro de Jerry: Al rescate de la justicia y la igualdad (Rescuing Justice and Equality). Este libro es la culminación del trabajo de su vida como filósofo. Pienso en él como el último período de Beethoven. Hay una calidad compleja de fuga musical y un abandono de las estructuras convencionales. Nos lleva a lugares extraños y sublimes, en los que a algunos nos deja rascándonos la cabeza. Pienso, en particular, en su larga meditación sobre los hechos y los principios. Quiero compartir un excelente pasaje de Jerry en este libro. Aquí está lo que Jerry dice:

 

Estoy de acuerdo con la opinión socrática-platónica: ninguna lista de ejemplos revela qué tienen los ejemplos que hace que cada uno de ellos sea un ejemplo de justicia. Hasta que desenterremos el principio libre de hechos que gobierna nuestros juicios particulares sobre la justicia, cargados de hechos, no sabremos por qué pensamos que lo que pensamos que es justo es justo. Tenemos que retirarnos a […] la justicia en su pureza para figurarnos cómo instituir la mayor cantidad de justicia posible dentro de la caverna.

Los “amantes de las imágenes y los sonidos”, en el Libro v de La República de Platón, piensan que para decir lo que es la justicia, es suficiente decir lo que cuenta como justo dentro del mundo de las imágenes y los sonidos. Ellos reconocen apenas la pregunta, “¿Qué es la justicia, como tal? […] [Pero] Platón piensa, y yo estoy de acuerdo, que necesitas tener un parecer de lo que la justicia misma es para reconocer que la justicia dicta [este principio particular cuando esos hechos se obtienen]. Así es como la justicia trasciende los hechos del mundo. (p. 291.)

 

El libro de Jerry es una extensa meditación sobre el de Rawls, Una teoría de la justicia, aunque, por supuesto, es mucho más que eso. En el último párrafo de su libro, Rawls dice que: “La pureza del corazón, si alguien pudiera alcanzarla, vería con tanta claridad y actuaría con gracia y autodeterminación desde la perspectiva de la eternidad”. El logro de Jerry fue mostrar a Rawls el camino para salir de la caverna y, desde ese punto de vista, de la eternidad.

Jerry consideraba que éste era su último gran proyecto filosófico. Él no quería escribir otro gran libro durante su retiro y sentía que había dicho todas las cosas significantes que había sentido el impulso de decir en cuanto filósofo político. Jerry quería seguir escribiendo y en el momento de su muerte tenía algunos trabajos en proceso. Pero estas piezas eran de una naturaleza más especulativa, más contemplativa. Aunque la vida que él todavía vivía tan intensamente fue segada la semana pasada, y aunque la filosofía lo seguiría atrayendo y fascinando a lo largo de todo el tiempo que él hubiera vivido, realmente sentía que era un filósofo retirado. Sentía satisfacción de que ya no tenía que hacer el esfuerzo de escribir y crear.

Tenemos la fortuna de tener algunas hermosas fotografías del día en que Jerry se mudó de sus habitaciones del All Souls College cuando se jubiló el verano pasado. Me dijo, y después a otros, que en los meses y días anteriores se había sentido algo ansioso y lúgubre por su próxima salida. Pero el día mismo, le pareció fácil soltar, y sólo sintió lo afortunado que había sido porque fue bendecido con los veintitrés años que disfrutó en All Souls. Se dio cuenta de que habría sido glotón entristecerse porque esto no siguiera más tiempo. Las fotografías captaron la serenidad y la felicidad de Jerry ese día.

De esa manera, también conocí a Jerry durante veintitrés años. Tuve la enorme fortuna de ser bendecido por haber contado durante veintitrés años con el amigo más maravilloso. Habría sido glotón de mi parte entristecerme porque esta amistad no pudo continuar; pero, a diferencia de Jerry, yo sí soy muy, codicioso.

 

Traducción del inglés: Patricia Gutiérrez-Otero.

 

*Palabras de Michel Otsuka en el funeral de Jerry Cohen, Capilla de All Souls College, once de agosto de 2009. Agradecemos a Michael Otsuka la autorización para publicar este homenaje [N.E.].

Puntos de venta